Hoy tengo de nuevo cita con mi psicóloga,
como llego con tiempo suficiente me hacen pasar a la salita de espera. Allí
echo un vistazo a las revistas que están sobre una mesita aunque no me
interesan demasiado. Al rato la veo entrar y me invita a pasar a su despacho.
Va elegantemente vestida con una falda negra, un jersey ajustado de color
amarillo y botas de media caña. Nos sentamos y abre su libreta, veamos Víctor,
Víctor, Víctor, dice mientras pasa las hojas de su agenda, sí, aquí está. Lee
brevemente y luego me pregunta si ya he superado mi dependencia del móvil que
era uno de mis propósitos para el nuevo año. Le contesto que me está costando
mucho y que mi mujer constantemente me regaña diciendo que parece mentira a mis
años comportándome como un adolescente y me amenaza con tirar el móvil por la
ventana. ¿Y qué le dicen sus hijos? —me suelta de repente—. Ya te vale papá, le
contesto avergonzado y con la cabeza baja mientras atisbo en su rostro una
sonrisa. Bueno, y aquí sus palabras tratan de tranquilizarme, es muy difícil
cambiar de hábitos, los propósitos que hacemos hay que entenderlos como
objetivos a largo plazo, rara vez se cumplen de un día para otro. Todo es a
base de disciplina y de que la mente y la voluntad dirijan el proceso, ya verá
cómo para la siguiente sesión todo va mejorando. Agradezco interiormente esas
palabras porque la verdad sea dicha, soy bastante desastre y con poca voluntad
para renunciar a ciertas cosas, pero tampoco me gustaría mentirle. Entiendo que
en una relación contractual como la nuestra debe existir una confianza mutua.
Veo que es una persona que confía en mí y no la puedo defraudar.
En alguna de las
conversaciones que hemos tenido anteriormente le dije que tocaba en una Banda
de música y de los beneficios que ésta tiene para mí. Después de un prolongado silencio con las
manos juntas me pregunta si la música me da estabilidad emocional en momentos
de zozobra y de qué manera gestiono yo eso. Le respondo que sí, que tocar en
grupo me proporciona placer y en ciertos momentos hasta llega a emocionarme,
pero que en general no le doy demasiada importancia; que para mí, es más
importante la gente que construye carreteras, escuelas o el cirujano que salva
vidas. Me dice que cada cual tiene su función en la sociedad, que a ella le
hubiera gustado ser una diva del bel canto pero que se ha tenido que conformar
con cantar en algún karaoke o en el
cumpleaños de sus sobrinos y que aprender
a aceptarse uno mismo con sus limitaciones es tarea de toda la vida.
Sus palabras me
producen tranquilidad y sosiego. Siempre salgo de su consulta con energía
positiva pero al día siguiente ya me visitan los fantasmas de nuevo; que si el
móvil, las redes sociales. Me habré convertido en un adicto sin remedio? De
repente me acuerdo que hace un mes en el ensayo el director le regañó a un
violinista de doce años, “fulanito, deja ya el móvil, que ahora estamos a otra
cosa”. Desde entonces dejo el móvil en casa, por si acaso.
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