jueves, 26 de febrero de 2026

El mundo por montera

 

     Ocurre que de vez en cuando me viene a la memoria el recuerdo de personas con las que en el pasado tuve alguna relación; han podido ser compañeros de trabajo, amistades ocasionales, compañeros de estudios, chicas que conocí, etcétera, que en un momento dado sus vidas y la mía se separaron simplemente porque la vida es así. Me pregunto qué será de ellos. Leí en cierta ocasión que el círculo de amistades lo vamos ensanchando hasta los cuarenta o cuarenta y cinco años y que a partir de esa edad el círculo decrece paulatinamente para reducirse al núcleo familiar y al pequeño entramado de amistades de toda la vida.

     Me gusta la soledad bien acompañada y me explico, porque dicho así parece una contradicción. Cuando digo acompañado me refiero al paisaje que me rodea o al libro que esté leyendo en ese momento. Recuerdo que durante a pandemia —ese tiempo de reclusión obligatoria de no hace mucho pero que ya nos parece lejano— me sirvió para leer por segunda vez El Quijote que, tal como lo miro yo, es un tratado de filosofía, ética, estoicismo, ideales de la vida, bien salpimentado con refranes populares que todos conocemos. Disfruté un montón de su lectura e incluso subrayé expresiones como a lo que veo Sancho, éstos no son caballeros sino gente soez y de baja ralea” esta otranunca fuera caballero de damas tan bien servido” o por último “non fuyáis gente cobarde, gente cautiva”.

     Hace escasas fechas me saludó un tipo por la calle que decía conocerme, después de un buen rato caí en la cuenta de que se trataba de un compañero que conocí hace unos cuantos en la empresa donde yo trabajaba. Se trataba de un argentino al que el mundo se le quedaba pequeño. Había vivido en Suecia, huyendo de la dictadura, trabajó de transportista en España unos años y luego le perdía la pista. Según me dijo se hizo fotógrafo y la revista para la que trabajaba le envió  a Marruecos, de allí pasó a Brasil a la cuenca del Amazonas, luego a Groenlandia y finalmente aterrizó en la República Democrática del Congo donde hizo una incursión a través de la selva a bordo de una barcaza por el río Congo, una travesía de unos cuatro mil kilómetros hasta la desembocadura en el Atlántico haciendo cientos de fotografías con el fin de denunciar la deforestación de la selva congoleña por empresas chinas  fabricando muebles para el mercado europeo y el primer mundo. Le dije que yo era más bien sedentario y, conociendo él mi afición a la escritura, sacó de su mochila un libro trufado de fotos suyas de su aventura por el Congo. A cambio le invité a unas cervezas y le puse al corriente de mis últimos movimientos. Me dijo que su próxima visita sería al Nepal para una expedición neozelandesa al Everest y que tenía que aclimatarse para afrontarla con éxito. Quedamos en que nos llamaríamos para que me contara la experiencia. Lo dicho, el mundo se le quedaba pequeño.

    

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario