Siempre se debe tener en cuenta los libros que se prestan, porque
a menudo se extravían, hay malentendidos, no se devuelven, etc. Conozco algún
caso, yo mismo lo sufrí hace algún tiempo. Era un libro que yo apreciaba mucho,
me lo dedicó con un bello dibujo su propio autor, a quien yo nunca tuve la
suerte de conocer. Si digo su nombre seguramente no os dirá nada. Se llamaba
Fernando Macarro Castillo, pero era más conocido por Marcos Ana, que era el
nombre de sus padres. La iniciativa fue a través de Nacho, un amigo librero que
conoció a Marcos cuando éste frecuentaba
su librería. Militante comunista, estuvo veintidós años y siete meses en seis
cárceles franquistas, desde los dieciocho, recién terminada la guerra hasta
1961.
El libro se
titulaba Decidme cómo es un árbol y en él venía a decir que las
cosas más simples y peregrinas no las había conocido: el mar, el campo, las
estrellas, el amor… Todo en él respiraba humanidad, bondad e inocencia, fidelidad
a unas ideas. Le conmutaron la pena de muerte por treinta años de cárcel.
Leyendo un libro me ha venido a la memoria su nombre y los avatares de su vida porque
vivimos un tiempo en lo que hoy es noticia y ocupa las portadas de prensa y los
informativos, mañana ya lo hemos olvidado. Murió hace diez años pero hoy me
gustaría recuperar el episodio más conocido de su vida.
Marcos, al poco de
salir de la cárcel a los cuarenta y un años, a través de un amigo que le prestó
dinero descubrió el sexo en una casa de citas madrileña. La muchacha, una joven
morena, escuchó de sus labios la terrible historia de su vida, las palizas, las
cárceles, todo. Apiadada, no le quiso cobrar por sus servicios, metiéndole en
el pantalón sin que se diera cuenta las 500 pesetas que él le había pagado. Al
día siguiente comprobó con sorpresa que tenía ese dinero en el bolsillo y su
primera idea fue acudir de nuevo a la cita con ella. Cuando iba de camino vio
una floristería, se detuvo y se dio cuenta de lo mezquino de su conducta. Había
tenido sexo iniciático pero la conducta de ella había sido conmovedora y ahora
él la pretendía manchar y aprovecharse de la situación. Rápidamente cambió de
opinión y encargó 500 pesetas de flores junto a una nota agradeciéndole la
noche que había pasado con ella y su infinita ternura. Nunca más tuvieron
contacto.