Ocurre que de vez
en cuando me viene a la memoria el recuerdo de personas con las que en el
pasado tuve alguna relación; han podido ser compañeros de trabajo, amistades
ocasionales, compañeros de estudios, chicas que conocí, etcétera, que en un
momento dado sus vidas y la mía se separaron simplemente porque la vida es así.
Me pregunto qué será de ellos. Leí en cierta ocasión que el círculo de
amistades lo vamos ensanchando hasta los cuarenta o cuarenta y cinco años y que
a partir de esa edad el círculo decrece paulatinamente para reducirse al núcleo
familiar y al pequeño entramado de amistades de toda la vida.
Me gusta la
soledad bien acompañada y me explico, porque dicho así parece una
contradicción. Cuando digo acompañado me refiero al paisaje que me rodea o al
libro que esté leyendo en ese momento. Recuerdo que durante a pandemia —ese
tiempo de reclusión obligatoria de no hace mucho pero que ya nos parece lejano—
me sirvió para leer por segunda vez El Quijote que, tal como lo miro yo, es un
tratado de filosofía, ética, estoicismo, ideales de la vida, bien salpimentado
con refranes populares que todos conocemos. Disfruté un montón de su lectura e
incluso subrayé expresiones como “a lo que veo Sancho, éstos no son
caballeros sino gente soez y de baja ralea” esta otra “nunca
fuera caballero de damas tan bien servido” o por último “non
fuyáis gente cobarde, gente cautiva”.
Hace escasas fechas me saludó un tipo
por la calle que decía conocerme, después de un buen rato caí en la cuenta de que
se trataba de un compañero que conocí hace unos cuantos en la empresa donde yo
trabajaba. Se trataba de un argentino al que el mundo se le quedaba pequeño. Había
vivido en Suecia, huyendo de la dictadura, trabajó de transportista en España
unos años y luego le perdía la pista. Según me dijo se hizo fotógrafo y la revista
para la que trabajaba le envió a
Marruecos, de allí pasó a Brasil a la cuenca del Amazonas, luego a Groenlandia y
finalmente aterrizó en la República Democrática del Congo donde hizo una
incursión a través de la selva a bordo de una barcaza por el río Congo, una
travesía de unos cuatro mil kilómetros hasta la desembocadura en el Atlántico
haciendo cientos de fotografías con el fin de denunciar la deforestación de la
selva congoleña por empresas chinas fabricando
muebles para el mercado europeo y el primer mundo. Le dije que yo era más bien sedentario
y, conociendo él mi afición a la escritura, sacó de su mochila un libro trufado
de fotos suyas de su aventura por el Congo. A cambio le invité a unas cervezas
y le puse al corriente de mis últimos movimientos. Me dijo que su próxima
visita sería al Nepal para una expedición neozelandesa al Everest y que tenía
que aclimatarse para afrontarla con éxito. Quedamos en que nos llamaríamos para
que me contara la experiencia. Lo dicho, el mundo se le quedaba pequeño.
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