martes, 10 de febrero de 2026

Un padre con pistola

 

     De manera recurrente asoma en mi carácter el recuerdo de mis padres ya fallecidos, también cierta melancolía de la infancia —decía Rilke que la infancia era la verdadera patria del ser humano—, así como el misterio ante la vida o nuestra propia insignificancia dentro del universo. Siendo niño viví en dos pueblos debido a los destinos de mi padre, funcionario en la Diputación Foral y empleado de Arbitrios, que era una especie de aduana con tasas o gravámenes que la Diputación establecía sobre el consumo o la circulación de mercancías de una provincia a otra. En el primero de ellos —Rincón de Soto—el río Ebro era la separación entre las provincias de Navarra y La Rioja y en el segundo donde residí —Monteagudo—, la separación era entre Navarra y Zaragoza.

     En el medio rural es frecuente que algún vecino sea cazador o disponga en su casa de armas de fuego. Ignoro la razón según la cual las armas siempre han atraído a los chavales, en una mezcla de atracción, miedo y respeto. Mi padre, por razón de su cargo, tenía un arma y cuando trabajaba iba con su pistola reglamentaria al cinto, su guerrera y boina roja. En mi casa recuerdo que había una caja de municiones en el altillo de la cocina pero la pistola nunca supe en qué lugar la escondía.

     En cierta ocasión, estando él de servicio, le pedí que me dejara disparar contra el suelo, en una zona de tierra. Lo hice y luego escarbé hasta encontrar la bala que estaba ligeramente dañada debido al impacto. Ignoro por qué me dejó disparar, tal vez vio en mi cara la ilusión por hacerlo y no supo decir que no. Aquella historia se la conté en la escuela a mis amigos y al pronto me miraron con una especie de halo de admiración; disparar con una pistola era algo que solo se veía en las películas. Poco tiempo después los Arbitrios desaparecieron, a mi padre lo trasladaron a la capital y allí tuvo que entregar el arma reglamentaria. En cierta ocasión le pregunté si alguna vez había disparado y me contestó que todos los años el día 6 de julio a las doce del mediodía disparaba un tiro al aire, era San Fermín.  No recuerdo la marca, pero sí que pesaba, por aquel entonces yo tendría ocho o nueve años.

     Ya en la ciudad, durante años frecuenté la tienda que tenía un amigo de mi padre llamado Marcelino Tellería, entrenador de fútbol y gran deportista, los dos habían estado juntos durante la guerra civil y su amistad duraría toda la vida. Este Tellería me quería mucho, él me enseñó a nadar y me habló de los cambios que estaba experimentando mi cuerpo cuando yo tenía unos quince, dieciséis años. Mientras trabajaba en su tienda me solía contar divertidas anécdotas y chascarrillos del ambiente cuartelero que yo reía sin parar. Sin embargo nunca me refirió nada de los horrores de la guerra y eso que él los sufrió en carne propia. Luego, ya fallecido, cuando vi la película La vida es bella, me acordé de él. Sin yo saberlo me estaba protegiendo frente a lo que es capaz el ser humano, ya tendría tiempo en la edad adulta de discernir por mí mismo acerca de las acciones humanas.

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