lunes, 16 de marzo de 2026

Una tuba en la universidad

 

     Ayer tuve una experiencia novedosa y gratificante en la Universidad Complutense de Madrid en la que estoy matriculado como alumno de mayores en el ciclo de Humanidades. En este segundo cuatrimestre tenemos una asignatura titulada “Músicas del Mundo”, en el que se hace un repaso de casi todas las manifestaciones musicales a lo largo de los cinco continentes (instrumentos, ritmos, sonoridad, vestuario, etcétera). Tras hablar con Marina, la profesora, acordamos en que traería una tarde la tuba para poder explicar brevemente la historia de ese instrumento, su función en la orquesta, conocer su sonido y realizar algún ejercicio práctico. La verdad es que me sentí cómodo, vi a los compañeros atentos a las explicaciones, yo creo que también curiosos por ver cómo me desenvolvía, la de un alumno reconvertido durante quince minutos en profesor.

     Empecé diciendo que casi sin querer, el azar me llevó a la música puesto que en mi familia nunca hubo tradición musical alguna. Ubicado delante de mis compañeros dije que en realidad yo soy un ignorante, que por eso elegí la universidad, para saber y aprender. Que únicamente en algunos campos del saber sé algunas cosas, por ejemplo con la tuba, porque llevo treinta y siete años con ella y todavía sigo aprendiendo. Luego añadí que mi primer profesor del instrumento fue un antiguo componente de Los Pekenikes, que a la sazón tocaba la trompeta. La trompeta? —me preguntaron—. Sí—respondí— puesto que la digitación es la misma en ambos instrumentos aunque la sonoridad sea muy diferente.

     Dije también que desde 1989 soy miembro de la Banda de Música de Vallecas y que hace nueve años recibió un premio por los muchos años de trabajo y presencia en el barrio. Un premio que yo mismo tuve el honor de recoger de manos de un político en el Ayuntamiento de Madrid. Tras recibir el galardón tuve unas palabras de agradecimiento a los anteriores directores y también hacia mis compañeros, para añadir a continuación que nuestro escenario natural no son los grandes espacios escénicos sino las calles y plazas de nuestro barrio.

     Durante la pandemia dimos un concierto en Robledo de Chavela, localidad próxima a Madrid, versionado las canciones más conocidas de los Beatles. La NASA tiene allí el Complejo de Comunicaciones de Espacio  Profundo. Como curiosidad diré que, poco antes de la actuación estuvimos hablando con uno de los ingenieros del Complejo y nos comentó que en 2008 la NASA había enviado al espacio el tema de John Lennon “Across the universe”. Nos dijo que llegaría a la estrella Polar dentro de… ¡431 años luz!. Ya por último, para terminar la exposición ante mis compañeros de la universidad, expliqué que tocar un instrumento musical es un placer para quien lo ejecuta y también para el público que lo oye, que tocar con otros músicos es altamente enriquecedor, saber escuchar lo que hacen otros instrumentos, cuidar la afinación, el sonido, hacer los matices, etcétera… Animé a mis compañeros a aprender a tocar algún instrumento porque nunca es tarde para aprender. Les dije que la música es un arte agradecido, que nos devuelve con creces el tiempo que hemos aprendido en estudiar, así como la posibilidad de ensanchar nuestro ámbito de relaciones. Yo mismo gracias a ella he tenido la oportunidad de viajar y conocer ciudades, en este caso con la Orquesta Sinfónica Athanor de Rivas: Valencia, Sevilla, Córdoba, Málaga, Toledo, Aveiro, Nápoles y Budapest.

     Un último apunte antes de terminar, a la gente que me lee quiero decirles una cosa: Por favor, déjenme comentarios, prometo contestar.

sábado, 7 de marzo de 2026

La Casa de Curtidores

 

     La Casa de Curtidores era una casona datada en el  siglo XVII que estaba situada a orillas del río Arga en Pamplona y que que tras sufrir un gran incendio fue declarada en ruinas en 2004. Tras años de pleitos creo que los propietarios recientemente han obtenido licencia para construir viviendas en la misma ubicación, al lado de las viejas murallas de la ciudad. Pues bien, siendo yo adolescente de unos doce o trece años solíamos ir a jugar al fútbol a un parque que estaba al lado de donde vivíamos. Por aquella época yo frecuentaba la compañía de chavales que tenían más mundología que yo, con otras hechuras, más vivos en definitiva, que eran vecinos  míos, recuerdo que uno se apellidaba Rezusta y el otro Resano.

     Una mañana de domingo íbamos camino del parque de la Taconera, imagino que a jugar al fútbol o simplemente a dar una vuelta y, cosas de críos, a alguno se le ocurrió tirar una piedra para ver si llegaba hasta el río. Nosotros estábamos en la parte alta de la muralla y justo debajo de nosotros, a unos cincuenta metros se encontraba la Casa de Curtidores. La mala fortuna quiso que la piedra no impactara contra el río sino en la luna de la furgoneta que estaba aparcada al lado de la casa. Enseguida un hombre salió, nos amenazó lanzando toda clase de improperios diciendo que iba a llamar a la policía. Nosotros no le hicimos mucho caso y seguimos andando como si tal cosa. Al cabo de diez minutos un agente de la Policía Municipal nos agarró diciendo que le acompañáramos al cuartel para que explicáramos allí nuestra conducta. Yo iba muerto de vergüenza sabiendo que mi padre solía estar sentado en un banco por aquella zona leyendo el periódico. Yo no había tirado la piedra pero era cómplice de aquella situación. Mientras íbamos camino del cuartel de la Policía el problema mío era de qué manera explicaba yo en casa que me había detenido la Policía siendo mi padre una persona de orden y encima yo estudiando en un seminario. Al llegar al cuartel nos tomaron la filiación, preguntaron dónde vivíamos y en qué colegio estudiábamos. Recuerdo que a mí me preguntaron si eso era lo que nos enseñaban en el seminario. Yo muerto de vergüenza y mirando al suelo le dije que no.

     Afortunadamente la situación no pasó a mayores, en mi casa nunca se enteraron de aquella fechoría y yo lo agradecí infinito. Por supuesto ya no volví a frecuentar la compañía de aquellos chavales no fuera que me liaran otra más gorda.

lunes, 2 de marzo de 2026

La suerte, el muérdago y otras historias sabrosas

 

     Aunque hayas oído mil veces todo eso de que la suerte no existe, que todo está ya predeterminado, que desde el momento en que nacemos somos peones de un ser superior, etcétera, yo creo que tanto el azar como la buena suerte, a todos, de una manera u otra, nos visitan a lo largo de nuestra vida. Cualquier aficionado a la botánica nos dirá que existen plantas beneficiosas para el ser humano como por ejemplo el bambú, la planta de jade, el romero, las orquídeas… pero si existe una planta que según la cultura popular tiene beneficios para el ser humano, esa es el muérdago. Es una planta parasitaria que crece en algunos árboles, como el pino o el roble. Se cree que para los antiguos celtas y druidas el muérdago era una planta sagrada y mágica que curaba enfermedades y protegía  contra espíritus malignos, también como amuleto se colocaban sobre la cuna de los recién nacidos a modo de protección. El muérdago que crecía en el roble era el más poderoso. Existen creencias según las cuales besarse debajo de la planta de muérdago da buena suerte a la pareja. También el comic se ha hecho eco de estos relatos a través de Astérix y sobre todo del druida Panoramix encargado de la poción mágica. Recuerdo que en una ocasión fuimos al campo a hacer un recorrido por la naturaleza y el guía nos preguntó si alguien sabía qué planta era la que estaba colgando de un árbol (se notaba que todos éramos urbanitas). Fue la primera vez que vi el muérdago.

     Hasta hace muy poco tiempo mis amigos y yo comprábamos muérdago para ponerlo cada año encima de la puerta de entrada de casa a modo de protección y de buena suerte. Nos juntábamos los últimos días del año para quemar el muérdago de ese año y renovarlo con otro que habíamos comprado, pero a raíz de un hallazgo arqueológico que se produjo en 2021 he cambiado de hábitos en cuanto a la forma. Ese año, en unas excavaciones arqueológicas realizadas cerca de Pamplona apareció una mano de bronce que los técnicos dataron del siglo I a.C. durante las llamadas guerras sertorianas (83-72 a.C.), donde el general Sertorio desafió al poder de Roma. En ese antiguo poblado vascón se encontró una mano de bronce con varias inscripciones, la única que hasta el momento se ha descifrado es “zorioneku”, que traducido del protoeuskera se puede interpretar como “buena suerte”.

      Sertorio trajo en jaque al ejército de Roma durante diez años. La ciudad de Calahorra se hizo célebre pues se decía que sus habitantes habían recurrido al canibalismo antes que rendirse a las tropas de Pompeyo, su enemigo. De él quedan las palabras que Plutarco le dedicó: Sertorio, del cual se hallará haber sido más contenido que Filipo en el trato con las mujeres, más fiel que Antígono con sus amigos y más humano que Aníbal con los contrarios.

     A partir de entonces cambié el muérdago por la mano de Irulegi que ahora luce en la puerta de entrada de mi casa.

    

    

jueves, 26 de febrero de 2026

El mundo por montera

 

     Ocurre que de vez en cuando me viene a la memoria el recuerdo de personas con las que en el pasado tuve alguna relación; han podido ser compañeros de trabajo, amistades ocasionales, compañeros de estudios, chicas que conocí, etcétera, que en un momento dado sus vidas y la mía se separaron simplemente porque la vida es así. Me pregunto qué será de ellos. Leí en cierta ocasión que el círculo de amistades lo vamos ensanchando hasta los cuarenta o cuarenta y cinco años y que a partir de esa edad el círculo decrece paulatinamente para reducirse al núcleo familiar y al pequeño entramado de amistades de toda la vida.

     Me gusta la soledad bien acompañada y me explico, porque dicho así parece una contradicción. Cuando digo acompañado me refiero al paisaje que me rodea o al libro que esté leyendo en ese momento. Recuerdo que durante a pandemia —ese tiempo de reclusión obligatoria de no hace mucho pero que ya nos parece lejano— me sirvió para leer por segunda vez El Quijote que, tal como lo miro yo, es un tratado de filosofía, ética, estoicismo, ideales de la vida, bien salpimentado con refranes populares que todos conocemos. Disfruté un montón de su lectura e incluso subrayé expresiones como a lo que veo Sancho, éstos no son caballeros sino gente soez y de baja ralea” esta otranunca fuera caballero de damas tan bien servido” o por último “non fuyáis gente cobarde, gente cautiva”.

     Hace escasas fechas me saludó un tipo por la calle que decía conocerme, después de un buen rato caí en la cuenta de que se trataba de un compañero que conocí hace unos cuantos en la empresa donde yo trabajaba. Se trataba de un argentino al que el mundo se le quedaba pequeño. Había vivido en Suecia, huyendo de la dictadura, trabajó de transportista en España unos años y luego le perdía la pista. Según me dijo se hizo fotógrafo y la revista para la que trabajaba le envió  a Marruecos, de allí pasó a Brasil a la cuenca del Amazonas, luego a Groenlandia y finalmente aterrizó en la República Democrática del Congo donde hizo una incursión a través de la selva a bordo de una barcaza por el río Congo, una travesía de unos cuatro mil kilómetros hasta la desembocadura en el Atlántico haciendo cientos de fotografías con el fin de denunciar la deforestación de la selva congoleña por empresas chinas  fabricando muebles para el mercado europeo y el primer mundo. Le dije que yo era más bien sedentario y, conociendo él mi afición a la escritura, sacó de su mochila un libro trufado de fotos suyas de su aventura por el Congo. A cambio le invité a unas cervezas y le puse al corriente de mis últimos movimientos. Me dijo que su próxima visita sería al Nepal para una expedición neozelandesa al Everest y que tenía que aclimatarse para afrontarla con éxito. Quedamos en que nos llamaríamos para que me contara la experiencia. Lo dicho, el mundo se le quedaba pequeño.

    

 

domingo, 15 de febrero de 2026

De nuevo en el diván

 

      Hoy tengo de nuevo cita con mi psicóloga, como llego con tiempo suficiente me hacen pasar a la salita de espera. Allí echo un vistazo a las revistas que están sobre una mesita aunque no me interesan demasiado. Al rato la veo entrar y me invita a pasar a su despacho. Va elegantemente vestida con una falda negra, un jersey ajustado de color amarillo y botas de media caña. Nos sentamos y abre su libreta, veamos Víctor, Víctor, Víctor, dice mientras pasa las hojas de su agenda, sí, aquí está. Lee brevemente y luego me pregunta si ya he superado mi dependencia del móvil que era uno de mis propósitos para el nuevo año. Le contesto que me está costando mucho y que mi mujer constantemente me regaña diciendo que parece mentira a mis años comportándome como un adolescente y me amenaza con tirar el móvil por la ventana. ¿Y qué le dicen sus hijos? —me suelta de repente—. Ya te vale papá, le contesto avergonzado y con la cabeza baja mientras atisbo en su rostro una sonrisa. Bueno, y aquí sus palabras tratan de tranquilizarme, es muy difícil cambiar de hábitos, los propósitos que hacemos hay que entenderlos como objetivos a largo plazo, rara vez se cumplen de un día para otro. Todo es a base de disciplina y de que la mente y la voluntad dirijan el proceso, ya verá cómo para la siguiente sesión todo va mejorando. Agradezco interiormente esas palabras porque la verdad sea dicha, soy bastante desastre y con poca voluntad para renunciar a ciertas cosas, pero tampoco me gustaría mentirle. Entiendo que en una relación contractual como la nuestra debe existir una confianza mutua. Veo que es una persona que confía en mí y no la puedo defraudar.

     En alguna de las conversaciones que hemos tenido anteriormente le dije que tocaba en una Banda de música y de los beneficios que ésta tiene para mí.  Después de un prolongado silencio con las manos juntas me pregunta si la música me da estabilidad emocional en momentos de zozobra y de qué manera gestiono yo eso. Le respondo que sí, que tocar en grupo me proporciona placer y en ciertos momentos hasta llega a emocionarme, pero que en general no le doy demasiada importancia; que para mí, es más importante la gente que construye carreteras, escuelas o el cirujano que salva vidas. Me dice que cada cual tiene su función en la sociedad, que a ella le hubiera gustado ser una diva del bel canto pero que se ha tenido que conformar con cantar en algún karaoke o en el  cumpleaños de sus sobrinos y  que aprender a aceptarse uno mismo con sus limitaciones es tarea de toda la vida.

     Sus palabras me producen tranquilidad y sosiego. Siempre salgo de su consulta con energía positiva pero al día siguiente ya me visitan los fantasmas de nuevo; que si el móvil, las redes sociales. Me habré convertido en un adicto sin remedio? De repente me acuerdo que hace un mes en el ensayo el director le regañó a un violinista de doce años, “fulanito, deja ya el móvil, que ahora estamos a otra cosa”. Desde entonces dejo el móvil en casa, por si acaso.

    

 

 

martes, 10 de febrero de 2026

Un padre con pistola

 

     De manera recurrente asoma en mi carácter el recuerdo de mis padres ya fallecidos, también cierta melancolía de la infancia —decía Rilke que la infancia era la verdadera patria del ser humano—, así como el misterio ante la vida o nuestra propia insignificancia dentro del universo. Siendo niño viví en dos pueblos debido a los destinos de mi padre, funcionario en la Diputación Foral y empleado de Arbitrios, que era una especie de aduana con tasas o gravámenes que la Diputación establecía sobre el consumo o la circulación de mercancías de una provincia a otra. En el primero de ellos —Rincón de Soto—el río Ebro era la separación entre las provincias de Navarra y La Rioja y en el segundo donde residí —Monteagudo—, la separación era entre Navarra y Zaragoza.

     En el medio rural es frecuente que algún vecino sea cazador o disponga en su casa de armas de fuego. Ignoro la razón según la cual las armas siempre han atraído a los chavales, en una mezcla de atracción, miedo y respeto. Mi padre, por razón de su cargo, tenía un arma y cuando trabajaba iba con su pistola reglamentaria al cinto, su guerrera y boina roja. En mi casa recuerdo que había una caja de municiones en el altillo de la cocina pero la pistola nunca supe en qué lugar la escondía.

     En cierta ocasión, estando él de servicio, le pedí que me dejara disparar contra el suelo, en una zona de tierra. Lo hice y luego escarbé hasta encontrar la bala que estaba ligeramente dañada debido al impacto. Ignoro por qué me dejó disparar, tal vez vio en mi cara la ilusión por hacerlo y no supo decir que no. Aquella historia se la conté en la escuela a mis amigos y al pronto me miraron con una especie de halo de admiración; disparar con una pistola era algo que solo se veía en las películas. Poco tiempo después los Arbitrios desaparecieron, a mi padre lo trasladaron a la capital y allí tuvo que entregar el arma reglamentaria. En cierta ocasión le pregunté si alguna vez había disparado y me contestó que todos los años el día 6 de julio a las doce del mediodía disparaba un tiro al aire, era San Fermín.  No recuerdo la marca, pero sí que pesaba, por aquel entonces yo tendría ocho o nueve años.

     Ya en la ciudad, durante años frecuenté la tienda que tenía un amigo de mi padre llamado Marcelino Tellería, entrenador de fútbol y gran deportista, los dos habían estado juntos durante la guerra civil y su amistad duraría toda la vida. Este Tellería me quería mucho, él me enseñó a nadar y me habló de los cambios que estaba experimentando mi cuerpo cuando yo tenía unos quince, dieciséis años. Mientras trabajaba en su tienda me solía contar divertidas anécdotas y chascarrillos del ambiente cuartelero que yo reía sin parar. Sin embargo nunca me refirió nada de los horrores de la guerra y eso que él los sufrió en carne propia. Luego, ya fallecido, cuando vi la película La vida es bella, me acordé de él. Sin yo saberlo me estaba protegiendo frente a lo que es capaz el ser humano, ya tendría tiempo en la edad adulta de discernir por mí mismo acerca de las acciones humanas.

viernes, 6 de febrero de 2026

El Metro, el tiempo de ocio y otras historias

 

     Dos días a la semana me veo obligado a coger el Metro. Mientras recorro las entrañas de la ciudad me gusta observar a la gente que viaja conmigo en una representación bastante exacta del microcosmos que suponen las grandes ciudades. Casi todos miran el móvil, absortos en la minipantalla, y es que ya forma parte de nuestra vida íntima y personal, es adictivo como antes lo eran el cigarrillo y la nicotina, muy pocos leen y alguno aprovecha para echar una cabezada. La monotonía de las estaciones a veces se ve interrumpida por gentes que se procuran su medio de vida vendiendo golosinas, chupa chups o similares. Hay quienes apelan directamente a la solidaridad del prójimo por su incapacidad para encontrar trabajo y tener que sostener a criaturas de corta edad. Está quien intenta hacer proselitismo proclamando sus creencias de fe ante la indiferencia del resto de viajeros. Otros, de aspecto sucio y demacrado, intentan hacernos creer que necesitan el dinero para mantener a sus hijos. Y por supuesto están los que recorren los vagones interpretando melodías musicales micrófono en mano acompañados por ritmos grabados previamente. He visto mariachis con sus trajes de gala, dulzaineros, gentes con violines, guitarras, acordeones, raperos improvisando letras… Muchas veces les dejo caer alguna moneda pues entiendo que son gentes que ofrecen su arte a quien sepa valorarlo.

     El Metro se convierte así en un improvisado escenario donde uno tiene la oportunidad de dar a conocer su faceta artística en espera de tiempos mejores. Muchos de los actuales intérpretes empezaron en ese medio. Joaquín Sabina contó en una entrevista que en cierta ocasión George Harrison le dio un billete de 5 libras en algún andén de Metro de Londres. Fue como un recuerdo fetiche que lo mantuvo durante algún tiempo.

     Pero quienes se llevan la palma en esto de la modernidad son los centros comerciales; grandes espacios llenos de tiendas de todo tipo, restaurantes, cines, ocio, etc. Es el ágora del siglo XXI. Todo está pensado para satisfacer el consumo, para pasar la tarde sin necesidad de tener que desplazarse de un sitio para otro. Para empezar te facilitan el acceso con parking gratis. Allí acudimos todos en tropel pero luego nos gusta quejarnos de las aglomeraciones y de la incomodidad que supone tanta gente. Y es que somos animales gregarios. Si algo caracteriza a las grandes ciudades son las prisas en la calle, e ir todos a los mismos sitios de vacaciones. El tiempo (no el atmosférico), sino el tiempo de vida que disponemos yo creo que los hemos revalorizado. Queremos vivir más y mejor, conocer destinos exóticos, viajar, pero resulta que allá donde haya posibilidad de negocio, se instalará una industria y nos la venderán con un precioso adorno. Nos invitará a realizar un hermoso crucero con tres o cuatro mil personas a bordo, haciendo paradas en ciudades ya superpobladas de por sí o nos brindará la oportunidad de conocer ciudades como París, Roma o El Cairo, todas ellas abarrotadas de turistas peleándose para hacerse un selfi o buscando el mejor encuadre para inmortalizar tal o cual monumento. La industria está ya instalada en el turismo, pero también en la moda, en la música y en casi todas las facetas de nuestra vida. En algunas ciudades como Palma, San Sebastián, Málaga, Barcelona, Las Palmas…ya se ha instalado la turismofobia.

     En fin, la sociedad de consumo nos ha igualado a todos. Las grandes marcas de la moda  ya están instaladas en todas las ciudades allá donde vayamos. Todo es un continuo dejà vu.