Cuento la historia de Antonio González tal como él me la refirió hace unos meses en una visita
que le hice. Antonio es el director de un instituto público de Trujillo (Cáceres). El suyo no es ni mejor ni peor que
otros centros docentes de la zona pero resulta que luce el estigma de haber
salido en la prensa provincial por bullying, fracaso escolar y absentismo en
las aulas. Antonio se esfuerza por implicar a todo el personal docente en
combatir estas prácticas pero sabe que es un trabajo lento y a largo plazo, que
es necesario que en el entorno familiar de los chicos asuman que la enseñanza
no es privativo solo del colegio sino que también deben colaborar otros
estamentos como los padres y familiares más cercanos. Antonio es una persona
entregada a su profesión y no pierde ocasión de buscar nuevos métodos que
estimulen para mejorar la calidad de la enseñanza que se imparte en su colegio.
Su idea es implicar a gentes provenientes de fuera de la docencia que puedan
aportar sus testimonios para estos jóvenes que por el motivo que sea no
encuentran los estímulos suficientes de cara a su futuro y lo están arriesgando
todo en un momento crucial de sus vidas.
Estamos en plena temporada estival y Antonio y su familia han cambiado de aires y elegido como vacaciones una casa rural al lado de un caserío en el Pirineo navarro, cerca ya de la frontera con Francia. Como es un hombre inquieto, todos los días organiza una ruta diferente en coche para visitar y conocer otros lugares, así como a degustar de la gastronomía por cada zona que pasa. Hoy han elegido realizar a pie un tramo del Camino de Santiago entre Puente la Reina y Estella para imbuirse un poco del espíritu del peregrinaje. En uno de los pueblos que han visitado este verano coincidió que eran las fiestas patronales y en la plaza estuvo programada una exhibición de aizkolaris, sokatira y otros deportes rurales .
Una de las noches
posteriores, Antonio se levanta de la cama. Su cabeza da vueltas a una idea que
se le acaba de ocurrir mientras su familia duerme en medio de la naturaleza de
la selva de Irati, enciende el portátil y observa vídeos de la persona que conoció el otro día.
Por suerte tiene su teléfono, en un momento de intuición se lo pidió. Sigue
viendo vídeos y su cabeza va dando forma a algo que se le acaba de ocurrir.
Tanto su familia como
él están enamorados del paisaje que van conociendo. Han visitado el Valle del
Roncal y les queda por visitar el Valle del Baztán y sus pintorescos pequeños
pueblos y sus preciosas casas de piedra con geranios en los balcones.
Han pasado los
meses, el verano quedó atrás. Estamos en el mes de noviembre y el curso
académico ha comenzado. Antonio explica ante el claustro de profesores, que ha
contactado con una persona que conoció este verano y que a propuesta suya se
brindó a asistir como conferenciante ante los alumnos del IES que él representa.
Admite que es alguien poco ligado con la docencia, que es un proyecto novedoso y que todo lo
nuevo tiene sus riesgos pero que en su opinión merece la pena intentarlo ya que
el invitado es de plena confianza. Se trata de un deportista muy conocido en su
faceta profesional que se destaca por la claridad de su mensaje y la forma
didáctica de transmitirlo.
El día señalado,
el salón de actos del colegio se ha quedado pequeño debido a la afluencia de
gente curiosa por conocer al personaje. Naturalmente es Antonio González, el
director, quien se encarga de presentarle. Sentados frente a la mesa dice del
invitado que es poeta, escultor, actor y bertsolari pero que él prefiere
presentarse como levantador de piedras, que debutó con diecisiete años,
que en 1994 batió el récord al levantar una piedra de 320 kilos y que en 1999
fue galardonado con la Medalla al Mérito deportivo por parte del Gobierno de
Navarra. Su nombre Iñaki Perurena Gartziarena. Desde joven realiza exhibiciones
por los pueblos del País Vasco, Navarra, La Rioja y el sur de Francia. Dice que
le conoció de casualidad este verano y que se entendieron a las mil maravillas
desde el primer momento. Dicho lo cual, Antonio le da las gracias por su
presencia y le cede la palabra entre la expectación de los presentes. El
invitado toma el micrófono y se levanta avanzando hasta situarse al principio
del escenario porque no le gusta hablar sentado detrás de una mesa. Su aspecto
es el de un forzudo, de hombros anchos, cara colorada, su cabeza ha perdido
parte de sus cabellos. Todas las miradas están fijas en él.
Da las gracias al
presentador y comienza diciendo que él no es conferenciante, ni actor, ni
poeta. Que tal vez eso son añadidos, debido a su curiosidad. Él se considera harrijasotzaile,
así lo dice, levantador de piedras, que siempre lo ha sido desde los diecisiete
años y que la vida es una superación
constante, un aprendizaje continuo, un esfuerzo generoso en lo que uno cree.
Sólo así uno consigue estar en paz con uno mismo y con la naturaleza que le
rodea. Que él descubrió su vocación siendo adolescente, un chaval como la
mayoría de los que le están ahora escuchando, que su padre no quería que se
dedicara a ese oficio pero que al final tuvo que aceptarlo porque veía a su
hijo feliz con lo que hacía. Dice también que cuando Antonio le explicó lo de
venir a Trujillo, al principio tuvo dudas, pero que luego cuando le dijo que el
objetivo era hablar a chicos adolescentes no se lo pensó, puesto que todo en la vida se trata de
superar las dificultades y que esas dificultades a veces son excusas porque no
nos atrevemos a afrontarlas. Dice que él también tuvo estudiar para mejorar su
rendimiento y sacar el mejor provecho a sus cualidades, que tuvo momentos de
debilidad en los que se preguntaba para qué tanto sacrificio pero que al final
triunfó porque cuando uno tiene una pasión tiene que ir con ella hasta el
final, que no se arrepiente del camino que tomó en su día y que ojalá los
chicos y chicas que le escuchan sepan elegir el camino que cada uno tiene
asignado en la vida.
Un gran aplauso
culmina el final de sus palabras, pero sin soltar el micrófono les dice que
todavía no se vayan, que en cinco minutos hay preparada una sorpresa. Pasado
ese tiempo aparece en escena de nuevo, esta vez con la indumentaria típica del
levantador de piedras y solicita la presencia de algún joven fuerte que le
ayude a colocarse la faja para proteger
su espalda. En el escenario, hay una piedra de 225 kgs. Tras concentrarse unos
minutos levanta la piedra hasta encima de los hombros y acto seguido la deja
caer en el saco. La gente en pie aplaude la hazaña. Él levanta los brazos
agradecido y feliz. Sabe que ha contravenido los consejos de su médico
realizando nuevas exhibiciones a costa de su salud, pero el director Antonio
González y estos chavales bien que se lo merecían. En medio de los aplausos una
chica le entrega un ramo de flores. Es la primera vez en cuarenta años de
exhibiciones por los pueblos que alguien tiene un detalle así.