sábado, 7 de marzo de 2026

La Casa de Curtidores

 

     La Casa de Curtidores era una casona datada en el  siglo XVII que estaba situada a orillas del río Arga en Pamplona y que que tras sufrir un gran incendio fue declarada en ruinas en 2004. Tras años de pleitos creo que los propietarios recientemente han obtenido licencia para construir viviendas en la misma ubicación, al lado de las viejas murallas de la ciudad. Pues bien, siendo yo adolescente de unos doce o trece años solíamos ir a jugar al fútbol a un parque que estaba al lado de donde vivíamos. Por aquella época yo frecuentaba la compañía de chavales que tenían más mundología que yo, con otras hechuras, más vivos en definitiva, que eran vecinos  míos, recuerdo que uno se apellidaba Rezusta y el otro Resano.

     Una mañana de domingo íbamos camino del parque de la Taconera, imagino que a jugar al fútbol o simplemente a dar una vuelta y, cosas de críos, a alguno se le ocurrió tirar una piedra para ver si llegaba hasta el río. Nosotros estábamos en la parte alta de la muralla y justo debajo de nosotros, a unos cincuenta metros se encontraba la Casa de Curtidores. La mala fortuna quiso que la piedra no impactara contra el río sino en la luna de la furgoneta que estaba aparcada al lado de la casa. Enseguida un hombre salió, nos amenazó lanzando toda clase de improperios diciendo que iba a llamar a la policía. Nosotros no le hicimos mucho caso y seguimos andando como si tal cosa. Al cabo de diez minutos un agente de la Policía Municipal nos agarró diciendo que le acompañáramos al cuartel para que explicáramos allí nuestra conducta. Yo iba muerto de vergüenza sabiendo que mi padre solía estar sentado en un banco por aquella zona leyendo el periódico. Yo no había tirado la piedra pero era cómplice de aquella situación. Mientras íbamos camino del cuartel de la Policía el problema mío era de qué manera explicaba yo en casa que me había detenido la Policía siendo mi padre una persona de orden y encima yo estudiando en un seminario. Al llegar al cuartel nos tomaron la filiación, preguntaron dónde vivíamos y en qué colegio estudiábamos. Recuerdo que a mí me preguntaron si eso era lo que nos enseñaban en el seminario. Yo muerto de vergüenza y mirando al suelo le dije que no.

     Afortunadamente la situación no pasó a mayores, en mi casa nunca se enteraron de aquella fechoría y yo lo agradecí infinito. Por supuesto ya no volví a frecuentar la compañía de aquellos chavales no fuera que me liaran otra más gorda.

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