En mi barrio había
un poeta llamado Sixto Eleta, recuerdo que
tenía un aire barojiano, ataviado siempre con su boina y su bastón de ciego
cuando daba una vuelta por el barrio. Hoy, justo es reconocerle su mérito y la
ayuda que me mostró cuando yo comencé a escribir y publicar alguno de mis
relatos y cuentos. Tenía una tertulia los sábados por la tarde en un bar cerca
de su casa a la cual acudía un grupo variopinto de gente ejerciendo él de
moderador pero en un segundo plano. Los temas eran de los más variado pero
predominaban los de temática ambiental y ecologista y también los referentes al
marco de la cultura, y a la problemática
social o política. Yo acudí en alguna ocasión a los debates, los cuales se
anunciaban semanalmente en los escaparates de los comercios y bares de la zona.
Al pie del
monumento en recuerdo a los fallecidos por los atentados del 11-M figuran unos versos suyos y, también
en otros lugares del barrio son visibles la capacidad para sintetizar en unos
versos su sensibilidad hacia aspectos que a los demás se nos pasaban por alto. El
hecho de encabezar una tertulia en los tiempos actuales siempre me pareció algo
que iba contracorriente; casi todos siguiendo las consignas de tal o cual
partido chocaba con su propuesta de debatir ideas en torno a un café o unas
cervezas tal como se hacía en las tertulias de tiempos pasados.
En cierta ocasión
le saludé y quise que conociera lo que yo escribía y me diera su opinión. Me
convocó un domingo por la mañana en el bar donde semanalmente se celebraba la
tertulia. Allí acudí con mis cuartillas bajo el brazo e inmediatamente me pidió
que se las leyera pues apenas veía. Así lo hice, muerto de vergüenza porque la
gente que estaba en otras mesas nos miraban. Le leí algunos relatos cortos y
poemas. Al terminar me dijo que qué padre renegaba de sus hijos. Me animó a
seguir escribiendo, sólo el tiempo, me dijo, sería el verdadero juez acerca de
lo que yo escribía. Así he seguido haciéndolo, gracias a él.
Lo que más me
llamó la atención fue cuando me comentó que padecía un cáncer y que los médicos
le habían dado tan sólo unos meses de vida, sin embargo siempre estaba contando
chistes y anécdotas de su vida pasada. Se notaba que había asumido la muerte
como algo inevitable y natural, me impresionó esa entereza. Me dijo que había
conocido a algunos poetas de la generación de los cincuenta, lo que se llamó la
poesía social. Tuvo amistad con Gabriel Celaya, que le gustaban mucho sus
poemas pero que los declamaba fatal.
Gracias Sixto,
cuando paso cerca del poema el árbol siempre me acuerdo de ti.