La melancolía
clásica está hoy en desuso, entre otras cosas, porque la actual vida moderna
exige inmediatez y productividad. En nuestra sociedad la pausa melancólica se
percibe como una pérdida de tiempo, o bien como un desajuste emocional que es
necesario corregir.
A mí me gusta
visitar los lugares en los que viví cuando era niño, porque pienso que mis padres siendo aún jóvenes, allí
fueron felices. Cuando voy a esos lugares reconozco el espacio, las casas, la
escuela, la iglesia, pero el paisaje ya
no es el mismo, porque ahora todo lo veo desde la mirada de adulto. Por si
quedara alguna duda, las casas en las que viví están hoy derruidas y en su
lugar han construido otras nuevas, sin embargo, en mis recuerdos siguen todavía
en pie, incluso a veces he soñado con ellas. Soy un firme defensor de la
melancolía, es mi refugio emocional. Víctor Hugo la definió como el placer de
la tristeza. Frente al presente de los algoritmos yo reivindico la melancolía,
el recuerdo de los buenos momentos vividos. Me asusta pensar hasta dónde
llegará la IA, la posibilidad del que en un futuro pueda componer una ópera, redactar
un guion de cine o escribir una novela merecedora de un premio Nadal o Planeta.
Llegados a ese punto me pregunto quién recogerá el premio.
Y es que la era
tecnológica en la que vivimos corre el riesgo de deshumanizarnos; lo veo todos
los días cuando voy en el Metro, todo el mundo pegado a su móvil. Es la era de
los “likes” y el “me gusta”. Paralelamente la industria de la música es capaz de
llevar al estrellato a cantantes hasta hace poco desconocidos y llenar varias
veces el “Bernabéu”.
En 1999 surgió en
Italia el movimiento “slow city”, municipios de menos de cincuenta mil
habitantes que buscaban priorizar la calidad de vida, la sostenibilidad, la
cultura local y la tranquilidad frente al ritmo frenético de las grandes
ciudades, que resumido, consiste en un equilibrio entre modernidad y tradición.
En su día algunas ciudades españolas se adhirieron a esta campaña: Lekeitio,
Pals, Balmaseda, La Orotava, Morella, Munguía… Su objetivo era presentar una
alternativa frente al consumo acelerado y una búsqueda de espacios humanos más
integrados en el tiempo. Es necesario otro tipo de filosofía de vida, por eso
en las grandes ciudades no cala ese mensaje. Frente al consumo desaforado, hoy
más que nunca es necesario recuperar el slogan ecologista “pensar globalmente,
actuar localmente”.
Hace poco leí que
la filosofía (esa asignatura hoy un tanto arrinconada), nos sirve de preparación para la muerte.
También el estoicismo nos prepara para ello a través de la fortaleza mental con
el fin de superar adversidades. No es un asunto baladí. En la sociedad actual
no nos atrevemos a nombrar a la muerte por su nombre, para referirnos a ella
utilizamos otras expresiones como “nos ha dejado” o similares.
Que conste que no
defiendo el tiempo pasado como el ideal. Yo mismo era una persona llena de
complejos, el tiempo me ha ayudado a superarlos, pero me gusta recordar los buenos momentos
que dejamos atrás.