Estoy con una
depresión de caballo. La vuelta de las vacaciones ha sido más dura que otros
años y la armonía y el contacto de la naturaleza han dado paso a los agobios de
la gran ciudad. Para colmo hoy tengo visita a mi psicóloga y ahora estoy
sentado en la sala de espera poniendo en orden mis ideas mientras suspiro por
mis días pasados en mi tierra. Para matar el tiempo echo un vistazo a las
revistas que hay en la salita a disposición de los clientes pero no encuentro
ninguna que sea de mi interés; en una un deportista famoso nos abre las puertas
de su casa y nos enseña fotos de sus estancias y otra de una bella panorámica
de la piscina con un pinar al fondo y, en otro reportaje de la misma revista,
fulanita nos presenta a su nuevo amor en poses que parecen naturales pero que
tal vez hayan sido ensayadas más de cien veces. Cuando acudo a mi dentista
suele tener revistas de historia y de viajes con destinos exóticos, debe ser
para compensar el mal rato que aguarda luego a sus pacientes.
Después de un
cuarto de hora oigo mi nombre, me hacen pasar a su despacho mientras ella me
recibe con dos besos estampados en mis mejillas. La encuentro guapa y bien
bronceada, se lo digo y se ríe.
—¿Y usted no ha
pisado la playa?
—La playa no es lo
mío —le contesto. A mí me gustan los sitios solitarios como los faros junto a
los acantilados o las estaciones abandonadas y sin trenes.
—No me diga que es
usted un misántropo.
—No, tampoco es
eso, pero huyo de los agobios y de los destinos saturados.
Son los niveles de
tanteo propios de quienes ya tenemos una cierta confianza y unos cuantos meses
de conocernos. Me pregunta por mis hijos, qué edades tienen y a qué se dedican,
que si tengo nietos. Le digo que no, pues qué pena, con la alegría que dan, me
dice. Luego coge el cuaderno y pasa las hojas hasta dar con mi ficha. En su
mesa hay también un ordenador pero debe ser de las que prefieren anotar de su puño y letra.
—Bueno, pues si le
parece hábleme de su adicción a las redes sociales. ¿Ha conseguido ya un mayor
control?
—Bueno, no tanto a
las redes sociales sino al móvil. Mi mujer me repite que algún día lo va a
tirar por la ventana.
—La tecnología a
veces es lo malo que tiene —me dice como si eso yo no lo supiera. Y luego
prosigue.
—Pues habrá que ir
dando pequeños pasos. ¿No le parece? Yo le propongo mirar el móvil una vez por
la mañana y otra antes de acostarse, por si tiene que contestar a algún
mensaje.
Le digo que vale, que
me parece una solución bastante razonable aunque difícil de llevar a cabo. Seguimos
hablando de las dependencias. Me dice que tiene un cliente con un trastorno
mucho más acusado que el mío, que está a todas horas con el móvil en la mano y
que al final su mujer ha acabado divorciándose porque decía que se sentía como
la segunda opción. Apunta algo en la ficha y a continuación me pregunta.
—¿Su vida afectiva
va bien? Se lo pregunto porque en alguna ocasión me habló de sus enamoramientos
de otras mujeres. ¿Quiere que hablemos de ello?
—Sabía que me lo
iba a preguntar. Bueno, el enamoramiento la mayoría de las veces es algo pasajero,
no busco nada más. Ahora por ejemplo
estoy deseando que empiecen los ensayos de la Banda porque hay una trombonista
que me gusta. Se llama Vega y cuando ella está es algo especial.
En ese momento suena
su móvil, dice que ahora no puede, que está con un cliente y que le llame más
tarde. Me dice que prosiga pero siento que la magia se ha roto, hay momentos que
invitan a las confidencias y otros en que no. En esas nos despedimos hasta la
siguiente sesión.