Van pasando los días de vacaciones y ya comienzo a atisbar la pereza de
la vuelta a la rutina, a las prisas, a los agobios, que se me escapa el
autobús, que llego tarde a la cita por culpa del atasco y así un día sí y otro
también. Están también las clases, los ensayos, las responsabilidades. Lo malo
de las vacaciones es que se acaban pronto. Intento apurar al máximo de la paz y
tranquilidad que ahora disfruto, cargar las pilas para el próximo curso,
mantener la ilusión de cara una nueva etapa que comienza. En estos pensamientos
estoy cuando suena el móvil que me devuelve a la realidad.
—¿Hablo con
Víctor?
—Sí. ¿Quién llama?
—Soy Aizkorbe, el
argentino pelotudo que vos conocés. Te llamo desde Kenia.
Ya he hablado de
él en varias ocasiones en este mismo chat. Trabajamos juntos un tiempo, pero
como es un culo inquieto enseguida se cansó y buscó otros derroteros. Ahora
trabaja como fotógrafo para la revista National Geofraphic. Ha visitado el
Congo y el Himalaya.
—¿Y qué coño se te
ha perdido por allí?
—La revista está
preparando un artículo sobre la vida en la selva y los cazadores furtivos, así
que he tenido que cancelar las vacaciones.
—No te quejes
anda, que eres un afortunado.
—Sí, lo sé. Ahora
estoy en un hotel de Nairobi, me acuerdo mucho de ti. Aquí encontrarías muchos motivos para
escribir. Desde gentes que malviven con lo poco que tienen hasta
multimillonarios excéntricos. El otro día estuve con un millonario saudí que ha
comprado un cachorro de león en el mercado negro por cinco mil dólares para
regalarlo a su hijo el día de su cumpleaños. Le pregunté qué haría con él
cuando creciera, se meara en todas partes y le arañara el sofá y me dijo que no
problem, que lo donaría al zoo de su ciudad.
—Todos esos tipos
son mafiosos…
—Al pedo con ellos.
Está también alojado en el hotel un millonario ruso al que conocí. Salió en la
prensa porque el otro día lanzó desde un puente fajos de billetes de cinco
dólares sólo por el capricho de grabarlo todo desde un dron para ver cómo la
gente se peleaba por cogerlos. La policía lo detuvo pero él sobornó a los
agentes y lo soltaron.
—¡Qué bien vives
cabrón!
—Mejor vives tú
que estás jubilado.
—Yo si tuviera un
trabajo como el tuyo no me jubilaba.
—Pero se pasa
mucho tiempo fuera de casa.
—Ya. No sabes la pena
que me das. ¿Cuándo nos veremos por Madrid?
—Pues no lo sé
todavía. Creo que después de esto tengo que ir a la República Democrática del
Congo. Alguien está preparando un artículo sobre las minas de coltán que es un
componente muy valioso y que se emplea para chips, ordenadores y teléfonos
móviles. Es el nuevo oro del siglo XXI. A la vuelta te llamo.
En ese momento
recordé que la última vez que hablamos me dijo que había invertido dinero para
reabrir una mina de oro en Alaska.
—Ah se me olvidaba
preguntarte por la mina de oro de Alaska.
—Ya tienen todos
los permisos y pronto empezarán con la explotación. ¿Estás pensando en
invertir?
—No, gracias. Los
negocios y yo no hacemos buena pareja.
Momentos después nos despedimos. Aizkorbe era
un tipo jovial, con el que nunca te aburrías, un aventurero siempre con la
maleta de un sitio para otro. Durante nuestra conversación olvidé el drama del final
de mis vacaciones, siempre hay una sorpresa detrás de cada esquina. Pero me
extrañó que siendo tan futbolero, como buen argentino, no dijera una palabra
sobre la final de su país contra España.