Adrián lleva dos años
trabajando de informático en una multinacional en el sureste asiático,
concretamente en Singapur. Casi todas las noches se conecta y habla con su
familia residente en Madrid para comentar las pequeñas cosas del día a día y
para preguntarles cuándo se van a animar a hacerle una visita. Uno de esos días
le comunican el fallecimiento de su abuelo Julio de 96 años, que ya llevaba
unos días en el hospital. Adrián se queda muy impactado con la noticia, pues
siempre había estado muy unido a su abuelo, le dicen también que ha dejado una
carta que por expreso deseo solo él estaba autorizado a abrirla.
Con profundo pesar
Adrián recuerda los paseos con su abuelo en los años noventa desde Moncloa
donde vivían, en el parque del Retiro viendo los títeres de guiñol, visitando
la ciudad universitaria en la que le comentaba las diferentes facultades que se
encontraban o montado en el funicular desde Moncloa a la Casa de Campo. Recuerda
también la fiesta familiar que le organizaron con motivo de su cumpleaños, él
sentado en un sillón rodeado du sus nietos y biznietos con una copa de cava en
la mano. Sabe que no llegará al funeral pero al día siguiente comunica a su
empresa el deseo de coger una semana a cuenta de sus vacaciones. Le tiene
intrigado el contenido de esa carta que solo él está autorizado a leer. Cuando
llega a su casa toda la familia está reunida, pero después de los abrazos no
llegan los momentos de celebraciones por el reencuentro como sucedía otras
veces. Instantes después el padre le hace entrega de la carta que lee en
silencio en medio de la expectación. Decía así:
Mi querido nieto
Adrián. Hay un silencio que me ha pesado toda la vida. ¿Recuerdas aquella curva
junto a la carretera de la ciudad universitaria donde yo me detenía unos
momentos? Tú me preguntabas que por qué me paraba. Te lo explico. Siendo yo
niño y acabada la guerra, un domingo por la tarde de 1940 allí fusilaron a dos hombres. Yo
jugaba con mis amigos y lo vimos todo
agachados desde una colina cercana. Esa noche lo comenté en casa pero me
dijeron que aquello no lo hablara con nadie. Después del tiro de gracia allí
mismo hicieron una fosa y los enterraron. Tú eres el primero en saberlo. Mi
deseo es que contactes con la institución que se dedica a exhumar esos restos. Hay
unas piedras que hace poco yo coloqué en ese lugar. No sé lo que hicieron esos
pobres hombres pero tendrán algún pariente que se pregunte dónde están. Sé que
puedo contar contigo y así de esta manera yo pueda descansar en paz.
Tu abuelo que te
quiere,
Julio
El padre de Adrián
le preguntó si recordaba el lugar.
—Sí, lo recuerdo, está
junto a la Facultad de Geografía e Historia. Siempre se paraba en el mismo
lugar, yo creo que para rezar una oración.
Una vez confirmada
la ubicación exacta, el siguiente paso fue contactar con la asociación
Aranzadi. Un médico forense de la asociación le preguntó a Adrián si estaba
seguro de que los fusilamientos fueran por la tarde.
—Los fusilamientos
siempre eran al alba. ¿Que por qué? No querían que hubiera curiosos
contemplando el tiro de gracia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario