domingo, 15 de febrero de 2026

De nuevo en el diván

 

      Hoy tengo de nuevo cita con mi psicóloga, como llego con tiempo suficiente me hacen pasar a la salita de espera. Allí echo un vistazo a las revistas que están sobre una mesita aunque no me interesan demasiado. Al rato la veo entrar y me invita a pasar a su despacho. Va elegantemente vestida con una falda negra, un jersey ajustado de color amarillo y botas de media caña. Nos sentamos y abre su libreta, veamos Víctor, Víctor, Víctor, dice mientras pasa las hojas de su agenda, sí, aquí está. Lee brevemente y luego me pregunta si ya he superado mi dependencia del móvil que era uno de mis propósitos para el nuevo año. Le contesto que me está costando mucho y que mi mujer constantemente me regaña diciendo que parece mentira a mis años comportándome como un adolescente y me amenaza con tirar el móvil por la ventana. ¿Y qué le dicen sus hijos? —me suelta de repente—. Ya te vale papá, le contesto avergonzado y con la cabeza baja mientras atisbo en su rostro una sonrisa. Bueno, y aquí sus palabras tratan de tranquilizarme, es muy difícil cambiar de hábitos, los propósitos que hacemos hay que entenderlos como objetivos a largo plazo, rara vez se cumplen de un día para otro. Todo es a base de disciplina y de que la mente y la voluntad dirijan el proceso, ya verá cómo para la siguiente sesión todo va mejorando. Agradezco interiormente esas palabras porque la verdad sea dicha, soy bastante desastre y con poca voluntad para renunciar a ciertas cosas, pero tampoco me gustaría mentirle. Entiendo que en una relación contractual como la nuestra debe existir una confianza mutua. Veo que es una persona que confía en mí y no la puedo defraudar.

     En alguna de las conversaciones que hemos tenido anteriormente le dije que tocaba en una Banda de música y de los beneficios que ésta tiene para mí.  Después de un prolongado silencio con las manos juntas me pregunta si la música me da estabilidad emocional en momentos de zozobra y de qué manera gestiono yo eso. Le respondo que sí, que tocar en grupo me proporciona placer y en ciertos momentos hasta llega a emocionarme, pero que en general no le doy demasiada importancia; que para mí, es más importante la gente que construye carreteras, escuelas o el cirujano que salva vidas. Me dice que cada cual tiene su función en la sociedad, que a ella le hubiera gustado ser una diva del bel canto pero que se ha tenido que conformar con cantar en algún karaoke o en el  cumpleaños de sus sobrinos y  que aprender a aceptarse uno mismo con sus limitaciones es tarea de toda la vida.

     Sus palabras me producen tranquilidad y sosiego. Siempre salgo de su consulta con energía positiva pero al día siguiente ya me visitan los fantasmas de nuevo; que si el móvil, las redes sociales. Me habré convertido en un adicto sin remedio? De repente me acuerdo que hace un mes en el ensayo el director le regañó a un violinista de doce años, “fulanito, deja ya el móvil, que ahora estamos a otra cosa”. Desde entonces dejo el móvil en casa, por si acaso.

    

 

 

martes, 10 de febrero de 2026

Un padre con pistola

 

     De manera recurrente asoma en mi carácter el recuerdo de mis padres ya fallecidos, también cierta melancolía de la infancia —decía Rilke que la infancia era la verdadera patria del ser humano—, así como el misterio ante la vida o nuestra propia insignificancia dentro del universo. Siendo niño viví en dos pueblos debido a los destinos de mi padre, funcionario en la Diputación Foral y empleado de Arbitrios, que era una especie de aduana con tasas o gravámenes que la Diputación establecía sobre el consumo o la circulación de mercancías de una provincia a otra. En el primero de ellos —Rincón de Soto—el río Ebro era la separación entre las provincias de Navarra y La Rioja y en el segundo donde residí —Monteagudo—, la separación era entre Navarra y Zaragoza.

     En el medio rural es frecuente que algún vecino sea cazador o disponga en su casa de armas de fuego. Ignoro la razón según la cual las armas siempre han atraído a los chavales, en una mezcla de atracción, miedo y respeto. Mi padre, por razón de su cargo, tenía un arma y cuando trabajaba iba con su pistola reglamentaria al cinto, su guerrera y boina roja. En mi casa recuerdo que había una caja de municiones en el altillo de la cocina pero la pistola nunca supe en qué lugar la escondía.

     En cierta ocasión, estando él de servicio, le pedí que me dejara disparar contra el suelo, en una zona de tierra. Lo hice y luego escarbé hasta encontrar la bala que estaba ligeramente dañada debido al impacto. Ignoro por qué me dejó disparar, tal vez vio en mi cara la ilusión por hacerlo y no supo decir que no. Aquella historia se la conté en la escuela a mis amigos y al pronto me miraron con una especie de halo de admiración; disparar con una pistola era algo que solo se veía en las películas. Poco tiempo después los Arbitrios desaparecieron, a mi padre lo trasladaron a la capital y allí tuvo que entregar el arma reglamentaria. En cierta ocasión le pregunté si alguna vez había disparado y me contestó que todos los años el día 6 de julio a las doce del mediodía disparaba un tiro al aire, era San Fermín.  No recuerdo la marca, pero sí que pesaba, por aquel entonces yo tendría ocho o nueve años.

     Ya en la ciudad, durante años frecuenté la tienda que tenía un amigo de mi padre llamado Marcelino Tellería, entrenador de fútbol y gran deportista, los dos habían estado juntos durante la guerra civil y su amistad duraría toda la vida. Este Tellería me quería mucho, él me enseñó a nadar y me habló de los cambios que estaba experimentando mi cuerpo cuando yo tenía unos quince, dieciséis años. Mientras trabajaba en su tienda me solía contar divertidas anécdotas y chascarrillos del ambiente cuartelero que yo reía sin parar. Sin embargo nunca me refirió nada de los horrores de la guerra y eso que él los sufrió en carne propia. Luego, ya fallecido, cuando vi la película La vida es bella, me acordé de él. Sin yo saberlo me estaba protegiendo frente a lo que es capaz el ser humano, ya tendría tiempo en la edad adulta de discernir por mí mismo acerca de las acciones humanas.

viernes, 6 de febrero de 2026

El Metro, el tiempo de ocio y otras historias

 

     Dos días a la semana me veo obligado a coger el Metro. Mientras recorro las entrañas de la ciudad me gusta observar a la gente que viaja conmigo en una representación bastante exacta del microcosmos que suponen las grandes ciudades. Casi todos miran el móvil, absortos en la minipantalla, y es que ya forma parte de nuestra vida íntima y personal, es adictivo como antes lo eran el cigarrillo y la nicotina, muy pocos leen y alguno aprovecha para echar una cabezada. La monotonía de las estaciones a veces se ve interrumpida por gentes que se procuran su medio de vida vendiendo golosinas, chupa chups o similares. Hay quienes apelan directamente a la solidaridad del prójimo por su incapacidad para encontrar trabajo y tener que sostener a criaturas de corta edad. Está quien intenta hacer proselitismo proclamando sus creencias de fe ante la indiferencia del resto de viajeros. Otros, de aspecto sucio y demacrado, intentan hacernos creer que necesitan el dinero para mantener a sus hijos. Y por supuesto están los que recorren los vagones interpretando melodías musicales micrófono en mano acompañados por ritmos grabados previamente. He visto mariachis con sus trajes de gala, dulzaineros, gentes con violines, guitarras, acordeones, raperos improvisando letras… Muchas veces les dejo caer alguna moneda pues entiendo que son gentes que ofrecen su arte a quien sepa valorarlo.

     El Metro se convierte así en un improvisado escenario donde uno tiene la oportunidad de dar a conocer su faceta artística en espera de tiempos mejores. Muchos de los actuales intérpretes empezaron en ese medio. Joaquín Sabina contó en una entrevista que en cierta ocasión George Harrison le dio un billete de 5 libras en algún andén de Metro de Londres. Fue como un recuerdo fetiche que lo mantuvo durante algún tiempo.

     Pero quienes se llevan la palma en esto de la modernidad son los centros comerciales; grandes espacios llenos de tiendas de todo tipo, restaurantes, cines, ocio, etc. Es el ágora del siglo XXI. Todo está pensado para satisfacer el consumo, para pasar la tarde sin necesidad de tener que desplazarse de un sitio para otro. Para empezar te facilitan el acceso con parking gratis. Allí acudimos todos en tropel pero luego nos gusta quejarnos de las aglomeraciones y de la incomodidad que supone tanta gente. Y es que somos animales gregarios. Si algo caracteriza a las grandes ciudades son las prisas en la calle, e ir todos a los mismos sitios de vacaciones. El tiempo (no el atmosférico), sino el tiempo de vida que disponemos yo creo que los hemos revalorizado. Queremos vivir más y mejor, conocer destinos exóticos, viajar, pero resulta que allá donde haya posibilidad de negocio, se instalará una industria y nos la venderán con un precioso adorno. Nos invitará a realizar un hermoso crucero con tres o cuatro mil personas a bordo, haciendo paradas en ciudades ya superpobladas de por sí o nos brindará la oportunidad de conocer ciudades como París, Roma o El Cairo, todas ellas abarrotadas de turistas peleándose para hacerse un selfi o buscando el mejor encuadre para inmortalizar tal o cual monumento. La industria está ya instalada en el turismo, pero también en la moda, en la música y en casi todas las facetas de nuestra vida. En algunas ciudades como Palma, San Sebastián, Málaga, Barcelona, Las Palmas…ya se ha instalado la turismofobia.

     En fin, la sociedad de consumo nos ha igualado a todos. Las grandes marcas de la moda  ya están instaladas en todas las ciudades allá donde vayamos. Todo es un continuo dejà vu.

    

 

sábado, 31 de enero de 2026

Un personaje atípico en el aula

 

     Cuento la historia de Antonio González tal como él me la refirió hace unos meses en una visita que le hice. Antonio es el director de un instituto público de Trujillo  (Cáceres). El suyo no es ni mejor ni peor que otros centros docentes de la zona pero resulta que luce el estigma de haber salido en la prensa provincial por bullying, fracaso escolar y absentismo en las aulas. Antonio se esfuerza por implicar a todo el personal docente en combatir estas prácticas pero sabe que es un trabajo lento y a largo plazo, que es necesario que en el entorno familiar de los chicos asuman que la enseñanza no es privativo solo del colegio sino que también deben colaborar otros estamentos como los padres y familiares más cercanos. Antonio es una persona entregada a su profesión y no pierde ocasión de buscar nuevos métodos que estimulen para mejorar la calidad de la enseñanza que se imparte en su colegio. Su idea es implicar a gentes provenientes de fuera de la docencia que puedan aportar sus testimonios para estos jóvenes que por el motivo que sea no encuentran los estímulos suficientes de cara a su futuro y lo están arriesgando todo en un momento crucial de sus vidas.

      Estamos en plena temporada estival y Antonio y su familia han cambiado de aires y elegido como vacaciones una casa rural al lado de un caserío en el Pirineo navarro, cerca ya de la frontera con Francia. Como es un hombre inquieto, todos los días organiza una ruta diferente en coche para visitar y conocer otros lugares, así como a degustar de la gastronomía por cada zona que pasa. Hoy han elegido realizar a pie un tramo del Camino de Santiago entre Puente la Reina y Estella para imbuirse un poco del espíritu del peregrinaje. En uno de los pueblos que han visitado este verano coincidió que eran las fiestas patronales y en la plaza estuvo programada una exhibición de aizkolaris, sokatira y otros deportes rurales .

     Una de las noches posteriores, Antonio se levanta de la cama. Su cabeza da vueltas a una idea que se le acaba de ocurrir mientras su familia duerme en medio de la naturaleza de la selva de Irati, enciende el portátil y observa  vídeos de la persona que conoció el otro día. Por suerte tiene su teléfono, en un momento de intuición se lo pidió. Sigue viendo vídeos y su cabeza va dando forma a algo que se le acaba de ocurrir.

     Tanto su familia como él están enamorados del paisaje que van conociendo. Han visitado el Valle del Roncal y les queda por visitar el Valle del Baztán y sus pintorescos pequeños pueblos y sus preciosas casas de piedra con geranios en los balcones.

     Han pasado los meses, el verano quedó atrás. Estamos en el mes de noviembre y el curso académico ha comenzado. Antonio explica ante el claustro de profesores, que ha contactado con una persona que conoció este verano y que a propuesta suya se brindó a asistir como conferenciante ante los alumnos del IES que él representa. Admite que es alguien poco ligado con la docencia,  que es un proyecto novedoso y que todo lo nuevo tiene sus riesgos pero que en su opinión merece la pena intentarlo ya que el invitado es de plena confianza. Se trata de un deportista muy conocido en su faceta profesional que se destaca por la claridad de su mensaje y la forma didáctica de transmitirlo.

     El día señalado, el salón de actos del colegio se ha quedado pequeño debido a la afluencia de gente curiosa por conocer al personaje. Naturalmente es Antonio González, el director, quien se encarga de presentarle. Sentados frente a la mesa dice del invitado que es poeta, escultor, actor y bertsolari pero que él prefiere presentarse como levantador de piedras, que debutó con diecisiete años, que en 1994 batió el récord al levantar una piedra de 320 kilos y que en 1999 fue galardonado con la Medalla al Mérito deportivo por parte del Gobierno de Navarra. Su nombre Iñaki Perurena Gartziarena. Desde joven realiza exhibiciones por los pueblos del País Vasco, Navarra, La Rioja y el sur de Francia. Dice que le conoció de casualidad este verano y que se entendieron a las mil maravillas desde el primer momento. Dicho lo cual, Antonio le da las gracias por su presencia y le cede la palabra entre la expectación de los presentes. El invitado toma el micrófono y se levanta avanzando hasta situarse al principio del escenario porque no le gusta hablar sentado detrás de una mesa. Su aspecto es el de un forzudo, de hombros anchos, cara colorada, su cabeza ha perdido parte de sus cabellos. Todas las miradas están fijas en él.

     Da las gracias al presentador y comienza diciendo que él no es conferenciante, ni actor, ni poeta. Que tal vez eso son añadidos, debido a su curiosidad. Él se considera harrijasotzaile, así lo dice, levantador de piedras, que siempre lo ha sido desde los diecisiete años y  que la vida es una superación constante, un aprendizaje continuo, un esfuerzo generoso en lo que uno cree. Sólo así uno consigue estar en paz con uno mismo y con la naturaleza que le rodea. Que él descubrió su vocación siendo adolescente, un chaval como la mayoría de los que le están ahora escuchando, que su padre no quería que se dedicara a ese oficio pero que al final tuvo que aceptarlo porque veía a su hijo feliz con lo que hacía. Dice también que cuando Antonio le explicó lo de venir a Trujillo, al principio tuvo dudas, pero que luego cuando le dijo que el objetivo era hablar a chicos adolescentes no se lo pensó,  puesto que todo en la vida se trata de superar las dificultades y que esas dificultades a veces son excusas porque no nos atrevemos a afrontarlas. Dice que él también tuvo estudiar para mejorar su rendimiento y sacar el mejor provecho a sus cualidades, que tuvo momentos de debilidad en los que se preguntaba para qué tanto sacrificio pero que al final triunfó porque cuando uno tiene una pasión tiene que ir con ella hasta el final, que no se arrepiente del camino que tomó en su día y que ojalá los chicos y chicas que le escuchan sepan elegir el camino que cada uno tiene asignado en la vida.

     Un gran aplauso culmina el final de sus palabras, pero sin soltar el micrófono les dice que todavía no se vayan, que en cinco minutos hay preparada una sorpresa. Pasado ese tiempo aparece en escena de nuevo, esta vez con la indumentaria típica del levantador de piedras y solicita la presencia de algún joven fuerte que le ayude a colocarse la faja  para proteger su espalda. En el escenario, hay una piedra de 225 kgs. Tras concentrarse unos minutos levanta la piedra hasta encima de los hombros y acto seguido la deja caer en el saco. La gente en pie aplaude la hazaña. Él levanta los brazos agradecido y feliz. Sabe que ha contravenido los consejos de su médico realizando nuevas exhibiciones a costa de su salud, pero el director Antonio González y estos chavales bien que se lo merecían. En medio de los aplausos una chica le entrega un ramo de flores. Es la primera vez en cuarenta años de exhibiciones por los pueblos que alguien tiene un detalle así.

miércoles, 14 de enero de 2026

Lo mejor está por llegar

 

      Admito que este enunciado es un tanto equívoco pues plantea a la vez una pregunta. ¿Qué es eso de que lo mejor que está por llegar? Y yo respondo sin titubear: la jubilación. Sí, esa edad propia ya de la madurez a la que identificamos con los achaques, con las visitas al médico, cuando no de la antesala del definitivo adiós. Muy al contrario, yo defiendo que la llegada de la jubilación es la oportunidad para hacer realidad muchos de los sueños que teníamos y que por las circunstancias que sean no los hemos hechos posibles. Todo esto que defiendo choca con una corriente de opinión muy poderosa y me explico. Asisto con cierto estupor al gran auge del llamado culto al cuerpo. Gimnasios llenos, un fitness en cada esquina, el elixir de la eterna juventud, dietas milagro, cremas antiarrugas, abdominales “tableta”, etc, etc. No es nuevo, ya en la Grecia clásica existía el cuidado corporal, los cosméticos, los baños, el ejercicio atlético. Recuerdo una frase que oí una vez y se me quedó grabada: “Nuestro sobrepeso es su hambre”.

     Está bien hacer ejercicio, yo mismo lo hago, pero en mi opinión esta avalancha por el culto al cuerpo está sobrevalorada en perjuicio de esos últimos años en los que el cuerpo ya no es el mismo, ha perdido elasticidad, la piel se contrae, aparecen las arrugas, sin embargo las capacidades siguen estando ahí. Ahora cada vez son más quienes viajan, asisten a talleres, se apuntan a una ONG, colaboran con entidades benéficas, etc. Yo comencé a vivir en el momento en que me jubilé.  Lo primero que hice fue el Camino de Santiago, un mes andando, cada noche durmiendo en un sitio diferente, una experiencia maravillosa que a todo el mundo recomiendo; eso sí, con mochila y durmiendo en albergues, no esa tendencia al alza que consiste en ir con maletas, coche de apoyo y dormir en hoteles. Mi otra gran experiencia fue entrar en la Universidad  casi con setenta años. Había en mi clase un señor con ochenta y ocho años. Conocer y vivir el ambiente universitario desde dentro te aporta un plus de juventud del que ya careces. Además, hay otras actividades paralelas que uno puede aprovechar: asistencia a museos, a conferencias, cursos, etc.

     Toco la tuba en una Banda de Música. Después de treinta y siete años además de compañeros ya somos amigos. La música es una disciplina enormemente agradecida, te devuelve con creces el tiempo que has empleado aprendiendo a tocar un instrumento y también te ayuda a socializar y visitar sitios nuevos. Gracias a ella he podido visitar Valencia, Sevilla, Málaga, Nápoles, Budapest, Aveiro. Algunos me preguntan cómo hago para asumir tantos retos pero en absoluto me considero una personal especial, si acaso soy una persona curiosa. Hay tiempo para todo, es cuestión de organizarse. A quienes amamos la lectura también nos gusta escribir. Desde hace siete años mantengo un blog literario, todos los meses subo algún contenido. Nunca hubiera sospechado que un día me leerían en lugares tan dispares como Guatemala, Honduras, Canadá, EEUU, Panamá, Francia, Alemania, Países Bajos, Singapur… Son historias que nos acercan porque al fin y al cabo los humanos estamos hechos todos de la misma materia. Todos sufrimos por los mismo y también reímos por lo mismo. Únicamente cambia el lugar en el que hemos nacido.

     En fin, quiero terminar diciendo que tras la jubilación se abre ante nosotros todo un abanico de posibilidades, pues siempre hay cosas que descubrir y que aprender. Hay vida más allá de la jubilación, solo hace falta que la salud nos respete. Yo creo que esa es la actitud que hemos de asumir todos ante la vida.

    

    

 

miércoles, 7 de enero de 2026

Cita con mi psicóloga

 

 

     Hoy he tenido de nuevo sesión con mi psicóloga. Con el fin de romper el hielo me pregunta qué tal he pasado las navidades y qué pienso de estas fiestas. Le respondo que no me gustan demasiado, que estas fiestas son para los pequeños e inocentes, para gente que cree en la magia, en los sueños, etc, que nosotros hace tiempo que dejamos de ser inocentes, que los adultos ya no creemos ni en la magia ni en los sueños. Y usted en qué cree, me suelta de sopetón. Yo creo que el género humano no tiene remedio. A qué se refiere. Pues que prescindimos de los sabios y ponemos de líderes a los mediocres para seguir guerreando como hace miles de años. De modo que es usted pesimista. Sí, respondo sin titubear. Sólo apostando por la ciencia tal vez nos podamos salvar y tampoco es del todo seguro.

     De repente nos quedamos callados. Digamos que como introducción no ha estado mal. Junta las manos y se concentra, es la señal de que la terapia comienza de verdad. Todo tiene su atrezzo, su ritual, en este escenario en el que nos movemos. Dice a continuación que me ve relajado, tranquilo. Es verdad, lo estoy. Me dice que es un buen momento para intentar empatizar con las personas, que debo dejar de vivir en una isla, que el mundo es un espacio en el que nos movemos e interactuamos todos, que hemos de ir dando pasos para un mejor entendimiento entre las personas. Me pregunta a continuación qué relación tengo ahora con el vecino conflictivo que me molestaba con el bastón por las mañanas. Ahora muy bien, le contesto. Ah, cuánto me alegro, me dice. Al final hicieron las paces? No, se murió. Al momento percibo una mueca de disgusto en el rostro. Sé que hubiera quedado mejor haberle dicho que sí, que todo lo solucionamos este verano un día de calor en la terraza de un bar en compañía de  unas cervezas bien fresquitas, pero el problema es que no sé mentir. Los curas me dijeron de pequeño que no era bueno mentir y yo me lo tomé al pie de la letra.

     Me cuesta mirarle a la cara porque adivino un reproche en su mirada. Por cosas así estoy aquí contando mis penas a esta mujer, en vez de contárselas a mis amigos. La verdad es que lo intenté pero me dejaron por imposible. Me dice después que siempre que somos capaces de revertir una situación negativa, estamos sentando las bases para hacer de este mundo un lugar mejor y a continuación me pregunta si tengo algún propósito de cara al nuevo año. Le contesto que según mi mujer para ser un viejuno estoy demasiado apegado al móvil, a los “likes” y al me gusta. Que me gustaría liberarme de esa tiranía. Lo que cuento le parece una buena decisión, me dice que a ella también le sucede algo parecido y que eso es algo que pone a prueba nuestra fuerza de voluntad. En esas quedamos hasta mi próxima visita.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Cumpleaños

 

     El otro día fue mi cumpleaños. Nada más levantarme tuve un recuerdo muy especial para mis padres ya fallecidos porque gracias a ellos estoy aquí disfrutando de la vida después de la jubilación. Entiendo que para mucha gente (países en guerra, desplazados, hambrunas, terremotos), el hecho de vivir con frecuencia pueda convertirse en un infierno. La vida a veces puede ser injusta y al mismo tiempo caprichosa, en el sentido de que sin hacer ningún mérito nos haya tocado vivir en el primer mundo.

     Como decía, el día de mi cumpleaños ya contaba con las  felicitaciones de mis familiares y amigos más cercanos, no por esperadas menos agradecidas. Brindé también junto a los compañeros de la Universidad. También recibí una felicitación en forma de vídeo que no esperaba: la de Médicos sin Fronteras. Médicos y enfermeras de Sudán, Etiopía, Siria y Palestina en sus centros de trabajo, me felicitaban porque gracias a mis donaciones ellos estaban haciendo su labor y trabajando para erradicar la pobreza y luchando por un mundo más justo. Esa felicitación me conmovió. No es extraño por tanto, que personas que viven esa realidad quieran venir al nuestros países a establecerse. Seguro que gran parte de los extranjeros con los que nos cruzamos a diario guardan una dura experiencia detrás.

     Siempre he pensado que esta gente que se dedica a labores humanitarias, voluntariado etc, están hechos de una pasta especial porque  realizar esas labores en países en guerra conlleva también un riesgo físico para ellos. Conozco a un cooperante que está haciendo esa labor en las selvas de Panamá. Lleva más de cuarenta años allí y ya le dediqué un espacio en este mismo post. Sin duda ellos representan lo mejor del ser humano, son la esperanza y la luz que nos guían, no los miles de bombillas que estos días adornan los calles y avenidas de nuestras ciudades.