sábado, 31 de enero de 2026

Un personaje atípico en el aula

 

     Cuento la historia de Antonio González tal como él me la refirió hace unos meses en una visita que le hice. Antonio es el director de un instituto público de Trujillo  (Cáceres). El suyo no es ni mejor ni peor que otros centros docentes de la zona pero resulta que luce el estigma de haber salido en la prensa provincial por bullying, fracaso escolar y absentismo en las aulas. Antonio se esfuerza por implicar a todo el personal docente en combatir estas prácticas pero sabe que es un trabajo lento y a largo plazo, que es necesario que en el entorno familiar de los chicos asuman que la enseñanza no es privativo solo del colegio sino que también deben colaborar otros estamentos como los padres y familiares más cercanos. Antonio es una persona entregada a su profesión y no pierde ocasión de buscar nuevos métodos que estimulen para mejorar la calidad de la enseñanza que se imparte en su colegio. Su idea es implicar a gentes provenientes de fuera de la docencia que puedan aportar sus testimonios para estos jóvenes que por el motivo que sea no encuentran los estímulos suficientes de cara a su futuro y lo están arriesgando todo en un momento crucial de sus vidas.

      Estamos en plena temporada estival y Antonio y su familia han cambiado de aires y elegido como vacaciones una casa rural al lado de un caserío en el Pirineo navarro, cerca ya de la frontera con Francia. Como es un hombre inquieto, todos los días organiza una ruta diferente en coche para visitar y conocer otros lugares, así como a degustar de la gastronomía por cada zona que pasa. Hoy han elegido realizar a pie un tramo del Camino de Santiago entre Puente la Reina y Estella para imbuirse un poco del espíritu del peregrinaje. En uno de los pueblos que han visitado este verano coincidió que eran las fiestas patronales y en la plaza estuvo programada una exhibición de aizkolaris, sokatira y otros deportes rurales .

     Una de las noches posteriores, Antonio se levanta de la cama. Su cabeza da vueltas a una idea que se le acaba de ocurrir mientras su familia duerme en medio de la naturaleza de la selva de Irati, enciende el portátil y observa  vídeos de la persona que conoció el otro día. Por suerte tiene su teléfono, en un momento de intuición se lo pidió. Sigue viendo vídeos y su cabeza va dando forma a algo que se le acaba de ocurrir.

     Tanto su familia como él están enamorados del paisaje que van conociendo. Han visitado el Valle del Roncal y les queda por visitar el Valle del Baztán y sus pintorescos pequeños pueblos y sus preciosas casas de piedra con geranios en los balcones.

     Han pasado los meses, el verano quedó atrás. Estamos en el mes de noviembre y el curso académico ha comenzado. Antonio explica ante el claustro de profesores, que ha contactado con una persona que conoció este verano y que a propuesta suya se brindó a asistir como conferenciante ante los alumnos del IES que él representa. Admite que es alguien poco ligado con la docencia,  que es un proyecto novedoso y que todo lo nuevo tiene sus riesgos pero que en su opinión merece la pena intentarlo ya que el invitado es de plena confianza. Se trata de un deportista muy conocido en su faceta profesional que se destaca por la claridad de su mensaje y la forma didáctica de transmitirlo.

     El día señalado, el salón de actos del colegio se ha quedado pequeño debido a la afluencia de gente curiosa por conocer al personaje. Naturalmente es Antonio González, el director, quien se encarga de presentarle. Sentados frente a la mesa dice del invitado que es poeta, escultor, actor y bertsolari pero que él prefiere presentarse como levantador de piedras, que debutó con diecisiete años, que en 1994 batió el récord al levantar una piedra de 320 kilos y que en 1999 fue galardonado con la Medalla al Mérito deportivo por parte del Gobierno de Navarra. Su nombre Iñaki Perurena Gartziarena. Desde joven realiza exhibiciones por los pueblos del País Vasco, Navarra, La Rioja y el sur de Francia. Dice que le conoció de casualidad este verano y que se entendieron a las mil maravillas desde el primer momento. Dicho lo cual, Antonio le da las gracias por su presencia y le cede la palabra entre la expectación de los presentes. El invitado toma el micrófono y se levanta avanzando hasta situarse al principio del escenario porque no le gusta hablar sentado detrás de una mesa. Su aspecto es el de un forzudo, de hombros anchos, cara colorada, su cabeza ha perdido parte de sus cabellos. Todas las miradas están fijas en él.

     Da las gracias al presentador y comienza diciendo que él no es conferenciante, ni actor, ni poeta. Que tal vez eso son añadidos, debido a su curiosidad. Él se considera harrijasotzaile, así lo dice, levantador de piedras, que siempre lo ha sido desde los diecisiete años y  que la vida es una superación constante, un aprendizaje continuo, un esfuerzo generoso en lo que uno cree. Sólo así uno consigue estar en paz con uno mismo y con la naturaleza que le rodea. Que él descubrió su vocación siendo adolescente, un chaval como la mayoría de los que le están ahora escuchando, que su padre no quería que se dedicara a ese oficio pero que al final tuvo que aceptarlo porque veía a su hijo feliz con lo que hacía. Dice también que cuando Antonio le explicó lo de venir a Trujillo, al principio tuvo dudas, pero que luego cuando le dijo que el objetivo era hablar a chicos adolescentes no se lo pensó,  puesto que todo en la vida se trata de superar las dificultades y que esas dificultades a veces son excusas porque no nos atrevemos a afrontarlas. Dice que él también tuvo estudiar para mejorar su rendimiento y sacar el mejor provecho a sus cualidades, que tuvo momentos de debilidad en los que se preguntaba para qué tanto sacrificio pero que al final triunfó porque cuando uno tiene una pasión tiene que ir con ella hasta el final, que no se arrepiente del camino que tomó en su día y que ojalá los chicos y chicas que le escuchan sepan elegir el camino que cada uno tiene asignado en la vida.

     Un gran aplauso culmina el final de sus palabras, pero sin soltar el micrófono les dice que todavía no se vayan, que en cinco minutos hay preparada una sorpresa. Pasado ese tiempo aparece en escena de nuevo, esta vez con la indumentaria típica del levantador de piedras y solicita la presencia de algún joven fuerte que le ayude a colocarse la faja  para proteger su espalda. En el escenario, hay una piedra de 225 kgs. Tras concentrarse unos minutos levanta la piedra hasta encima de los hombros y acto seguido la deja caer en el saco. La gente en pie aplaude la hazaña. Él levanta los brazos agradecido y feliz. Sabe que ha contravenido los consejos de su médico realizando nuevas exhibiciones a costa de su salud, pero el director Antonio González y estos chavales bien que se lo merecían. En medio de los aplausos una chica le entrega un ramo de flores. Es la primera vez en cuarenta años de exhibiciones por los pueblos que alguien tiene un detalle así.

miércoles, 14 de enero de 2026

Lo mejor está por llegar

 

      Admito que este enunciado es un tanto equívoco pues plantea a la vez una pregunta. ¿Qué es eso de que lo mejor que está por llegar? Y yo respondo sin titubear: la jubilación. Sí, esa edad propia ya de la madurez a la que identificamos con los achaques, con las visitas al médico, cuando no de la antesala del definitivo adiós. Muy al contrario, yo defiendo que la llegada de la jubilación es la oportunidad para hacer realidad muchos de los sueños que teníamos y que por las circunstancias que sean no los hemos hechos posibles. Todo esto que defiendo choca con una corriente de opinión muy poderosa y me explico. Asisto con cierto estupor al gran auge del llamado culto al cuerpo. Gimnasios llenos, un fitness en cada esquina, el elixir de la eterna juventud, dietas milagro, cremas antiarrugas, abdominales “tableta”, etc, etc. No es nuevo, ya en la Grecia clásica existía el cuidado corporal, los cosméticos, los baños, el ejercicio atlético. Recuerdo una frase que oí una vez y se me quedó grabada: “Nuestro sobrepeso es su hambre”.

     Está bien hacer ejercicio, yo mismo lo hago, pero en mi opinión esta avalancha por el culto al cuerpo está sobrevalorada en perjuicio de esos últimos años en los que el cuerpo ya no es el mismo, ha perdido elasticidad, la piel se contrae, aparecen las arrugas, sin embargo las capacidades siguen estando ahí. Ahora cada vez son más quienes viajan, asisten a talleres, se apuntan a una ONG, colaboran con entidades benéficas, etc. Yo comencé a vivir en el momento en que me jubilé.  Lo primero que hice fue el Camino de Santiago, un mes andando, cada noche durmiendo en un sitio diferente, una experiencia maravillosa que a todo el mundo recomiendo; eso sí, con mochila y durmiendo en albergues, no esa tendencia al alza que consiste en ir con maletas, coche de apoyo y dormir en hoteles. Mi otra gran experiencia fue entrar en la Universidad  casi con setenta años. Había en mi clase un señor con ochenta y ocho años. Conocer y vivir el ambiente universitario desde dentro te aporta un plus de juventud del que ya careces. Además, hay otras actividades paralelas que uno puede aprovechar: asistencia a museos, a conferencias, cursos, etc.

     Toco la tuba en una Banda de Música. Después de treinta y siete años además de compañeros ya somos amigos. La música es una disciplina enormemente agradecida, te devuelve con creces el tiempo que has empleado aprendiendo a tocar un instrumento y también te ayuda a socializar y visitar sitios nuevos. Gracias a ella he podido visitar Valencia, Sevilla, Málaga, Nápoles, Budapest, Aveiro. Algunos me preguntan cómo hago para asumir tantos retos pero en absoluto me considero una personal especial, si acaso soy una persona curiosa. Hay tiempo para todo, es cuestión de organizarse. A quienes amamos la lectura también nos gusta escribir. Desde hace siete años mantengo un blog literario, todos los meses subo algún contenido. Nunca hubiera sospechado que un día me leerían en lugares tan dispares como Guatemala, Honduras, Canadá, EEUU, Panamá, Francia, Alemania, Países Bajos, Singapur… Son historias que nos acercan porque al fin y al cabo los humanos estamos hechos todos de la misma materia. Todos sufrimos por los mismo y también reímos por lo mismo. Únicamente cambia el lugar en el que hemos nacido.

     En fin, quiero terminar diciendo que tras la jubilación se abre ante nosotros todo un abanico de posibilidades, pues siempre hay cosas que descubrir y que aprender. Hay vida más allá de la jubilación, solo hace falta que la salud nos respete. Yo creo que esa es la actitud que hemos de asumir todos ante la vida.

    

    

 

miércoles, 7 de enero de 2026

Cita con mi psicóloga

 

 

     Hoy he tenido de nuevo sesión con mi psicóloga. Con el fin de romper el hielo me pregunta qué tal he pasado las navidades y qué pienso de estas fiestas. Le respondo que no me gustan demasiado, que estas fiestas son para los pequeños e inocentes, para gente que cree en la magia, en los sueños, etc, que nosotros hace tiempo que dejamos de ser inocentes, que los adultos ya no creemos ni en la magia ni en los sueños. Y usted en qué cree, me suelta de sopetón. Yo creo que el género humano no tiene remedio. A qué se refiere. Pues que prescindimos de los sabios y ponemos de líderes a los mediocres para seguir guerreando como hace miles de años. De modo que es usted pesimista. Sí, respondo sin titubear. Sólo apostando por la ciencia tal vez nos podamos salvar y tampoco es del todo seguro.

     De repente nos quedamos callados. Digamos que como introducción no ha estado mal. Junta las manos y se concentra, es la señal de que la terapia comienza de verdad. Todo tiene su atrezzo, su ritual, en este escenario en el que nos movemos. Dice a continuación que me ve relajado, tranquilo. Es verdad, lo estoy. Me dice que es un buen momento para intentar empatizar con las personas, que debo dejar de vivir en una isla, que el mundo es un espacio en el que nos movemos e interactuamos todos, que hemos de ir dando pasos para un mejor entendimiento entre las personas. Me pregunta a continuación qué relación tengo ahora con el vecino conflictivo que me molestaba con el bastón por las mañanas. Ahora muy bien, le contesto. Ah, cuánto me alegro, me dice. Al final hicieron las paces? No, se murió. Al momento percibo una mueca de disgusto en el rostro. Sé que hubiera quedado mejor haberle dicho que sí, que todo lo solucionamos este verano un día de calor en la terraza de un bar en compañía de  unas cervezas bien fresquitas, pero el problema es que no sé mentir. Los curas me dijeron de pequeño que no era bueno mentir y yo me lo tomé al pie de la letra.

     Me cuesta mirarle a la cara porque adivino un reproche en su mirada. Por cosas así estoy aquí contando mis penas a esta mujer, en vez de contárselas a mis amigos. La verdad es que lo intenté pero me dejaron por imposible. Me dice después que siempre que somos capaces de revertir una situación negativa, estamos sentando las bases para hacer de este mundo un lugar mejor y a continuación me pregunta si tengo algún propósito de cara al nuevo año. Le contesto que según mi mujer para ser un viejuno estoy demasiado apegado al móvil, a los “likes” y al me gusta. Que me gustaría liberarme de esa tiranía. Lo que cuento le parece una buena decisión, me dice que a ella también le sucede algo parecido y que eso es algo que pone a prueba nuestra fuerza de voluntad. En esas quedamos hasta mi próxima visita.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Cumpleaños

 

     El otro día fue mi cumpleaños. Nada más levantarme tuve un recuerdo muy especial para mis padres ya fallecidos porque gracias a ellos estoy aquí disfrutando de la vida después de la jubilación. Entiendo que para mucha gente (países en guerra, desplazados, hambrunas, terremotos), el hecho de vivir con frecuencia pueda convertirse en un infierno. La vida a veces puede ser injusta y al mismo tiempo caprichosa, en el sentido de que sin hacer ningún mérito nos haya tocado vivir en el primer mundo.

     Como decía, el día de mi cumpleaños ya contaba con las  felicitaciones de mis familiares y amigos más cercanos, no por esperadas menos agradecidas. Brindé también junto a los compañeros de la Universidad. También recibí una felicitación en forma de vídeo que no esperaba: la de Médicos sin Fronteras. Médicos y enfermeras de Sudán, Etiopía, Siria y Palestina en sus centros de trabajo, me felicitaban porque gracias a mis donaciones ellos estaban haciendo su labor y trabajando para erradicar la pobreza y luchando por un mundo más justo. Esa felicitación me conmovió. No es extraño por tanto, que personas que viven esa realidad quieran venir al nuestros países a establecerse. Seguro que gran parte de los extranjeros con los que nos cruzamos a diario guardan una dura experiencia detrás.

     Siempre he pensado que esta gente que se dedica a labores humanitarias, voluntariado etc, están hechos de una pasta especial porque  realizar esas labores en países en guerra conlleva también un riesgo físico para ellos. Conozco a un cooperante que está haciendo esa labor en las selvas de Panamá. Lleva más de cuarenta años allí y ya le dediqué un espacio en este mismo post. Sin duda ellos representan lo mejor del ser humano, son la esperanza y la luz que nos guían, no los miles de bombillas que estos días adornan los calles y avenidas de nuestras ciudades.

    

martes, 2 de diciembre de 2025

Drama en vísperas de Navidad

 

    Algunos comentarios que me mandan los lectores dicen que a menudo recurro a historias tristes. Yo no pienso que haya historias tristes, historias de amor  o de aventuras, sino que unas están bien contadas y otras no (ay, siempre la forma); pasa como con la música, no existe un estilo musical mejor que otro, simplemente hay una música buena y otra mala. El relato de ficción que quiero contar hoy sí que me parece una historia triste, pero al menos aspiro a que esté bien contado.

     Rosa tuvo que ponerse a trabajar en cuanto cesó el duelo por su marido, sargento del Ejército, en el transcurso de unas maniobras militares. El suceso fue fortuito y algo confuso o al menos así lo describió  tanto la prensa como el propio juicio que se celebró después, pero lo verdaderamente inexplicable fue que nadie reclamara su arma reglamentaria, una pistola, la cual se encontraba en un altillo del domicilio familiar al abrigo de tentaciones y miradas indiscretas. Solo su hijo Luis de diez años estaba al tanto de aquel objeto que nunca se mencionaba en casa, pues abrigaba dolorosos recuerdos para la familia. Rosa limpiaba las aulas en el colegio donde Luis estudiaba. La suya era una dura vida llena de privaciones; debía trabajar, hacer las labores de la casa, educar y vigilar las compañías de su hijo preadolescente. La monótona vida de Rosa solo se interrumpía con las esporádicas visitas de Bravo, un amigo de su marido fallecido, propietario de la panadería que estaba al lado de su casa.

    Una mañana estando desayunando Luis, poco antes de ir al colegio, observó un moratón en la cara de su madre, quiso saber el motivo y la respuesta fue que se cayó en la calle mientras iba a la compra. Desde ese día Luis está un poco más pendiente de ella pues no le acaba de convencer su explicación, piensa que solo las personas torpes y mayores son las que se caen y su madre no es ni una cosa ni otra. Cuando Luis cumple trece años ya es una persona inquieta y desenvuelta, pero la inquietud es un terreno tan fértil como peligroso.  Bravo habla con Rosa y le comenta que necesita un aprendiz en la tienda y ha pensado en su hijo. Esa misma noche Rosa habla con su hijo, le dice que le hubiera gustado que siguiera estudiando pero que ahora son pobres y que es necesario adaptarse a las circunstancias, que la vida era una carrera de obstáculos en la que solo los fuertes siguen adelante.

     Los días que estaba solo en casa Luis se subía al altillo y contemplaba la pistola marca Llama M-82 de 9 mm en su funda y la caja de municiones. Semanas más tarde al llegar de clase encontró a su madre con los ojos enrojecidos, no le quiso preguntar pero un rictus de preocupación apareció en su rostro. Algo le pasaba a su madre y él estaba dispuesto a averiguarlo.

     Pronto comenzó a trabajar en la panadería. Las primeras semanas transcurrieron con normalidad, aprendía rápido, era despierto y desde el primer día contó con la aprobación de su jefe. Varios meses después como cada noche, Rosa entró en la habitación de su hijo para darle las buenas noches. En cuanto salió su madre se acostó vestido, ya lo tenía todo preparado en su cabeza. Diez minutos más tarde oyó el cierre de la puerta de casa, saltó de la cama, se puso el abrigo y los zapatos y salió de casa siguiendo a su madre a prudente distancia. Cruzó algunas calles y luego se metió en un portal que tenía varios pisos. Era un sitio lúgubre, el barrio también lo era. Vio que entraban varios hombres, algunos le miraban con desconfianza y recelo. Como era una situación incómoda optó por esperar en el portal procurando que la puerta no se cerrara. Estuvo esperando. A la media hora se escucharon discusiones y gritos, Luis subió rápidamente las escaleras de dos en dos, situándose junto a la puerta de donde procedían las discusiones.  “Maldita zorra, me dijiste que lo harías” y más tarde “por favor, no me pegues más”. Al punto reconoció la voz de su madre. Intentó abrir pero la puerta estaba cerrada por dentro. Cogió carrerilla y le dio una patada con todas sus fuerzas, saltó la cerradura y la puerta se abrió. Apareció un hombre desnudo y su madre tapándose con la sábana. Sin pensarlo dos veces Luis sacó la pistola de su abrigo. Sonaron dos disparos secos, uno en la frente del hombre, el otro en el corazón. Allí quedó tendido en el suelo con los ojos abiertos en medio de un charco de sangre. Rosa quedó aturdida unos instantes y luego llorando imploró a Luis para que se fuera a casa antes de que salieran los vecinos y le vieran. Le arrebató la pistola, borró las huellas y se quedó con la pistola en la mano.

     Llorando, Luis se dirigió hacia su casa, había matado a un hombre. Vio las luces de Navidad en comercios y escaparates pero eso era algo que ahora no tenía ninguna importancia para él, una nueva vida y no mejor, empezaba de nuevo. Se acordó de las palabras que le dijo un día su madre, que la vida era una carrera de obstáculos. Mientras caminaba comenzó a llover, las lágrimas se confundían con la lluvia que le golpeaba en la cara.

    

    

domingo, 23 de noviembre de 2025

Montañas nevadas

 

     Hoy he acudido de nuevo a la sesión de terapia con mi psicóloga. Estoy sentado en la sala de espera y la veo entrar con bolsas de artículos de regalo de Navidad. Me dice que es de las que planifican con tiempo las compras porque luego es una locura, todo el mundo con prisas, las calles llenas de gente, etc. Le digo que sí con la cabeza pero con poco convencimiento. Compruebo con pesar que ella también ha sucumbido a la tentación compradora de la sociedad capitalista y en el fondo eso me decepciona un poco. Me hace pasar a su despacho, acto seguido me pregunta cómo me encuentro o si quiero comentar algo de lo que me haya sucedido después de la última sesión. Le contesto que me presenté voluntario para presidente de la comunidad de vecinos y me dice que eso está muy bien, que es un gesto altruista y a continuación me suelta una parrafada acerca del conductismo que no entiendo muy bien. No me atrevo a preguntarle qué es eso del conductismo porque no quiero que piense que soy un gañán inculto. Después quiere saber si participo en alguna asociación de voluntariado a personas que lo necesitan. Le contesto que de momento no, que tal vez algún día. También sé por sesiones anteriores que a ella le interesa sobre todo en indagar en el pasado de las personas pues es allí donde se localizan los problemas que a menudo nos traumatizan. A continuación que pide que le hable de mi etapa en la escuela y qué recuerdos guardo de ella en la memoria.

     Tras pensar unos segundos, le explico que mi pueblo estaba ubicado cerca de los Pirineos, el barro siempre presente en las calles durante el invierno y la estufa de leña en medio de la escuela.  Presidiendo la escuela estaban los retratos de Franco y José Antonio y en medio un crucifijo. El maestro, Don Tomás, premiaba a los mejores de la clase para que se sentaran al lado de la estufa. De esta manera fomentaba la participación y la competencia entre nosotros. Nada más entrar en clase cantábamos puestos en pie el “Montañas nevadas”, que era un himno falangista del que todavía recordaba la letra. El maestro nos conminaba a que lo cantáramos con hondo sentir patriótico.

“La mirada, clara, lejos y la frente levantada, voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”

     Era el año 1957 o 1958, no recuerdo bien. Los pupitres tenían en la parte superior derecha un agujero donde se colocaba el tintero y un espacio al lado para la pluma.

“Quiero levantar mi Patria, un inmenso afán me empuja, poesía que promete exigencia de mi honor”

     Recuerdo los castigos físicos, casi siempre a base de reglazos en la palma de las manos, pero eso no era nada comparado con los más humillantes que era cuando nos mandaba ir clase de las chicas en un rincón contra la pared y con los brazos en cruz. Las risas de ellas era lo que más nos mortificaba.

“Al cielo se alza la firme promesa, hasta las estrellas que encienden mi fe”

     En el recreo salíamos a la calle y nos poníamos en fila en una competición para ver quién meaba más lejos. Otras veces jugábamos al burro o a las canicas.

     La doctora parece interesada con mi relato. Se diría que es la primera vez que lo oye y la observo atenta con los ojos clavados en mí. Mientras le cuento todas esas cosas veo que apunta algo en una libreta y al momento me callo. Siga, siga, —me dice—le escucho con interés.

“Montañas nevadas, banderas al viento, el alma tranquila, yo sabré vencer”

     En el pueblo había una empresa conservera que anunciaba el cambio de turno a través de una sirena, la cual emitía un sonido igual al que en algunas películas de guerra anuncian un bombardeo a la población. La doctora quiere saber si tengo alguna secuela de esos episodios y le digo que no, que precisamente hace un año acudí a ese pueblo y visité la antigua escuela. Ahora la han transformado y es un centro de mayores donde se imparten talleres de manualidades.

     Nos despedimos hasta la próxima sesión y de nuevo me asalta la duda de qué apuntará en su cuaderno. Cuando salgo de la consulta me doy cuenta de que sin pretenderlo he revivido imágenes que pertenecían a otra vida y que creía olvidadas.

 

 

 

 

domingo, 2 de noviembre de 2025

En el diván

 

     El jueves acudí de nuevo a la consulta con mi psicóloga. Es una mujer joven, de edad indefinida, le calculo de treinta y cinco a cuarenta años, bien bronceada, va al gimnasio y está en forma, hace un mes la saludé por el Retiro mientras hacía footing. Es una persona afable pero a veces me desconcierta porque medita mucho las respuestas. Otras veces permanece callada durante varios minutos sin dejar de mirarme, como si intentara hurgar en mis pensamientos. Tras las palabras de saludo de rigor me pregunta qué tal me encuentro tras la última sesión.

     —Verá doctora, a veces oigo risas cerca de mí estando yo solo. Es algo recurrente y me pasa siempre por las mañanas nada más levantarme.

     La doctora junta las manos como en señal de oración. Se toma su tiempo. No me pilla de sorpresa, ya estoy acostumbrado y luego me pregunta.

     —Veamos. ¿Tiene algún trauma infantil todavía no superado?

     Tengo que hacer un gran esfuerzo de introspección porque la infancia es una etapa que ya me queda bastante lejos.

     —Bueno, en el internado a veces me meaba en la cama. Mis compañeros se reían de mí, pero ese tema ya lo tengo superado.

     —¿De verdad? ¿Cómo lo sabe?

     —Sí, lo solucioné a base de trompadas. A los pocos días dejaron de reírse.

     —Ya veo. Cortó por lo sano —dijo con una sonrisa. ¿Y ahora tiene algún problema personal con alguien?

     —No que yo sepa. Bueno, mi vecino de arriba está cojo. Anda con un bastón y todas las mañanas me despierta. Hablé con él. Es un señor muy irritable, traté de hacerle ver que me molestaba todas las mañanas  paseando por la casa con el bastón. Me dijo que ya tenía bastante con su problema para encima tener que aguantar a vecinos como yo.

     La doctora guarda silencio. Junta de nuevo las manos.

     —¿Qué sentimientos guarda hacia él? —me pregunta de golpe.

     —La verdad es que a veces me gustaría darle una trompada.

     Le miro un tanto cohibido. Debe de pensar que soy un bruto que soluciona todo a base de trompadas, pero me gustaría decirle que también tengo mi corazoncito, que lloro en el cine y que soy una persona sensible. También que me gusta cuando junta las manos, siento curiosidad y  me pregunto con quién se lo hará.  Ay madre, qué lío tengo en la cabeza. Mejor dejo que ella me pregunte.

     —¿Tiene algún deseo frustrado en la vida?

     Ignoro si la pregunta tiene algún sentido que ahora desconozco pero le digo la verdad.

     —Me hubiera gustado ser conductor de trenes.

     —¿De verdad? Mi padre era ferroviario. Se quejaba de la suciedad y la mugre. Cuando ve los trenes de ahora dice que esto es otra cosa. ¿Y por qué dice que le hubiera gustado ser conductor de trenes?

     —Manejar una máquina de cien toneladas y llevar a cientos de pasajeros  tiene algo de arcaico y atávico, es como el pastor que guía a las ovejas ¿no le parece?

     Le miro para ver su reacción. Por toda respuesta consulta su reloj y me dice que la sesión de hoy ha terminado. Eso me deja un tanto frustrado, creo que la he defraudado o piensa que estoy como una cabra. Nada me gustaría más que ver sus apuntes pero al mismo tiempo me da miedo.