domingo, 25 de octubre de 2026

Un poeta en mi barrio

 

     En mi barrio había un poeta llamado Sixto Eleta, recuerdo que tenía un aire barojiano, ataviado siempre con su boina y su bastón de ciego cuando daba una vuelta por el barrio. Hoy, justo es reconocerle su mérito y la ayuda que me mostró cuando yo comencé a escribir y publicar alguno de mis relatos y cuentos. Tenía una tertulia los sábados por la tarde en un bar cerca de su casa a la cual acudía un grupo variopinto de gente ejerciendo él de moderador pero en un segundo plano. Los temas eran de los más variado pero predominaban los de temática ambiental y ecologista y también los referentes al marco de  la cultura, y a la problemática social o política. Yo acudí en alguna ocasión a los debates, los cuales se anunciaban semanalmente en los escaparates de los comercios y bares de la zona.

     Al pie del monumento en recuerdo a los fallecidos por los atentados  del 11-M figuran unos versos suyos y, también en otros lugares del barrio son visibles la capacidad para sintetizar en unos versos su sensibilidad hacia aspectos que a los demás se nos pasaban por alto. El hecho de encabezar una tertulia en los tiempos actuales siempre me pareció algo que iba contracorriente; casi todos siguiendo las consignas de tal o cual partido chocaba con su propuesta de debatir ideas en torno a un café o unas cervezas tal como se hacía en las tertulias de tiempos pasados.

     En cierta ocasión le saludé y quise que conociera lo que yo escribía y me diera su opinión. Me convocó un domingo por la mañana en el bar donde semanalmente se celebraba la tertulia. Allí acudí con mis cuartillas bajo el brazo e inmediatamente me pidió que se las leyera pues apenas veía. Así lo hice, muerto de vergüenza porque la gente que estaba en otras mesas nos miraban. Le leí algunos relatos cortos y poemas. Al terminar me dijo que qué padre renegaba de sus hijos. Me animó a seguir escribiendo, sólo el tiempo, me dijo, sería el verdadero juez acerca de lo que yo escribía. Así he seguido haciéndolo, gracias a él.

     Lo que más me llamó la atención fue cuando me comentó que padecía un cáncer y que los médicos le habían dado tan sólo unos meses de vida, sin embargo siempre estaba contando chistes y anécdotas de su vida pasada. Se notaba que había asumido la muerte como algo inevitable y natural, me impresionó esa entereza. Me dijo que había conocido a algunos poetas de la generación de los cincuenta, lo que se llamó la poesía social. Tuvo amistad con Gabriel Celaya, que le gustaban mucho sus poemas pero que los declamaba fatal.

     Gracias Sixto, cuando paso cerca del poema el árbol siempre me acuerdo de ti.

    

    

sábado, 24 de octubre de 2026

Patti Smith y el premio de las Artes

 

     Leo comentarios en las redes acerca de la concesión a Patti Smith del premio Princesa de Asturias de las Artes. La mayoría están a favor, pero no faltan comentarios vejatorios en torno a su figura tildándola por llevar  “pelos de bruja” o el de “mujer con bigote”. Olvidan esas gentes que estamos ante una mujer que es también compositora, pintora, cantante, poeta y escritora, es decir, una persona comprometida que renunció a lo que la industria musical tenía preparado para ella: la de una estrella del rock rebelde. Ahora es una persona respetada en los círculos culturales y artísticos, que ha seguido su propio camino al margen de presiones de discográficas o de gurús de la moda.

     Que conste que no he seguido su trayectoria musical ni soy un fan del punk ni nada por el estilo. Tan solo que representa valores universales como la lucha por la paz, la libertad, la solidaridad, el acceso a la cultura, etc. El primer éxito suyo fue en 1975, el mismo año que aterricé yo en Madrid con veintiún años y un montón de sueños por delante.

     Defensora también de sentimientos universales que engloban a todo el género humano al margen de creencias o de credo: la felicidad, la alegría, el dolor, la muerte… De ella se podría decir aquello de: nada de lo humano me es ajeno, escrito por el dramaturgo romano Publio Terencio Africano en el año 165 a.C.

     Soy de los que creen que los humanos estamos hechos de la misma pasta, da igual que hayamos nacido en la selva del Amazonas o en el desierto de Atacama. Todos nos alegramos y sufrimos por lo mismo. Estoy convencido que si juntáramos a tres niños, uno procedente del Nepal, otro de un iglú en Alaska y otro criado con los beduinos del desierto y les pusiéramos una película de Chaplin, los tres se partirían de risa porque ese lenguaje visual no necesita de palabras y es común a todo el género humano. Todo eso lo defiende Patti Smith desde su faceta creadora y artística. Por eso le han concedido el Princesa de Asturias.

 

 

viernes, 23 de octubre de 2026

El Metro de Madrid

 

     El Metro en el que viajo casi a diario es lo más parecido al microcosmos de una gran ciudad. Si exceptuamos a la aristocracia, empresarios y altos ejecutivos puede decirse que el resto nos movemos en los vagones de ese espacio angosto y reducido pero que, sin embargo es lo más rápido para desplazarse a cualquier punto de las grandes urbes. Allí nos damos cita gentes de toda clase y condición: la mayoría son los   que van y vienen de su trabajo, estudiantes, autónomos, empleados, y tampoco faltan quienes aprovechan estas aglomeraciones para sus fines como los llamados carteristas, pedigüeños, buscavidas, etc.

     La mayoría de los que están sentados consultan su móvil; al contrario que hace unos años ya casi nadie lee la prensa o un libro. Ahora es habitual la presencia de gente que vende chucherías como medio para salir adelante o bien el artista o cantante que micro en mano canta boleros, rancheras o éxitos que todo el mundo conoce con sonido ya grabado de antemano.

     Como uno ya va teniendo una edad, de vez en cuando la gente me cede muy amablemente su asiento. Otras veces lo rechazo cuando el itinerario es corto, pero cuando tengo once estaciones por delante la verdad es que se agradece. Bueno pues el otro día estando yo sentado, un joven con tatuajes en brazos y piernas se sentó a mi lado. Al poco rato un señor mayor entró en el vagón y dijo que se encontraba en el paro, que no disponía de ningún tipo de ingresos y que agradecía cualquier tipo de donación que la gente quisiera darle. Rápidamente el joven de tatuajes que se encontraba a mi lado sacó de su mochila una manzana y se la dio. Momentos después rebuscando en su mochila encontró una magdalena y también se la ofreció. El señor dio las gracias y se marchó a otro vagón. En ese momento yo saqué el móvil para comprobar la hora y el joven que se encontraba a mi lado me dijo que si podía dejárselo un momento para llamar a su madre. Le respondí que no podía porque me bajaba en la siguiente estación y creo que lo entendió. Cuando me bajé seguí dándole vueltas en mi cabeza y  me pregunté qué hubiera hecho si me lo llega a pedir varias paradas antes. Era bastante más joven que yo y en caso de salir corriendo nunca le hubiera alcanzado. La verdad es que frente a la presencia de extraños siempre nos ponemos en guardia.  Qué hubieras hecho tú, querido lector/a?

lunes, 19 de octubre de 2026

El olvido que seremos

 

     Existe una filosofía tradicional africana (particularmente arraigada en el área subsahariana), según la cual los humanos morimos dos veces: la primera muerte llega cuando el corazón deja de latir, y la segunda cuando fallece la última persona que te conoció o cuando tu nombre es pronunciado por última vez. Mientras la comunidad, la familia o la tribu siga recordando al difunto su memoria sigue viva. Luego llegará el largo olvido, el olvido que seremos. 

     Añado esta pequeña pieza al relato porque en primer lugar estoy muy de acuerdo con esa filosofía y en segundo término porque yo mismo lo he comprobado este pasado fin de semana cuando he visitado el pueblo (Rincón de Soto) donde yo viví hasta los siete años. Comentamos las calles sin asfaltar, los barrizales que se formaban en invierno, la sirena de la fábrica conservera. Reconocí perfectamente el lugar donde estaba ubicada la escuela, un edificio municipal, recuerdo las canciones falangistas que cantábamos al comienzo de clase, alguna que otra anécdota como aquella vez que el maestro le tiró la regla a un compañero, si le acierta en el ojo le deja tuerto. Era la época en que la letra con sangre entra. Hoy es un aula donde se imparten clases de gimnasia para mayores ayudados por una monitora joven. Indicamos a ésta que mis hermanas y yo habíamos vivido en el pueblo cuando éramos niños y nos respondió que tal vez el señor de bastón que estaba en la esquina de ochenta y cinco años pero de buena memoria, nos podría ayudar. Nos dirigimos a él, diciendo dónde vivíamos y enseguida nos habló de nuestro padre, de lo buen dibujante que era, entre risas, anécdotas y recuerdos, y eso que mi padre falleció hace casi treinta años. Sí, el olvido que seremos, pero mientras tanto ese espacio lo hemos de llenar de vida, alguien nos recordará cuando nosotros ya no estemos, tal como hizo el viejo del bastón desgranando anécdotas de mi padre, mientras yo estaba con un nudo en la garganta y haciendo esfuerzos  para no llorar.

    

viernes, 2 de octubre de 2026

Del móvil, los likes y el me gusta

 

     Estoy en la consulta esperando que mi psicóloga me reciba para la sesión de hoy. Junto a mí está una madre con su hija adolescente también esperando para la terapia. Deduzco que quien acude a consulta es la hija y me digo que es una suerte que siendo adolescente tenga a quien acudir para afianzar su personalidad o para combatir algún problema, del tipo que sea. En mis tiempos no existían estos apoyos, todo se arreglaba en el ámbito familiar, en el colegio o con los amigos. Al poco aparece Nekane, mi psicóloga, invitándome a pasar a su despacho. Esta vez no me recibe con la misma sonrisa de siempre. Se conoce que por lo que sea hoy ha tenido un día complicado. Escuchar los problemas de la gente tiene que ser un trabajo duro.

     Lee en mi ficha y me pregunta cómo voy con el tema de mis adicciones. No entiendo su pregunta y se ve en la necesidad de explicármelo con otras palabras.

     —Sí, la última vez que nos vimos me dijo que no podía controlar su adicción al móvil. Yo le recomendé que lo mirara una vez por la mañana y luego otra antes de acostarse, por si tenía que contestar. Lo recuerda?

     —Sí, sí, lo recuerdo. Bueno, pues la verdad es que lo intento pero me cuesta. Veo a la gente en el Metro y el autobús pegados al móvil y me entran tentaciones de sacarlo yo también. A veces lo consigo y otras saco mi teléfono sin poder remediar el ansia que llevo dentro.

     La psicóloga asiente con la cabeza, se conoce que no soy un caso aislado entre sus pacientes.

     —Lo entiendo. Antes teníamos otras adicciones como por ejemplo el tabaco y ahora son los likes, el me gusta y las redes sociales. El otro día estaba en una función de teatro y el actor se calló al escuchar el móvil de un espectador y dijo, “cuando termine de hablar sigo”, el hombre tuvo que salir muerto de vergüenza. Yo tenía un problema parecido al suyo y me dije que si antes podíamos vivir sin el móvil por qué ahora no. Yo le recomendaría que trate de ocupar su tiempo cultivando alguna de sus aficiones, ande, haga ejercicio.

     —Ya lo hago, pero me canso.

     Creo que la doctora está perdiendo la paciencia conmigo. Hace un gesto de fastidio, no me extraña que hoy esté de bajón con clientes como yo. Le miro mientras está leyendo en mi ficha, le veo pasar las hojas y se detiene un momento.

     —Me dijo que es usted aficionado al mar.

     —Sí, mucho. El mar me relaja, a veces me alejo de la costa y no tengo cobertura pero no me importa, en caso de necesidad llevo radio y me comunico con la guardia marítima. Con el buen tiempo alquilo el velero para despedida de solteros. Otras veces me voy con familiares o con amigas cuando el mar está en calma.

     —¿Lo ve? Siempre hay una actividad placentera en nuestras vidas. Por cierto, los patrones de barco suelen llevar un cuaderno de bitácora en el que anotan sus impresiones y las incidencias de cada viaje, haga usted lo mismo, le ayudará y se sentirá útil.

      Salgo un poco más animado de la consulta. Estoy a punto de invitarla a mi velero pero a última hora cambio de opinión por si considera que mi propuesta es un tanto atrevida. Luego, ya en casa pienso que hice lo correcto.

    

    

jueves, 24 de septiembre de 2026

Historias que se cuentan y cómo se cuentan

 

       Una de mis rutinas al poco de levantarme es encender el ordenador y leer la prensa,  luego y una vez que estoy al tanto del alboroto nacional abro el correo y compruebo si tengo algo en la bandeja de entrada. De vez en cuando recibo alguna sorpresa. El otro día un lector se Singapur me preguntó si lo que escribo en los relatos de mi blog son reales o no. Le contesto que eso es lo mismo que preguntar al prestidigitador cómo hace sus trucos de magia. ¿Acaso el que una historia sea cierta le confiere algún valor especial? ¿Es menos importante o le resta valor el hecho de que sea ficción? En absoluto. Ha hecho mucho daño la coletilla en algunas películas de cine cuando se anuncia “que está basada en hechos reales”. El verdadero valor del texto es el que proporciona un goce al lector, una emoción o una sacudida, independientemente de que lo que se cuenta sea real o no. Todo lo relativo al género humano puede ser verídico aunque no sea real en el sentido estricto de la palabra.

     ¿No nos parece una historia maravillosa “Las mil y una noches” a pesar de que esté basada en fábulas y fantasía? Siguiendo ese razonamiento nos cargaríamos al menos la mitad de los títulos impresos, desde El Quijote pasando por Frankenstein, Cien años de soledad, hasta llegar a Harry Potter.

     En mis escritos procuro seguir el razonamiento de que lo que callo es más importante que lo que cuento. Todos somos fabuladores en potencia, en nuestro rincón más íntimo guardamos secretos o historias que no nos atrevemos a contar. Y es que la palabra es lo que nos diferencia del resto de animales. La palabra nos puede llevar a la risa o al llanto. Su poder es casi absoluto. Ocurre a veces que entre tanta algarabía que nos distrae el silencio es un valor al alza. Yo reivindico el silencio, la reflexión, la escritura como algo mágico y creativo que nos acerca al otro. Hace poco un conocido músico  de este país se lamentaba de haber estado perdiendo el tiempo escuchando bobadas y cerrando bares en lugar de escribiendo.

viernes, 18 de septiembre de 2026

Del cover o tributo y el fenómeno fans

 

     Con frecuencia me quedo asombrado con algunas cosas que leo en prensa o revistas: falta de rigor, opiniones discutibles o claramente tendenciosas, etc.  Algo parecido pasa con los llamados guías turísticos que vemos en nuestras ciudades inventándose historias o deformándolas. Viene esto a cuento porque leo en una revista pretendidamente especializada que el fenómeno “fans” relativo a la música nació con Elvis Presley y que luego fueron los Beatles quienes lo llevaron a la máxima expresión.

     Sin duda el autor parece ignorar que la música ya existía antes de que ellos vinieran al mundo. En su escrito da la impresión de que la música la inventaron ellos, así, de un plumazo, pasando por encima del barroco, el clasicismo y el romanticismo. Ahí es nada. Fue Beethoven en el periodo del Romanticismo quien inauguró una época caracterizada por el estallido de las pasiones; el amor, la alegría, la tristeza, plasmándolo en su música como nunca se había hecho hasta entonces. La primera superestrella de la historia de la música, o una de ellas, fue el compositor y pianista Frank Liszt. Cuenta las crónicas que las señoras se peleaban por un guante o un pañuelo suyo, a menudo le arrancaban botones de la chaqueta o le cortaban mechones de pelo y en el escenario le tiraban prendas íntimas. A su porte y galanura se le añadía la pasión con la que ejecutaba sus obras, convirtiéndose en la primera figura de Europa. En sus años de virtuosismo Liszt modificaba piezas o creaba variaciones sobre temas populares u óperas con el que impresionar a su audiencia.

     Fue de los primeros en dar recitales en solitario revolucionando la técnica escénica colocando el piano de perfil para que el público pudiera ver sus movimientos. Liszt y Paganini fueron los que en realidad inventaron la cultura fan en sus recitales, la gente coreaba y chillaba e incluso había quienes recogían las colillas de sus cigarros como si fueran amuletos.

     No, el fenómeno fan no lo inventaron los Beatles ni Elvis Presley. Cien años antes, en el Romanticismo, compositores como Frank Liszt ya eran ídolos de masas que acudían a sus conciertos con una fe casi religiosa.