Dos días a la
semana me veo obligado a coger el Metro. Mientras recorro las entrañas de la
ciudad me gusta observar a la gente que viaja conmigo en una representación
bastante exacta del microcosmos que suponen las grandes ciudades. Casi todos
miran el móvil, absortos en la minipantalla, y es que ya forma parte de nuestra
vida íntima y personal, es adictivo como antes lo eran el cigarrillo y la
nicotina, muy pocos leen y alguno aprovecha para echar una cabezada. La
monotonía de las estaciones a veces se ve interrumpida por gentes que se
procuran su medio de vida vendiendo golosinas, chupa chups o similares. Hay
quienes apelan directamente a la solidaridad del prójimo por su incapacidad
para encontrar trabajo y tener que sostener a criaturas de corta edad. Está quien
intenta hacer proselitismo proclamando sus creencias de fe ante la indiferencia
del resto de viajeros. Otros, de aspecto sucio y demacrado, intentan hacernos
creer que necesitan el dinero para mantener a sus hijos. Y por supuesto están
los que recorren los vagones interpretando melodías musicales micrófono en mano
acompañados por ritmos grabados previamente. He visto mariachis con sus trajes
de gala, dulzaineros, gentes con violines, guitarras, acordeones, raperos
improvisando letras… Muchas veces les dejo caer alguna moneda pues entiendo que
son gentes que ofrecen su arte a quien sepa valorarlo.
El Metro se convierte
así en un improvisado escenario donde uno tiene la oportunidad de dar a conocer
su faceta artística en espera de tiempos mejores. Muchos de los actuales
intérpretes empezaron en ese medio. Joaquín Sabina contó en una entrevista que
en cierta ocasión George Harrison le dio un billete de 5 libras en algún andén
de Metro de Londres. Fue como un recuerdo fetiche que lo mantuvo durante algún
tiempo.
Pero quienes se
llevan la palma en esto de la modernidad son los centros comerciales; grandes
espacios llenos de tiendas de todo tipo, restaurantes, cines, ocio, etc. Es el ágora
del siglo XXI. Todo está pensado para satisfacer el consumo, para pasar la
tarde sin necesidad de tener que desplazarse de un sitio para otro. Para
empezar te facilitan el acceso con parking gratis. Allí acudimos todos en tropel
pero luego nos gusta quejarnos de las aglomeraciones y de la incomodidad que
supone tanta gente. Y es que somos animales gregarios. Si algo caracteriza a
las grandes ciudades son las prisas en la calle, e ir todos a los mismos sitios
de vacaciones. El tiempo (no el atmosférico), sino el tiempo de vida que
disponemos yo creo que los hemos revalorizado. Queremos vivir más y mejor,
conocer destinos exóticos, viajar, pero resulta que allá donde haya posibilidad
de negocio, se instalará una industria y nos la venderán con un precioso adorno.
Nos invitará a realizar un hermoso crucero con tres o cuatro mil personas a
bordo, haciendo paradas en ciudades ya superpobladas de por sí o nos brindará
la oportunidad de conocer ciudades como París, Roma o El Cairo, todas ellas
abarrotadas de turistas peleándose para hacerse un selfi o buscando el mejor
encuadre para inmortalizar tal o cual monumento. La industria está ya instalada
en el turismo, pero también en la moda, en la música y en casi todas las facetas
de nuestra vida. En algunas ciudades como Palma, San Sebastián, Málaga, Barcelona,
Las Palmas…ya se ha instalado la turismofobia.
En fin, la
sociedad de consumo nos ha igualado a todos. Las grandes marcas de la moda ya están instaladas en todas las ciudades allá
donde vayamos. Todo es un continuo dejà vu.
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