De manera recurrente asoma en mi carácter el recuerdo de mis
padres ya fallecidos, también cierta melancolía de la infancia —decía Rilke que
la infancia era la verdadera patria del ser humano—, así como el misterio ante
la vida o nuestra propia insignificancia dentro del universo. Siendo niño viví
en dos pueblos debido a los destinos de mi padre, funcionario en la Diputación
Foral y empleado de Arbitrios, que era una especie de aduana con tasas o
gravámenes que la Diputación establecía sobre el consumo o la circulación de
mercancías de una provincia a otra. En el primero de ellos —Rincón de Soto—el
río Ebro era la separación entre las provincias de Navarra y La Rioja y en el
segundo donde residí —Monteagudo—, la separación era entre Navarra y Zaragoza.
En el medio rural
es frecuente que algún vecino sea cazador o disponga en su casa de armas de
fuego. Ignoro la razón según la cual las armas siempre han atraído a los
chavales, en una mezcla de atracción, miedo y respeto. Mi padre, por razón de
su cargo, tenía un arma y cuando trabajaba iba con su pistola reglamentaria al
cinto, su guerrera y boina roja. En mi casa recuerdo que había una caja de
municiones en el altillo de la cocina pero la pistola nunca supe en qué lugar
la escondía.
En cierta ocasión,
estando él de servicio, le pedí que me dejara disparar contra el suelo, en una
zona de tierra. Lo hice y luego escarbé hasta encontrar la bala que estaba
ligeramente dañada debido al impacto. Ignoro por qué me dejó disparar, tal vez
vio en mi cara la ilusión por hacerlo y no supo decir que no. Aquella historia
se la conté en la escuela a mis amigos y al pronto me miraron con una especie
de halo de admiración; disparar con una pistola era algo que solo se veía en
las películas. Poco tiempo después los Arbitrios desaparecieron, a mi padre lo
trasladaron a la capital y allí tuvo que entregar el arma reglamentaria. En
cierta ocasión le pregunté si alguna vez había disparado y me contestó que
todos los años el día 6 de julio a las doce del mediodía disparaba un tiro al
aire, era San Fermín. No recuerdo la
marca, pero sí que pesaba, por aquel entonces yo tendría ocho o nueve años.
Ya en la ciudad,
durante años frecuenté la tienda que tenía un amigo de mi padre llamado
Marcelino Tellería, entrenador de fútbol y gran deportista, los dos habían
estado juntos durante la guerra civil y su amistad duraría toda la vida. Este
Tellería me quería mucho, él me enseñó a nadar y me habló de los cambios que
estaba experimentando mi cuerpo cuando yo tenía unos quince, dieciséis años.
Mientras trabajaba en su tienda me solía contar divertidas anécdotas y
chascarrillos del ambiente cuartelero que yo reía sin parar. Sin embargo nunca
me refirió nada de los horrores de la guerra y eso que él los sufrió en carne
propia. Luego, ya fallecido, cuando vi la película La vida es bella,
me acordé de él. Sin yo saberlo me estaba protegiendo frente a lo que es capaz
el ser humano, ya tendría tiempo en la edad adulta de discernir por mí mismo
acerca de las acciones humanas.
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