miércoles, 17 de junio de 2026

Otra vez la fiebre del oro

 

     Hace escasamente una semana recibí un correo electrónico de Aizkorbe, el argentino trotamundos que navegó a lo largo de cuatro mil kilómetros por el río Congo y luego cubrió como fotógrafo de National Geographic una expedición neozelandesa al Everest. Bueno, pues resulta que a través de un intermediario chino, según él, digno de toda confianza, se ha enterado de que existe interés en reabrir una antigua mina de oro en Alaska. Me pregunta si estoy interesado en participar en la sociedad, me asegura que los chinos tienen un gran olfato para los negocios, dice que son como los antiguos judíos y que él ya ha invertido treinta mil dólares. Le contesto que no dudo de la capacidad de los chinos para los negocios pero que yo ahora mismo tengo una hipoteca y que a mi modesto entender eso está reñido con invertir en algo. Le digo también que mi interés en Alaska no va más allá de leer a mi admirado Jack London y sus maravillosas narraciones en aquel territorio blanco que tan bien retrató. Él me insiste en la viabilidad del proyecto, avalado por un importante geólogo y que con lo que gane liquidaré la hipoteca y se acabarán todos mis problemas. Le agradezco que se haya acordado de mí, pero le aseguro que ahora mismo no estoy interesado en invertir ni en minas de oro ni en criptomonedas y que lo único que de verdad deseo es una jubilación sin sobresaltos, poder dormir a pierna suelta y disfrutar con mi Banda de música. Me despido reiterándole mi gratitud y le deseo éxito en su aventura americana.

     Por lo que me cuenta, parece que ahora están en el proceso de obtener la licencia para la explotación de la obra. Que la administración norteamericana no ve con buenos ojos la presencia de China en territorio de Alaska y que en todo caso exige que tanto los ingenieros como el personal deben ser todos americanos, a cambio piden la supresión de aranceles para la exportación de automóviles americanos en China así como el 50% de la riqueza que obtengan de la mina y nuevos gestos hacia Taiwan. Me asegura que todo es geopolítica cuando dos potencias están enfrentadas y tienen que negociar. Lo entiendo perfectamente.

      A mí lo que me sorprende es la credulidad del personal ante proyectos de dudoso éxito. ¿Una mina de oro puede resultar rentable después de llevar cien años abandonada? Por qué los norteamericanos no lo han intentado  antes? Este Aizkorbe, tenía todos los aditamentos del más genuino argentino; era futbolero, pasional, siempre con su mate a todas horas, lector de Borges, pero al mismo tiempo una persona abierta a lo desconocido, aventurero, ácrata y según su confesión, ciudadano del mundo. Lo conocí en la empresa donde yo trabajaba, al año ya de cansó, pidió la cuenta y le perdí la pista. Cuando me lo encontré de nuevo, ya convertido en fotógrafo, lo que más deseaba era perderse por el mundo, no le hacía ascos a estar de un lado a otro. A pesar de nuestras diferencias el respeto era mutuo, de vez en cuando nos llamábamos; él decía que envidiaba mi estabilidad y el amor a la música. Yo, ante todo su libertad y su espíritu aventurero.

 

 

martes, 9 de junio de 2026

A vueltas con la cultura

 

     No me resulta fácil resumir en unas pocas líneas la experiencia de cuatro años en la Universidad para Mayores, a lo sumo decir que ahora soy algo menos ignorante que entonces.

     Yo fui un mal estudiante durante mis años de Bachillerato en Salamanca. Temía la hora de los exámenes, me bloqueaba. En COU me quedaron varias asignaturas, los estudios se me atragantaban y mi autoestima estaba por los suelos. Con veinte años me vine a Madrid al barrio de Vallecas, donde viví en una comuna durante varios años. Nosotros ya nos conocíamos, allí aprendí el valor de compartir, el respeto a los demás, el compromiso social, ellos fueron mi segunda familia. Empecé a trabajar y, aunque había sido un mal estudiante, siempre tuve en cuenta el amor a la cultura, al saber y al conocimiento, como el mejor método para alejarnos de la brutalidad y de la barbarie. Solucionar los conflictos con el uso de la fuerza no es una opción. Siempre se debe apostar por el diálogo y el uso de la razón. La brutalidad la hemos visto en Ucrania y recientemente en Gaza y en tantos otros lugares.

     Dos experiencias han marcado mi vida en los últimos años: hacer el Camino de Santiago y la Universidad. El primero lo hice hace cuatro años, unos días antes del comienzo en la Complutense. Caminar a lo largo de un mes es lo más parecido al camino de la vida. Aprendes de las dificultades, el sacrificio, el afán de superación, hay momentos en los que te preguntas  qué sentido tiene caminar día tras día, pero todo lo olvidé al llegar a Santiago. Fue mi particular viaje a Ítaca, siempre lo recordaré. Decir que esa experiencia me marcó me parece poco. Me faltaría espacio para describir aquí todo lo que aprendí en ese tiempo.

     Cruzarme en los pasillos de la universidad con chicos y chicas de veinte años me ha devuelto a mi época de estudiante, he sentido rejuvenecer. En estos momentos me gustaría hacer una mención a todos los profesores que he tenido a lo largo de mi formación, a los de antes y a los de ahora. De los de antes quiero tener un recuerdo para Juanito Gutiérrez, amigo de mi padre, a la sazón maestro republicano represaliado por el franquismo, el cual me dio clases particulares de Matemáticas durante las tardes de agosto de 1966 mientras mis amigos se iban a jugar al fútbol.  El álgebra y los polinomios no había manera de que me entraran en la cabeza. Me decía que más allá de las Matemáticas la misión del profesor y la del maestro tenía como fin educar para formar personas libres. Yo entonces no sabía lo que me quería decir. Ahora sí. Me acuerdo igualmente de mi abuelo materno, de profesión panadero, que debido a su curiosidad y las ganas de saber, con el tiempo fue también carpintero, electricista, apicultor y algún que otro oficio que ahora olvido. Todos los días leía la prensa. Y me acuerdo, por supuesto, de la profesora que me felicitó el primer año en clase por el trabajo que le había enviado. Yo, extrañado y confuso, lo primero que pensé era que se había equivocado de alumno.

     De mis compañeros diré que ninguno nos conocíamos al venir aquí, pero resulta que, sin saberlo, teníamos un pasado común porque fuimos testigos de la Transición, ese período tan ilusionante y convulso en la historia de nuestro país. Algunos, además de testigos, también fuimos sujetos activos, que coincidimos en manifestaciones, conocimos los métodos policiales y la cárcel. Teníamos alrededor de veinte años y anhelábamos un nuevo país, sin vencedores ni vencidos, un país con libertades, donde el acceso a la cultura no fuera un privilegio de unos pocos sino un derecho al alcance de todos. Los valores de nuestros padres ya no eran los nuestros.

     A todos los compañeros los tengo muy presentes al escribir estas líneas, de manera especial a Fernando y a Carmen, quienes de manera desinteresada nos han representado durante estos cuatro años. La Universidad Complutense me regaló momentos inolvidables junto a ellos: compartir tartas en la cafetería, las visitas a museos y a escuchar conferencias, las salidas en autocar para ver las Cuevas del Águila o a Pastrana…

     Para terminar, quiero repetir las palabras del himno universitario:” Viva la Academia, vivan los profesores”.

 

miércoles, 3 de junio de 2026

Un nuevo amor

 

     Hoy tengo otra vez consulta con mi doctora. No sé si inventarme cualquier excusa porque presiento que me hará preguntas incómodas, teniendo en cuenta que durante la última conversación que tuvimos por teléfono yo le comentaba mis dudas respecto de una relación sentimental que tenía con otra mujer cuarenta y tres años más joven que yo. Durante varios días estuve dándole vueltas al asunto, mis amigos envidiaban mi situación, pero una voz dentro de mí me decía que era conveniente conocer el punto de vista de una mujer en todo este proceso. Ellas tenían otra psicología diferente a la nuestra y ese fue el motivo de exponerle mis dudas, aunque a decir verdad, al principio me arrepentí.

     Mientras esperaba en la sala de espera noté mis manos sudorosas como un colegial en día de examen. Luego cuando entré en su despacho me saludó dándome la mano al tiempo que me obsequiaba con una sonrisa como siempre lo hacía. Mientras buscaba mi ficha le pregunté por su viaje a Zamora. Me contestó que fue debido a una herencia familiar y que ya estaba todo solucionado. Leyó unos momentos en mi ficha mientras yo me fijaba en sus voluminosas tetas.

     —Veamos, en la última conversación que tuvimos, me habló de que estaba en un mar de dudas respecto de una relación que mantenía con una mujer de veintinueve años. ¿Quiere que hablemos de esto?

       —Sí, ¿Por qué no? —respondí al instante, un tanto sorprendido.

     Ella adoptó una actitud favorecedora del diálogo dentro de unos márgenes de confianza mutua.

     —Sé que es un tema delicado pero me gustaría saber qué le impulsó a esa relación sabiendo la diferencia de edad entre ustedes.

     —Verá, yo soy una persona muy enamoradiza. Lo mío es amor a primera vista.

     —¿Qué le atrae de ella, puede describirla?

     —Todo. Su boca sensual, el pelo moreno, sus ojos verdes…

     —¿Tienen alguna afición en común?

     —A los dos nos encanta el mar.

     —¿Y ella qué ve en usted?

     —Dice que le aporto seguridad y equilibrio.

     —¿Ha tenido intimidad con ella? ¿Se han acostado?

     —Sí claro, estuvimos un fin de semana en el velero dando un paseo por la costa.

     —¿Lo sabe su mujer?

     —Sí, lo hablé el otro día con ella.

     —¿Y?

     —Ella quiere que la deje tranquila. Es que yo soy un sátiro, ¿comprende?

     —Si, ya me he dado cuenta. Ah, pues eso facilita mucho las cosas.

     —Usted cree?

     —Por supuesto. Cambiar las cosas para que todo siga igual ¿no es eso? Bueno y sus hijos ¿Qué dicen?

     —No me hablan. Presionan a su madre para que nos divorciemos pero yo no quiero.

     —A ver. ¿Quiere que le dé mi opinión?

     —Sí claro, por supuesto.

     —Yo creo que usted sufre de inestabilidad emocional. Pienso que tiene idealizado el amor. ¿De verdad se cree que esa persona no va a buscar a alguien más acorde con su edad cuando le vea a usted más arrugado que una pasa? Mi obligación no es decir lo que el cliente quiere escuchar sino abrirle los ojos a la realidad. Puede usted tomar la decisión que quiera pero tenga en cuenta que ella pertenece a una generación diferente a la suya.

    

 

 

    

   

jueves, 21 de mayo de 2026

Gaudeamus igitur

 

     El próximo 11 de junio tengo un evento en el Rectorado de la Universidad Complutense de Madrid. Es la fecha de mi graduación. Es un acto simbólico, ya lo sé, pero cargado de una significación muy especial para quienes hemos acudido a clase durante cuatro años en el ciclo de Humanidades que organiza la universidad para mayores. El mensaje que quiero transmitir es el que hay mucha vida por delante, una vez que se accede a la jubilación, es el deseo de seguir aprendiendo, del valor del acceso a la cultura, a la ciencia, con el fin de alejarnos de la brutalidad y de la ignorancia.

     Ese día me acordaré de Juanito Gutiérrez, amigo de mi padre, a la sazón maestro republicano depurado por el franquismo, que me dio clases particulares de Matemáticas todas las tardes en verano mientras mis amigos se iban a jugar al fútbol. Me acordaré de los suspensos que tuve al finalizar COU en 1971, el primer año que se implantó y de todos los profesores que he tenido a lo largo de mi formación, en especial de los que he aprendido a lo largo de estos cuatro años en la universidad. Me acordaré de la profesora que me felicitó en clase por el trabajo que le había enviado. Estaremos de acuerdo en que graduarse uno con setenta y dos años es algo para celebrar. ¡¡Y aún hay gente mayor que yo!!

     Por supuesto me acordaré también del otro gran evento que tuve nada más jubilarme: hacer el Camino de Santiago desde Roncesvalles; casi ochocientos kilómetros hasta llegar a Santiago con la mochila a cuestas, durmiendo cada noche en una cama diferente a lo largo de un mes. Pasar por el pueblo de mi madre, ya fallecida, Puente la Reina, me llenó de emoción. Durante un mes disfruté caminando, saboreé cada gesto, cada detalle, aprendí el valor de la compañía, del esfuerzo, di las gracias a los sanitarios que me atendieron fuera ya de su jornada laboral cuando al finalizar una etapa llegué con calambres y casi sin poder moverme. Aquel matrimonio ya mayor, que regentaba un albergue en Galicia una tarde de lluvia, después de la cena nos contaron historias de peregrinos perdidos en la nieve que yo escuchaba con atención…

     La vida nos proporciona inolvidables momentos si uno aprende a valorarlos. Uno de ellos es el ser un jubilado activo, atento a cada sorpresa, al saber escuchar, al silencio.

     Gaudeamus igitur es el himno universitario por excelencia. Es un canto al disfrute de la juventud y a la celebración del conocimiento.

jueves, 14 de mayo de 2026

La profesora de Biología

 

     Siempre he sido un soñador, un ser fantasioso con imaginación pero a la vez tímido y reservado hasta el extremo. Siendo adolescente mi mayor deseo era pasar inadvertido pero claro, había ocasiones, pongamos que en clase, en los que a veces era interpelado por el profesor de turno y eso me hacía enrojecer hasta la raíz del cabello. Sentirme el centro de atención era mi mayor suplicio. Estamos en 1972. En el claustro de profesores del instituto donde yo estudiaba había una persona que llamaba poderosamente la atención: era la profesora de Biología. Era joven y guapa, tenía buen tipo, unas piernas perfectas y siempre iba con falda, ni qué decir que la  mayoría estábamos enamorados de ella. Todos nos peleábamos por sentarnos frente a la mesa del profesor para ver ese cruce de piernas que nos hacía enloquecer. Lo de “Instinto básico” vino muchos años después. No recuerdo su nombre pero estábamos locos por ella. Por aquella época yo tenía dieciocho años, estaba en la flor de la vida pero mis complejos seguían y me mortificaban sin que pudiera evitarlo.

     Resulta que hacia la mitad de curso hicimos un examen y me suspendió. Yo estaba convencido de que lo había hecho bien, suficiente como para aprobar, así que pedí que me lo enseñara y lo corrigiera de nuevo. Nada más entrar en su despacho me recibió con una sonrisa mientras buscaba entre sus papeles, después dijo que tomara asiento frente a ella. Sentado, observé cómo tomaba entre sus manos mi examen, el cual estaba lleno de tachaduras y frases que había escrito la profesora con bolígrafo rojo.

     —Vamos a ver —me dijo enseñando mi examen. Confundes los coleópteros con los ortópteros, no sabes diferenciar un ecosistema atlántico de otro mediterráneo, por no hablar de las faltas de ortografía. ¿Y encima quieres hacerme ver que he sido injusta contigo? Ten por seguro que en la universidad viendo esas faltas ni siquiera se hubieran molestado en leer el examen.

     Conforme me iba hablando yo notaba que ese pedestal en el que la tenía a ella se iba desmoronando poco a poco. Mis sueños se estaban convirtiendo en una pesadilla, hasta su voz, antes dulce y armoniosa, me sonaba ahora áspera e irritable.

      —Bueno, pero el resto está bien ¿no?

     —¿Tú crees que te puedo aprobar? Has escrito mucho pero sin profundizar en lo que yo quería. Se trataba de ver la evolución, de cómo las especies se han ido adaptando al medio a través de una evolución de millones de años —Luego se levantó de la silla y situándose a mi lado me dijo que repasara bien todos esos conceptos porque estaba segura de que podía  hacerlo mejor.

     —Participas en clase y eso para mí es importante —me dijo yo creo que con el fin de evitar mi decepción.

     —Por cierto, te pareces al protagonista de la película que vi ayer.

     —¿Qué película? —balbuceé.

     —Muerte en Venecia. Habla sobre la belleza y su contrapunto, la decadencia.

       Las últimas frases apenas las escuché. La visita resultó un fiasco para mí. Cuando ya estaba a punto de alcanzar la puerta me dijo volviéndose.

      —Ah y una última cosa, le dices al gracioso que escribe groserías en la pizarra que la próxima vez le mando al Jefe de Estudios.

    

lunes, 11 de mayo de 2026

Música y memoria

 

     Hablo desde la cercanía y desde la humildad. Existen personas que estamos conectadas a la música (que no a su industria) desde su propia base. No formamos parte del entramado de los grandes eventos, aquellos que llenan grandes estadios de fútbol con personas que hacen cola durmiendo en la calle para conseguir una entrada, y que necesitan sesenta tráilers para transportar todo el material que se necesita para el montaje del macroescenario. Las Bandas ponemos música en las calles y plazas de nuestros barrios a disposición de quien quiera escucharnos, hacemos un esfuerzo para que nuestros hijos e hijas se formen musicalmente, fomentamos la cultura con las herramientas que disponemos, desde la cercanía, el compromiso y la solidaridad. La música es también nuestro medio de expresión, nuestro altavoz para decir quiénes somos y para llevar un mensaje de esperanza para aquellos que lo necesitan. Además, soy de los que piensan que los músicos somos unos privilegiados, puesto que la música es la más universal de las artes, la más cercana, la que es capaz de emocionarnos, la que rompe fronteras para unir a los pueblos, porque la música no nació para ser motivo de separación o confrontación sino como expresión de un pueblo y servir de puente entre culturas diversas. Decía el músico y poeta canadiense Leonard Cohen en una de sus canciones (El partisano), que las fronteras eran su cárcel. Por cierto, recomiendo ver en Youtube el discurso improvisado que pronunció después de recibir el premio Príncipe de Asturias hace ya unos años. Yo le he visto varias veces.  Es para enmarcar.

     Y es que nuestro propio cuerpo conecta con la música a través del latido cardíaco que es nuestro metrónomo, ya sabéis, ese aparato que emite una señal acústica para indicarnos la velocidad del compás. Cuando estamos en modo reposo o dormidos nuestro latido es lento, es un adagio. Pero cuando hacemos ejercicio, vamos a entrar a un examen o tenemos que hablar en público, ese latido se nos acelera y se convierte en un presto o en un vivace. En definitiva, amigos, llevamos la música incorporada de serie. ¿Quién no ha experimentado el recuerdo de una persona al escuchar tal o cual canción? ¿O de nosotros mismos cuando éramos más jóvenes? Mi padre falleció hace veintiocho años, todos los días tengo un recuerdo para él, sobre todo cuando escucho el pasodoble titulado “Chiclanera”, popularizado en 1936. Mi padre lo cantaba en los cafés y tabernas en las ciudades y pueblos situados en el frente de guerra. La música es también memoria porque nos conecta con personas, aunque físicamente ya no estén.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Una llamada inoportuna

 

       Si hay algo que me exaspera cuando estoy en casa son las llamadas de teléfono para venderme cosas: una rebaja en la póliza de seguro sea cual sea el que tenga, el Banco que me ofrece un crédito de veinte mil euros por mi depósito en este momento, la ONG para hacerme socio, las empresas que me ofrecen teleasistencia… Entiendo que el nuevo marketing consiste en no esperar al cliente, hay que ir a por él y abordarle. Bueno, pues me llama por teléfono mi psicóloga para decirme que no estará en la próxima sesión, que le ha surgido un asunto familiar en Zamora y que no puede faltar. Aprovecha la ocasión para preguntarme si todo va bien y le contesto que bueno, que estoy en un mar de dudas.

     —¿Qué tipo de dudas? Explíquese.

     —Pues resulta que he conocido a una mujer que me gusta, pero no sé si ella está conmigo porque de verdad me quiere o por interés.

     —¿Interés de qué tipo?

     —Interés económico, naturalmente.    

     —Ah, pero es usted es rico? —me pregunta como muy sorprendida.

     —Hombre rico, lo que se dice rico, pues no. Tengo acciones, casa en la playa, un velero, y algunas otras propiedades.

     Ella parece que duda, mi impresión es que no sabe por dónde tirar. Yo creo que lamenta haberme dado pie al preguntarme si va todo bien.  Yo reconozco que he ido a saco, que tal vez no era el mejor momento para plantearlo pero ya está hecho y no sirve para nada lamentarse. Lo única impresión que dejo es que parezco un ser pusilánime lleno de dudas.

     —¿Le importa que hablemos de este asunto a mi vuelta de Zamora? Tal vez ahora no sea el momento más adecuado para tomar una decisión. Además, ¿ha hablado de esto con su mujer?

     —Por supuesto que no. Creí que usted era la persona adecuada para hablar de esto.

     —Yo le puedo dar mi opinión, pero ese asunto es más apropiado de un consultorio sentimental ¿no le parece?

     Le digo que para mí ella es mi consultora en todos los sentidos, incluido el sentimental. Se produce un silencio incómodo. Creo que ella duda de que un gañán como yo sea capaz de enamorar a alguien, si le estoy tomando el pelo, si estoy como una cabra contándole milongas o todo junto a la vez.

     —Mire, para serle sincera prefiero tratar este asunto en una próxima sesión si usted no tiene inconveniente. Por cierto, una pregunta ¿Qué edad tiene esa mujer si se puede saber?

     —Veintinueve años.

     —Es española?

     —Me ha dicho una pregunta.

     —Está bien, otra más. ¿Es española?

     —Y eso ¿qué tiene que ver?

     La imagino echando cálculos, una mujer de veintinueve años, con un tipo de setenta y dos. Hum, déjeme pensar, algo no cuadra.

     —Está bien, sea española o no quiero darle mi enhorabuena. Pero en mi opinión la pregunta es otra ¿Se va usted a separar o divorciar de su mujer? Es una decisión que sólo usted debe tomar. Qué decisiones tomar en la vida es algo que no se enseña en la universidad.

martes, 5 de mayo de 2026

El tiro de gracia no admite curiosos

 

     Adrián lleva dos años trabajando de informático en una multinacional en el sureste asiático, concretamente en Singapur. Casi todas las noches se conecta y habla con su familia residente en Madrid para comentar las pequeñas cosas del día a día y para preguntarles cuándo se van a animar a hacerle una visita. Uno de esos días le comunican el fallecimiento de su abuelo Julio de 96 años, que ya llevaba unos días en el hospital. Adrián se queda muy impactado con la noticia, pues siempre había estado muy unido a su abuelo, le dicen también que ha dejado una carta que por expreso deseo solo él estaba autorizado a abrirla.

     Con profundo pesar Adrián recuerda los paseos con su abuelo en los años noventa desde Moncloa donde vivían, en el parque del Retiro viendo los títeres de guiñol, visitando la ciudad universitaria en la que le comentaba las diferentes facultades que se encontraban o montado en el funicular desde Moncloa a la Casa de Campo. Recuerda también la fiesta familiar que le organizaron con motivo de su cumpleaños, él sentado en un sillón rodeado du sus nietos y biznietos con una copa de cava en la mano. Sabe que no llegará al funeral pero al día siguiente comunica a su empresa el deseo de coger una semana a cuenta de sus vacaciones. Le tiene intrigado el contenido de esa carta que solo él está autorizado a leer. Cuando llega a su casa toda la familia está reunida, pero después de los abrazos no llegan los momentos de celebraciones por el reencuentro como sucedía otras veces. Instantes después el padre le hace entrega de la carta que lee en silencio en medio de la expectación. Decía así:

     Mi querido nieto Adrián. Hay un silencio que me ha pesado toda la vida. ¿Recuerdas aquella curva junto a la carretera de la ciudad universitaria donde yo me detenía unos momentos? Tú me preguntabas que por qué me paraba. Te lo explico. Siendo yo niño y acabada la guerra, un domingo por la tarde  de 1940 allí fusilaron a dos hombres. Yo jugaba con mis amigos  y lo vimos todo agachados desde una colina cercana. Esa noche lo comenté en casa pero me dijeron que aquello no lo hablara con nadie. Después del tiro de gracia allí mismo hicieron una fosa y los enterraron. Tú eres el primero en saberlo. Mi deseo es que contactes con la institución que se dedica a exhumar esos restos. Hay unas piedras que hace poco yo coloqué en ese lugar. No sé lo que hicieron esos pobres hombres pero tendrán algún pariente que se pregunte dónde están. Sé que puedo contar contigo y así de esta manera yo pueda descansar en paz.

     Tu abuelo que te quiere,

     Julio

     Una vez que leyó la carta la fue pasando de mano en mano.

     El padre de Adrián le preguntó si recordaba el lugar.

     —Sí, lo recuerdo, está junto a la Facultad de Geografía e Historia. Siempre se paraba en el mismo lugar, yo creo que para rezar una oración.

     Una vez confirmada la ubicación exacta, el siguiente paso fue contactar con la asociación Aranzadi. Un médico forense de la asociación le preguntó a Adrián si estaba seguro de que los fusilamientos fueran por la tarde.

     —Los fusilamientos siempre eran al alba. ¿Que por qué? No querían que hubiera curiosos contemplando el tiro de gracia.

 

    

viernes, 1 de mayo de 2026

Algunas frases y párrafos memorables

 

     —“Se creen que el colegio es una correccional —dijo Pitaluga—. En el Perú todo se hace a medias y por eso todo se malea. Los soldados que llegan al cuartel son sucios, piojosos, ladrones. Pero a punta de palos se civilizan. Un año de cuartel y del indio solo quedan las cerdas. A la mitad  los mandan sus padres para que no sean bandoleros y, a la otra mitad, para que no sean maricas”.

     Vargas Llosa (La ciudad y los perros)

 

     “En la pareja el conflicto surge de la intimidad desgastada que se convierte en enemistad permanente”.

    

      Álvaro Pombo (Santander 1936)

 

    

“Los libros son las flores de este mundo, pero muy pocos lo saben”.

 

     Rafael Narbona (Maestros de la felicidad)

 

     “Es preferible un Sócrates enfermo que un cerdo satisfecho”.

 

     Stuart Mill

 

      —“Mira Sancho, no te digo yo que me parece mal un refrán traído a propósito; pero ensartar refranes a trote y moche hace la plática desmayada y baja”.

 

     Miguel de Cervantes (El Quijote)

 

     Benítez caminaba detrás del alcalde, arrancándose hilos de las deshilachadas bocamangas del uniforme. En el cielo raso y hondo, una estrella fugaz irrumpió en la armonía de las constelaciones. El alcalde taconeaba su vara con pompa y su mirada al frente avisaba al pueblo que respondía a la llamada del deber.

     —Benítez —Llamó.

     —Señor alcalde.

     —De aquí en adelante habrá que proveer un sistema de multas más duras para los que hagan aguas en las rinconadas.

     —Sí, señor alcalde.

     —Al primero que los pesques al arrimo de una pared, lo zurces.

     —Sí, señor alcalde.

     —Si es un borracho, mejor que mejor. Le arrimas castaña a las orejas.¿ Entendido?

     —Sí, señor alcalde. ¿Y si es un niño?

     —Un capón bien dado.

     —¿Y si es un viejo, señor alcalde?

     —No me pongas pegas Benítez.

 

        Ignacio Aldecoa (Cuentos completos)

viernes, 24 de abril de 2026

Un plato del Titanic*

 

     Soy aficionado a hacer senderismo en alta montaña. Cierto día del mes de diciembre de hace muchos años me reuní con tres amigos que estudiaban conmigo Ciencias de la Información para hacer una ruta en los Pirineos. Las previsiones garantizaban una mañana sin contratiempos, lo cual nos dejó hacer una buena marcha hasta donde nos lo permitió la espesa niebla que ya empezaba a cubrir la cima de la montaña. Por suerte encontramos un refugio cerca de allí con abundante leña y algo de comida enlatada que nos proporcionaron calor y cobijo durante el tiempo que necesitáramos. Encendimos la chimenea y pusimos a secar la ropa algo empapada que traíamos. Poco después la niebla se disipó y cuando estábamos a punto de salir unos copos de nieve hicieron acto de presencia, al principio débiles, pero después poco a poco fueron tomando fuerza. Eran algo más de las cinco de la tarde y el cielo se ennegreció rápidamente. Estuvimos debatiendo y decidimos que lo más práctico era hacer noche allí puesto que disponíamos sacos de dormir y además el coche lo habíamos dejado a unas dos horas de camino. Nos pusimos también de acuerdo en que consumiéramos la comida que llevábamos en nuestras mochilas y dejar la comida que allí había para quien de verdad la necesitara.

     Después de cenar estuvimos jugando a las cartas y cuando ya nos cansamos alguien propuso que quien supiera de alguna historia original digna de ser contada la pusiera en común delante de los demás. Yo aproveché para salir un momento del refugio pero segundos después tuve que cerrar la puerta debido a la ventisca que a esa hora estaba azotando la zona. La conversación había derivado en torno a las series de televisión que en esos momentos tenían más éxito. Decidí que había llegado el momento de comunicar algo que llevaba en mi interior.

     —Creo que yo tengo una historia que a lo mejor os apetece escuchar —dije de pronto y enseguida todos callaron.

     —El año 1952 mi abuelo materno hizo un viaje a Bilbao con el fin de acompañar a su hija que debía embarcar allí rumbo a Argentina. Una vez que se despidieron, mi abuelo se dedicó a visitar la ciudad hasta la salida del autobús que le traería de vuelta a Pamplona. Cuando se cansó de andar y de recorrer las calles más emblemáticas de la ciudad, se sentó en un banco junto a la ría, triste y pesaroso pensando en su hija que acababa de zarpar. Observando la ría, un objeto le llamó poderosamente la atención; un objeto brillante debido al sol destacaba sobre el agua sin llegar a hundirse. Al principio pensó que se trataba de un plástico de forma redondeada pero no lo era. Siguió observando, estaba subiendo la marea, un agua parduzca, casi negra, impregnaba la ría. Como el objeto seguía flotando mi abuelo quiso cerciorarse para ver de qué se trataba. Cogió la pequeña rama de un árbol que estaba en el suelo y bajó despacio las escaleras cuidando de no resbalarse y caer al agua que en esos momentos era de pleamar. Cuando lo tuvo cerca no se lo podía creer, se trataba de un plato de cerámica pero le llamó la atención la inscripción en el centro que ponía “White Star Line” junto a una bandera de fondo rojo ondeando al viento. Estuvo dudando si cogerlo o no, al final, curioso por la inscripción del plato se hizo con él, lo metió en una bolsa de plástico que luego vio en la calle y se fue a la estación de autobuses para su vuelta a Pamplona.

     <<Mi abuelo era de profesión panadero pero era un hombre de mil facetas debido a su curiosidad. Fue también carpintero, electricista, soldador, hortelano, apicultor… Era un hombre culto, todos los días recibía el Diario Vasco que un amigo suyo que trabajaba en prensa le enviaba desde San Sebastián. En 1953 se suscribió a la revista norteamericana Reader`s Digest que a partir del año anterior se editaba también en español. Era una revista familiar de información general. En uno de los primeros ejemplares que recibió hablaba en un amplio reportaje, acerca del hundimiento en las gélidas aguas del Atlántico en 1912 del Titanic mientras se dirigía a Nueva York. En aquel extenso artículo no solo hablaba del transatlántico, sino también de la compañía naviera White Star Line, fundada en 1870 y propietaria del Titanic y de su buque gemelo Britannic, torpedeado por los alemanes en la primera guerra mundial. Cuando mi abuelo leyó esto tuvo un pálpito, recordaba vagamente el nombre de la compañía e inmediatamente subió al desván en busca del plato para confirmar su autenticidad.

     Observé a mis acompañantes mientras hablaba. En sus miradas percibí interés, apenas pestañeaban. Hice una pausa deliberada para poner en orden mis ideas, un relato que en mi casa se había repetido decenas de veces y que mis hermanas y yo nos sabíamos de memoria. Bebí un vaso de agua y proseguí.

     <<Meses más tarde mis abuelos recibieron una invitación de boda. Se casaba la hija de su jefe, propietario de la central eléctrica de la que mi abuelo era el encargado. Antiguamente no era frecuente regalar dinero a los novios sino más bien artículos de menaje como juegos de tazas de café, cubertería de plata, artículos religiosos, toallas, sobrecamas, etc. Mis abuelos estaban azorados porque se trataba de gente de otra clase social y no sabían qué regalar. Como no tenían dinero ni nada apropiado que regalar mi abuelo decidió que tal vez el plato fuera un regalo lo suficientemente  valioso y reconocido.  Él mismo fabricó un estuche de madera y el día de la boda les dijo a los novios, no sin cierta timidez, que el objeto que había dentro había hecho un viaje de unos seis mil kilómetros por mar a lo largo de cuarenta años y que posiblemente se tratara de un objeto de gran valor.

     Cuando terminé el relato mis amigos se quedaron en silencio. Luego, cuando se repusieron de la sorpresa, uno de ellos exclamó.

     —No jodas que lo regalaron.

     Yo asentí con la cabeza sin decir una palabra.

    

 

*A la memoria de mis abuelos Dionisio y Salus. In memoriam.

martes, 14 de abril de 2026

Impacto frontal

 

      Estamos en el año 2053 y China es la nueva potencia mundial. EEUU le sigue de cerca pero sabe que ha perdido la hegemonía. El objetivo para ambos países es llegar el primero a Marte como antes lo fue la carrera hacia la Luna entre EEUU y la Unión Soviética. Ha habido varios intentos pero todos han fracasado. Alcanzar Marte es un reto mayúsculo por los muchos problemas que plantea: en primer lugar la distancia, la duración del viaje se calcula en unos ocho o nueve meses, a eso hay que añadir la búsqueda y selección de tripulantes, para un viaje de semejante duración es necesaria una fortaleza mental que no todos poseen, añádase el combustible necesario, los peligros de la radiación, pero en un viaje en el que no se garantiza la vuelta con vida, no hay muchos candidatos que estén dispuestos. Ser los primeros en llegar a Marte supondría la consagración de superpotencia mundial, de momento se busca el efecto propagandístico más que otra cosa. Nadie habla de momento en instalar bases permanentes allí, es demasiado prematuro. Hay otros países emergentes como India, y Brasil pero ninguno puede competir frente a los dos colosos. Indonesia con más de trescientos millones es otro país a tener en cuenta. Rusia se ha quedado aislada abandonada por sus antiguos aliados. Además, instituciones como la ONU hace tiempo que son residuales porque carecen de fuerza, no de legitimidad, para llevar a cabo sus resoluciones. Los países que cuentan con tecnología para conseguir la bomba atómica cada día son más pero ni China ni EEUU están dispuestos a que haya más armas atómicas. China lleva más de cincuenta años presente en África, al principio tímidamente, muchas de las materias primas de las que carece como el oro, níquel, cobalto, etcétera, las obtiene de allí. Oriente Medio sigue siendo una zona convulsa y cada cierto tiempo surgen guerras sin que pongan remedio a la situación.

     El acceso al agua se ha convertido en un grave problema, surgen guerras por su control así como por el agotamiento de los recursos naturales que antes se creían ilimitados. Es en este momento es cuando la comunidad científica alza la voz de alarma: Un gran asteroide de más de diez kilómetros viene derecho contra la Tierra y apenas hay tiempo para impedirlo. La comunidad internacional pensaba que el verdadero peligro estaba en el sistema de comunicaciones por satélite por culpa de alguna llamarada solar que las inutilizara, pero han desatendido todo lo que viaja sin control por el espacio.

     Los científicos de las grandes potencias con tecnología suficiente se reúnen con el fin de alcanzar un acuerdo para salvar a la humanidad, de momento se estudia su trayectoria para intentar estudiar dónde sería su hipotético impacto y si habría algún arma capaz de destruirlo. Sería preferible que el asteroide cayera en el mar pero el maremoto sería gigantesco y se perdería su análisis y la riqueza que contiene: millones de toneladas de hierro, cadmio, oro, silicio, azufre y otros materiales.

     Las potencias admiten que no hay tiempo para desarrollar un arma capaz de destruir el asteroide que nos amenaza. Finalmente el impacto se produce en el interior de Australia. A consecuencia del choque los científicos aseguran que el eje de la tierra ya no apunta a la estrella Polar y que nuestro planeta ha variado la órbita a la espera de que gravite hacia otra estrella. ¿Cuánto puede durar esto? Tal vez cientos de años. Los gobiernos tratan de ocultar estos datos con el fin de que no aparezca el pánico entre la población. La Tierra se va alejando poco a poco del Sol para adentrarse en el cielo profundo. Al cabo de los meses la horas de luz se van reduciendo paulatinamente. Salir de noche se convierte en un riesgo que mucha gente prefiere no correr. Frente a la llamada a la calma de las autoridades, las redes sociales anuncian el drama que se avecina. La productividad empieza a caer, el absentismo laboral aumenta, los impagados se multiplican, los asaltos a comercios cada vez son más y la policía y parte del Ejército se ven obligados a vigilar los grandes centros comerciales, así como gasolineras, embajadas y centros de comunicaciones. Vuelven los adeptos a la religión, las iglesias van recuperando feligreses, algunos dicen que la soberbia del ser humano ha sido castigada con un cataclismo de dimensiones bíblicas. Cada vez son más los ciudadanos que tienen un arma en casa, ya nada es seguro. La gente comienza a huir de las ciudades hacia entornos menos hostiles donde pueda proteger a los suyos.

El mundo distópico ya está aquí. Lo único que cuenta es la propia supervivencia.

viernes, 10 de abril de 2026

Aquel partido con Puskas

 

     Vaya por delante que siempre he sido aficionado al fútbol. Recuerdo que siendo un crío me pedí para la noche de Reyes unas rodilleras de portero (antes se llevaban), yo no era portero ni era nada pero aquello me daba la apariencia de futbolista y además me molaba. Luego, ya en el colegio-seminario, la dirección fomentaba mucho el fútbol, yo creo que para desahogar pasiones y no pensar en otras cosas sobre todo en chicas. Cuando yo llegué al colegio (año 1963), los equipos que luchaban por la supremacía en Europa eran el Inter y el Real Madrid. Bueno pues siendo yo preadolescente se celebró en Pamplona un partido amistoso entre Osasuna  y el Real Madrid, el cual venía con el equipo suplente porque Osasuna entonces estaba en Segunda División. No estoy seguro pero creo que era el año 1965 o 1966. Había una gran expectación a pesar de que el partido era amistoso y el Madrid jugaba con el equipo reserva. El partido acabó 2-4 a favor del Real Madrid, pero el único detalle que recuerdo del partido es que Puskas falló un gol clarísimo pero eso poco importa para este relato. Por entonces ya tenía 39 años y estaba a punto de despedirse del fútbol.

     Por aquellos años a través de un amigo de mi padre que había sido futbolista y jugó en la Real Sociedad en los años cuarenta, tuve la ocasión de conocer a Ignacio Zoco que un par de años antes acababa de fichar por el Real Madrid. Me regaló una gran foto suya y todavía recuerdo la dedicatoria: “A mi amigo Víctor Manuel afectuosamente”. No me atreví ni a mirarle a la cara. Luego en el colegio, algún jeta me robó la foto y no volví a verla jamás.

     Hace cuatro años visité Budapest. El guía nos fue haciendo un recorrido visitando los monumentos más importantes de la ciudad. Cuando estábamos frente a la catedral de la ciudad (San Esteban) nos dijo que allí estaba enterrado una gloria húngara del fútbol y que previamente había jugado en un equipo español. Yo sabía que se trataba de Puskas pero me lo callé. El jugador falleció en 2006 con un Alzheimer muy avanzado hasta el punto que no recordaba nada de su paso por el Real Madrid.

     Puedo comprender para quien siga este blog y no sea aficionado/a, cuyo contenido hoy dedicamos al fútbol, que les pueda parecer algo decepcionante, pero este es uno de mis recuerdos de mi niñez y eso es algo que nunca se olvida.

    

miércoles, 8 de abril de 2026

La melancolía, mi refugio emocional

 

     La melancolía clásica está hoy en desuso, entre otras cosas, porque la actual vida moderna exige inmediatez y productividad. En nuestra sociedad la pausa melancólica se percibe como una pérdida de tiempo, o bien como un desajuste emocional que es necesario corregir.

     A mí me gusta visitar los lugares en los que viví cuando era niño, porque  pienso que mis padres siendo aún jóvenes, allí fueron felices. Cuando voy a esos lugares reconozco el espacio, las casas, la escuela, la iglesia,  pero el paisaje ya no es el mismo, porque ahora todo lo veo desde la mirada de adulto. Por si quedara alguna duda, las casas en las que viví están hoy derruidas y en su lugar han construido otras nuevas, sin embargo, en mis recuerdos siguen todavía en pie, incluso a veces he soñado con ellas. Soy un firme defensor de la melancolía, es mi refugio emocional. Víctor Hugo la definió como el placer de la tristeza. Frente al presente de los algoritmos yo reivindico la melancolía, el recuerdo de los buenos momentos vividos. Me asusta pensar hasta dónde llegará la IA, la posibilidad del que en un futuro pueda componer una ópera, redactar un guion de cine o escribir una novela merecedora de un premio Nadal o Planeta. Llegados a ese punto me pregunto quién recogerá el premio.

     Y es que la era tecnológica en la que vivimos corre el riesgo de deshumanizarnos; lo veo todos los días cuando voy en el Metro, todo el mundo pegado a su móvil. Es la era de los “likes” y el “me gusta”. Paralelamente la industria de la música es capaz de llevar al estrellato a cantantes hasta hace poco desconocidos y llenar varias veces el “Bernabéu”.

     En 1999 surgió en Italia el movimiento “slow city”, municipios de menos de cincuenta mil habitantes que buscaban priorizar la calidad de vida, la sostenibilidad, la cultura local y la tranquilidad frente al ritmo frenético de las grandes ciudades, que resumido, consiste en un equilibrio entre modernidad y tradición. En su día algunas ciudades españolas se adhirieron a esta campaña: Lekeitio, Pals, Balmaseda, La Orotava, Morella, Munguía… Su objetivo era presentar una alternativa frente al consumo acelerado y una búsqueda de espacios humanos más integrados en el tiempo. Es necesario otro tipo de filosofía de vida, por eso en las grandes ciudades no cala ese mensaje. Frente al consumo desaforado, hoy más que nunca es necesario recuperar el slogan ecologista “pensar globalmente, actuar localmente”.

     Hace poco leí que la filosofía (esa asignatura hoy un tanto arrinconada),  nos sirve de preparación para la muerte. También el estoicismo nos prepara para ello a través de la fortaleza mental con el fin de superar adversidades. No es un asunto baladí. En la sociedad actual no nos atrevemos a nombrar a la muerte por su nombre, para referirnos a ella utilizamos otras expresiones como “nos ha dejado” o similares.

     Que conste que no defiendo el tiempo pasado como el ideal. Yo mismo era una persona llena de complejos, el tiempo me ha ayudado a superarlos, pero me gusta recordar los buenos momentos que dejamos atrás.

    

miércoles, 1 de abril de 2026

Un martes cualquiera

 

     Me levanto de la cama y mientras me desperezo enumero las tareas que tengo para esta mañana de martes: hacer la compra, clase de pilates y sesión con Yolanda mi psicóloga. En pilates, una vez terminada la clase, hablamos con la joven profesora chilena y salen a relucir los nombres de Violeta Parra y Pablo Neruda. Luego, ya en casa, me afeito y ducho antes de acudir a la cita con Yolanda, mi psicóloga, que cuida mucho su imagen y pienso que no puedo ir de cualquier manera. Hace un día primaveral y cuando llego me dice la recepcionista que Yolanda me está esperando. Me gusta ir con tiempo suficiente a las citas, pero últimamente los retrasos de los trenes de cercanías están a la orden del día. Entro y me saluda muy amablemente, le calculo unos treinta y cinco o cuarenta años, me pregunta qué tal ha ido la semana.

     Estoy sentado frente a ella, que hoy luce un top de algodón muy ajustado que resaltan muy a la vista sus impresionantes tetas, lo cual me obliga a hacer un esfuerzo para no mirarlas, no me extraña que su consulta sea la más solicitada. Se concentra y empieza a leer mi ficha, luego junta las manos como en señal de oración y se las lleva a la cara.

     —Me dijo hace unas sesiones que se había ofrecido voluntario a presidente de su comunidad de vecinos. ¿Quiere hablar de ello? ¿Su experiencia es positiva? ¿Cómo lo valora?

     La pregunta me pilla de sorpresa y tardo unos segundos en responder.

     —Bueno sí, en general la experiencia es positiva. La mayoría colabora pero a dos o tres personas ya les he cantado las cuarenta. Hay uno que tira las colillas al patio y otro que su perro se mea en el ascensor. Hay gente que no debería vivir en comunidad sino en una cueva.

     Observo a Yolanda muy atenta a mis explicaciones y cuando termino de hablar hace pausas muy alargadas que no acierto a interpretar muy bien. Alguna vez se lo he preguntado y me dice que ella utiliza el método socrático para llegar a la verdad, lo cual me deja más confundido todavía. Consulta de nuevo con mi ficha.

     —Hábleme de su dependencia con el móvil. ¿Va mejorando?

     Ahí siento que ha hurgado en mi punto débil. La verdad es que no sé salir del apuro. Estoy por decirle que lo he superado pero me digo que es inútil engañarme.

     —Me temo que no. Mi mujer me dice que lo va a tirar por la ventana o que me lo va a esconder…

     —¿Y qué es lo que le produce tanta dependencia? —me interrumpe antes de terminar.

     —Pues no sé, mirar vídeos supongo.

     —¿Qué clase de vídeos? ¿De contenido sexual?

     De repente me horroriza que pueda pensar que soy un pervertido, un viejo verde o un rijoso. O tal vez me ha pillado en una fracción de segundo mirando sus tetas.

     —No, no. Simplemente es un aparato adictivo que me produce dependencia.

     Yolanda me mira y se toma su tiempo antes de responder. Es una situación muy incómoda para mí.

     —Por casualidad es usted aficionado a la filatelia o a coleccionar monedas antiguas?

     La pregunta me deja un poco traspuesto, porque esas son aficiones que yo considero de persona mayor, también yo estoy en esa edad pero nunca me han interesado esos temas.

     —No. Yo toco la tuba en una Banda de música pero resulta que apenas puedo ensayar en casa porque molesto a los vecinos y me aporrean en la pared.

     —Hable con ellos. Seguro que a lo largo del día hay horas en las que no molesta.

     —No creo. Son jubilados como yo y están todo el día en su casa.

     —Pues entonces cambie de hábitos, Salga, pasee, vaya el mercado. Observe a la gente en su quehacer diario. En definitiva, disfrute de la vida.

     Hay días en que salgo de la consulta contento, eufórico, con ganas de vivir pero hoy no es uno de esos días. Como objetivo para la siguiente sesión me invita a que elabore un listado con las cosas buenas que me ha proporcionado la semana.

 

    

sábado, 28 de marzo de 2026

Un parque temático en el Everest

 

     Imagino que mis queridos lectores recuerdan a Aizkorbe, el amigo trotamundos argentino de ascendencia navarra. Hablé de él en este mismo post cuando me lo encontré por casualidad hace ya unos meses por la calle y me estuvo contando su viaje a través del río Congo en África, un viaje a bordo de un barco sobrecargado de pasajeros, desde su nacimiento hasta su desembocadura en el Atlántico, un viaje de 4.700 kilómetros. Me llamó hace unos días por teléfono desde Nepal diciendo que había hecho un reportaje fotográfico para la revista National Geografic acompañando a una expedición neozelandesa que pretendía escalar el Everest, por si quería que nos viésemos para charlar un rato mientras tomábamos un café.

     —Disfruté bárbaro, una expedición fantástica —me respondió cuando le pregunté por la experiencia nada más verle.

      Aizkorbe siempre era un tipo interesante, gran viajero, gustaba de hablar intercalando toda clase de anécdotas divertidas. Para aclimatarse, dice que estuvo una semana en los Alpes a unos cuatro mil metros para hacer frente a los desafíos de las grandes montañas del Himalaya.

     —Cuando estábamos a casi siete mil metros estuve a punto de morir. Un sherpa llamado Tenzing Norgay me salvó la vida cuando resbalé por una ladera que terminaba en una grieta en el hielo de cincuenta metros de profundidad. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido. Diez días más tarde me invitó a conocer su casa, una vivienda humilde donde lo más lujoso era un aparato de televisión, su única conexión con el mundo, aparte de los escaladores para los que trabajaba. Quise regalarle una cámara de fotos pero muy cortés me dijo que no necesitaba nada, que mi presencia en su hogar ya era suficiente regalo. Me preguntó que de dónde era y le dije que de ningún sitio, que había nacido en Argentina pero que ahora vivía en Madrid y que en un futuro donde la vida me llame. Recuerdo la mirada de sus chiquillos escuchando las explicaciones de un extraño. Junto a la casa tenía un pequeño huerto, unas gallinas y un par de cabras. Le pregunté si le gustaría tener otro tipo de vida y me dijo que no, que ser guía de la montaña sagrada ya era un honor y que la gente lo respetaba, que había hecho más de veinte ascensiones pero que no deseaba esa clase de vida para sus hijos. La sencillez de su vida fue lo que más me conmovió.

     Quise saber cuánto de dura era la ascensión a la cumbre, si era verdad que había colas para llegar a la cima.

     —A partir de siete mil metros un sherpa me acompañó en todo momento indicando cómo debía hacer la ascensión. Los sherpas hablan todo tipo de idiomas, son como los camareros de la costa de aquí. Los mejores meses son en primavera, luego llega el monzón y las ventiscas y aludes son muy peligrosos. Todos los años cerca de mil personas hacen cumbre en el Everest. Toda la épica de la ascensión se me desmoronó  cuando vi una caravana de gente para llegar arriba, pero lo que más me impactó por lo insólito, fue la petición de matrimonio rodilla en tierra (nieve),  de un montañero a su pareja en lo alto de la montaña.

    

lunes, 16 de marzo de 2026

Una tuba en la universidad

 

     Ayer tuve una experiencia novedosa y gratificante en la Universidad Complutense de Madrid en la que estoy matriculado como alumno de mayores en el ciclo de Humanidades. En este segundo cuatrimestre tenemos una asignatura titulada “Músicas del Mundo”, en el que se hace un repaso de casi todas las manifestaciones musicales a lo largo de los cinco continentes (instrumentos, ritmos, sonoridad, vestuario, etcétera). Tras hablar con Marina, la profesora, acordamos en que traería una tarde la tuba para poder explicar brevemente la historia de ese instrumento, su función en la orquesta, conocer su sonido y realizar algún ejercicio práctico. La verdad es que me sentí cómodo, vi a los compañeros atentos a las explicaciones, yo creo que también curiosos por ver cómo me desenvolvía, la de un alumno reconvertido durante quince minutos en profesor.

     Empecé diciendo que casi sin querer, el azar me llevó a la música puesto que en mi familia nunca hubo tradición musical alguna. Ubicado delante de mis compañeros dije que en realidad yo soy un ignorante, que por eso elegí la universidad, para saber y aprender. Que únicamente en algunos campos del saber sé algunas cosas, por ejemplo con la tuba, porque llevo treinta y siete años con ella y todavía sigo aprendiendo. Luego añadí que mi primer profesor del instrumento fue un antiguo componente de Los Pekenikes, que a la sazón tocaba la trompeta. La trompeta? —me preguntaron—. Sí—respondí— puesto que la digitación es la misma en ambos instrumentos aunque la sonoridad sea muy diferente.

     Dije también que desde 1989 soy miembro de la Banda de Música de Vallecas y que hace nueve años recibió un premio por los muchos años de trabajo y presencia en el barrio. Un premio que yo mismo tuve el honor de recoger de manos de un político en el Ayuntamiento de Madrid. Tras recibir el galardón tuve unas palabras de agradecimiento a los anteriores directores y también hacia mis compañeros, para añadir a continuación que nuestro escenario natural no son los grandes espacios escénicos sino las calles y plazas de nuestro barrio.

     Durante la pandemia dimos un concierto en Robledo de Chavela, localidad próxima a Madrid, versionado las canciones más conocidas de los Beatles. La NASA tiene allí el Complejo de Comunicaciones de Espacio  Profundo. Como curiosidad diré que, poco antes de la actuación estuvimos hablando con uno de los ingenieros del Complejo y nos comentó que en 2008 la NASA había enviado al espacio el tema de John Lennon “Across the universe”. Nos dijo que llegaría a la estrella Polar dentro de… ¡431 años luz!. Ya por último, para terminar la exposición ante mis compañeros de la universidad, expliqué que tocar un instrumento musical es un placer para quien lo ejecuta y también para el público que lo oye, que tocar con otros músicos es altamente enriquecedor, saber escuchar lo que hacen otros instrumentos, cuidar la afinación, el sonido, hacer los matices, etcétera… Animé a mis compañeros a aprender a tocar algún instrumento porque nunca es tarde para aprender. Les dije que la música es un arte agradecido, que nos devuelve con creces el tiempo que hemos aprendido en estudiar, así como la posibilidad de ensanchar nuestro ámbito de relaciones. Yo mismo gracias a ella he tenido la oportunidad de viajar y conocer ciudades, en este caso con la Orquesta Sinfónica Athanor de Rivas: Valencia, Sevilla, Córdoba, Málaga, Toledo, Aveiro, Nápoles y Budapest.

     Un último apunte antes de terminar, a la gente que me lee quiero decirles una cosa: Por favor, déjenme comentarios, prometo contestar.

sábado, 7 de marzo de 2026

La Casa de Curtidores

 

     La Casa de Curtidores era una casona datada en el  siglo XVII que estaba situada a orillas del río Arga en Pamplona y que que tras sufrir un gran incendio fue declarada en ruinas en 2004. Tras años de pleitos creo que los propietarios recientemente han obtenido licencia para construir viviendas en la misma ubicación, al lado de las viejas murallas de la ciudad. Pues bien, siendo yo adolescente de unos doce o trece años solíamos ir a jugar al fútbol a un parque que estaba al lado de donde vivíamos. Por aquella época yo frecuentaba la compañía de chavales que tenían más mundología que yo, con otras hechuras, más vivos en definitiva, que eran vecinos  míos, recuerdo que uno se apellidaba Rezusta y el otro Resano.

     Una mañana de domingo íbamos camino del parque de la Taconera, imagino que a jugar al fútbol o simplemente a dar una vuelta y, cosas de críos, a alguno se le ocurrió tirar una piedra para ver si llegaba hasta el río. Nosotros estábamos en la parte alta de la muralla y justo debajo de nosotros, a unos cincuenta metros se encontraba la Casa de Curtidores. La mala fortuna quiso que la piedra no impactara contra el río sino en la luna de la furgoneta que estaba aparcada al lado de la casa. Enseguida un hombre salió, nos amenazó lanzando toda clase de improperios diciendo que iba a llamar a la policía. Nosotros no le hicimos mucho caso y seguimos andando como si tal cosa. Al cabo de diez minutos un agente de la Policía Municipal nos agarró diciendo que le acompañáramos al cuartel para que explicáramos allí nuestra conducta. Yo iba muerto de vergüenza sabiendo que mi padre solía estar sentado en un banco por aquella zona leyendo el periódico. Yo no había tirado la piedra pero era cómplice de aquella situación. Mientras íbamos camino del cuartel de la Policía el problema mío era de qué manera explicaba yo en casa que me había detenido la Policía siendo mi padre una persona de orden y encima yo estudiando en un seminario. Al llegar al cuartel nos tomaron la filiación, preguntaron dónde vivíamos y en qué colegio estudiábamos. Recuerdo que a mí me preguntaron si eso era lo que nos enseñaban en el seminario. Yo muerto de vergüenza y mirando al suelo le dije que no.

     Afortunadamente la situación no pasó a mayores, en mi casa nunca se enteraron de aquella fechoría y yo lo agradecí infinito. Por supuesto ya no volví a frecuentar la compañía de aquellos chavales no fuera que me liaran otra más gorda.

lunes, 2 de marzo de 2026

La suerte, el muérdago y otras historias sabrosas

 

     Aunque hayas oído mil veces todo eso de que la suerte no existe, que todo está ya predeterminado, que desde el momento en que nacemos somos peones de un ser superior, etcétera, yo creo que tanto el azar como la buena suerte, a todos, de una manera u otra, nos visitan a lo largo de nuestra vida. Cualquier aficionado a la botánica nos dirá que existen plantas beneficiosas para el ser humano como por ejemplo el bambú, la planta de jade, el romero, las orquídeas… pero si existe una planta que según la cultura popular tiene beneficios para el ser humano, esa es el muérdago. Es una planta parasitaria que crece en algunos árboles, como el pino o el roble. Se cree que para los antiguos celtas y druidas el muérdago era una planta sagrada y mágica que curaba enfermedades y protegía  contra espíritus malignos, también como amuleto se colocaban sobre la cuna de los recién nacidos a modo de protección. El muérdago que crecía en el roble era el más poderoso. Existen creencias según las cuales besarse debajo de la planta de muérdago da buena suerte a la pareja. También el comic se ha hecho eco de estos relatos a través de Astérix y sobre todo del druida Panoramix encargado de la poción mágica. Recuerdo que en una ocasión fuimos al campo a hacer un recorrido por la naturaleza y el guía nos preguntó si alguien sabía qué planta era la que estaba colgando de un árbol (se notaba que todos éramos urbanitas). Fue la primera vez que vi el muérdago.

     Hasta hace muy poco tiempo mis amigos y yo comprábamos muérdago para ponerlo cada año encima de la puerta de entrada de casa a modo de protección y de buena suerte. Nos juntábamos los últimos días del año para quemar el muérdago de ese año y renovarlo con otro que habíamos comprado, pero a raíz de un hallazgo arqueológico que se produjo en 2021 he cambiado de hábitos en cuanto a la forma. Ese año, en unas excavaciones arqueológicas realizadas cerca de Pamplona apareció una mano de bronce que los técnicos dataron del siglo I a.C. durante las llamadas guerras sertorianas (83-72 a.C.), donde el general Sertorio desafió al poder de Roma. En ese antiguo poblado vascón se encontró una mano de bronce con varias inscripciones, la única que hasta el momento se ha descifrado es “zorioneku”, que traducido del protoeuskera se puede interpretar como “buena suerte”.

      Sertorio trajo en jaque al ejército de Roma durante diez años. La ciudad de Calahorra se hizo célebre pues se decía que sus habitantes habían recurrido al canibalismo antes que rendirse a las tropas de Pompeyo, su enemigo. De él quedan las palabras que Plutarco le dedicó: Sertorio, del cual se hallará haber sido más contenido que Filipo en el trato con las mujeres, más fiel que Antígono con sus amigos y más humano que Aníbal con los contrarios.

     A partir de entonces cambié el muérdago por la mano de Irulegi que ahora luce en la puerta de entrada de mi casa.