La Casa de
Curtidores era una casona datada en el siglo XVII que estaba situada a orillas del
río Arga en Pamplona y que que tras sufrir un gran incendio fue declarada en
ruinas en 2004. Tras años de pleitos creo que los propietarios recientemente han
obtenido licencia para construir viviendas en la misma ubicación, al lado de
las viejas murallas de la ciudad. Pues bien, siendo yo adolescente de unos doce
o trece años solíamos ir a jugar al fútbol a un parque que estaba al lado de
donde vivíamos. Por aquella época yo frecuentaba la compañía de chavales que
tenían más mundología que yo, con otras hechuras, más vivos en definitiva, que eran
vecinos míos, recuerdo que uno se
apellidaba Rezusta y el otro Resano.
Una mañana de
domingo íbamos camino del parque de la Taconera, imagino que a jugar al fútbol
o simplemente a dar una vuelta y, cosas de críos, a alguno se le ocurrió tirar
una piedra para ver si llegaba hasta el río. Nosotros estábamos en la parte
alta de la muralla y justo debajo de nosotros, a unos cincuenta metros se
encontraba la Casa de Curtidores. La mala fortuna quiso que la piedra no impactara
contra el río sino en la luna de la furgoneta que estaba aparcada al lado de la
casa. Enseguida un hombre salió, nos amenazó lanzando toda clase de improperios
diciendo que iba a llamar a la policía. Nosotros no le hicimos mucho caso y
seguimos andando como si tal cosa. Al cabo de diez minutos un agente de la
Policía Municipal nos agarró diciendo que le acompañáramos al cuartel para que
explicáramos allí nuestra conducta. Yo iba muerto de vergüenza sabiendo que mi
padre solía estar sentado en un banco por aquella zona leyendo el periódico. Yo
no había tirado la piedra pero era cómplice de aquella situación. Mientras
íbamos camino del cuartel de la Policía el problema mío era de qué manera
explicaba yo en casa que me había detenido la Policía siendo mi padre una
persona de orden y encima yo estudiando en un seminario. Al llegar al cuartel
nos tomaron la filiación, preguntaron dónde vivíamos y en qué colegio estudiábamos.
Recuerdo que a mí me preguntaron si eso era lo que nos enseñaban en el
seminario. Yo muerto de vergüenza y mirando al suelo le dije que no.
Afortunadamente la
situación no pasó a mayores, en mi casa nunca se enteraron de aquella fechoría
y yo lo agradecí infinito. Por supuesto ya no volví a frecuentar la compañía de
aquellos chavales no fuera que me liaran otra más gorda.
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