viernes, 25 de diciembre de 2020

Insubordinación

      Era una fría mañana poco después del alba. Mientras permanecía de pie delante del pelotón, recordó los motivos por los cuales se encontraba allí a merced de unos jóvenes bisoños que bien podrían ser sus hijos. Su delito, desobedecer la orden de atacar una fortaleza que él consideraba inexpugnable. La orden era un suicidio a la vista del enclave privilegiado de los defensores y del superior armamento que disponían. La ametralladora ubicada en lo alto de la colina barría sin piedad cualquier intento de acercarse. Pero la orden recibida era atacar. De nada le sirvió que de esta manera salvara la vida de muchos de sus hombres. El  Teniente Coronel, que hacía las veces de fiscal en el Consejo de Guerra, abundó reiteradamente en  cuestiones que él consideraba claves como la falta de patriotismo y de honor, mancillados por su decisión. Toda aquella ceremonia le pareció al encausado una farsa y un espectáculo repulsivo. Pero el tribunal fue implacable y unánime en su veredicto. ¿Cómo calificaron el delito? Traición, cobardía, ¿o era rebelión?. No sabría decir con   exactitud pero lo mismo daba.  Rechazó con gallardía el pañuelo que le cubriría los ojos. Frente a él, medio temblorosos, se encontraban los soldados que lo iban a ejecutar. El oficial al mando preguntó con voz firme:

     —¿Quiere decir algo antes de que se cumpla la pena?

     —Que te jodan a ti y a los que obedecéis órdenes estúp...

     El oficial gritó !fuego! antes de que pudiera terminar la frase.


martes, 8 de diciembre de 2020

Costa da Morte

       Muchos años después, Lucas y Yolanda recordaban en la barra del bar su accidentado viaje a la Costa da Morte. Por aquel entonces  eran dos jóvenes que se habían conocido en la Facultad, amantes de la naturaleza  y de los  destinos que no fueran invadidos  por el turismo. Aunque hacía tiempo que venían planeando el viaje, no fue hasta bien entrada la primavera, con la llegada del buen tiempo, cuando al fin se decidieron. Lucas es un tipo dinámico y emprendedor, organizativo  y minucioso en los detalles sobre todo a la hora de los preparativos de cualquier actividad que se proponga. Yolanda por el contrario es más improvisadora y espontánea. A menudo discuten por el afán de Lucas de pretender controlar todo.

     Por fin deciden que el último viernes de Mayo se pondrán de camino. Para entonces  Lucas ya se ha encargado de conocer la previsión del tiempo. También ha contactado con el ayuntamiento de Muxía por si hubiera prohibiciones a la hora de acampar. Le contestan que al no ser todavía temporada alta no hay restricciones, solo un control rutinario de los accesos a la zona. El día acordado Yolanda  se presenta en casa de Lucas con el monovolumen que ha pedido a sus padres. Mira incrédula la cantidad de cosas que lleva su compañero: mochila, saco de dormir, tienda, herramientas, cocina de gas, frigo portátil, linterna, botiquín de primeros auxilios, cámara de fotos, trípode, machete, brújula...

     —Oye, que sólo vamos para tres días.

     —Ya, pero no me gusta ir mendigando favores.

      A mitad de camino un inoportuno pinchazo les hace perder un tiempo precioso. Ninguno de los dos tiene  experiencia en cambiar una rueda. Menos mal que el empleado de una gasolinera, viendo las mañas que se daba la pareja se apiadó de ellos. Tras varias horas de viaje, ya en la costa, un camino de tierra les condujo hasta la zona habilitada para acampar. El sitio era tranquilo, tan solo un par de tiendas y las risas de los acampados rompían el  silencio del lugar. Aún tenían tiempo para admirar el entorno que se abría ante sus ojos: a su izquierda el acantilado donde se escuchaba el batir de la olas, a la derecha una pequeña playa con algunos bañistas y en el centro, como adentrándose en el mar,  el majestuoso faro que se levantaba sobre una construcción rectangular, probablemente la vivienda donde antiguamente vivía el farero. Poco después de instalada la tienda, en el momento en que se disponen a cenar reciben la visita inesperada de la Guardia Civil. Uno de ellos tiene el distintivo de sargento en la bocamanga y es el que lleva la voz cantante. El otro escucha y observa todo con atención. El sargento, educado y de aspecto campechano, mientras les solicita la documentación les recuerda la prohibición de hacer fuego y quiere saber cuánto tiempo estarán acampados. Se trata sin más de un control rutinario, les dicen. Poco después de cenar comienza a llover. Es una lluvia suave pero persistente, lo cual les disuade de salir a dar una vuelta como tenían pensado y se acuestan. El cansancio del largo viaje les invita al sueño.

     Horas más tarde Yolanda se despierta a causa de los ronquidos de su compañero. Le da con el codo y al momento se  calla pero al rato vuelve de nuevo, ahora con más fuerza. Mira su reloj. Son las  5,40 y ha dejado de llover. Contempla la luz del faro y mide el tiempo  que tarda entre  un destello de luz y el siguiente. Cada veinte segundos. Lucas no para de roncar. Cuando hizo la lista de prepatativos, Yolanda olvidó incluir  los tapones para los oídos y ahora lo lamenta. Cansada de dar vueltas decide salir con una manta y la cámara de fotos y se mete en el coche. Todavía es de noche pero ya comienza a clarear; ha consultado en internet y sabe que el el amanecer se producirá exactamente a las 6,57. El ruido de una embarcación que se aproxima le llama la atención. Picada por la curiosidad abandona el coche y se acerca al lugar. Segundos más tarde la lancha apaga el motor. Dos hombres descienden y cargan con unos fardos que introducen en un 4x4 que les espera en una pequeña playa. Yolanda saca su cámara  equipada con zoom y dispara varias fotografías escondida detrás de un árbol. Luego, desde su escondite escucha una señal de ¡alto! y poco después un ruido seco. La lancha se hace de nuevo a la mar y el todoterreno desaparece. Todo se desarrolla con  rapidez y en apenas unos minutos de nuevo  vuelve  la calma. Intrigada,  se dirige al lugar y observa unas huellas que se esconden tras las rocas y un rastro de sangre. El corazón le late deprisa. Un hombre yace boca abajo, le da la vuelta para identificarlo y observa la cara del sargento que tiene una mueca espantosa. El tiro ha entrado por el cuello y salido por un oído. Ha sido arrastrado hasta allí para evitarlo a la vista. Instintivamente corre nerviosa y  veloz hacia la tienda mientras escucha el graznido de las gaviotas que revolotean por la zona.

     —!Despierta! Rápido, tenemos que irnos.

     Lucas, dormido aún, no comprende el por qué  esas prisas. Ve a Yolanda nerviosa, recogiendo las cosas y maldiciendo sin parar.

     —¿Me puedes explicar a qué viene esto? —pregunta medio dormido y con cara de asombro.

     —Ahora no tengo tiempo. Hay que largarse de este lugar.

     Lucas no entiende ese cambio brusco de planes sin haberlo discutido antes con él. A veces le cuesta comprender las decisiones un tanto repentinas de su compañera. Se cruza de brazos desafiándole con la mirada.

     —No pienso moverme si antes no me das una explicación.

     —El sargento está muerto con un tiro en la cabeza a cien metros de aquí. ¿Ahora lo entiendes?

     Se produce un largo silencio. Los dos tratan de pensar la mejor manera de salir de esa encrucijada en que se han visto involucrados sin quererlo. Lucas es el que tiene las ideas más claras y quien razona con mejores argumentos.

     —Eso que propones es justo lo que no debemos hacer. Es posible que el ayudante del sargento anotara la matrícula del coche. Si huimos seríamos los primeros sospechosos. Vamos a acudir ahora mismo al cuartel a denunciar y ser nosotros quienes llevemos la iniciativa. 

     Efectuada la denuncia se iniciaron las primeras pesquisas. Las fotografías de Yolanda fueron  determinantes y apuntaban al ayudante del sargento como principal sospechoso. Poco tiempo después fue arrestado  y posteriormente expulsado de la Guardia Civil. En el juicio celebrado un año más tarde  tuvieron que testificar, siendo condenado el sospechoso y los dos componentes de la lancha a ocho años de prisión por asesinato. La sentencia en un principio supuso un alivio para ellos, pero las conexiones de las mafias siempre resultaban intrincadas y semanas después Yolanda empezó a recibir amenazas de muerte. Sin duda, la matrícula de su coche dio la pista a sus perseguidores. Por ese tiempo le empezó a rondar la idea de cambiar de domicilio, incluso de ciudad, con el fin de extremar las medidas de seguridad, pero varios meses después volvió una cierta  normalidad  en medio de una tensa calma en su vida.

     Un día, seis años más tarde, recibe  una nerviosa llamada de Lucas comunicándole que los asesinos estaban de nuevo en la calle. De pronto todas las alarmas saltan de nuevo sin saber cuál es la  opción que debe tomar. A los pocos días, poco antes de salir para el trabajo suena el telefonillo de su domicilio. 

     —¿Quién es?

     —Unos amigos tuyos que llevan seis años esperando este momento. 

     Presa del pánico echa los cerrojos  y trata de llamar a la policía. Pocos segundos después escucha ruido de pasos y  luego unos golpes secos en la puerta que se repiten insistentemente. Desesperada, abre los ojos pero no acierta a comprender  dónde se encuentra. Luego ve a Lucas golpeando nervioso el cristal del coche. 

     Nunca un despertar había sido tan deseado. Sale del coche y abraza a su compañero que no entiende el  motivo de tanta emoción ni sabe que ha vivido una noche de pesadilla.


sábado, 21 de noviembre de 2020

Amor de juventud

   Todas las mañanas cuando iba a la universidad me cruzaba con un grupo de chicas que hacían comentarios y se sonreían al verme. Ellas estudiaban en la facultad que estaba al lado de la mía. Varias veces estuve tentado de cambiar el itinerario con el fin de evitar ese momento un tanto embarazoso para mí, y si no lo hice fue porque una de ellas me atraía demasiado como para dejar de verla aunque fuera tan solo unos segundos. Así que seguí mortificándome cada vez que pasaba junto a  ellas, pero todo lo daba por bien empleado los días en que nuestras miradas se cruzaban en un instante fugaz.

     Semanas más tarde coincidí con ella en una fiesta universitaria que se celebró pocos días antes de la Navidad. Un amigo común nos presentó. Se llamaba Nekane y todo en ella me gustaba; su grácil figura de  pelo castaño, la belleza de su risa, los ojos de un azul intenso. Como no sabía de qué hablar le pregunté por sus amigas y al momento me di cuenta de que esa era una pregunta inapropiada y estúpida. Luego, traté de que mostrara un cierto interés hacia mí  e hice tímidos intentos por seducirla, al principio con pequeños detalles que tal vez para otras personas pudieran pasar desapercibidos, pero confiando en que ella los supiera interpretar. Procuraba llamar su atención, siempre calculando la manera de que no fuera demasiado evidente con el fin de no presionarla. Tanto de día como de noche no dejaba de pensar en ella. Por fin había encontrado a la mujer que amaba. Animado por la pasión que vivía me puse a escribir poemas pero no me salía nada que no fuera acaramelado y cursi.  Las veces que  la veía acompañada de algún amigo no podía evitar un terrible ataque de celos. Me di cuenta de que debía ser más práctico así que  busqué sorprenderla invitándola al concierto de su artista preferido, al estreno de tal o cual  película, regalándole un libro el día de su cumpleaños... 

     Reanudado el curso después de las vacaciones, me extrañó no verla junto a sus amigas cuando iban a clase.  Poco días después recibí una llamada suya citándome en una cafetería. Pensé que ya había tomado una decisión y acudí esperanzado y lleno de alegría. Sentados frente a frente, mi corazón galopaba inquieto en espera de sus noticias. Luego, tras agradecerme  todas y cada una de las atenciones recibidas, me dejó bien claro que no siguiera esforzándome en complacerla porque, al decir de sus palabras, yo no era su tipo. 


sábado, 7 de noviembre de 2020

Melodías desde mi terraza *

      Es cierto que todos los días se aprende algo y que no todo ha sido negativo durante  el tiempo de encierro. Sin ir más lejos, este confinamiento me ha servido entre otras cosas para aprender, a mis sesenta y seis años, a hacerme el nudo de la corbata. También a compartir emociones con los míos, a leer por segunda vez El Quijote y  para dejar de fumar.

      Además he sido  testigo de buenos momentos. Todos los días a la hora de los aplausos salía al balcón con mi clarinete para interpretar algunos temas. Empecé con el "Resistiré" pero como lo escuchaba a todas horas en los medios, al tercer día me cansé. Seguí con el "Himno a la Alegría" que me parecía más apropiado y universal. A menudo los nervios me jugaban una mala pasada pero con el tiempo fui ganando  confianza, lo cual me llevó a interpretar “Yesterday”, "Mediterráneo" y conocidas bandas sonoras de películas como "El Golpe", y "La vida es bella". Cuando finalizaba seguía  escuchando aplausos, y aunque sabía que no eran  para mí, siempre me ayudaban para intentar superarme.  Frente a mi balcón vive una pareja de ancianos que todos los días salen a aplaudir. Son los primeros que empiezan y los últimos que cierran la ventana. 

     La práctica diaria me dio una cierta seguridad, lo cual  me sirvió para ser más ambicioso musicalmente. Ayer me atreví con "Laudate Dominum", una obra clásica de Haendel. La responsabilidad y el miedo escénico me pudieron y la interpretación no pasó de discreta pese a haberla ensayado varias veces con ahínco. Hoy de nuevo he salido al balcón a aplaudir, esta vez sin el clarinete pues estaba un tanto decepcionado con mi pobre actuación de ayer, pero para mi sorpresa descubrí que hasta en los malos  momentos hay siempre un motivo para la esperanza. La pareja de ancianos había colocado una gran cartulina en su ventana que al leerla me devolvió la sonrisa: "Tu música nos alegra las tardes". 

             


     * Seleccionado por la Editorial Tinta Púrpura y que se incluye en el libro "Crónicas de la pandemia", un compendio de treinta relatos  publicado en Agosto de 2020.


domingo, 25 de octubre de 2020

Miedos infantiles

 

     Nos piden en el Taller de Escritura Creativa al que asisto,  que escribamos  algún relato de miedo  que hayamos vivido durante la infancia. Parto de la evidencia de que  contarlo no es lo mismo que vivirlo. Hoy estos episodios darían risa, pero situándonos en el tiempo y las circunstancias en que los viví, puedo asegurar que no me parecieron ninguna broma. Dos son los sucesos que me marcaron y que ahora quiero referir.

     Cuando yo tenía tres años mis padres me llevaron de paseo una tarde de domingo de primavera. Durante el recorrido pasamos por la estación de ferrocarril. Observar el trasiego de gente siempre era un buen motivo de distracción en un tiempo en el que las opciones de ocio, sobre todo en un entorno rural, eran más bien escasas. En el momento en  que llegamos, la megafonía anunció la llegada de un tren expreso. Conforme se acercaba aquella máquina que rugía, mis temores se fueron acrecentando. Minutos más tarde el tren se detuvo en la estación. Ver el humo, las chispas que salían de la panza de la locomotora de vapor  y los resoplidos de ésta me produjeron un espanto que todavía hoy recuerdo. Apreté a correr para escapar de aquella visión y cuando mi padre me alcanzó me tomó en brazos tratando de tranquilizarme. Miré al maquinista y al fogonero. Llevaban un pañuelo en la cabeza y tenían la cara tiznada de carbón, lo cual aumentaba mi temor y por supuesto, también mi berrinche . Mi padre me dijo: "Llámales cara sucia".

     —Cara sucia.

     —Así no. Más fuerte.

     —!!Cara suciaaa!! —grité sin poder contener las lágrimas agarrado fuertemente a su cuello. En esos momentos el largo pitido de la locomotora anunciando la salida atronó la estación y a mí casi me dejó sin aliento. Recuerdo que empecé a patalear obligando a mis padres a salir de allí.

     Hace unos meses, por motivos de trabajo, tuve que volver a esa localidad y me acerqué un momento a la estación. Hacía muchos años que llevaba abandonada  y los raíles estaban levantados. El  silencio era lo único que se escuchaba, pero los ecos de aquel episodio de la infancia volvieron de nuevo a mi mente. En uno de los huecos de la pared un enjambre de avispas se había adueñado del lugar.

     El segundo episodio lo viví durante mi etapa de internado en un colegio religioso. Yo entonces tenía diez  u once años. Durante los tres días de ejercicios espirituales, el silencio y el recogimiento eran normas de absoluto cumplimiento. El predicador solía ser una persona avezada y experta en influenciar al auditorio. Aquel día tocaba el tema del pecado y del infierno. La historia es la siguiente: Dos chicos adolescentes aprovecharon el domingo para ir al baile (una actividad un tanto pecaminosa por aquel entonces). Ya de madrugada, agotados, volvieron a sus casas. Uno de ellos, aunque muy cansado, rezó sus oraciones rápidamente y acto seguido se acostó. El otro se acostó directamente. Al amanecer, éste apareció muerto en su cama (a todo esto imaginad el énfasis, los silencios y la teatralidad del predicador mientras lo contaba, y nuestros demudados rostros escuchándole). Pues bien, al día siguiente mientras se desarrollaba el funeral de cuerpo presente en una iglesia afligida  por el temor, en mitad de la ceremonia el féretro se abrió con estrépito ante el espanto de todos e incorporándose el muerto y con voz de ultratumba se le oyó: "No recéis por mí, ya estoy condenado". 

     Más que una historia de miedo, aquello lo viví como terror psicológico que me costó un tiempo superar. Eran los años del nacionalcatolicismo.


martes, 6 de octubre de 2020

Todo por la pasta

      La propuesta que le hicieron aquella tarde no le dejaba dormir. Jonathan Mendoza la repasaba una y otra vez sin decidir aún su respuesta, sin duda era una apuesta arriesgada pero necesitaba el dinero. Treinta  mil euros era una cantidad lo suficientemente atractiva como para dejarla escapar. El encargo: matar y deshacerse del cadáver de alguien a quien no conocía. El objetivo era un conocido disidente marroquí acusado de haber intentado asesinar a Mohamed VI. Los servicios secretos marroquíes  no se atrevían a ejecutarlo ellos mismos  debido al conflicto diplomático que se podría desatar con España. La ventaja de recurrir a Jonathan radicaba en que  como narcotraficante y atracador  era uno más de los delincuentes que operaban en el país. Había pasado cuatro años en la cárcel por el último atraco a un banco. El escaso botín no fue obstáculo para que el implacable juez los condenara  por herida de bala a uno de los rehenes a causa de la torpeza  de su compinche. El juez les dijo que ese tiempo  en la sombra les ayudarían a reflexionar. Y lo hizo.  Se juró no volver más a pisar la cárcel. Sentía rabia por todos los días que había permanecido encerrado. La cárcel nunca redimía, los hacía a todos peores. 

     Antes de frecuentar las malas compañías había trabajado en la construcción, manejaba la retroexcavadora y su retribución no era mala, pero nada se podía comparar con el dinero que le proporcionaría formar parte de una red bien implantada en la capital.

     Jonathan no era el expresidiario al uso de mirada torva y huidiza enseñando tatuajes. Vivía  en Usera, un barrio de calles estrechas donde los bazares y restaurantes chinos formaban parte del paisaje urbano. El los despreciaba a todos  alegando que de unos años a esta parte habían  invadido su barrio de toda la vida. Bajo su aparente frialdad se escondía  un carácter duro   cuya única debilidad era ver a su madre con la salud quebradiza.  Su padre había desaparecido al poco de nacer  y  ella tuvo que hacerse cargo de él y de sus cuatro hermanos limpiando suelos y demás trabajos ocasionales que se le presentaran. Ahora la artrosis no la dejaba descansar y requería los cuidados de alguien con carácter casi  permanente.

     Tumbado en la cama daba vueltas una y otra vez al encargo. Él no era un asesino. Matar a alguien sin un motivo personal era algo que le repugnaba. Estaba preparado para cualquier cosa, pero esa era una frontera que le costaba cruzar. Al día siguiente contactó con Vasile, un  ex militar búlgaro o macedonio que había conocido en la cárcel. Un tipo sin escrúpulos capaz de cualquier cosa. Acordaron en un paraje solitario sin cámaras de vigilancia ni testigos que Vasile lo mataría y él lo haría desaparecer. La respuesta de Vasile fue de manual de mercenario; antes de aceptar un encargo siempre acostumbraba a preguntar dónde, cuándo y sobre todo, cuánto.  Recibió una fotografía y la dirección.  El botín se repartiría a medias.

     La víspera de la fecha fijada para  la operación la televisión dio  la noticia. Un ciudadano marroquí  de cincuenta años se había arrojado desde el séptimo piso de su domicilio falleciendo en el acto. La foto no dejaba lugar a dudas. Jonathan quedó   abatido  al saber  la noticia. Alguien se había ahorrado treinta mil euros.


jueves, 24 de septiembre de 2020

Amigos de lo ajeno

 

    La pandemia mundial provocada por la Covid19 ha cambiado el protagonismo informativo que antaño, recuerdo, volvía de manera recurrente  una y otra vez sobre el avistamiento de ovnis o el monstruo  del lago Ness como  noticias  durante el mes de agosto en nuestro país.   En la actualidad los contenidos rosa de ciertas cadenas de televisión  ya forman parte de algunos medios generalistas y las noticias que se cuelan  es que Fulanita incendia las redes con su posado en bikini o bien nos adelantan los tres  consejos infalibles para eliminar esa grasa que se acumula con los años en el abdomen. 

     En mi caso particular la noticia a la vuelta de las vacaciones ha sido que  unos desalmados entraron en mi domicilio con la intención de llevarse dinero en metálico o algún objeto de valor. Después de revolver en armarios y cajones se ensañaron con una vieja maleta que había a la entrada. Los ladrones, que al parecer desconocían el mecanismo de apertura de las maletas antiguas, la destrozaron forzándola creyendo que allí se custodiaban  objetos de algún valor y en la que únicamente  guardaba  recuerdos familiares: fotografías en blanco y negro,  el historial militar de mi abuelo una vez concedida la licencia absoluta en 1915 en Larache (Marruecos), recortes de periódicos antiguos, mi cartilla escolar, el árbol genealógico de la familia, una cajita con esquirlas de metralla de la Batalla del Jarama de la guerra civil en la que participó mi padre... Lo curioso es que buscaron también en el doble fondo, tal como se ve en las películas de  serie B cuando los narcotraficantes colocan ahí su mercancía para esquivar a la policía en los aeropuertos. Total, que la maleta no contenía nada interesante para ellos pero quedó destrozada y mi tarea es ahora ver la forma de recomponerla sin que se note  demasiado el asalto.

    Esa maleta era todo cuanto mi tía Luchy tenía cuando emigró a Argentina en 1946, un país entones próspero que nos enviaba barcos cargados de cereal y de carne congelada para paliar el hambre de  la posguerra. Al cabo de unos años mi tía volvió a España y probó fortuna en Suiza y luego en Francia hasta que definitivamente se estableció de nuevo en nuestro país.  Hace unos pocos años la encontré abandonada y polvorienta  en el desván de la casa de mis abuelos  junto a otros muchos enseres. Tras enterarme por terceras personas de la historia de esa maleta, le pedí permiso para quedármela. Desde entonces todo lo que considero antiguo y de algún interés histórico lo guardo allí, como si  fuera depositaria de retazos de nuestras  vidas.

    Contemplo   la vieja maleta destrozada y me pregunto de cuántos adioses fue testigo, los barcos y trenes que la transportaron, los secretos que vio y guardó. Ahora es el tiempo de su retiro, ya no viajará más. Permanecerá visible a la entrada de mi casa, orgullosa de su pasado, tal vez con añoranza de tiempos que ya no volverán.

     Cuando  el perito del Seguro me preguntó en cuánto valoraba la maleta me quedé dudando. ¿Es posible poner precio a un recuerdo familar? A veces ocurre que las cosas que verdaderamente amamos, para otros no tiene absolutamente ningún valor.


domingo, 6 de septiembre de 2020

La felicidad era eso

      Los seres humanos, con pequeñas diferencias dependiendo del sitio en el que nos ha tocado vivir, solemos repetir patrones de conducta bastante similares a lo largo de nuestras vidas. En sociedades más avanzadas y de consumo como la nuestra,  esas similitudes son todavía más claras. Todos nos formamos y preparamos para la vida: Aspiramos a un trabajo bien remunerado, vivir en un entorno agradable, adquirir a poder ser una segunda residencia, viajar, conocer mundo y otras culturas, que nuestros hijos vayan a un buen colegio, que aprendan idiomas, etc, etc. Yo también he participado en esa rueda, pero hubo una época en mi vida en que elegí vivir de diferente manera.
     A los veinte años fui a vivir a una comuna. Era un tanto peculiar, con fuertes raíces religiosas que pronto derivaron hacia un compromiso social y político. Eran los últimos meses de 1975 y Franco agonizaba. El alquiler de la casa con un pequeño patio costaba 4500 pesetas (27 euros) mensuales, el billete de Metro 6 ptas (0,03 céntimos), el cine 100 ptas (0,60 euros) y el precio por comer en un buen restaurante 2000 ptas (12 euros). La Gran Vía se llamaba Avenida José Antonio y la actual calle Príncipe de Vergara era General Mola. Los periódicos que se leían entonces en Madrid eran: Informaciones, ABC, Pueblo, Ya, El Alcázar y Arriba. El diario El País todavía no había nacido. Éramos siete compañeros y en casa lo compartíamos  todo: limpieza, compra, cocina... también  el dinero. Nunca hubo problemas entre nosotros. Expresamente renunciamos a la televisión porque hubiera limitado mucho nuestro ritmo asambleario, todo se discutía y se aprobaba por mayoría. Así vivimos los años de la Transición, una época de esperanza y de sueños que luego en parte se vieron truncados. Acudíamos a las manifestaciones por la amnistía y las libertades, por la legalización de los partidos de izquierda, etc en unos años en los que algunos cayeron víctimas de los grupos armados de ultraderecha entonces todavía fuertes. Luego, en junio de 1977 vinieron las primeras elecciones democráticas después de casi cuarenta años. Era algo histórico y todo lo  vivimos con la ilusión de que algo nuevo estaba a punto de nacer  y de que todo iba a cambiar para siempre.
     Fuimos unos románticos idealistas cuando había que serlo. Creíamos en la utopía, en una sociedad mejor, más justa e igualitaria. El dinero apenas tenía valor para nosotros. Al menos  en dos ocasiones dimos dinero a un vecino taxista  que atravesaba apuros económicos. Trabajábamos en el sector de limpieza, en el de transportes y en el de electrodomésticos , alguno estudiaba una carrera pero eso no significaba discriminación alguna por el hecho de que no aportara. Nuestra casa siempre estaba abierta a quien quisiera charlar o conocernos. La generosidad era lo que definió a aquel grupo y también el compromiso social en un barrio obrero necesitado de infraestructuras sanitarias, deportivas y culturales. Los aledaños de nuestra casa estaban sin asfaltar y en invierno había que sortear el barro  que se formaba con las lluvias. Tuvimos la suerte de conocer gente especial que nos ayudaron a consolidar nuestro proyecto. Discutíamos y reflexionábamos mucho, siempre con el propósito de reforzar los objetivos que nos habíamos marcado. En las fiestas y cumpleaños siempre se cantaba, no importaba que desafinásemos. Lo importante era la celebración. Es una costumbre que se va perdiendo. Luego inventaron el karaoke. A nuestros vecinos les llamaba la atención y les chocaba nuestra forma de vida sobre todo cuando nos veían en la cola para la compra en la carnicería o pescadería. Por aquel entonces ir a la compra todavía era tarea exclusiva de la mujer. Era normal que nos dejaran colarnos saltándonos la vez. Nuestros padres fueron en alguna ocasión a visitarnos, a ver cómo nos apañábamos; respetaban nuestra opción pero creo que nos tomaban por una panda de locos y nos pronosticaban un corto futuro. Pero la experiencia duró siete años. Poco antes del final uno de los compañeros se marchó a Panamá llevado por su compromiso. Todavía sigue allí, organizando cooperativas de campesinos que luchan por un desarrollo sostenible. 

     No caeré en la tentación de decir que todo fue estupendo y maravilloso. Entre nosotros también hubo discrepancias y algunos momentos de tensión, entre otras cosas, porque en un determinado periodo  llegamos a ser nueve personas. Ahora echo la vista atrás y lo valoro posiblemente como  los mejores años  de mi vida. Es más, miro en mi entorno cercano y apenas encuentro experiencias parecidas.

     La casa donde vivimos ya no existe, la derribaron para hacer un colegio. Quiero pensar que tal vez nuestra lucha sirvió para algo, al menos eso es lo que pretendimos. En 1983 echamos el cierre. Cada uno buscó su camino, nos casamos y vinieron los hijos pero eso no significó un adiós porque el recuerdo de aquella experiencia, los años vividos y la amistad siguen plenamente vigentes entre nosotros. En la actualidad todas las semanas nos seguimos viendo para intercambiar opiniones, charlar acerca de nuestras vidas y proyectos en torno a unos vinos y  cervezas. No hace falta que diga sus nombres. Ellos saben de quiénes estoy hablando.


lunes, 10 de agosto de 2020

De comilonas y tragantúas

      De un tiempo a esta parte los programas de televisión referidos a la cocina han atraído a una audiencia deseosa de saber y aprender, desde las recetas más tradicionales hasta las más vanguardistas. Las escuelas de hostelería se catapultan ahora como salidas para un empleo de prestigio y socialmente reconocido.      

      La buena mesa, el arte de comer, la pitanza, etc han dejado una abundante muestra en la literatura y las artes a lo largo de la historia. Ya Petronio en su obra El Satiricón, nos muestra la afición de las clases altas del Imperio Romano por los excesos en la mesa, y también el cinismo e inmoralidad del círculo más próximo de quienes detentaban el poder. 

     Aunque en general tenemos la idea de que los banquetes en la Edad Media eran festejos toscos, con gente comiendo con las manos enormes trozos de carne sobre la madera desnuda, lo cierto es que un banquete del siglo XV se aleja por completo de esa idea, pues contenía los mismos ingredientes de lujo, ostentación y detalles en el menú que en la propia ropa de los asistentes. Las mesas estaban ocupadas por un rígido protocolo, la realeza a un lado y los nobles al otro. Los trozos de carne debían ser pequeños, que se pudieran tomar con solo tres dedos, que es lo que exigían los buenos modales. Los trinchadores los colocaban en pequeñas fuentes que podían ser individuales o compartidas por dos invitados.

     Ya en la actualidad, mi ilustre paisano José María Iribarren en su libro Batiburrillo navarro da cuenta de algunos estómagos formidables, capaces de verdaderas hazañas en torno a una mesa bien surtida de viandas.  Cita en el libro que a finales del s. XIX pasó por Pamplona en Sanfermines el famoso escritor, periodista, médico y gastrónomo José Castro y Serrano, el cual, en un artículo habla irónicamente de lo que comen en nuestra tierra. Cito textualmente: “Al desayuno chocolate con profusión de adherentes, más parecido a almuerzo que a desayuno. A las diez la ley que es una friolera: un huevecillo frito, una magra, cualquier cosa; a las dos gran comida que se compone por lo menos de sopa, dos cocidos, tres o cuatro principios, ensalada, dulces y postres. Por la tarde merienda; refresco al anochecer  y por la noche de nueve a diez una cena semejante a la comida, es decir, formal. Dícese que los alimentos son flojos y, en efecto lo son: buena vaca, ricas truchas, lechón y cordero asados; excelentes embutidos de puro lomo, pollos y pavo, pasteles y empanadas, sabrosos quesos y natillas, frutas brotando miel, todo flojo y sencillo; todo de una frugalidad abrumadora”.

    En Zalacaín el aventurero, Pío Baroja, acordándose de las visitas con su madre a las fiestas de Larumbe cuando era niño, también describe las fiestas pantagruélicas de los pueblos navarros:

    “El pueblo celebraba sus fiestas, que en Navarra se llaman “mecetas”, y la gente comía constantemente desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche sin parar. El desayuno se mezclaba con el segundo desayuno de las once; éste con la comida, la comida con la merienda, y la merienda con la cena”.

      Siguiendo con Iribarren, cuenta que en un banquete celebrado en un pueblo de la montaña navarra, un amigo suyo tuvo ocasión de ver a un ejemplar notable. Era un hombre panzudo, cara sonrosada, de anchas mandíbulas. Embestía contra las viandas y les roía los zancajos a los corderos con tan sañudo encarnizamiento, que su amigo apenas comió por ver comer a este voraz insigne. Se atizó tantos platos y en tan inmensas cantidades que más de uno temió que diese un reventón o que se atragantase de alimento. Cuando al final del ágape, quedó ahíto de comestible, su informante le dijo:

     —Estará usted hasta la nuez.

     —No lo crea —le respondió.

     Y le hizo esta bárbara confesión:

     —Por comer, comería aún más; lo que pasa es que me se cansan las varillas (las mandíbulas).

     Hace escasas semanas  visité un conocido restaurante madrileño famoso por su cocina de autor, llamada también cocina creativa. La imaginación, la mezcla de ingredientes, el esmero y la calidad en su elaboración, la exquisitez en la presentación son factores que representan este tipo de cocina. También el léxico un tanto prolijo  y sofisticado del nombre de sus platos. Vean si no el menú degustación tipo delicatesen que nos ofrecieron en el referido restaurante:

     1º Tartar de atún rojo Balfegó con ajoblanco de raifort y perlas de yuzu.

     2º Mini verduritas de temporada con emulsión de apionabo.

     3º Arroz meloso trufado de setas y emulsión de trufa.

     4º Sam de merluza Orly con mayonesa de café, lima y hierbas aromáticas.

     5º Cochinillo del chef con puré de castañas y tamarindo.

     6º Postre del chef: espuma de coco con limón y helado de yogurt.

     El estilo y el contraste entre ambas propuestas queda bien patente en la carta de presentación. A mí, que no soy de mucho comer, me agradó la propuesta y la elaboración de los platos, pero acordándome de nuestro amigo montañés dudo mucho que  saliera satisfecho de la visita a este establecimiento.


miércoles, 29 de julio de 2020

Catorce kilómetros


      Hace ya bastantes años, cuando el fenómeno migratorio comenzó a afectar directamente  a  España, vi un anuncio en el periódico que me llamó la atención. La Cruz Roja necesitaba voluntarios que dominaran el francés para labores de apoyo en Salvamento Marítimo durante los meses de Julio y Agosto. Tenía entonces veintisiete años y un espíritu romántico que me empujaba a cambiar el mundo. Rellené la  instancia, pasé una prueba y al cabo de tres semanas me llamaron para realizar un curso básico de aprendizaje en Algeciras, centro de operaciones que abarcaba toda la zona del Estrecho. Yo formaba parte de un grupo compuesto por enfermeras, médicos, psicólogos y hasta una matrona. Ya el primer día que nos hicimos a la mar para participar en un rescate, me impactaron las condiciones en que llegaban a suelo español las aproximadamente setenta personas a bordo de una barcaza: hipotermia, calados hasta los huesos y sin poder mantenerse en pie después de un viaje de ocho horas sin apenas espacio para moverse.
       El quinto día nos comunicaron que debíamos salir con urgencia para socorrer a una embarcación que se encontraba a la deriva a unas dos millas de la costa. Era al atardecer y apenas había luz natural. En unos minutos subimos a la lancha mantas y víveres en medio de un gran nerviosismo pues éramos conscientes de que el  retraso de unos minutos podía significar la diferencia entre la vida o la muerte. Cuando llegamos, la barcaza estaba a punto de naufragar debido a que todos querían abandonarla al mismo tiempo en medio de una gran confusión. Los primeros en subir fue una joven pareja con un bebé de pocos meses en brazos de su madre, entre escenas de alivio y también de llanto por todo lo que habían sufrido. Mientras repartíamos agua y mantas, observé que todos saludaban al padre del bebé con muestras de agradecimiento y palmadas en la espalda. Llevado por mi curiosidad quise saber el motivo y me dirigí a él antes de que pasaran el control policial para su identificación. Me dijo que se llamaba Malik, que era camerunés, pero una vez que vio a los policías uniformados cambió su actitud y se mostró receloso a seguir hablando conmigo. Traté de tranquilizarle diciéndole que estábamos allí para ayudarles, que comprendíamos las razones para abandonar sus países en busca de un futuro y que nuestra tarea era que estuviesen lo mejor atendidos. 
      No sé si mis palabras lograron convencerle pero al menos logré que siguiera hablando tras asegurarle que no era ni periodista ni policía y que  todo lo que contara quedaría entre nosotros. Comenzó entonces a relatar la odisea de su viaje. Había salido de su país hacía dos meses, pagado a varios guías hasta alcanzar la costa marroquí y luego al patrón de la patera. En total cuatro mil euros reunidos entre todos sus parientes. Antes de partir, un amigo le dijo que se hiciera con un arma. La travesía fue larga y difícil, llena de sobresaltos. En Malí una noche quisieron violar a su mujer, cosa que impidió apuntando con su pistola en la nuca al agresor. Nunca un consejo  le fue tan valioso. Ya en el Estrecho, el patrón de la embarcación, tras divisar de cerca la costa española les conminó a abandonar la embarcación amenazándoles con dar la vuelta si no lo hacían. Él se le enfrentó diciendo que ellos habían pagado para hacer la travesía completa, en vista de lo cual el patrón comenzó a maniobrar para dar la vuelta. Presa de desesperación, Malik sacó entonces su pistola, le disparó tres veces y le hizo caer al agua mortalmente herido. Nadie hizo nada por  socorrerle pero la embarcación quedó a la deriva a merced de las olas durante dos horas. Luego, cuando observó que se acercaba la patrulla de salvamento tiró la pistola al mar.
       Comprendí entonces su miedo a la policía, pero era poco probable que nadie le denunciase. Todos hubieran apretado el gatillo para librarse de alguien que comerciaba con ellos como si fueran mercancía. El Estrecho se había cobrado una nueva víctima pero esta vez nadie lamentó su muerte

lunes, 6 de julio de 2020

Dos minutos y treinta segundos


      Todo el mundo le había asegurado que durante aquellos días la diversión estaba garantizada, que tan  solo era cuestión de dejarse llevar por las calles y plazas del centro de la ciudad, un hervidero de gente en donde el blanco y el rojo eran los colores predominantes. Julián se encontraba  en Pamplona un 7 de Julio, una ciudad a rebosar. Había acudido con sus amigos dispuestos a pasar un fin de semana inolvidable, aunque a decir verdad, él iba más que nada a seguir las huellas de Hemingway, un personaje que siempre le había fascinado por su vida bohemia, su pasión por la caza y la pesca, amante del deporte (practicaba el rugby, natación, waterpolo, atletismo, boxeo) su espíritu aventurero y también por la etapa de  reportero de prensa  durante la guerra civil española. Julián quedó impresionado al saber que se había enfrentado a su familia por su deseo de viajar a Europa y combatir en la primera guerra mundial cuando todavía no había cumplido los dieciocho años. Conocedor de todas sus obras,  se preguntaba qué era lo que de verdad le había atraído de los Sanfermines para ser capaz de volver varias veces a Pamplona.
      A pesar de que no habían dormido la noche anterior y estaban cansados, todavía les quedaba un último  esfuerzo: correr el encierro. Julián deseaba vivir emociones fuertes, las mismas que Hemingway había sentido y supo dar a conocer al mundo las sensaciones de una fiesta única. En el momento en que sonó el cohete sintió cómo su corazón se aceleraba mientras sus amigos se daban ánimos esperando a los toros en la calle Estafeta. Poco a poco la carrera se fue acelerando y un minuto  más tarde la manada pasó junto a él como una exhalación. Trató de buscar a sus amigos pero éstos habían desaparecido en medio del tumulto. No importaba, pronto se reunirían en el lugar acordado para desayunar y comentar  experiencias.
      En ese momento miró hacia la izquierda y lo que vio le dejó sin aliento.  Un toro rezagado venía derecho hacia  él, se encontraba a dos metros de distancia y  no tenía  escapatoria posible porque se encontraba contra la pared. En medio del espanto se fijó en las impresionantes astas que coronaban su cabeza y en unos ojos que le miraban fijamente sin prestar atención a los pastores que con sus varas trataban de llevarse al animal. No existía un manual sobre cómo salir de ésta. Correr era su única alternativa pero el miedo le dejó paralizado.En medio del pánico quiso gritar pero de la garganta tan solo salió una especie de súplica. Se acordó de que también Hemingway había asumido el riesgo físico en varios momentos de su vida. Sin saber por qué, le vino a la mente la frase “vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver” y de repente le pareció absurda y ridícula porque nadie desea morir joven. Allí se encontraba , en una de las calles más famosas del mundo, a la vista de decenas de fotógrafos y cámaras que recogerían esos momentos de angustia. Confiaba   que en  su casa no vieran esas imágenes dramáticas. Cuando el animal se abalanzó sobre él, cerró los ojos porque no deseaba ver el final.  Lo último que recordaba eran los desgarradores gritos desde los balcones.       

martes, 23 de junio de 2020

Adolescentes


      Adriana se sabe el centro de las miradas de sus compañeros de clase. A su belleza se une su carácter abierto y espontáneo que la hacen ser la admiración de ellos y la envidia más o menos disimulada de ellas. Estudia segundo de Bachillerato y ya está pensando en su ingreso en la Universidad aunque todavía no tiene muy claro qué carera elegir. Desde pequeña sus padres le han inculcado que debe ser responsable de sus acciones y en general son tolerantes con ella  respecto a horarios y esas cosas que inquietan cuando se tienen hijos en edad adolescente.
     Suele  recibir  en el móvil mensajes y bromas sobre todo  de Alex y Pablo, compañeros de clase, pero a ella quien de verdad le atrae es Diego, un tipo alto y atlético, que casualmente es de los pocos que no le rondan a su alrededor. A menudo piensa la manera de estar a solas con él y lo comenta con sus amigas Lucía y Raquel para saber su opinión.
     —Hija, deja algo para las demás —le responden con sorna. Además, ese chico no te va. Sólo piensa en los estudios. Debe ser un aburrimiento salir con él.
     El colegio está preparando el viaje de fin de curso a Roma. Quieren saber qué conocimientos tienen los alumnos  de la ciudad y qué lugares desean  visitar, pero de momento Adriana piensa más en la fiesta de su cumpleaños y a quién piensa invitar.
     —Tía, vas a flipar —le dice Lucía. Ayer casi sin querer miré en la mochila de Diego.
     —¿De verdad era sin querer?
     —Escucha. Tiene una agenda con los datos de todos nosotros: nombres, edades, dónde vivimos, aficiones... ¿no te parece algo raro?
     —¿Pone algo de mí?
     —Joder tía. ¿Sólo te preocupa eso? Esas cosas en el cine las hacen los psicópatas.
     Adriana no quiere darle más importancia al asunto pero en su interior piensa si su amiga no tendrá algo de razón. Intenta concentrarse en la preparación de la fiesta de  cumpleaños en el chalet que sus padres tienen en un pueblo cerca de Madrid. Ha invitado a quince compañeros, también a Diego aunque sus amigas creen que no acudirá porque es un tío raro que va a su aire.
     El día de la fiesta la previsión es de una jornada de mucho calor. Alex es el primero que llega en una Harley que conduce su primo Mario, algo mayor que él. Se lo presenta y una vez que están todos, después de recibir los regalos y las sorpresas, Adriana  invita al resto a refrescarse y tras un momento de vacilación la mayoría  acaban en la piscina. Las miradas y las risas se entremezclan con las bromas de los más atrevidos. Adriana se siente un tanto desilusionada porque Diego al final no ha acudido a la fiesta pero intenta disimular su decepción y propone que Lucía y Raquel se encarguen  de la música y que Pablo, Alex y Mario preparen la barbacoa. En ese momento y ante la sorpresa de todos aparece Diego de manera discreta con un ramo de flores. Adriana no lo dice pero es el regalo que más ilusión le ha hecho. Sus amigas se dan cuenta inmediatamente e intercambian  miradas de complicidad. 
     Después de la comida la fiesta continúa entre risas. El alcohol comienza a aflojar los sentidos y a liberar las voluntades de los más reticentes. Entre todos han alquilado un micro bus que les llevará de regreso a sus hogares  ya que era la condición que habían impuesto los padres de Adriana que, radiante, apaga las diecisiete velas, siente que la vida es una fiesta  que contagia alegría y  ganas de ser feliz. El reggaeton y el trap se hacen los dueños de la tarde mientras Alex y Mario consumen alguna sustancia fuera del alcance de las miradas indiscretas del resto, que se divierten chapoteando en la piscina.
      A media tarde, cuando el ambiente está lo suficientemente animado, Alex y Pablo proponen que jueguen a "verdad o reto", un juego de preguntas y respuestas en el que se ponen a prueba el humor, salen a relucir los requiebros, la fantasía y el atrevimiento de los participantes. Todos aceptan. El juego comienza con preguntas  inocentes pero poco a poco el nivel va subiendo. Se sortean las parejas que deberán permanecer durante un máximo de cinco minutos en una habitación. Cuando la pareja  Adriana y Mario  resulta  elegida al azar, se escuchan los primeros murmullos a su alrededor que pronto desaparecen porque Lucía sube el volumen del reggaeton. Han pasado casi los cinco minutos cuando Diego sale del baño y escucha gritos que provienen de la habitación de arriba. Abre la puerta sin llamar y les sorprende forcejeando en la cama con Adriana al borde del llanto. Diego  fulmina con la mirada a Mario diciéndole que se largue de casa. Aliviada por su presencia, se abraza a él y éste le tranquiliza con palabras cariñosas llenas de ternura que era lo que Adriana necesitaba, en vez del comportamiento zafio del bruto que le cayó en suerte. Ya más relajada, echa el pestillo a la puerta,  lentamente se va desnudando y busca la boca de él poniéndose de puntillas. Luego le quita la camisa a Diego y abraza su torso musculoso, pero le nota algo frío y distante sin entender cuál es el motivo. Ella sin embargo se siente feliz, era lo que siempre había deseado apareciendo por sorpresa en el momento oportuno. Los ecos de una Harley  que desaparece se escuchan entre el sonido del reggaeton. Luego Diego se separa y camina despacio hacia la ventana mirando un largo rato fijamente a un punto. Adriana siente curiosidad y acude  para saber cuál es el objeto de su interés. Los dos observan en silencio a Pablo que está sentado en el columpio con un vaso en la mano contemplando sonriente al resto del grupo. 
     Adriana, decepcionada, ahora lo comprende todo. El juego ha terminado  para ella.                                                                                                                                 

miércoles, 10 de junio de 2020

Sin noticias del pasado

     Hoy toca comida familiar en casa de los Rodríguez. La excusa es el cumpleaños del abuelo Juan y por ese motivo han reunido a sus hijas, yernos y a Luis, el nieto de ocho años. La prodigiosa memoria que disfrutaba Juan hasta hace unos años ha ido desapareciendo y una espesa niebla se ha adueñado de su cerebro en los últimos tiempos. Apenas participa ya en las conversaciones porque la mayor parte del tiempo se encuentra sumido en el silencio en medio de un laberinto del que le resulta difícil salir. Tan sólo  en algunos períodos cortos de lucidez es capaz de seguir alguna conversación que no requiera demasiado desarrollo argumental.
     Su familia es consciente de su estado y procura dejarle solo con sus pensamientos mientras ellos pasan de un tema a otro durante la larga sobremesa. Dora, su mujer, observa con gesto impotente su mirada vacía, ajeno a las conversaciones que se suceden sobre la situación política, Cataluña y los diversos casos de corrupción. Luego ella y sus hijas se lamentan  de que después de toda una vida de trabajo no pueda disfrutar de su jubilación porque una enfermedad silenciosa ha hecho mella en él y ahora apenas es capaz de reconocer a quienes tiene a su lado. Para todos es una situación difícil, sobre todo para Dora que sabe con cuánta ilusión esperaba ese momento para dedicarse a su pasión favorita: las maquetas de barcos, que con tanto cariño y paciencia se entregaba a su construcción. Un majestuoso galeón español del S. XVII de más de un metro de largo está situado en un lugar preferencial del salón. A menudo lo contempla con indisimulado orgullo, invirtió más de tres años en construirlo pero sabe que el  esfuerzo mereció la pena. Para él es el objeto de más valor de la casa, hasta hubo un anticuario que estuvo dispuesto a comprarlo a buen precio, pero él siempre se negó diciendo que un padre nunca abandona ni se desentiende de sus hijos.
     Su nieto Luis se le queda mirando porque no comprende cuál es esa misteriosa enfermedad que le mantiene ajeno a lo que sucede a su alrededor y a día de hoy todavía nadie se lo  ha explicado suficientemente. El abuelo a veces le sonríe y le hace alguna carantoña pero hoy, después de soplar las velas varias veces y recibir los aplausos y los regalos de su familia parece que algo se ha reactivado en su cerebro. En un momento dado le hace gestos a su nieto para que se acerque.
      —Dime. ¿Tienes muchos amigos? 
      —Uff tengo mazo —le contesta su nieto de inmediato.
      — ¿Y eso son muchos o pocos?
      —Todos los de mi clase y los del equipo de fútbol. ¿Y tú tienes amigos?
      —Uno —le responde lacónicamente.
     La breve conversación se interrumpe porque Juan se ha desconectado de la realidad y su cerebro ha vuelto a ese estado de oscuridad en el que pasa la mayor parte del tiempo.
     Han pasado ya siete años desde entonces y Luis vuelve del cementerio junto a su madre  donde acaban de incinerar al abuelo.  En casa ambos luchan por disimular las lágrimas a pesar de que hacía ya mucho tiempo que dejaron de comunicarse con él, pero Luis siempre escondió una duda en su interior y ahora cree que es el momento de plantearla.
      —Mamá. ¿Quién era ese amigo del abuelo?
      La pregunta devuelve sin pretenderlo a la madre  a su infancia y a un periodo difícil en el que era mejor no preguntar según qué cosas porque ello abría  heridas que tardaban mucho tiempo en cicatrizar. Se sienta junto a él y por fin le cuenta lo que durante tantos años ha callado.
      —Tu abuelo ha muerto dos veces. Sí, has oído bien y me explico. Cuando era joven le acusaron del atraco a una joyería que él no había cometido. Fue a parar a la cárcel y allí conoció a un comunista, el cual le enseñó a leer y escribir. Le contó cómo era su vida en la clandestinidad, los malos tratos y torturas que había sufrido a causa de sus ideas. Quedó muy impresionado por su historia e hicieron una gran amistad. Al cabo de dos años se demostró su inocencia deteniendo la policía al verdadero culpable pero el daño ya se lo habían hecho. Rehízo su vida, se puso a trabajar y tres años después su amigo comunista alcanzó también la libertad. Cuando tu abuelo se casó invitó a su amigo a la  boda.  Le recuerdo viniendo a nuestra casa para visitar a mi padre. Juntos comentaban historias que habían vivido en prisión, una época triste pero que sirvió para unirlos y sobrellevar aquella experriencia tan amarga. 
    En su última visita, tu abuelo ya no le reconoció. Decía que quién era ese señor, que se fuera, que él no quería comprar nada. Esa fue la primera vez que murió. 

miércoles, 27 de mayo de 2020

Dos mundos diferentes


       A pesar de que ya llevaba varios años en España, Rachid seguía teniendo muy presente su condición de extranjero. Lo notaba en los gestos y en las miradas cuando iba en el Metro, en las conversaciones de los vecinos y en los comentarios del mercado de frutas donde trabajaba. La mayoría de la gente era amable con él, se sabía aceptado, pero algo le recordaba que era diferente; el lugar de procedencia y el color de su piel eran sospechosos allá donde fuera.
       Aunque educado en la fe musulmana en una familia muy tradicional, Rachid hacía tiempo que casi había abandonado la práctica religiosa, en parte escandalizado por tanto horror cometido en nombre de Alá en varias ciudades europeas. Ahora su única preocupación era enviar dinero todos los meses para ayudar a sostener a sus padres y cinco hermanos en Marruecos.
        En una fiesta celebrada en Lavapiés para conmemorar el fin del Ramadán conoció a Olivia, profesora de Literatura en un colegio público  de Vallecas. La conversación rápidamente giró en torno a ciudades como Xauen, Fez y Marraqueh que ambos conocían y de lo cerca y a la vez tan lejos que se encontraban sus respectivos países.  Rachid era bastante occidental en su estilo de vida para ser marroquí y Olivia demasiado libre de prejuicios para ser española. Los dos simpatizaron casi desde el principio; a Olivia le atrajo la alegría natural y las constantes bromas de Rachid y a éste la melena rubia y el movimiento de caderas de ella. 
        —¿Volverás a tu país? —le preguntó una tarde Olivia sentados en la terraza de un bar.
        —Sí. Aquí a cada paso me recuerdan que soy extranjero. Estoy ahorrando para construir una casita y montar un negocio. Me gustaría que vinieras conmigo. Allí podrías dar clases de español. 
        Sus constantes encuentros fueron afianzando una relación cada vez más estrecha. Ella ya intuía que esa invitación  tarde o temprano tendría que llegar. Veía en él un corazón sincero, todavía no contaminado por el resentimiento hacia una Europa que le cerraba las puertas.
       —Me lo pensaré —dijo Olivia con una sonrisa.
       —¿En serio? —respondió Rachid loco de contento sin acabar de creérselo.
        Rachid se mostraba convencido de que esta vez no habría barreras ni fronteras y que al fin había encontrado a una persona libre de prejuicios que no miraba el color de su piel ni el país de procedencia. Tomó una mano de Olivia entre las suyas.
        —Pero con dos  condiciones  —le advirtió Olivia.
        —¿Cuáles? —preguntó expectante.
        —Ni matrimonio, ni niños.
       A Rachid le cambió el semblante cuando escuchó estas palabras.
        —Pero... ¿Por qué? —dijo con voz lastimera.
        —Quiero seguir siendo libre. Tengo veintiséis años y de momento no me planteo tener hijos.
        Él sabía que sus padres nunca aceptarían ese sometimiento. ¡Una infiel y encima con exigencias! Pronto cumpliría los treinta en un país donde a esa edad muchos ya tenían familia numerosa. Lentamente retiró su mano de la de ella. Demasiadas barreras —pensó. Esta vez no eran físicas sino culturales.

jueves, 14 de mayo de 2020

El peso de las palabras


     Hay una pesadilla que se repite de manera recurrente en mis sueños. Un asteroide de gran tamaño impacta de manera brutal contra la Tierra, a consecuencia del cual ésta se desvía de su órbita para adentrarse por el espacio interestelar siguiendo un rumbo errático. La luz solar se va haciendo cada vez más débil, las estaciones desaparecen, la comunidad científica es incapaz de ofrecer una respuesta que calme a los ciudadanos y la incertidumbre y el pánico se adueñan de la población. Comienzan los asaltos a supermercados y el pillaje, ya no hay ley que ampare a nadie. En el ánimo de todos está el fin que se acerca. Escucho voces y golpes en la puerta de gente que pretende  entrar en mi casa mientras trato de buscar con desesperación el rifle que no tengo. En ese momento me despierto y tranquilizo. Luego, ya más aliviado, me levanto y voy a la cocina a beber un vaso de agua. Son las tres y media de la madrugada. Vuelvo a la cama pero no consigo conciliar el sueño. Doy vueltas y al  final opto por levantarme y coger  de la estantería el libro que dejé ayer casi a punto de terminar faltando una docena de páginas porque el sueño me vencía.
      Me siento frente a la mesa de mi habitación y comienzo a leer. El guion da un giro inesperado que me atrapa y la trama se complica en medio del suspense y la intriga. Paso las hojas con creciente interés, el libro es un tocho de mil quinientas páginas pero lo he devorado en apenas diez días. Cuando paso  la siguiente página observo con incredulidad que está en blanco, así todas hasta el final. En un primer momento pienso que es debido a un error en el proceso de impresión pero me alarmo al comprobar que todas las páginas del libro están ahora en blanco. Me levanto para dejar el libro en la estantería y tropiezo con algo que hay en el suelo. Son todas las frases y palabras del libro que se han desprendido  y ahora  cubren el suelo y se van amontonando  encima de sillas y también de la cama. Cojo otros libros de la estantería y todos están en blanco. El montón de palabras no deja de crecer, ya me llega por las rodillas y tengo dificultades para moverme. Con mucho esfuerzo consigo llegar a la puerta y trato de abrirla. Es inútil, apenas consigo abrir unos milímetros. Jamás pensé que las palabras pesaran tanto. En mi candidez imaginaba que serían algo parecido a la nieve cuando cae; algo en apariencia tan liviano que apenas se nota pero que sin embargo cuando se acumula es capaz de romper las ramas de los árboles y hundir tejados bajo su peso. 
     Miro a mi alrededor. Ahí se amontonan de cualquier manera y en completo desorden verbos, preposiciones, adverbios, conjunciones, oraciones subordinadas, adjetivos, pronombres. Mi situación  empieza a ser desesperada; el montón de palabras me llega ya a los hombros y no veo la manera de hallar una solución a mi problema. Ahora comprendo que las palabras —tanto habladas como escritas— nunca son inocuas; son capaces de expresar la belleza y los mejores sentimientos pero también  pueden llegar a herir e incluso matar. Nunca hubiera pensado que la vida me depararía un final así.  Aparentemente las palabras bailan en el aire cuando las pronuncias, al igual que las notas musicales. Pero eso es en apariencia, porque siempre llevan una carga emocional que las acompaña. Algo se me mete en el oído y me molesta: es una vocal que se ha desprendido de su palabra. La angustia me atenaza y me falta el aire. Ya apenas puedo respirar bajo el peso de centenares de miles de palabras que casi cubren toda la habitación, pero en un  último esfuerzo garabateo con el dedo en el cristal empañado de la ventana un S.O.S. que espero sea mi salvación. 
     En ese momento abrí los ojos debido a la desagradable sensación de frío que me embargaba. Me había quedado dormido sentado frente al libro que acababa de leer de Stephen King.

viernes, 1 de mayo de 2020

El primer amor


      La plaza del pueblo había sufrido bastantes cambios respecto a lo que Agustín Loarre recordaba de su primera juventud. Era normal, habían transcurrido casi sesenta años, toda una vida, y sin embargo los recuerdos estaban todavía ahí, vívidos en su memoria. El antiguo Spar era ahora una sucursal bancaria, el abrevadero ya no ocupaba el centro de la plaza y en su lugar lucía  un flamante kiosko de música con árboles a su alrededor. Lo que más le llamó la atención fue la fila de chalés adosados a la entrada del pueblo, la gran cantidad de coches,  y las cuatro relucientes banderas que ondeaban en el balcón del ayuntamiento: la local, la de la comunidad autónoma, la española y la de la Unión Europea.
       Tras aparcar junto a la casa rural donde se hospedaría, hizo un recorrido a pie por las calles, ahora todas asfaltadas. Las fachadas de las casas en nada se parecían a las de antaño. Muchas habían sido reformadas con materiales de mejor calidad y apenas se veían ya las de adobe que él recordaba en su infancia. Las puertas y el enrejado de los balcones igualmente habían sufrido una gran transformación como dando paso a la  modernidad de los nuevos tiempos. Consultó su reloj, eran las siete de la tarde y quería aprovechar todavía las horas de luz. Siguió andando hasta su antigua casa en un cruce de calles  pero se llevó una gran decepción. Había sido derribada y ahora el solar lo ocupaba un moderno edificio de dos plantas. Tampoco estaba ya la fuente de un caño que él recordaba cerca de su casa, donde solía jugar con sus amigos a ver quién lanzaba el agua más lejos tapando el caño con la mano. 
        Después se dirigió a la Iglesia. Apenas una decena de personas, la mayoría mujeres, asistían a misa. Se sentó en uno de los últimos bancos. El cura era de tez morena y acento sudamericano, pero él no prestaba atención a lo que decía, tan sólo recordaba las muchas veces que había estado allí; las misas en latín, el sermón desde el púlpito, el humo de las velas, los hombres y mujeres en bancos separados, el cura oficiando de espaldas al público. No se dio cuenta de que la misa había terminado hasta que sintió las miradas de las mujeres que salían. Se levantó y fue a la sacristía.
        —Buenas tardes padre —dijo en voz baja para no asustarle.
        El cura se dio la vuelta y le miró con la desconfianza que produce un extraño.
       —Hola. ¿Puedo ayudarle en algo?
       —Mi nombre es Agustín Loarre. Yo nací en este pueblo y viví aquí mi infancia hasta los doce años. Luego a mi padre lo trasladaron. Fui monaguillo en esta parroquia y he estado recordando esos años que ahora me parecen de otra vida.
       El cura terminó de quitarse el ropaje del ceremonial. Su aspecto no se diferenciaba mucho de cualquiera que pasara por la calle. Lucía una barba bien cuidada, pantalones vaqueros y un polo de imitación, de esos que venden en los mercadillos por diez euros. Le calculó unos cuarenta años.
       —Sí, han cambiado mucho las cosas. Para empezar, ya no hay monaguillos ni apenas feligreses. Es una dura prueba pero estamos en uno de esos ciclos de la Historia. Tal vez la Iglesia no ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, sin embargo la gente sigue buscando respuestas.
       —¿Respuestas a qué? —preguntó por curiosidad. 
       —Pues a su insatisfacción personal. Al permanente vacío en que se encuentra.
       Agustín no deseaba entrar en un debate filosófico ni moral. Contempló los muebles y armarios. En una de las paredes había varias fotografías enmarcadas. Se acercó a contemplarlas. 
       —Son los sacerdotes titulares de esta parroquia durante los últimos cincuenta años —le dijo el cura. 
       —No está el que yo conocí. Se llamaba Jerónimo Villanueva.
       —No me suena, pero si tiene tanto interés puedo consultar el libro de actas parroquiales.
       —No gracias. En realidad lo que me produce ilusión es volver a subir al campanario.
       El cura hizo un elocuente gesto con la cabeza indicando lo poco que le agradaba la petición.
       —No lo recomendamos. Hace años hubo desprendimientos y por motivos de seguridad se desaconseja la subida. Además hay algún tramo de escalera en no muy buen estado. Tan sólo los técnicos del Patronato de Monumentos son los que suben  cada cierto tiempo para evaluar el estado de la torre.
       Agustín no se daba por vencido.
      —Se lo pido como un favor personal. He soñado muchas veces con este momento.
      El cura pareció valorar por un instante la situación y acto seguido le indicó que le acompañara.
      —Tenga cuidado, no quisiera que por mi culpa sufriera un accidente. Y no se demore demasiado, me esperan dentro de quince minutos.
      Agustín empezó a subir los escalones de la torre. Al principio, tal vez guiado por el nerviosismo y las prisas, lo hizo con demasiada alegría para su edad. Algunas zonas planteaban problemas en el firme de la escalera, lo cual le llevó a actuar con precaución y cuando llegó al final sintió que el pulso se le había acelerado, teniendo que parar para tomar aire. El lugar era más pequeño de lo que recordaba. Contempló las tres campanas que tantas veces había tocado y las magníficas vistas del pueblo que desde allí disfrutaba. Permaneció así durante varios minutos absorto en sus pensamientos y también descansando para que su corazón se recuperara del esfuerzo. Pero él no había subido allí solo para eso. Comenzó a buscar a su alrededor algo que tenía grabado en su memoria; no recordaba el sitio exacto pero estaba convencido de que aquel era el lugar donde había grabado su nombre. Ya casi había desistido, cuando en una de las esquinas vio escrito en letras mayúsculas, Azucena. La marca estaba hecha sobre ladrillo, seguramente con un clavo  o un objeto punzante. Repasó con el dedo la silueta de las letras en un ejercicio de nostalgia que no pudo reprimir. Recordaba vagamente a aquella chiquilla morena de grandes ojos verdes que iba con él a la escuela como su primer gran amor. Allí se separaban porque chicos y chicas iban a diferentes clases. A la salida la esperaba para volver juntos a sus casas, pero todo terminó el día que tuvo que abandonar el pueblo porque trasladaron a su padre y ya nunca se volvieron a ver. 
      Echó una última mirada a su alrededor, el pueblo se había extendido y ocupaba una mayor superficie. La silueta del castillo —visiblemente reformado—, se alzaba de manera majestuosa en lo alto de un promontorio y competía con el campanario de la iglesia por ver quién dominaba sobre quién. La zona de las huertas ahora la ocupaba el polígono industrial, la gente trabajaba en el sector servicios y el campo ya apenas empleaba a nadie.
      A pesar del esfuerzo realizado estaba satisfecho porque esa visita le había permitido reencontrarse con su pasado, un pasado feliz en la edad de la inocencia cuando uno todavía creía que todas las cosas eran posibles. Empezó a bajar las escaleras con mucha precaución. Ya casi al final  le comenzaron a doler las rodillas pero hizo un último esfuerzo  con el fin de que el cura no fuera testigo de sus problemas físicos.
      —¿Qué ha experimentado? —le preguntó nada más verle bajar.
      —Por un momento me sentí rejuvenecer —y luego añadió—. Disculpe si le he molestado.
      —No, al contrario. Confieso que es la primera vez que recibo la visita de alguien con tanto interés por subir al campanario.
      A continuación Agustín le preguntó dónde vivía Azucena, una amiga suya de la infancia. El cura le indicó la dirección y luego se despidieron. Había planeado el viaje para reencontrarse con su pasado y también con la intención de saber de ella. A menudo se preguntaba qué habría sido de su vida. La imaginaba casada, con hijos, tal vez abuela. Durante el trayecto sintió cómo a cada paso se le aceleraba el corazón. Pensaba que en la vida siempre hay momentos especiales y presintió que éste sería uno de ellos. Sus pasos le llevaron a la puerta de una casa de dos plantas con balcones adornados de geranios. Cuando estaba a punto de llamar al timbre  a última hora se arrepintió. Es posible que también ella sufriera de achaques o los males propios de la edad y que la decepción fuera mutua. Recordó que la magia de lo fugaz es lo que  verdaderamente perdura en los recuerdos de  una vida. Mejor así,  posiblemente ya se hubiera olvidado de él, y en ese caso se sintiera más ridículo todavía. 
      Mientras se alejaba prefirió recordar su imagen camino de la escuela con sus trenzas y aquellos bonitos ojos verdes y vivarachos, los mismos que le llevaron a escribir su nombre en la torre del campanario. 

viernes, 17 de abril de 2020

A propósito del coronavirus


    En tiempos convulsos como los actuales escribir es una forma de terapia, algo que me hace olvidar por unos instantes el mal trago de sentir la casa como una cárcel que me aprieta y ahoga por tratar de evitar a un enemigo que por otra parte resulta invisible. En estas  y otras cavilaciones andaba yo cuando veía desde mi terraza al  vecino de enfrente pasear junto a su perro todas las mañanas más o menos a la misma hora. Hasta aquí todo perfectamente normal si no fuera porque en dos ocasiones le pillé haciéndose el distraído mientras su perro dejaba una buena mierda en la acera. Tras mirar a un lado y a otro y no ver a nadie, continuó su paseo tranquilamente como si nada hubiera sucedido. 
     Estos actos incívicos es algo que no puedo aguantar. En ocasiones el tratar de reprochar estas conductas supone llegar a enfrentamientos y es que donde no hay educación ni respeto cualquier cosa puede suceder. En cierta ocasión observé a una señora cuyo perro se estaba ciscando tranquilamente en un jardín comunitario sin que ella posteriormente  hiciera nada. Le afeé la conducta y la señora en cuestión me respondió con total  tranquilidad que ella "pagaba sus  impuestos". La estupidez no conoce género. Conste que no tengo especial animadversión hacia los perros pero sí contra algunos dueños. Tampoco soy muy entendido en la materia. Solamente conozco algunas razas: pastor alemán, rottweiler, mastín, galgo y poco más. Los demás son simplemente perros.
     Bueno pues a lo que iba. Resulta que ese vecino (del que ignoro su nombre), tiene su terraza frente a la mía. Por las tardes le observo tomar el sol o leer un libro, disfrutando de la  primavera los días que se prestan a ello. Otras  veces acaricia a su perro y juega con él. Pero lo verdaderamente curioso es que minutos antes de las ocho de la tarde (cuando la gente salimos a la terraza a aplaudir el esfuerzo y trabajo de tantos profesionales), cierra la terraza y se mete en casa. La primera vez lo interpreté como mera casualidad o debido a alguna urgencia. Me quedé con la duda y los días posteriores le estuve observando para ver cuál era su proceder. Sé que no es muy edificante espiar a los vecinos y en cierto modo me avergüenza reconocerlo, pero la curiosidad me pudo. Todas las tardes poco antes de las ocho se metía en casa. Ningún día salía a aplaudir al balcón.
      Uno de los días del confinamiento algunos medios invitaron a la ciudadanía a través de las redes sociales a una cacerolada de protesta contra el gobierno por la manera de gestionar la pandemia del coronavirus. Espié a través de la ventana y cuál es mi sorpresa cuando veo a mi vecino aporreando la sartén con gran entusiasmo. Conste que no le culpo por eso. Me pareció que estaba en su derecho a criticar al Gobierno. Pero negar ese pequeño gesto de aplaudir y agradecer el esfuerzo y el trabajo del personal sanitario y de otros profesionales me pareció difícil de justificar.
      Desde entonces aborrecí a mi vecino. Además de incívico, insolidario.

lunes, 13 de abril de 2020

Las sombras de la noche


         Carlos Sandoval acababa de cenar y se estaba preparando para su turno de vigilante en el garaje donde trabajaba. Tras meter en el lavavajillas los platos y cubiertos oyó que su hijo de cinco años le llamaba, al principio débilmente pero luego de manera más persistente. 
    —Papá, no puedo dormir. Me persiguen los fantasmas.
    —Son imaginaciones tuyas. Los fantasmas no existen —dijo tratando de tranquilizarle.
    —¿Y tú por qué los sabes?
     Vaya con el niño. Ahora empezaba con los porqués. No tuvo más remedio que contarle otro cuento para que se olvidara de la pesadilla. Le contó el de Pinocho que era el que más le gustaba. Al fin parecía que se había dormido. Con mucho sigilo se levantó de la cama y andando de puntillas ya estaba a punto de salir.
     —Quédate conmigo, no te vayas.
     —No puedo. He de ir a trabajar. Mamá se quedará contigo.
     Normalmente solía ir andando, un trayecto de una media hora. Era el único ejercicio que hacía a lo largo del día, pero hoy, entre la lluvia y el haber salido tarde de casa, iba muy pillado de tiempo y optó por coger el metro. Mariano, el compañero al que debía relevar allí estaba, nervioso,  esperando. Tras intercambiar las frases de rigor se despidieron hasta el día siguiente. La noche era de tormenta y había viento huracanado. Nada más entrar conectó el  radiador de su pequeña oficina. Eran los últimos días de noviembre y el frío ya se hacía sentir. Salió para hacer una primera ronda. Siempre había algún propietario despistado que se dejaba la ventanilla bajada o de vez en cuando aparecía alguna cartera o llaves por el suelo. 
      Cuando terminó se metió de nuevo en el cuarto que hacía las veces de oficina. La lluvia había cesado algo pero el ulular del viento se dejaba sentir cada vez con más fuerza. Nunca le habían gustado las tormentas. Encendió la radio portátil y se dispuso a leer el periódico que su compañero había dejado sobre la mesa. Luego lo intentó con el  crucigrama. Las horas pasaban lentamente y era preciso distraerse. Tras acabar el crucigrama consultó su reloj. Las dos cuarenta. Era el momento de hacer otra ronda. Todo estaba en calma, el último coche había entrado a medianoche. El primero en salir sería sobre las cinco, cuyo propietario  trabajaba en el servicio de limpieza. De nuevo comenzó a llover, oía el ruido del agua por las bajantes de las tuberías. Cuando iba por mitad de la ronda, un rayo que debió de caer cerca dejó el garaje a oscuras. El estruendo le hizo temblar. Las luces de emergencia tampoco funcionaban. Sandoval echó una maldición: la linterna se la había dejado en la oficina. Tendría que ir palpando en la pared y todavía quedaba un buen trecho, pero  por suerte conocía bien el garaje. Minutos más tarde, cuando estaba a punto de llegar, oyó el ruido de una puerta de coche cuando se cierra. Se quedó paralizado. Era muy extraño, los propietarios siempre le saludaban al entrar. Sintió cómo se le aceleraba el ritmo cardíaco. Entró como pudo en la oficina y abriendo el cajón cogió la linterna y un gran destornillador. Esperó unos segundos. Nada. Poco después le pareció escuchar la conversación de dos personas que discutían en voz baja. ¿Y si el apagón lo hubieran provocado ellos? Recordó las pesadillas de su hijo, pero esta vez él no estaba soñando. El foco de luz que proyectaba era lo suficientemente potente pero las sombras de aquel lugar las sintió como una amenaza real y cercana. Llevaba la linterna en la mano izquierda y apretando fuertemente, el destornillador en la derecha. De pronto el parking le pareció un entorno hostil y arriesgado  del que debía escapar. Con pasos rápidos volvió a la oficina. Las instrucciones eran claras: Ningún vehículo podía salir si no disponía del correspondiente mando o llave de apertura. Llamaría a la policía. Le pagaban por vigilar el parking, no por arriesgar absurdamente su vida.
     Cogió el móvil que estaba sobre la mesa y marcó el 091.
     —Buenas noches. Le llamo desde el garaje situado en la calle...
     En ese momento sintió un objeto duro en su nuca. Se volvió rápidamente y observó a dos encapuchados con una semiautomática provista de silenciador apuntando directamente a su cabeza. Tras arrebatarle el móvil el más alto se dirigió a él.
     —Tranquilo, no te vamos a hacer nada. Solo queremos que nos des la llave de apertura de la puerta —le dijo con frialdad. Luego le amordazaron y le ataron las manos detrás de la silla.
     Dos minutos más tarde un monovolumen blanco de la marca BMW pasó por delante. El reloj de la pared marcaba las tres y  treinta y cinco. Casi con toda seguridad, tras los primeros rayos de sol el coche habría cruzado ya la frontera.

miércoles, 1 de abril de 2020

Youtubers


            Durante algún tiempo consideré que la brecha generacional de padres e hijos era algo  que con el tiempo se acortaría porque una nueva mentalidad iba emergiendo  con el fin de sustituir a la clásica figura autoritaria del padre dentro del ámbito familiar. Sin embargo, me asaltaban un montón de dudas una vez comprobada cuál era la realidad dentro de mi entorno. Lo pensaba el otro día mientras mi hijo se estaba duchando (siempre con agua fría para tonificar el cuerpo y de paso, según sus palabras,  para ahorrar energía), antes de desayunar. Poco antes de que saliera  de casa para ir a clase eché un vistazo a su habitación.
       —¿Otra vez sin hacer la cama? A ver si ordenas un poco tu cuarto que esto no es un hotel y aquí no tenemos servicio de limpieza.
       —Buff, ya me empiezas a rayar.
       —¡Pues haz las cosas! Que queréis que os lo den todo hecho.
       —No me tuestes más y deja que yo me organice –me respondió molesto. 
        —Una buena mili es lo que te hacía falta para que te enseñaran disciplina. Por cierto, hablando de otra cosa ¿qué tal estuvo el concierto de anoche?
        —Mazo bien. Estaba todo petao.
        —¿Quieres dejar de utilizar esas expresiones tan ridículas? Todo el mundo las repite. Igual que la gilipollez de: “eso no, lo siguiente”.
       —En tu época también repetías cosas que hacían los demás.
       —¿Por ejemplo?
       —Llevar el pelo largo y los pantalones campana.
        —Chaval, eso era contracultura. Y además luchábamos contra el régimen de Franco. Nos enfrentábamos a la policía. No como  vosotros, todo el día pendientes del móvil o Instagram. Y conste que no estoy en contra de las nuevas tecnologías ni soy un carcamal.
       —Papá, ya no se dice eso para referirse a uno que es un antiguo.
       —¿No? ¿Y cómo se dice?
       —Pollavieja.
       Me quedé unos instantes un tanto confundido y sin saber cómo reaccionar.
       —Joder, entre los blogueros, influencers, youtubers y millenials me tenéis hecho un lío.       
        —Pues esa es la realidad.  A ver si os recicláis. Vosotros sois el pasado y esto es el futuro.
       —Un futuro negro es lo que os espera como no  espabiléis –le respondí.
       —Claro. Es la herencia que nos habéis dejado. Un mundo de plásticos y deshechos.
       Mi hijo miró el reloj, cogió los libros y los metió en la mochila.
       —Bueno me voy, que llego tarde a clase.
       Cerró la puerta y me quedé un rato pensando en lo que habíamos hablado. Estaba claro que su mundo en nada se parecía al mío. La brecha generacional seguiría existiendo por más que yo hiciera esfuerzos en tratar de eliminarla.
       —Así que pollavieja. Qué jodío.                                            

jueves, 26 de marzo de 2020

Sálvese quien pueda


       Las circunstancias de cada uno y el tiempo en el que nos toca vivir, hace que algunas vidas, en determinados momentos, sean extraordinariamente difíciles y, en algunas ocasiones hasta heroicas. La de mi abuelo materno fue una de ellas. Se llamaba Dionisio Ruiz y nació en un pequeño pueblo de Soria a finales del s. XIX, una época social caracterizada por evidentes restos de feudalismo en buena parte de las zonas rurales del país, cuyo exponente más conocido era la figura del cacique a cuyo servicio e interés estaba supeditada la actividad agraria de grandes latifundios. En política la Monarquía debía hacer frente al poder cada vez mayor de los partidos obreros y a la incipiente actividad industrial, que favoreció el nacimiento de los sindicatos y que desembocaría más tarde en enfrentamientos con la fuerzas del orden. A todo esto debemos añadir la cuestión militar en el norte de África, las protestas por tantas vidas y recursos destinados a la guerra de Marruecos que conducirían al  Desastre de Annual.
     Mi abuelo era panadero de profesión pero con el tiempo y los años aprendió y desarrolló otros oficios como electricista, carpintero, apicultor, hortelano y algún otro que olvido. Durante mi infancia mi contacto con él fue escaso y se reducía al periodo vacacional debido a que no vivían con nosotros y porque además en aquella época la relación con los mayores era más distante y lejana que en la actualidad, en la que entre abuelos y nietos hay más comunicación y diálogo. Además tampoco soportaba mucho el jaleo de la chiquillería a su alrededor. Hombre de pocas palabras, le recuerdo sentado en su sillón de mimbre, con barba de dos o tres días leyendo la prensa que diariamente recibía. Al andar arrastraba los pies con su paso torpe y cansino ya castigado por la edad. 
     A la edad de dieciséis años  me encontraba yo estudiando el Bachillerato lejos de mi ciudad natal. Un día recibí carta de mi casa en la que se me comunicaba que mi abuelo acababa de fallecer víctima de una gripe que no pudo superar debido a su delicada salud. Pocas cosas sabía yo de su vida excepto que había sido el encargado de la central eléctrica del pueblo hasta su jubilación, pasando luego a residir en una casa de dos plantas que con mucho esfuerzo se había hecho construir unos años antes. Durante bastante tiempo dejé de frecuentar aquella casa excepto en algunas breves visitas a mi abuela que ya empezaba a sufrir el mal de Alzheimer.
     Pasados los años, durante mi última visita, la curiosidad me llevó a subir al desván con la intención de buscar alguna cosa que me pudiera servir para mi recién estrenado piso de alquiler. Allí se amontonaban en profuso desorden mesitas de noche, somieres, lámparas de cristal, una radio de bujías, un calentador de cama, un cochecito de bebé, utensilios de cocina... todo ello tapado con sábanas, las cuales le daban un cierto aire fantasmal. Hacía mucho tiempo que no subía por allí porque de pequeño me parecía un sitio tenebroso y solitario que me hacía imaginar peligros para quien se atreviera traspasarlo. Al fondo, en un rincón había un armario. Me acerqué y vi que algo sobresalía en la parte superior. Acerqué una silla y me subí. Se trataba de un viejo periódico  y soplé  para quitar el polvo que lo cubría. Era de octubre de 1958 y en su portada anunciaba la muerte Papa Pío XII. La curiosidad me llevó a abrir el armario pero allí solo había perchas, una manta doblada y toallas envueltas en plásticos. En la parte inferior había dos cajones; el primero contaba con un juego de sábanas. Abrí el segundo cajón y apareció un libro de tapas duras que me resultó familiar: la "Enciclopedia Alvarez", junto a antiguos cuadernos de caligrafía y dibujo. A su lado una caja metálica con abundantes fotografías familiares en blanco y negro ya curvadas por el paso del tiempo. Les eché una rápida ojeada y cuando me disponía a cerrarla divisé al fondo una tapa de cartón que abarcaba toda la superficie de la caja impidiendo ver lo que había debajo. Cuando con alguna dificultad conseguí retirarla apareció una pequeña libreta atada con una cuerda que me llamó la atención. La tomé en mis manos y descorrí el nudo. Escrito en grandes caracteres a plumilla se leía "Campaña de África" y más abajo en letra pequeña "Dionisio Ruiz". Sin poder contener mi curiosidad me senté en la silla y abrí con cuidado lo que parecía un pequeño diario, mientras en mi interior algo me decía que estaba a punto de desvelar un secreto guardado durante mucho tiempo. El texto estaba escrito a lápiz y tenía una caligrafía bastante aceptable. Comencé a leer un fragmento. "2 de julio 1921. El rancho de ayer era pobre, un caldo con alguna patata, un trozo de tocino y un pedazo de pan. Así llebamos un tiempo desde que hay orden de avanzar no tenemos descanso. Pero lo peor es la sed, los aguadores tienen que buscarla lejos en los pozos pero deben ir con escolta y a veces los moros atacan y se oyen los pacos. Tienen buena puntería y rara vez fallan. Se esconden en el terrerno y aguantan el calor mejor que nosotros. Llevan unas túnicas de pies a cabeza porque dizen que lo que quita el frío quita el calor. Yo me quejaba del sol cuando trabajaba con padre en las faenas del campo pero eso no era nada comparado con el fuego abrasador de estas tierras. Quiera Dios que esto se termine pronto no veo la hora de irme de aquí".
     De repente me vi en un mundo desconocido. Era retroceder a otra época y lo que contaba me sonaba a alguna película que había visto de suspense o aventuras. Aunque algunas palabras no las entendía ahora recordaba lo que mi padre nos contaba acerca de los años del hambre una vez terminada la guerra civil. Seguí leyendo porque las primeras líneas me habían dejado intrigado y con ganas de saber más. "8 de julio 1921. Estoy destinado en los establos para el cuidado y condución de las reatas de mulos. Cargan con los morteros y la artillería pesada hasta los puestos abanzados y el trabajo es duro porque estamos siempre en movivimiento. El calor y la sed son un suplicio y bebemos en el abrevadero junto con las bestias porque no es posible resistir ver el agua y no beber. Nuestro descanso es solo cuando permanecemos varios días en el mismo sitio pero eso sucede pocas veces, por lo menos no hacemos guardias ni refuerzos porque la noche es muy traidora y ahi que estar alerta al vivir rodeados de enemigos. El capellán es bueno conmigo porque dice que no blasfemo y me consigue cuando puede un buen calzado o algo de chocolate y galletas. Nose por qué escribo esto, todo es recordar penas y alegrías pocas que ya me avisaron cuando me enviaron a esta tierra de moros, te dicen paisa, paisa, pero luego en cuanto te descuidas te traicionan. En mi compañía hay  muchos que son analfabetos y yo les ayudo a escribir a sus familias que mucha tristeza es que nada sepan de ti los tuyos. Me acuerdo del maestro don Baldomero que gracias a él leo, escribo y estoy instruido en las cuatro reglas, la suerte que tuve yo no la tuvieron estros pobres desgraciados. Bien me guardo de contar la mala vida que llevamos cuando escribo a los padres, antes al contrrio todas las mentiras me parecen pocas y les digo que la comida es buena, que no nos falta de nada y que este lugar no es tan malo como se dize. Nos avisan que mañana o pasado hemos de lebantar este emplazamiento pero tanto trasiego es malo para trabajar con las bestias que solo obedecen a golpes y eso me produce quebranto".
     A pesar de algunas faltas de ortografía la estructura narrativa era buena y reflejaba fluidez y una aceptable riqueza de vocabulario. Asimismo se apreciaba un indudable gusto e interés por rarrar el acontecer diario en el campamento. algo propio de quien disfruta con la escritura y el relato aunque no tuviera un destinatario claro por tratarse de un diario. En ese momento mi abuela me llamó desde la planta inferior. No me había percatado del tiempo que llevaba allí. Guardé el diario en el bolsillo y coloqué el resto como estaba. Si había permanecido oculto durante tantos años sin que nadie se percatara no habría problema en que se cambiara de sitio. Además yo tenía la intención de saborear aquel hallazgo sin sobresaltos. Ya se me ocurriría más adelante qué hacer con él.
     —¿Has encontrado algo que te sirva? —me preguntó al verme sonriente.
     —Ya lo creo. He visto una radio que me vendría muy bien.
   —Ay cuánta compañía nos hizo. Era lo único que teníamos. Ahora tenéis de todo y no sabéis apreciarlo. Anda llévatela, así al menos tendrás un recuerdo nuestro.
     Mi abuela tenía lagunas y también momentos en los que desvariaba, pero sin embargo en otros yo la veía tan sorprendentemente lúcida que me dejaban un tanto desconcertado. Satisfecho por mi descubrimiento y viendo que estaba locuaz y animada traté de sonsacarle alguna información.
     —¿Te contó algo el abuelo de cuando estuvo en la mili?
     —!Sálvese quien pueda! —respondió de inmediato. Pasó mucho el pobre, pero nunca quiso hablar de ello. Sé que escribió unas notas contando cosas del servicio, pero las escondió en algún sitio y con el tiempo se han perdido.
     Yo nada le dije. Me llevé la radio y le prometí que cuando estuviera todo listo le llevaría para que conociera mi nueva casa. Al día siguiente que era domingo me desperté tarde y con resaca de la fiesta a la que acudí la noche anterior. Me dolía la cabeza y desde mi cama oía cómo el viento y la lluvia azotaban los cristales de mi habitación. Era el típico día de invierno que invita a quedarse en casa sin hacer nada. Comí algo, me tumbé en el sofá y me dispuse a seguir leyendo el diario de mi abuelo.
     "11 de julio de 1921. He pasado malos días por culpa del Sgto. Hinojosa de resultas de un problema con los mulos. Ocurre que cuando la ocasión es buena los sacamos de paseo, siempre a primera hora de la mañana para evitar el sol abrasador cada cual con el suyo y andando, cogidos del ronzal. Siempre vamos si es posible por caminos tranquilos de gentes pero el otro día unos moros alborotadores con los que nos hemos cruzado han cogido piedras y haciéndolas sonar unas contra otras han espantado a las caballerías y el mulo que yo conducía se ha encabritado y hechado a correr. Yo no quería soltarlo y me ha arrastrado hasta que temiendo que me golpeara con sus cascos e soltado la brida. Luego los juramentos del sargento an sido a partes iguales para los moros y para mí porque perder un mulo decía es como perder el fusil que cae en poder del enemigo y se aprovecha dello. El resultado una semana en el calabozo al lado de borrachos y pendencieros. Uno dellos está porque se peleó con un teniente en el patio del cuartel y le arrebató la pistola amenazándole para que le dieran un permiso para ver a su padre enfermo, pero ya no dan permisos porque la gente una vez en la península deserta para no volver. Si no es por el cuerpo de guardia hay una tragedia. Desde hace algún tiempo dormimos en traje de faena y el correaje porque en cualquier momento nos atacan pero sobre todo les tememos en campo abierto que conocen bien el terreno. Me dice Amador que es de cerca de mi pueblo que en su compañía alguno se a disparado en la pierna para estar un tiempo en la enfermería y no ir a combate.
     Estoy inmerso en la lectura y soy incapaz de dejarla, cada episodio me parece más interesante y descubro una realidad que jamás hubiera soñado. Enseguida me intereso por la guerra de Marruecos de la que apenas sabía nada y, cosas de la vida, ahora dispongo información  de primera mano. Hasta el momento nadie en la familia había comentado nada. ¿Es posible que nadie conociera la existencia del diario? Sigo leyendo.
     "20 de julio de 1921. Estamos en Annual. Recibimos órdenes de auxiliar con agua y víveres a los defensores de Igueriben que se hayan rodeados por tropas moras. Conducimos las reatas de mulos protegidos por fusileros pero temo por mi vida y rezo para que nada me pase. La distancia es un kilómetro pero con algunas lomas escarpadas y los moros nos atacan a cada paso. Pronto comienzan las descargas y el Cap. Valbuena da la orden de poner las acémilas al resguardo de un cortado. Los animales soportan mucho peso con las cubas de agua y a veces no obedecen, algunos se impacientan y les golpean con la fusta y caen y hay que ayudar a levantarlas, todo son gritos y juramentos en medio de un sol abrasador que derrite la cabeza y seca la garganta. Luego vino lo peor. Una mula soltó una coz y me golpeó en la frente. No recuerdo más. Me contaron que quedé tendido en el suelo con una brecha y el Sgto. Hinojosa dijo al Cap. Valbuena que no disponíamos de botiquín y éste escupió blasfemias que no me atrevo a  repetir hasta que ordenó que me volvieran al campamento pero con el peligro de ser un blanco fácil. Tuve suerte y desperté a las tres horas con quince puntos de sutura y un bendaje en la cabeza, doy gracias a Dios de contarlo que algunos compañeros se quedaron allí acribillados segun me an contado, aquello era una ratonera sin poder escapar y rodeados de enemigos no pudiendo hacer llegar la ayuda de socorro a los que defendían Igueriben. El agua se derramaba de las cubas a causa de los disparos de los moros y el Cap. Valbuena ordenó retirada de lo contrario se perderían hombres y mulos. Lo importante es que sigo vivo no sé cuanto tiempo porque esta maldita guerra no se acaba nunca".
     "27 de julio de 1921. Nos acercamos al blocao próximo al campamento para enviar piezas de artillería y municiones. Nadie responde a nuestra llamada y al llegar contemplamos con horror que toda la unidad a sido aniquilada, hay sangre por todos lados porque los han degollado. Diez hombres muertos. Hemos llorado de impotencia y de rabia por esta salvajada, los moros han debido de cortar el heliógrafo para que no dieran aviso al campamento, la emboscada fue por la noche porque los cadáveres estaban fríos. El suboficial que mandaba  el destacamento tenia la cara irreconocible. Los salvajes le habían golpeado las quijadas con piedras para arrancarle dos dientes de oro. Entonces el Cap. Valbuena a ordenado enterrarlos allí cerca y no llevarlos al campamento para que la tropa no se impresionara con el espectáculo. Luego a dirigido unas palabras diciendo que aquellos valientes no han muerto inútilmente sino en cumplimiento de un deber que les a encomendado la patria. Despues los fusileros han hecho una descarga de homenaje. Durante dos días no e probado bocado y de noche me han venido pesadillas."
     Han pasado varias semanas desde que comencé a leer el diario y cada día descubro nuevas aventuras y sobre todo padecimientos. También me voy acostumbrando a ese estilo de narrar directo y sin artificios. Me sorprende lo bien que transmite la realidad del terrero y la geografía de su entorno, pero no acabo de comprender el por qué se negó a que todas esas cosas se supieran.
     "2 de agosto de 1921. Hoy es mi cumpleaños. Nada hay mas triste que celebrarlo lejos de los tuyos, los recuerdos se me amontonan pero es mejor no seguir mucho en ellos que todo es lamentarse de haber caido en esta tierra. Tan solo pido no morir aqui, que las penurias las aguanto todas porque nací pobre pero no quisiera añadir mas sufrimientos a mi familia que bastante tendran con saberme lejos, trato de pensar solo en el momento de estar con ellos y abrazarlos".
     "6 de agosto de 1921. Nos levantamos a primera hora para aprovechar la fresca, son los mejores momentos del dia. El Cap. Valbuena habla hoy de táctica militar nos cuenta la batalla del Barranco del Lobo, que por culpa del desconocimiento del terreno los españoles sufrieron una derrota aunque tenian mejor armamento. Ls  zona que nos rodea es tierra pelada pero hay pequeñas lomas donde se domina al enemigo, allí instalamos puestos de observación. Despues toca limpieza de armamento, a mi me dan un fusil que tengo que desmontar, limpiar y volver a colocar en unos minjutos. Nos recuerda el capitan que estamos en guerra, que aunque sirvamos en intendencia con los mulos, tenemos que estar preparados para el manejo del arma que eso nos puede salvar la vida".
     "11 de agosto de 1921. Hoy e visto la muerte de cerca, el dia mas amargo de mi vida. Todo a sido correr y no parar mientras veia gente herida a mi alrededor pidiendo que no los abandonáramos. Nos han atacado desde las alturas aprovechando la sorpresa y que eran un numero mayor que nosotros. Al principio nuestro capitan a tratado de mantener la calma y preparar un plan para organizar la resistencia pero de seguido a comprendido lo inutil y descabellado pues nadie obececí ordenes. Todo se a perdido, las acemilas, el armamento que todo era salvar la vida no importaba el  como ni de que manera y evitar caer en manos de los moros. Un regimiento de caballería a venido en nuestro auxilio y a impedido una matanza mayor. A todas horas me pregunto que hemos venido a hacer aqui".
     "26 de octubre 1921. Gracias a Dios estoy a salvo pero las desgracias que e visto y oido no las podre olvidar nunca. En Mililla hay familiares que han venido para conocer el paradero de sus hijos y saber si estan vivos o no".
     Al diario le faltaban algunas hojas, tal vez las había arrancado arrepentido de haber contado lo que no debía. Cuando terminé de leerlo lo contemplé en mis manos. En esos momentos me sentí próximo a mi abuelo a pesar de que hacía ya muchos años que había fallecido. Por primera vez comprendía su carácter reservado y taciturno que yo recordaba de mi niñez. Aquella experiencia le debió de marcar de por vida. Conocer su pasado fue toda una sorpresa para mí. Nunca hubiera imaginado que una vida en apariencia normal tuviera un ayer tan trágico y turbulento.
     Pocos días después de terminar de leer el diario recibí una llamada de casa diciendo que mi abuela había empeorado y que se encontraba en una clínica hospitalaria. Me acerqué a verla y el doctor me explicó que a consecuencia de un ictus había perdido el habla y que su estado general era de deterioro progresivo. Subí a su habitación y la encontré sentada en una silla mirando el pálido sol que se filtraba a través de la ventana. Me senté frente a ella. Tenía una mirada inexpresiva que no varió al verme. Me costaba reconocer en su rostro a aquella mujer vital y sonriente que siempre había sido. Nació en 1899 y decía que si llegaba al año 2000 habría conocido tres siglos. Solo le faltaban dos años pero su estado actual ya no invitaba a ningún tipo de celebración. Venciendo mi aprensión le hablé con dulzura diciéndole quién era yo, que pronto se pondría bien y volvería de nuevo a su casa, pero nada de lo que le decía hacía cambiar su semblante ausente y vacío. Yo me negaba a aceptar aquel triste final para ella y no sabía de qué manera podría contribuir a mejorar en algo su situación. Casi sin darme cuenta saqué del bolsillo de la chaqueta el diario de mi abuelo y se lo puse en sus manos. Bajó la vista, lo miró detenidamente y al poco percibí una mínima reacción de sorpresa en su rostro. Lo abrió y leyó unos segundos, luego pasó a otra al tiempo que yo estudiaba en silencio sus movimientos. Lentamente siguió pasando páginas, después cerró el diario y lo besó. Levantó la vista y volvió a mirar por la ventana. Su semblante era de paz y sus ojos brillaban.