miércoles, 6 de mayo de 2026

Una llamada inoportuna

 

       Si hay algo que me exaspera cuando estoy en casa son las llamadas de teléfono para venderme cosas: una rebaja en la póliza de seguro sea cual sea el que tenga, el Banco que me ofrece un crédito de veinte mil euros por mi depósito en este momento, la ONG para hacerme socio, las empresas que me ofrecen teleasistencia… Entiendo que el nuevo marketing consiste en no esperar al cliente, hay que ir a por él y abordarle. Bueno, pues me llama por teléfono mi psicóloga para decirme que no estará en la próxima sesión, que le ha surgido un asunto familiar en Zamora y que no puede faltar. Aprovecha la ocasión para preguntarme si todo va bien y le contesto que bueno, que estoy en un mar de dudas.

     —¿Qué tipo de dudas? Explíquese.

     —Pues resulta que he conocido a una mujer que me gusta, pero no sé si ella está conmigo porque de verdad me quiere o por interés.

     —¿Interés de qué tipo?

     —Interés económico, naturalmente.    

     —Ah, pero es usted es rico? —me pregunta como muy sorprendida.

     —Hombre rico, lo que se dice rico, pues no. Tengo acciones, casa en la playa, un velero, y algunas otras propiedades.

     Ella parece que duda, mi impresión es que no sabe por dónde tirar. Yo creo que lamenta haberme dado pie al preguntarme si va todo bien.  Yo reconozco que he ido a saco, que tal vez no era el mejor momento para plantearlo pero ya está hecho y no sirve para nada lamentarse. Lo única impresión que dejo es que parezco un ser pusilánime lleno de dudas.

     —¿Le importa que hablemos de este asunto a mi vuelta de Zamora? Tal vez ahora no sea el momento más adecuado para tomar una decisión. Además, ¿ha hablado de esto con su mujer?

     —Por supuesto que no. Creí que usted era la persona adecuada para hablar de esto.

     —Yo le puedo dar mi opinión, pero ese asunto es más apropiado de un consultorio sentimental ¿no le parece?

     Le digo que para mí ella es mi consultora en todos los sentidos, incluido el sentimental. Se produce un silencio incómodo. Creo que ella duda de que un gañán como yo sea capaz de enamorar a alguien, si le estoy tomando el pelo, si estoy como una cabra contándole milongas o todo junto a la vez.

     —Mire, para serle sincera prefiero tratar este asunto en una próxima sesión si usted no tiene inconveniente. Por cierto, una pregunta ¿Qué edad tiene esa mujer si se puede saber?

     —Veintinueve años.

     —Es española?

     —Me ha dicho una pregunta.

     —Está bien, otra más. ¿Es española?

     —Y eso ¿qué tiene que ver?

     La imagino echando cálculos, una mujer de veintinueve años, con un tipo de setenta y dos. Hum, déjeme pensar, algo no cuadra.

     —Está bien, sea española o no quiero darle mi enhorabuena. Pero en mi opinión la pregunta es otra ¿Se va usted a separar o divorciar de su mujer? Es una decisión que sólo usted debe tomar. Qué decisiones tomar en la vida es algo que no se enseña en la universidad.

martes, 5 de mayo de 2026

El tiro de gracia no admite curiosos

 

     Adrián lleva dos años trabajando de informático en una multinacional en el sureste asiático, concretamente en Singapur. Casi todas las noches se conecta y habla con su familia residente en Madrid para comentar las pequeñas cosas del día a día y para preguntarles cuándo se van a animar a hacerle una visita. Uno de esos días le comunican el fallecimiento de su abuelo Julio de 96 años, que ya llevaba unos días en el hospital. Adrián se queda muy impactado con la noticia, pues siempre había estado muy unido a su abuelo, le dicen también que ha dejado una carta que por expreso deseo solo él estaba autorizado a abrirla.

     Con profundo pesar Adrián recuerda los paseos con su abuelo en los años noventa desde Moncloa donde vivían, en el parque del Retiro viendo los títeres de guiñol, visitando la ciudad universitaria en la que le comentaba las diferentes facultades que se encontraban o montado en el funicular desde Moncloa a la Casa de Campo. Recuerda también la fiesta familiar que le organizaron con motivo de su cumpleaños, él sentado en un sillón rodeado du sus nietos y biznietos con una copa de cava en la mano. Sabe que no llegará al funeral pero al día siguiente comunica a su empresa el deseo de coger una semana a cuenta de sus vacaciones. Le tiene intrigado el contenido de esa carta que solo él está autorizado a leer. Cuando llega a su casa toda la familia está reunida, pero después de los abrazos no llegan los momentos de celebraciones por el reencuentro como sucedía otras veces. Instantes después el padre le hace entrega de la carta que lee en silencio en medio de la expectación. Decía así:

     Mi querido nieto Adrián. Hay un silencio que me ha pesado toda la vida. ¿Recuerdas aquella curva junto a la carretera de la ciudad universitaria donde yo me detenía unos momentos? Tú me preguntabas que por qué me paraba. Te lo explico. Siendo yo niño y acabada la guerra, un domingo por la tarde  de 1940 allí fusilaron a dos hombres. Yo jugaba con mis amigos  y lo vimos todo agachados desde una colina cercana. Esa noche lo comenté en casa pero me dijeron que aquello no lo hablara con nadie. Después del tiro de gracia allí mismo hicieron una fosa y los enterraron. Tú eres el primero en saberlo. Mi deseo es que contactes con la institución que se dedica a exhumar esos restos. Hay unas piedras que hace poco yo coloqué en ese lugar. No sé lo que hicieron esos pobres hombres pero tendrán algún pariente que se pregunte dónde están. Sé que puedo contar contigo y así de esta manera yo pueda descansar en paz.

     Tu abuelo que te quiere,

     Julio

     Una vez que leyó la carta la fue pasando de mano en mano.

     El padre de Adrián le preguntó si recordaba el lugar.

     —Sí, lo recuerdo, está junto a la Facultad de Geografía e Historia. Siempre se paraba en el mismo lugar, yo creo que para rezar una oración.

     Una vez confirmada la ubicación exacta, el siguiente paso fue contactar con la asociación Aranzadi. Un médico forense de la asociación le preguntó a Adrián si estaba seguro de que los fusilamientos fueran por la tarde.

     —Los fusilamientos siempre eran al alba. ¿Que por qué? No querían que hubiera curiosos contemplando el tiro de gracia.

 

    

viernes, 1 de mayo de 2026

Algunas frases y párrafos memorables

 

     —“Se creen que el colegio es una correccional —dijo Pitaluga—. En el Perú todo se hace a medias y por eso todo se malea. Los soldados que llegan al cuartel son sucios, piojosos, ladrones. Pero a punta de palos se civilizan. Un año de cuartel y del indio solo quedan las cerdas. A la mitad  los mandan sus padres para que no sean bandoleros y, a la otra mitad, para que no sean maricas”.

     Vargas Llosa (La ciudad y los perros)

 

     “En la pareja el conflicto surge de la intimidad desgastada que se convierte en enemistad permanente”.

    

      Álvaro Pombo (Santander 1936)

 

    

“Los libros son las flores de este mundo, pero muy pocos lo saben”.

 

     Rafael Narbona (Maestros de la felicidad)

 

     “Es preferible un Sócrates enfermo que un cerdo satisfecho”.

 

     Stuart Mill

 

      —“Mira Sancho, no te digo yo que me parece mal un refrán traído a propósito; pero ensartar refranes a trote y moche hace la plática desmayada y baja”.

 

     Miguel de Cervantes (El Quijote)

 

     Benítez caminaba detrás del alcalde, arrancándose hilos de las deshilachadas bocamangas del uniforme. En el cielo raso y hondo, una estrella fugaz irrumpió en la armonía de las constelaciones. El alcalde taconeaba su vara con pompa y su mirada al frente avisaba al pueblo que respondía a la llamada del deber.

     —Benítez —Llamó.

     —Señor alcalde.

     —De aquí en adelante habrá que proveer un sistema de multas más duras para los que hagan aguas en las rinconadas.

     —Sí, señor alcalde.

     —Al primero que los pesques al arrimo de una pared, lo zurces.

     —Sí, señor alcalde.

     —Si es un borracho, mejor que mejor. Le arrimas castaña a las orejas.¿ Entendido?

     —Sí, señor alcalde. ¿Y si es un niño?

     —Un capón bien dado.

     —¿Y si es un viejo, señor alcalde?

     —No me pongas pegas Benítez.

 

        Ignacio Aldecoa (Cuentos completos)

viernes, 24 de abril de 2026

Un plato del Titanic*

 

     Soy aficionado a hacer senderismo en alta montaña. Cierto día del mes de diciembre de hace muchos años me reuní con tres amigos que estudiaban conmigo Ciencias de la Información para hacer una ruta en los Pirineos. Las previsiones garantizaban una mañana sin contratiempos, lo cual nos dejó hacer una buena marcha hasta donde nos lo permitió la espesa niebla que ya empezaba a cubrir la cima de la montaña. Por suerte encontramos un refugio cerca de allí con abundante leña y algo de comida enlatada que nos proporcionaron calor y cobijo durante el tiempo que necesitáramos. Encendimos la chimenea y pusimos a secar la ropa algo empapada que traíamos. Poco después la niebla se disipó y cuando estábamos a punto de salir unos copos de nieve hicieron acto de presencia, al principio débiles, pero después poco a poco fueron tomando fuerza. Eran algo más de las cinco de la tarde y el cielo se ennegreció rápidamente. Estuvimos debatiendo y decidimos que lo más práctico era hacer noche allí puesto que disponíamos sacos de dormir y además el coche lo habíamos dejado a unas dos horas de camino. Nos pusimos también de acuerdo en que consumiéramos la comida que llevábamos en nuestras mochilas y dejar la comida que allí había para quien de verdad la necesitara.

     Después de cenar estuvimos jugando a las cartas y cuando ya nos cansamos alguien propuso que quien supiera de alguna historia original digna de ser contada la pusiera en común delante de los demás. Yo aproveché para salir un momento del refugio pero segundos después tuve que cerrar la puerta debido a la ventisca que a esa hora estaba azotando la zona. La conversación había derivado en torno a las series de televisión que en esos momentos tenían más éxito. Decidí que había llegado el momento de comunicar algo que llevaba en mi interior.

     —Creo que yo tengo una historia que a lo mejor os apetece escuchar —dije de pronto y enseguida todos callaron.

     —El año 1952 mi abuelo materno hizo un viaje a Bilbao con el fin de acompañar a su hija que debía embarcar allí rumbo a Argentina. Una vez que se despidieron, mi abuelo se dedicó a visitar la ciudad hasta la salida del autobús que le traería de vuelta a Pamplona. Cuando se cansó de andar y de recorrer las calles más emblemáticas de la ciudad, se sentó en un banco junto a la ría, triste y pesaroso pensando en su hija que acababa de zarpar. Observando la ría, un objeto le llamó poderosamente la atención; un objeto brillante debido al sol destacaba sobre el agua sin llegar a hundirse. Al principio pensó que se trataba de un plástico de forma redondeada pero no lo era. Siguió observando, estaba subiendo la marea, un agua parduzca, casi negra, impregnaba la ría. Como el objeto seguía flotando mi abuelo quiso cerciorarse para ver de qué se trataba. Cogió la pequeña rama de un árbol que estaba en el suelo y bajó despacio las escaleras cuidando de no resbalarse y caer al agua que en esos momentos era de pleamar. Cuando lo tuvo cerca no se lo podía creer, se trataba de un plato de cerámica pero le llamó la atención la inscripción en el centro que ponía “White Star Line” junto a una bandera de fondo rojo ondeando al viento. Estuvo dudando si cogerlo o no, al final, curioso por la inscripción del plato se hizo con él, lo metió en una bolsa de plástico que luego vio en la calle y se fue a la estación de autobuses para su vuelta a Pamplona.

     <<Mi abuelo era de profesión panadero pero era un hombre de mil facetas debido a su curiosidad. Fue también carpintero, electricista, soldador, hortelano, apicultor… Era un hombre culto, todos los días recibía el Diario Vasco que un amigo suyo que trabajaba en prensa le enviaba desde San Sebastián. En 1953 se suscribió a la revista norteamericana Reader`s Digest que a partir del año anterior se editaba también en español. Era una revista familiar de información general. En uno de los primeros ejemplares que recibió hablaba en un amplio reportaje, acerca del hundimiento en las gélidas aguas del Atlántico en 1912 del Titanic mientras se dirigía a Nueva York. En aquel extenso artículo no solo hablaba del transatlántico, sino también de la compañía naviera White Star Line, fundada en 1870 y propietaria del Titanic y de su buque gemelo Britannic, torpedeado por los alemanes en la primera guerra mundial. Cuando mi abuelo leyó esto tuvo un pálpito, recordaba vagamente el nombre de la compañía e inmediatamente subió al desván en busca del plato para confirmar su autenticidad.

     Observé a mis acompañantes mientras hablaba. En sus miradas percibí interés, apenas pestañeaban. Hice una pausa deliberada para poner en orden mis ideas, un relato que en mi casa se había repetido decenas de veces y que mis hermanas y yo nos sabíamos de memoria. Bebí un vaso de agua y proseguí.

     <<Meses más tarde mis abuelos recibieron una invitación de boda. Se casaba la hija de su jefe, propietario de la central eléctrica de la que mi abuelo era el encargado. Antiguamente no era frecuente regalar dinero a los novios sino más bien artículos de menaje como juegos de tazas de café, cubertería de plata, artículos religiosos, toallas, sobrecamas, etc. Mis abuelos estaban azorados porque se trataba de gente de otra clase social y no sabían qué regalar. Como no tenían dinero ni nada apropiado que regalar mi abuelo decidió que tal vez el plato fuera un regalo lo suficientemente  valioso y reconocido.  Él mismo fabricó un estuche de madera y el día de la boda les dijo a los novios, no sin cierta timidez, que el objeto que había dentro había hecho un viaje de unos seis mil kilómetros por mar a lo largo de cuarenta años y que posiblemente se tratara de un objeto de gran valor.

     Cuando terminé el relato mis amigos se quedaron en silencio. Luego, cuando se repusieron de la sorpresa, uno de ellos exclamó.

     —No jodas que lo regalaron.

     Yo asentí con la cabeza sin decir una palabra.

    

 

*A la memoria de mis abuelos Dionisio y Salus. In memoriam.

martes, 14 de abril de 2026

Impacto frontal

 

      Estamos en el año 2053 y China es la nueva potencia mundial. EEUU le sigue de cerca pero sabe que ha perdido la hegemonía. El objetivo para ambos países es llegar el primero a Marte como antes lo fue la carrera hacia la Luna entre EEUU y la Unión Soviética. Ha habido varios intentos pero todos han fracasado. Alcanzar Marte es un reto mayúsculo por los muchos problemas que plantea: en primer lugar la distancia, la duración del viaje se calcula en unos ocho o nueve meses, a eso hay que añadir la búsqueda y selección de tripulantes, para un viaje de semejante duración es necesaria una fortaleza mental que no todos poseen, añádase el combustible necesario, los peligros de la radiación, pero en un viaje en el que no se garantiza la vuelta con vida, no hay muchos candidatos que estén dispuestos. Ser los primeros en llegar a Marte supondría la consagración de superpotencia mundial, de momento se busca el efecto propagandístico más que otra cosa. Nadie habla de momento en instalar bases permanentes allí, es demasiado prematuro. Hay otros países emergentes como India, y Brasil pero ninguno puede competir frente a los dos colosos. Indonesia con más de trescientos millones es otro país a tener en cuenta. Rusia se ha quedado aislada abandonada por sus antiguos aliados. Además, instituciones como la ONU hace tiempo que son residuales porque carecen de fuerza, no de legitimidad, para llevar a cabo sus resoluciones. Los países que cuentan con tecnología para conseguir la bomba atómica cada día son más pero ni China ni EEUU están dispuestos a que haya más armas atómicas. China lleva más de cincuenta años presente en África, al principio tímidamente, muchas de las materias primas de las que carece como el oro, níquel, cobalto, etcétera, las obtiene de allí. Oriente Medio sigue siendo una zona convulsa y cada cierto tiempo surgen guerras sin que pongan remedio a la situación.

     El acceso al agua se ha convertido en un grave problema, surgen guerras por su control así como por el agotamiento de los recursos naturales que antes se creían ilimitados. Es en este momento es cuando la comunidad científica alza la voz de alarma: Un gran asteroide de más de diez kilómetros viene derecho contra la Tierra y apenas hay tiempo para impedirlo. La comunidad internacional pensaba que el verdadero peligro estaba en el sistema de comunicaciones por satélite por culpa de alguna llamarada solar que las inutilizara, pero han desatendido todo lo que viaja sin control por el espacio.

     Los científicos de las grandes potencias con tecnología suficiente se reúnen con el fin de alcanzar un acuerdo para salvar a la humanidad, de momento se estudia su trayectoria para intentar estudiar dónde sería su hipotético impacto y si habría algún arma capaz de destruirlo. Sería preferible que el asteroide cayera en el mar pero el maremoto sería gigantesco y se perdería su análisis y la riqueza que contiene: millones de toneladas de hierro, cadmio, oro, silicio, azufre y otros materiales.

     Las potencias admiten que no hay tiempo para desarrollar un arma capaz de destruir el asteroide que nos amenaza. Finalmente el impacto se produce en el interior de Australia. A consecuencia del choque los científicos aseguran que el eje de la tierra ya no apunta a la estrella Polar y que nuestro planeta ha variado la órbita a la espera de que gravite hacia otra estrella. ¿Cuánto puede durar esto? Tal vez cientos de años. Los gobiernos tratan de ocultar estos datos con el fin de que no aparezca el pánico entre la población. La Tierra se va alejando poco a poco del Sol para adentrarse en el cielo profundo. Al cabo de los meses la horas de luz se van reduciendo paulatinamente. Salir de noche se convierte en un riesgo que mucha gente prefiere no correr. Frente a la llamada a la calma de las autoridades, las redes sociales anuncian el drama que se avecina. La productividad empieza a caer, el absentismo laboral aumenta, los impagados se multiplican, los asaltos a comercios cada vez son más y la policía y parte del Ejército se ven obligados a vigilar los grandes centros comerciales, así como gasolineras, embajadas y centros de comunicaciones. Vuelven los adeptos a la religión, las iglesias van recuperando feligreses, algunos dicen que la soberbia del ser humano ha sido castigada con un cataclismo de dimensiones bíblicas. Cada vez son más los ciudadanos que tienen un arma en casa, ya nada es seguro. La gente comienza a huir de las ciudades hacia entornos menos hostiles donde pueda proteger a los suyos.

El mundo distópico ya está aquí. Lo único que cuenta es la propia supervivencia.

viernes, 10 de abril de 2026

Aquel partido con Puskas

 

     Vaya por delante que siempre he sido aficionado al fútbol. Recuerdo que siendo un crío me pedí para la noche de Reyes unas rodilleras de portero (antes se llevaban), yo no era portero ni era nada pero aquello me daba la apariencia de futbolista y además me molaba. Luego, ya en el colegio-seminario, la dirección fomentaba mucho el fútbol, yo creo que para desahogar pasiones y no pensar en otras cosas sobre todo en chicas. Cuando yo llegué al colegio (año 1963), los equipos que luchaban por la supremacía en Europa eran el Inter y el Real Madrid. Bueno pues siendo yo preadolescente se celebró en Pamplona un partido amistoso entre Osasuna  y el Real Madrid, el cual venía con el equipo suplente porque Osasuna entonces estaba en Segunda División. No estoy seguro pero creo que era el año 1965 o 1966. Había una gran expectación a pesar de que el partido era amistoso y el Madrid jugaba con el equipo reserva. El partido acabó 2-4 a favor del Real Madrid, pero el único detalle que recuerdo del partido es que Puskas falló un gol clarísimo pero eso poco importa para este relato. Por entonces ya tenía 39 años y estaba a punto de despedirse del fútbol.

     Por aquellos años a través de un amigo de mi padre que había sido futbolista y jugó en la Real Sociedad en los años cuarenta, tuve la ocasión de conocer a Ignacio Zoco que un par de años antes acababa de fichar por el Real Madrid. Me regaló una gran foto suya y todavía recuerdo la dedicatoria: “A mi amigo Víctor Manuel afectuosamente”. No me atreví ni a mirarle a la cara. Luego en el colegio, algún jeta me robó la foto y no volví a verla jamás.

     Hace cuatro años visité Budapest. El guía nos fue haciendo un recorrido visitando los monumentos más importantes de la ciudad. Cuando estábamos frente a la catedral de la ciudad (San Esteban) nos dijo que allí estaba enterrado una gloria húngara del fútbol y que previamente había jugado en un equipo español. Yo sabía que se trataba de Puskas pero me lo callé. El jugador falleció en 2006 con un Alzheimer muy avanzado hasta el punto que no recordaba nada de su paso por el Real Madrid.

     Puedo comprender para quien siga este blog y no sea aficionado/a, cuyo contenido hoy dedicamos al fútbol, que les pueda parecer algo decepcionante, pero este es uno de mis recuerdos de mi niñez y eso es algo que nunca se olvida.

    

miércoles, 8 de abril de 2026

La melancolía, mi refugio emocional

 

     La melancolía clásica está hoy en desuso, entre otras cosas, porque la actual vida moderna exige inmediatez y productividad. En nuestra sociedad la pausa melancólica se percibe como una pérdida de tiempo, o bien como un desajuste emocional que es necesario corregir.

     A mí me gusta visitar los lugares en los que viví cuando era niño, porque  pienso que mis padres siendo aún jóvenes, allí fueron felices. Cuando voy a esos lugares reconozco el espacio, las casas, la escuela, la iglesia,  pero el paisaje ya no es el mismo, porque ahora todo lo veo desde la mirada de adulto. Por si quedara alguna duda, las casas en las que viví están hoy derruidas y en su lugar han construido otras nuevas, sin embargo, en mis recuerdos siguen todavía en pie, incluso a veces he soñado con ellas. Soy un firme defensor de la melancolía, es mi refugio emocional. Víctor Hugo la definió como el placer de la tristeza. Frente al presente de los algoritmos yo reivindico la melancolía, el recuerdo de los buenos momentos vividos. Me asusta pensar hasta dónde llegará la IA, la posibilidad del que en un futuro pueda componer una ópera, redactar un guion de cine o escribir una novela merecedora de un premio Nadal o Planeta. Llegados a ese punto me pregunto quién recogerá el premio.

     Y es que la era tecnológica en la que vivimos corre el riesgo de deshumanizarnos; lo veo todos los días cuando voy en el Metro, todo el mundo pegado a su móvil. Es la era de los “likes” y el “me gusta”. Paralelamente la industria de la música es capaz de llevar al estrellato a cantantes hasta hace poco desconocidos y llenar varias veces el “Bernabéu”.

     En 1999 surgió en Italia el movimiento “slow city”, municipios de menos de cincuenta mil habitantes que buscaban priorizar la calidad de vida, la sostenibilidad, la cultura local y la tranquilidad frente al ritmo frenético de las grandes ciudades, que resumido, consiste en un equilibrio entre modernidad y tradición. En su día algunas ciudades españolas se adhirieron a esta campaña: Lekeitio, Pals, Balmaseda, La Orotava, Morella, Munguía… Su objetivo era presentar una alternativa frente al consumo acelerado y una búsqueda de espacios humanos más integrados en el tiempo. Es necesario otro tipo de filosofía de vida, por eso en las grandes ciudades no cala ese mensaje. Frente al consumo desaforado, hoy más que nunca es necesario recuperar el slogan ecologista “pensar globalmente, actuar localmente”.

     Hace poco leí que la filosofía (esa asignatura hoy un tanto arrinconada),  nos sirve de preparación para la muerte. También el estoicismo nos prepara para ello a través de la fortaleza mental con el fin de superar adversidades. No es un asunto baladí. En la sociedad actual no nos atrevemos a nombrar a la muerte por su nombre, para referirnos a ella utilizamos otras expresiones como “nos ha dejado” o similares.

     Que conste que no defiendo el tiempo pasado como el ideal. Yo mismo era una persona llena de complejos, el tiempo me ha ayudado a superarlos, pero me gusta recordar los buenos momentos que dejamos atrás.

    

miércoles, 1 de abril de 2026

Un martes cualquiera

 

     Me levanto de la cama y mientras me desperezo enumero las tareas que tengo para esta mañana de martes: hacer la compra, clase de pilates y sesión con Yolanda mi psicóloga. En pilates, una vez terminada la clase, hablamos con la joven profesora chilena y salen a relucir los nombres de Violeta Parra y Pablo Neruda. Luego, ya en casa, me afeito y ducho antes de acudir a la cita con Yolanda, mi psicóloga, que cuida mucho su imagen y pienso que no puedo ir de cualquier manera. Hace un día primaveral y cuando llego me dice la recepcionista que Yolanda me está esperando. Me gusta ir con tiempo suficiente a las citas, pero últimamente los retrasos de los trenes de cercanías están a la orden del día. Entro y me saluda muy amablemente, le calculo unos treinta y cinco o cuarenta años, me pregunta qué tal ha ido la semana.

     Estoy sentado frente a ella, que hoy luce un top de algodón muy ajustado que resaltan muy a la vista sus impresionantes tetas, lo cual me obliga a hacer un esfuerzo para no mirarlas, no me extraña que su consulta sea la más solicitada. Se concentra y empieza a leer mi ficha, luego junta las manos como en señal de oración y se las lleva a la cara.

     —Me dijo hace unas sesiones que se había ofrecido voluntario a presidente de su comunidad de vecinos. ¿Quiere hablar de ello? ¿Su experiencia es positiva? ¿Cómo lo valora?

     La pregunta me pilla de sorpresa y tardo unos segundos en responder.

     —Bueno sí, en general la experiencia es positiva. La mayoría colabora pero a dos o tres personas ya les he cantado las cuarenta. Hay uno que tira las colillas al patio y otro que su perro se mea en el ascensor. Hay gente que no debería vivir en comunidad sino en una cueva.

     Observo a Yolanda muy atenta a mis explicaciones y cuando termino de hablar hace pausas muy alargadas que no acierto a interpretar muy bien. Alguna vez se lo he preguntado y me dice que ella utiliza el método socrático para llegar a la verdad, lo cual me deja más confundido todavía. Consulta de nuevo con mi ficha.

     —Hábleme de su dependencia con el móvil. ¿Va mejorando?

     Ahí siento que ha hurgado en mi punto débil. La verdad es que no sé salir del apuro. Estoy por decirle que lo he superado pero me digo que es inútil engañarme.

     —Me temo que no. Mi mujer me dice que lo va a tirar por la ventana o que me lo va a esconder…

     —¿Y qué es lo que le produce tanta dependencia? —me interrumpe antes de terminar.

     —Pues no sé, mirar vídeos supongo.

     —¿Qué clase de vídeos? ¿De contenido sexual?

     De repente me horroriza que pueda pensar que soy un pervertido, un viejo verde o un rijoso. O tal vez me ha pillado en una fracción de segundo mirando sus tetas.

     —No, no. Simplemente es un aparato adictivo que me produce dependencia.

     Yolanda me mira y se toma su tiempo antes de responder. Es una situación muy incómoda para mí.

     —Por casualidad es usted aficionado a la filatelia o a coleccionar monedas antiguas?

     La pregunta me deja un poco traspuesto, porque esas son aficiones que yo considero de persona mayor, también yo estoy en esa edad pero nunca me han interesado esos temas.

     —No. Yo toco la tuba en una Banda de música pero resulta que apenas puedo ensayar en casa porque molesto a los vecinos y me aporrean en la pared.

     —Hable con ellos. Seguro que a lo largo del día hay horas en las que no molesta.

     —No creo. Son jubilados como yo y están todo el día en su casa.

     —Pues entonces cambie de hábitos, Salga, pasee, vaya el mercado. Observe a la gente en su quehacer diario. En definitiva, disfrute de la vida.

     Hay días en que salgo de la consulta contento, eufórico, con ganas de vivir pero hoy no es uno de esos días. Como objetivo para la siguiente sesión me invita a que elabore un listado con las cosas buenas que me ha proporcionado la semana.

 

    

sábado, 28 de marzo de 2026

Un parque temático en el Everest

 

     Imagino que mis queridos lectores recuerdan a Aizkorbe, el amigo trotamundos argentino de ascendencia navarra. Hablé de él en este mismo post cuando me lo encontré por casualidad hace ya unos meses por la calle y me estuvo contando su viaje a través del río Congo en África, un viaje a bordo de un barco sobrecargado de pasajeros, desde su nacimiento hasta su desembocadura en el Atlántico, un viaje de 4.700 kilómetros. Me llamó hace unos días por teléfono desde Nepal diciendo que había hecho un reportaje fotográfico para la revista National Geografic acompañando a una expedición neozelandesa que pretendía escalar el Everest, por si quería que nos viésemos para charlar un rato mientras tomábamos un café.

     —Disfruté bárbaro, una expedición fantástica —me respondió cuando le pregunté por la experiencia nada más verle.

      Aizkorbe siempre era un tipo interesante, gran viajero, gustaba de hablar intercalando toda clase de anécdotas divertidas. Para aclimatarse, dice que estuvo una semana en los Alpes a unos cuatro mil metros para hacer frente a los desafíos de las grandes montañas del Himalaya.

     —Cuando estábamos a casi siete mil metros estuve a punto de morir. Un sherpa llamado Tenzing Norgay me salvó la vida cuando resbalé por una ladera que terminaba en una grieta en el hielo de cincuenta metros de profundidad. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido. Diez días más tarde me invitó a conocer su casa, una vivienda humilde donde lo más lujoso era un aparato de televisión, su única conexión con el mundo, aparte de los escaladores para los que trabajaba. Quise regalarle una cámara de fotos pero muy cortés me dijo que no necesitaba nada, que mi presencia en su hogar ya era suficiente regalo. Me preguntó que de dónde era y le dije que de ningún sitio, que había nacido en Argentina pero que ahora vivía en Madrid y que en un futuro donde la vida me llame. Recuerdo la mirada de sus chiquillos escuchando las explicaciones de un extraño. Junto a la casa tenía un pequeño huerto, unas gallinas y un par de cabras. Le pregunté si le gustaría tener otro tipo de vida y me dijo que no, que ser guía de la montaña sagrada ya era un honor y que la gente lo respetaba, que había hecho más de veinte ascensiones pero que no deseaba esa clase de vida para sus hijos. La sencillez de su vida fue lo que más me conmovió.

     Quise saber cuánto de dura era la ascensión a la cumbre, si era verdad que había colas para llegar a la cima.

     —A partir de siete mil metros un sherpa me acompañó en todo momento indicando cómo debía hacer la ascensión. Los sherpas hablan todo tipo de idiomas, son como los camareros de la costa de aquí. Los mejores meses son en primavera, luego llega el monzón y las ventiscas y aludes son muy peligrosos. Todos los años cerca de mil personas hacen cumbre en el Everest. Toda la épica de la ascensión se me desmoronó  cuando vi una caravana de gente para llegar arriba, pero lo que más me impactó por lo insólito, fue la petición de matrimonio rodilla en tierra (nieve),  de un montañero a su pareja en lo alto de la montaña.

    

lunes, 16 de marzo de 2026

Una tuba en la universidad

 

     Ayer tuve una experiencia novedosa y gratificante en la Universidad Complutense de Madrid en la que estoy matriculado como alumno de mayores en el ciclo de Humanidades. En este segundo cuatrimestre tenemos una asignatura titulada “Músicas del Mundo”, en el que se hace un repaso de casi todas las manifestaciones musicales a lo largo de los cinco continentes (instrumentos, ritmos, sonoridad, vestuario, etcétera). Tras hablar con Marina, la profesora, acordamos en que traería una tarde la tuba para poder explicar brevemente la historia de ese instrumento, su función en la orquesta, conocer su sonido y realizar algún ejercicio práctico. La verdad es que me sentí cómodo, vi a los compañeros atentos a las explicaciones, yo creo que también curiosos por ver cómo me desenvolvía, la de un alumno reconvertido durante quince minutos en profesor.

     Empecé diciendo que casi sin querer, el azar me llevó a la música puesto que en mi familia nunca hubo tradición musical alguna. Ubicado delante de mis compañeros dije que en realidad yo soy un ignorante, que por eso elegí la universidad, para saber y aprender. Que únicamente en algunos campos del saber sé algunas cosas, por ejemplo con la tuba, porque llevo treinta y siete años con ella y todavía sigo aprendiendo. Luego añadí que mi primer profesor del instrumento fue un antiguo componente de Los Pekenikes, que a la sazón tocaba la trompeta. La trompeta? —me preguntaron—. Sí—respondí— puesto que la digitación es la misma en ambos instrumentos aunque la sonoridad sea muy diferente.

     Dije también que desde 1989 soy miembro de la Banda de Música de Vallecas y que hace nueve años recibió un premio por los muchos años de trabajo y presencia en el barrio. Un premio que yo mismo tuve el honor de recoger de manos de un político en el Ayuntamiento de Madrid. Tras recibir el galardón tuve unas palabras de agradecimiento a los anteriores directores y también hacia mis compañeros, para añadir a continuación que nuestro escenario natural no son los grandes espacios escénicos sino las calles y plazas de nuestro barrio.

     Durante la pandemia dimos un concierto en Robledo de Chavela, localidad próxima a Madrid, versionado las canciones más conocidas de los Beatles. La NASA tiene allí el Complejo de Comunicaciones de Espacio  Profundo. Como curiosidad diré que, poco antes de la actuación estuvimos hablando con uno de los ingenieros del Complejo y nos comentó que en 2008 la NASA había enviado al espacio el tema de John Lennon “Across the universe”. Nos dijo que llegaría a la estrella Polar dentro de… ¡431 años luz!. Ya por último, para terminar la exposición ante mis compañeros de la universidad, expliqué que tocar un instrumento musical es un placer para quien lo ejecuta y también para el público que lo oye, que tocar con otros músicos es altamente enriquecedor, saber escuchar lo que hacen otros instrumentos, cuidar la afinación, el sonido, hacer los matices, etcétera… Animé a mis compañeros a aprender a tocar algún instrumento porque nunca es tarde para aprender. Les dije que la música es un arte agradecido, que nos devuelve con creces el tiempo que hemos aprendido en estudiar, así como la posibilidad de ensanchar nuestro ámbito de relaciones. Yo mismo gracias a ella he tenido la oportunidad de viajar y conocer ciudades, en este caso con la Orquesta Sinfónica Athanor de Rivas: Valencia, Sevilla, Córdoba, Málaga, Toledo, Aveiro, Nápoles y Budapest.

     Un último apunte antes de terminar, a la gente que me lee quiero decirles una cosa: Por favor, déjenme comentarios, prometo contestar.

sábado, 7 de marzo de 2026

La Casa de Curtidores

 

     La Casa de Curtidores era una casona datada en el  siglo XVII que estaba situada a orillas del río Arga en Pamplona y que que tras sufrir un gran incendio fue declarada en ruinas en 2004. Tras años de pleitos creo que los propietarios recientemente han obtenido licencia para construir viviendas en la misma ubicación, al lado de las viejas murallas de la ciudad. Pues bien, siendo yo adolescente de unos doce o trece años solíamos ir a jugar al fútbol a un parque que estaba al lado de donde vivíamos. Por aquella época yo frecuentaba la compañía de chavales que tenían más mundología que yo, con otras hechuras, más vivos en definitiva, que eran vecinos  míos, recuerdo que uno se apellidaba Rezusta y el otro Resano.

     Una mañana de domingo íbamos camino del parque de la Taconera, imagino que a jugar al fútbol o simplemente a dar una vuelta y, cosas de críos, a alguno se le ocurrió tirar una piedra para ver si llegaba hasta el río. Nosotros estábamos en la parte alta de la muralla y justo debajo de nosotros, a unos cincuenta metros se encontraba la Casa de Curtidores. La mala fortuna quiso que la piedra no impactara contra el río sino en la luna de la furgoneta que estaba aparcada al lado de la casa. Enseguida un hombre salió, nos amenazó lanzando toda clase de improperios diciendo que iba a llamar a la policía. Nosotros no le hicimos mucho caso y seguimos andando como si tal cosa. Al cabo de diez minutos un agente de la Policía Municipal nos agarró diciendo que le acompañáramos al cuartel para que explicáramos allí nuestra conducta. Yo iba muerto de vergüenza sabiendo que mi padre solía estar sentado en un banco por aquella zona leyendo el periódico. Yo no había tirado la piedra pero era cómplice de aquella situación. Mientras íbamos camino del cuartel de la Policía el problema mío era de qué manera explicaba yo en casa que me había detenido la Policía siendo mi padre una persona de orden y encima yo estudiando en un seminario. Al llegar al cuartel nos tomaron la filiación, preguntaron dónde vivíamos y en qué colegio estudiábamos. Recuerdo que a mí me preguntaron si eso era lo que nos enseñaban en el seminario. Yo muerto de vergüenza y mirando al suelo le dije que no.

     Afortunadamente la situación no pasó a mayores, en mi casa nunca se enteraron de aquella fechoría y yo lo agradecí infinito. Por supuesto ya no volví a frecuentar la compañía de aquellos chavales no fuera que me liaran otra más gorda.

lunes, 2 de marzo de 2026

La suerte, el muérdago y otras historias sabrosas

 

     Aunque hayas oído mil veces todo eso de que la suerte no existe, que todo está ya predeterminado, que desde el momento en que nacemos somos peones de un ser superior, etcétera, yo creo que tanto el azar como la buena suerte, a todos, de una manera u otra, nos visitan a lo largo de nuestra vida. Cualquier aficionado a la botánica nos dirá que existen plantas beneficiosas para el ser humano como por ejemplo el bambú, la planta de jade, el romero, las orquídeas… pero si existe una planta que según la cultura popular tiene beneficios para el ser humano, esa es el muérdago. Es una planta parasitaria que crece en algunos árboles, como el pino o el roble. Se cree que para los antiguos celtas y druidas el muérdago era una planta sagrada y mágica que curaba enfermedades y protegía  contra espíritus malignos, también como amuleto se colocaban sobre la cuna de los recién nacidos a modo de protección. El muérdago que crecía en el roble era el más poderoso. Existen creencias según las cuales besarse debajo de la planta de muérdago da buena suerte a la pareja. También el comic se ha hecho eco de estos relatos a través de Astérix y sobre todo del druida Panoramix encargado de la poción mágica. Recuerdo que en una ocasión fuimos al campo a hacer un recorrido por la naturaleza y el guía nos preguntó si alguien sabía qué planta era la que estaba colgando de un árbol (se notaba que todos éramos urbanitas). Fue la primera vez que vi el muérdago.

     Hasta hace muy poco tiempo mis amigos y yo comprábamos muérdago para ponerlo cada año encima de la puerta de entrada de casa a modo de protección y de buena suerte. Nos juntábamos los últimos días del año para quemar el muérdago de ese año y renovarlo con otro que habíamos comprado, pero a raíz de un hallazgo arqueológico que se produjo en 2021 he cambiado de hábitos en cuanto a la forma. Ese año, en unas excavaciones arqueológicas realizadas cerca de Pamplona apareció una mano de bronce que los técnicos dataron del siglo I a.C. durante las llamadas guerras sertorianas (83-72 a.C.), donde el general Sertorio desafió al poder de Roma. En ese antiguo poblado vascón se encontró una mano de bronce con varias inscripciones, la única que hasta el momento se ha descifrado es “zorioneku”, que traducido del protoeuskera se puede interpretar como “buena suerte”.

      Sertorio trajo en jaque al ejército de Roma durante diez años. La ciudad de Calahorra se hizo célebre pues se decía que sus habitantes habían recurrido al canibalismo antes que rendirse a las tropas de Pompeyo, su enemigo. De él quedan las palabras que Plutarco le dedicó: Sertorio, del cual se hallará haber sido más contenido que Filipo en el trato con las mujeres, más fiel que Antígono con sus amigos y más humano que Aníbal con los contrarios.

     A partir de entonces cambié el muérdago por la mano de Irulegi que ahora luce en la puerta de entrada de mi casa.

    

    

jueves, 26 de febrero de 2026

El mundo por montera

 

     Ocurre que de vez en cuando me viene a la memoria el recuerdo de personas con las que en el pasado tuve alguna relación; han podido ser compañeros de trabajo, amistades ocasionales, compañeros de estudios, chicas que conocí, etcétera, que en un momento dado sus vidas y la mía se separaron simplemente porque la vida es así. Me pregunto qué será de ellos. Leí en cierta ocasión que el círculo de amistades lo vamos ensanchando hasta los cuarenta o cuarenta y cinco años y que a partir de esa edad el círculo decrece paulatinamente para reducirse al núcleo familiar y al pequeño entramado de amistades de toda la vida.

     Me gusta la soledad bien acompañada y me explico, porque dicho así parece una contradicción. Cuando digo acompañado me refiero al paisaje que me rodea o al libro que esté leyendo en ese momento. Recuerdo que durante a pandemia —ese tiempo de reclusión obligatoria de no hace mucho pero que ya nos parece lejano— me sirvió para leer por segunda vez El Quijote que, tal como lo miro yo, es un tratado de filosofía, ética, estoicismo, ideales de la vida, bien salpimentado con refranes populares que todos conocemos. Disfruté un montón de su lectura e incluso subrayé expresiones como a lo que veo Sancho, éstos no son caballeros sino gente soez y de baja ralea” esta otranunca fuera caballero de damas tan bien servido” o por último “non fuyáis gente cobarde, gente cautiva”.

     Hace escasas fechas me saludó un tipo por la calle que decía conocerme, después de un buen rato caí en la cuenta de que se trataba de un compañero que conocí hace unos cuantos en la empresa donde yo trabajaba. Se trataba de un argentino al que el mundo se le quedaba pequeño. Había vivido en Suecia, huyendo de la dictadura, trabajó de transportista en España unos años y luego le perdía la pista. Según me dijo se hizo fotógrafo y la revista para la que trabajaba le envió  a Marruecos, de allí pasó a Brasil a la cuenca del Amazonas, luego a Groenlandia y finalmente aterrizó en la República Democrática del Congo donde hizo una incursión a través de la selva a bordo de una barcaza por el río Congo, una travesía de unos cuatro mil kilómetros hasta la desembocadura en el Atlántico haciendo cientos de fotografías con el fin de denunciar la deforestación de la selva congoleña por empresas chinas  fabricando muebles para el mercado europeo y el primer mundo. Le dije que yo era más bien sedentario y, conociendo él mi afición a la escritura, sacó de su mochila un libro trufado de fotos suyas de su aventura por el Congo. A cambio le invité a unas cervezas y le puse al corriente de mis últimos movimientos. Me dijo que su próxima visita sería al Nepal para una expedición neozelandesa al Everest y que tenía que aclimatarse para afrontarla con éxito. Quedamos en que nos llamaríamos para que me contara la experiencia. Lo dicho, el mundo se le quedaba pequeño.

    

 

domingo, 15 de febrero de 2026

De nuevo en el diván

 

      Hoy tengo de nuevo cita con mi psicóloga, como llego con tiempo suficiente me hacen pasar a la salita de espera. Allí echo un vistazo a las revistas que están sobre una mesita aunque no me interesan demasiado. Al rato la veo entrar y me invita a pasar a su despacho. Va elegantemente vestida con una falda negra, un jersey ajustado de color amarillo y botas de media caña. Nos sentamos y abre su libreta, veamos Víctor, Víctor, Víctor, dice mientras pasa las hojas de su agenda, sí, aquí está. Lee brevemente y luego me pregunta si ya he superado mi dependencia del móvil que era uno de mis propósitos para el nuevo año. Le contesto que me está costando mucho y que mi mujer constantemente me regaña diciendo que parece mentira a mis años comportándome como un adolescente y me amenaza con tirar el móvil por la ventana. ¿Y qué le dicen sus hijos? —me suelta de repente—. Ya te vale papá, le contesto avergonzado y con la cabeza baja mientras atisbo en su rostro una sonrisa. Bueno, y aquí sus palabras tratan de tranquilizarme, es muy difícil cambiar de hábitos, los propósitos que hacemos hay que entenderlos como objetivos a largo plazo, rara vez se cumplen de un día para otro. Todo es a base de disciplina y de que la mente y la voluntad dirijan el proceso, ya verá cómo para la siguiente sesión todo va mejorando. Agradezco interiormente esas palabras porque la verdad sea dicha, soy bastante desastre y con poca voluntad para renunciar a ciertas cosas, pero tampoco me gustaría mentirle. Entiendo que en una relación contractual como la nuestra debe existir una confianza mutua. Veo que es una persona que confía en mí y no la puedo defraudar.

     En alguna de las conversaciones que hemos tenido anteriormente le dije que tocaba en una Banda de música y de los beneficios que ésta tiene para mí.  Después de un prolongado silencio con las manos juntas me pregunta si la música me da estabilidad emocional en momentos de zozobra y de qué manera gestiono yo eso. Le respondo que sí, que tocar en grupo me proporciona placer y en ciertos momentos hasta llega a emocionarme, pero que en general no le doy demasiada importancia; que para mí, es más importante la gente que construye carreteras, escuelas o el cirujano que salva vidas. Me dice que cada cual tiene su función en la sociedad, que a ella le hubiera gustado ser una diva del bel canto pero que se ha tenido que conformar con cantar en algún karaoke o en el  cumpleaños de sus sobrinos y  que aprender a aceptarse uno mismo con sus limitaciones es tarea de toda la vida.

     Sus palabras me producen tranquilidad y sosiego. Siempre salgo de su consulta con energía positiva pero al día siguiente ya me visitan los fantasmas de nuevo; que si el móvil, las redes sociales. Me habré convertido en un adicto sin remedio? De repente me acuerdo que hace un mes en el ensayo el director le regañó a un violinista de doce años, “fulanito, deja ya el móvil, que ahora estamos a otra cosa”. Desde entonces dejo el móvil en casa, por si acaso.

    

 

 

martes, 10 de febrero de 2026

Un padre con pistola

 

     De manera recurrente asoma en mi carácter el recuerdo de mis padres ya fallecidos, también cierta melancolía de la infancia —decía Rilke que la infancia era la verdadera patria del ser humano—, así como el misterio ante la vida o nuestra propia insignificancia dentro del universo. Siendo niño viví en dos pueblos debido a los destinos de mi padre, funcionario en la Diputación Foral y empleado de Arbitrios, que era una especie de aduana con tasas o gravámenes que la Diputación establecía sobre el consumo o la circulación de mercancías de una provincia a otra. En el primero de ellos —Rincón de Soto—el río Ebro era la separación entre las provincias de Navarra y La Rioja y en el segundo donde residí —Monteagudo—, la separación era entre Navarra y Zaragoza.

     En el medio rural es frecuente que algún vecino sea cazador o disponga en su casa de armas de fuego. Ignoro la razón según la cual las armas siempre han atraído a los chavales, en una mezcla de atracción, miedo y respeto. Mi padre, por razón de su cargo, tenía un arma y cuando trabajaba iba con su pistola reglamentaria al cinto, su guerrera y boina roja. En mi casa recuerdo que había una caja de municiones en el altillo de la cocina pero la pistola nunca supe en qué lugar la escondía.

     En cierta ocasión, estando él de servicio, le pedí que me dejara disparar contra el suelo, en una zona de tierra. Lo hice y luego escarbé hasta encontrar la bala que estaba ligeramente dañada debido al impacto. Ignoro por qué me dejó disparar, tal vez vio en mi cara la ilusión por hacerlo y no supo decir que no. Aquella historia se la conté en la escuela a mis amigos y al pronto me miraron con una especie de halo de admiración; disparar con una pistola era algo que solo se veía en las películas. Poco tiempo después los Arbitrios desaparecieron, a mi padre lo trasladaron a la capital y allí tuvo que entregar el arma reglamentaria. En cierta ocasión le pregunté si alguna vez había disparado y me contestó que todos los años el día 6 de julio a las doce del mediodía disparaba un tiro al aire, era San Fermín.  No recuerdo la marca, pero sí que pesaba, por aquel entonces yo tendría ocho o nueve años.

     Ya en la ciudad, durante años frecuenté la tienda que tenía un amigo de mi padre llamado Marcelino Tellería, entrenador de fútbol y gran deportista, los dos habían estado juntos durante la guerra civil y su amistad duraría toda la vida. Este Tellería me quería mucho, él me enseñó a nadar y me habló de los cambios que estaba experimentando mi cuerpo cuando yo tenía unos quince, dieciséis años. Mientras trabajaba en su tienda me solía contar divertidas anécdotas y chascarrillos del ambiente cuartelero que yo reía sin parar. Sin embargo nunca me refirió nada de los horrores de la guerra y eso que él los sufrió en carne propia. Luego, ya fallecido, cuando vi la película La vida es bella, me acordé de él. Sin yo saberlo me estaba protegiendo frente a lo que es capaz el ser humano, ya tendría tiempo en la edad adulta de discernir por mí mismo acerca de las acciones humanas.

viernes, 6 de febrero de 2026

El Metro, el tiempo de ocio y otras historias

 

     Dos días a la semana me veo obligado a coger el Metro. Mientras recorro las entrañas de la ciudad me gusta observar a la gente que viaja conmigo en una representación bastante exacta del microcosmos que suponen las grandes ciudades. Casi todos miran el móvil, absortos en la minipantalla, y es que ya forma parte de nuestra vida íntima y personal, es adictivo como antes lo eran el cigarrillo y la nicotina, muy pocos leen y alguno aprovecha para echar una cabezada. La monotonía de las estaciones a veces se ve interrumpida por gentes que se procuran su medio de vida vendiendo golosinas, chupa chups o similares. Hay quienes apelan directamente a la solidaridad del prójimo por su incapacidad para encontrar trabajo y tener que sostener a criaturas de corta edad. Está quien intenta hacer proselitismo proclamando sus creencias de fe ante la indiferencia del resto de viajeros. Otros, de aspecto sucio y demacrado, intentan hacernos creer que necesitan el dinero para mantener a sus hijos. Y por supuesto están los que recorren los vagones interpretando melodías musicales micrófono en mano acompañados por ritmos grabados previamente. He visto mariachis con sus trajes de gala, dulzaineros, gentes con violines, guitarras, acordeones, raperos improvisando letras… Muchas veces les dejo caer alguna moneda pues entiendo que son gentes que ofrecen su arte a quien sepa valorarlo.

     El Metro se convierte así en un improvisado escenario donde uno tiene la oportunidad de dar a conocer su faceta artística en espera de tiempos mejores. Muchos de los actuales intérpretes empezaron en ese medio. Joaquín Sabina contó en una entrevista que en cierta ocasión George Harrison le dio un billete de 5 libras en algún andén de Metro de Londres. Fue como un recuerdo fetiche que lo mantuvo durante algún tiempo.

     Pero quienes se llevan la palma en esto de la modernidad son los centros comerciales; grandes espacios llenos de tiendas de todo tipo, restaurantes, cines, ocio, etc. Es el ágora del siglo XXI. Todo está pensado para satisfacer el consumo, para pasar la tarde sin necesidad de tener que desplazarse de un sitio para otro. Para empezar te facilitan el acceso con parking gratis. Allí acudimos todos en tropel pero luego nos gusta quejarnos de las aglomeraciones y de la incomodidad que supone tanta gente. Y es que somos animales gregarios. Si algo caracteriza a las grandes ciudades son las prisas en la calle, e ir todos a los mismos sitios de vacaciones. El tiempo (no el atmosférico), sino el tiempo de vida que disponemos yo creo que los hemos revalorizado. Queremos vivir más y mejor, conocer destinos exóticos, viajar, pero resulta que allá donde haya posibilidad de negocio, se instalará una industria y nos la venderán con un precioso adorno. Nos invitará a realizar un hermoso crucero con tres o cuatro mil personas a bordo, haciendo paradas en ciudades ya superpobladas de por sí o nos brindará la oportunidad de conocer ciudades como París, Roma o El Cairo, todas ellas abarrotadas de turistas peleándose para hacerse un selfi o buscando el mejor encuadre para inmortalizar tal o cual monumento. La industria está ya instalada en el turismo, pero también en la moda, en la música y en casi todas las facetas de nuestra vida. En algunas ciudades como Palma, San Sebastián, Málaga, Barcelona, Las Palmas…ya se ha instalado la turismofobia.

     En fin, la sociedad de consumo nos ha igualado a todos. Las grandes marcas de la moda  ya están instaladas en todas las ciudades allá donde vayamos. Todo es un continuo dejà vu.

    

 

sábado, 31 de enero de 2026

Un personaje atípico en el aula

 

     Cuento la historia de Antonio González tal como él me la refirió hace unos meses en una visita que le hice. Antonio es el director de un instituto público de Trujillo  (Cáceres). El suyo no es ni mejor ni peor que otros centros docentes de la zona pero resulta que luce el estigma de haber salido en la prensa provincial por bullying, fracaso escolar y absentismo en las aulas. Antonio se esfuerza por implicar a todo el personal docente en combatir estas prácticas pero sabe que es un trabajo lento y a largo plazo, que es necesario que en el entorno familiar de los chicos asuman que la enseñanza no es privativo solo del colegio sino que también deben colaborar otros estamentos como los padres y familiares más cercanos. Antonio es una persona entregada a su profesión y no pierde ocasión de buscar nuevos métodos que estimulen para mejorar la calidad de la enseñanza que se imparte en su colegio. Su idea es implicar a gentes provenientes de fuera de la docencia que puedan aportar sus testimonios para estos jóvenes que por el motivo que sea no encuentran los estímulos suficientes de cara a su futuro y lo están arriesgando todo en un momento crucial de sus vidas.

      Estamos en plena temporada estival y Antonio y su familia han cambiado de aires y elegido como vacaciones una casa rural al lado de un caserío en el Pirineo navarro, cerca ya de la frontera con Francia. Como es un hombre inquieto, todos los días organiza una ruta diferente en coche para visitar y conocer otros lugares, así como a degustar de la gastronomía por cada zona que pasa. Hoy han elegido realizar a pie un tramo del Camino de Santiago entre Puente la Reina y Estella para imbuirse un poco del espíritu del peregrinaje. En uno de los pueblos que han visitado este verano coincidió que eran las fiestas patronales y en la plaza estuvo programada una exhibición de aizkolaris, sokatira y otros deportes rurales .

     Una de las noches posteriores, Antonio se levanta de la cama. Su cabeza da vueltas a una idea que se le acaba de ocurrir mientras su familia duerme en medio de la naturaleza de la selva de Irati, enciende el portátil y observa  vídeos de la persona que conoció el otro día. Por suerte tiene su teléfono, en un momento de intuición se lo pidió. Sigue viendo vídeos y su cabeza va dando forma a algo que se le acaba de ocurrir.

     Tanto su familia como él están enamorados del paisaje que van conociendo. Han visitado el Valle del Roncal y les queda por visitar el Valle del Baztán y sus pintorescos pequeños pueblos y sus preciosas casas de piedra con geranios en los balcones.

     Han pasado los meses, el verano quedó atrás. Estamos en el mes de noviembre y el curso académico ha comenzado. Antonio explica ante el claustro de profesores, que ha contactado con una persona que conoció este verano y que a propuesta suya se brindó a asistir como conferenciante ante los alumnos del IES que él representa. Admite que es alguien poco ligado con la docencia,  que es un proyecto novedoso y que todo lo nuevo tiene sus riesgos pero que en su opinión merece la pena intentarlo ya que el invitado es de plena confianza. Se trata de un deportista muy conocido en su faceta profesional que se destaca por la claridad de su mensaje y la forma didáctica de transmitirlo.

     El día señalado, el salón de actos del colegio se ha quedado pequeño debido a la afluencia de gente curiosa por conocer al personaje. Naturalmente es Antonio González, el director, quien se encarga de presentarle. Sentados frente a la mesa dice del invitado que es poeta, escultor, actor y bertsolari pero que él prefiere presentarse como levantador de piedras, que debutó con diecisiete años, que en 1994 batió el récord al levantar una piedra de 320 kilos y que en 1999 fue galardonado con la Medalla al Mérito deportivo por parte del Gobierno de Navarra. Su nombre Iñaki Perurena Gartziarena. Desde joven realiza exhibiciones por los pueblos del País Vasco, Navarra, La Rioja y el sur de Francia. Dice que le conoció de casualidad este verano y que se entendieron a las mil maravillas desde el primer momento. Dicho lo cual, Antonio le da las gracias por su presencia y le cede la palabra entre la expectación de los presentes. El invitado toma el micrófono y se levanta avanzando hasta situarse al principio del escenario porque no le gusta hablar sentado detrás de una mesa. Su aspecto es el de un forzudo, de hombros anchos, cara colorada, su cabeza ha perdido parte de sus cabellos. Todas las miradas están fijas en él.

     Da las gracias al presentador y comienza diciendo que él no es conferenciante, ni actor, ni poeta. Que tal vez eso son añadidos, debido a su curiosidad. Él se considera harrijasotzaile, así lo dice, levantador de piedras, que siempre lo ha sido desde los diecisiete años y  que la vida es una superación constante, un aprendizaje continuo, un esfuerzo generoso en lo que uno cree. Sólo así uno consigue estar en paz con uno mismo y con la naturaleza que le rodea. Que él descubrió su vocación siendo adolescente, un chaval como la mayoría de los que le están ahora escuchando, que su padre no quería que se dedicara a ese oficio pero que al final tuvo que aceptarlo porque veía a su hijo feliz con lo que hacía. Dice también que cuando Antonio le explicó lo de venir a Trujillo, al principio tuvo dudas, pero que luego cuando le dijo que el objetivo era hablar a chicos adolescentes no se lo pensó,  puesto que todo en la vida se trata de superar las dificultades y que esas dificultades a veces son excusas porque no nos atrevemos a afrontarlas. Dice que él también tuvo estudiar para mejorar su rendimiento y sacar el mejor provecho a sus cualidades, que tuvo momentos de debilidad en los que se preguntaba para qué tanto sacrificio pero que al final triunfó porque cuando uno tiene una pasión tiene que ir con ella hasta el final, que no se arrepiente del camino que tomó en su día y que ojalá los chicos y chicas que le escuchan sepan elegir el camino que cada uno tiene asignado en la vida.

     Un gran aplauso culmina el final de sus palabras, pero sin soltar el micrófono les dice que todavía no se vayan, que en cinco minutos hay preparada una sorpresa. Pasado ese tiempo aparece en escena de nuevo, esta vez con la indumentaria típica del levantador de piedras y solicita la presencia de algún joven fuerte que le ayude a colocarse la faja  para proteger su espalda. En el escenario, hay una piedra de 225 kgs. Tras concentrarse unos minutos levanta la piedra hasta encima de los hombros y acto seguido la deja caer en el saco. La gente en pie aplaude la hazaña. Él levanta los brazos agradecido y feliz. Sabe que ha contravenido los consejos de su médico realizando nuevas exhibiciones a costa de su salud, pero el director Antonio González y estos chavales bien que se lo merecían. En medio de los aplausos una chica le entrega un ramo de flores. Es la primera vez en cuarenta años de exhibiciones por los pueblos que alguien tiene un detalle así.

miércoles, 14 de enero de 2026

Lo mejor está por llegar

 

      Admito que este enunciado es un tanto equívoco pues plantea a la vez una pregunta. ¿Qué es eso de que lo mejor que está por llegar? Y yo respondo sin titubear: la jubilación. Sí, esa edad propia ya de la madurez a la que identificamos con los achaques, con las visitas al médico, cuando no de la antesala del definitivo adiós. Muy al contrario, yo defiendo que la llegada de la jubilación es la oportunidad para hacer realidad muchos de los sueños que teníamos y que por las circunstancias que sean no los hemos hechos posibles. Todo esto que defiendo choca con una corriente de opinión muy poderosa y me explico. Asisto con cierto estupor al gran auge del llamado culto al cuerpo. Gimnasios llenos, un fitness en cada esquina, el elixir de la eterna juventud, dietas milagro, cremas antiarrugas, abdominales “tableta”, etc, etc. No es nuevo, ya en la Grecia clásica existía el cuidado corporal, los cosméticos, los baños, el ejercicio atlético. Recuerdo una frase que oí una vez y se me quedó grabada: “Nuestro sobrepeso es su hambre”.

     Está bien hacer ejercicio, yo mismo lo hago, pero en mi opinión esta avalancha por el culto al cuerpo está sobrevalorada en perjuicio de esos últimos años en los que el cuerpo ya no es el mismo, ha perdido elasticidad, la piel se contrae, aparecen las arrugas, sin embargo las capacidades siguen estando ahí. Ahora cada vez son más quienes viajan, asisten a talleres, se apuntan a una ONG, colaboran con entidades benéficas, etc. Yo comencé a vivir en el momento en que me jubilé.  Lo primero que hice fue el Camino de Santiago, un mes andando, cada noche durmiendo en un sitio diferente, una experiencia maravillosa que a todo el mundo recomiendo; eso sí, con mochila y durmiendo en albergues, no esa tendencia al alza que consiste en ir con maletas, coche de apoyo y dormir en hoteles. Mi otra gran experiencia fue entrar en la Universidad  casi con setenta años. Había en mi clase un señor con ochenta y ocho años. Conocer y vivir el ambiente universitario desde dentro te aporta un plus de juventud del que ya careces. Además, hay otras actividades paralelas que uno puede aprovechar: asistencia a museos, a conferencias, cursos, etc.

     Toco la tuba en una Banda de Música. Después de treinta y siete años además de compañeros ya somos amigos. La música es una disciplina enormemente agradecida, te devuelve con creces el tiempo que has empleado aprendiendo a tocar un instrumento y también te ayuda a socializar y visitar sitios nuevos. Gracias a ella he podido visitar Valencia, Sevilla, Málaga, Nápoles, Budapest, Aveiro. Algunos me preguntan cómo hago para asumir tantos retos pero en absoluto me considero una personal especial, si acaso soy una persona curiosa. Hay tiempo para todo, es cuestión de organizarse. A quienes amamos la lectura también nos gusta escribir. Desde hace siete años mantengo un blog literario, todos los meses subo algún contenido. Nunca hubiera sospechado que un día me leerían en lugares tan dispares como Guatemala, Honduras, Canadá, EEUU, Panamá, Francia, Alemania, Países Bajos, Singapur… Son historias que nos acercan porque al fin y al cabo los humanos estamos hechos todos de la misma materia. Todos sufrimos por los mismo y también reímos por lo mismo. Únicamente cambia el lugar en el que hemos nacido.

     En fin, quiero terminar diciendo que tras la jubilación se abre ante nosotros todo un abanico de posibilidades, pues siempre hay cosas que descubrir y que aprender. Hay vida más allá de la jubilación, solo hace falta que la salud nos respete. Yo creo que esa es la actitud que hemos de asumir todos ante la vida.