jueves, 25 de junio de 2026

Una estrella llamada Vega

 

     El tema del espacio y del cosmos siempre me interesó, pero hubo un tiempo hace años en que me fascinó de tal manera que aproveché para hacer un curso de varios meses de Astronomía sobre planetas, constelaciones y cielo profundo en la sede de la Agrupación Astronómica de Madrid, de la que por cierto el actual Rey era el presidente de honor por aquel entonces (creo que era alrededor de 2004). Veinte años después de terminado el curso sigo preguntándome qué es eso del cielo profundo y  la materia oscura o de qué manera se expande el universo. El curso terminaba con una salida al campo con telescopios una noche de verano acompañados por un monitor. Digamos que el impulso definitivo para hacerlo fue el regalo que me hizo mi hermana Celia de un telescopio. Me dije que ya que disponía de esa herramienta el siguiente paso era aprender a manejarlo. Ni qué decir tiene que disfruté viendo los cráteres de la Luna, el color rojo anaranjado de Marte, las cuatro lunas galileanas de Júpiter y los anillos de Saturno.

     Entre las estrellas más brillantes del firmamento se encuentra Vega, que junto a Altair y Deneb conforman la constelación de la Lyra, la cual se observa muy fácilmente durante las noches de verano. Vega era la estrella  sobre la que apuntaba el eje de la Tierra hace unos 13.000 años debido a la precesión de los equinoccios. Era lo que hoy es la estrella Polar. Para explicar eso resulta muy ilustrativo el movimiento de una peonza cuando la tiramos al suelo con una cuerda; al perder fuerza empieza a cabecear. Es lo que hace la Tierra cada 20.000 años.

   Hace unos meses en la Banda de música donde yo toco se incorporó una nueva compañera con el trombón. No es ni guapa ni fea, tiene gafas y el pelo rizado, de unos treinta años. Se llama Vega, musicalmente está muy preparada, se sienta junto a mí y me dijo el otro día que había vuelto a recuperar la pasión por la música después de ser madre. Los ensayos no son iguales sin ella pues aporta gracia y frescura. Los días que falla debido a sus obligaciones, los ensayos me resultan aburridos, plomizos y vuelvo a casa con una pequeña decepción. No sabe que estoy secretamente enamorado de ella, en fin, es de esos amores platónicos que no van a ninguna parte, porque no tienen base en la vida real. Sin embargo, cuando está ella todo a su alrededor se ilumina, es entonces cuando me acuerdo de la estrella Vega, situada a veinticinco años luz de nuestro planeta. Siempre a nuestro alrededor hay alguien que expande su luz y nos ilumina sin que acertemos a explicar el por qué. La vida y los años me han enseñado que la belleza y el valor de determinadas personas es un término relativo pues en algunas se esconde en lo más recóndito de su ser. Tal vez sea el caso de mi compañera Vega, tan frágil en apariencia, pero llena de energía capaz de contagiar a los demás.

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Otra vez la fiebre del oro

 

     Hace escasamente una semana recibí un correo electrónico de Aizkorbe, el argentino trotamundos que navegó a lo largo de cuatro mil kilómetros por el río Congo y luego cubrió como fotógrafo de National Geographic una expedición neozelandesa al Everest. Bueno, pues resulta que a través de un intermediario chino, según él, digno de toda confianza, se ha enterado de que existe interés en reabrir una antigua mina de oro en Alaska. Me pregunta si estoy interesado en participar en la sociedad, me asegura que los chinos tienen un gran olfato para los negocios, dice que son como los antiguos judíos y que él ya ha invertido treinta mil dólares. Le contesto que no dudo de la capacidad de los chinos para los negocios pero que yo ahora mismo tengo una hipoteca y que a mi modesto entender eso está reñido con invertir en algo. Le digo también que mi interés en Alaska no va más allá de leer a mi admirado Jack London y sus maravillosas narraciones en aquel territorio blanco que tan bien retrató. Él me insiste en la viabilidad del proyecto, avalado por un importante geólogo y que con lo que gane liquidaré la hipoteca y se acabarán todos mis problemas. Le agradezco que se haya acordado de mí, pero le aseguro que ahora mismo no estoy interesado en invertir ni en minas de oro ni en criptomonedas y que lo único que de verdad deseo es una jubilación sin sobresaltos, poder dormir a pierna suelta y disfrutar con mi Banda de música. Me despido reiterándole mi gratitud y le deseo éxito en su aventura americana.

     Por lo que me cuenta, parece que ahora están en el proceso de obtener la licencia para la explotación de la obra. Que la administración norteamericana no ve con buenos ojos la presencia de China en territorio de Alaska y que en todo caso exige que tanto los ingenieros como el personal deben ser todos americanos, a cambio piden la supresión de aranceles para la exportación de automóviles americanos en China así como el 50% de la riqueza que obtengan de la mina y nuevos gestos hacia Taiwan. Me asegura que todo es geopolítica cuando dos potencias están enfrentadas y tienen que negociar. Lo entiendo perfectamente.

      A mí lo que me sorprende es la credulidad del personal ante proyectos de dudoso éxito. ¿Una mina de oro puede resultar rentable después de llevar cien años abandonada? Por qué los norteamericanos no lo han intentado  antes? Este Aizkorbe, tenía todos los aditamentos del más genuino argentino; era futbolero, pasional, siempre con su mate a todas horas, lector de Borges, pero al mismo tiempo una persona abierta a lo desconocido, aventurero, ácrata y según su confesión, ciudadano del mundo. Lo conocí en la empresa donde yo trabajaba, al año ya de cansó, pidió la cuenta y le perdí la pista. Cuando me lo encontré de nuevo, ya convertido en fotógrafo, lo que más deseaba era perderse por el mundo, no le hacía ascos a estar de un lado a otro. A pesar de nuestras diferencias el respeto era mutuo, de vez en cuando nos llamábamos; él decía que envidiaba mi estabilidad y el amor a la música. Yo, ante todo su libertad y su espíritu aventurero.

 

 

martes, 9 de junio de 2026

A vueltas con la cultura

 

     No me resulta fácil resumir en unas pocas líneas la experiencia de cuatro años en la Universidad para Mayores, a lo sumo decir que ahora soy algo menos ignorante que entonces.

     Yo fui un mal estudiante durante mis años de Bachillerato en Salamanca. Temía la hora de los exámenes, me bloqueaba. En COU me quedaron varias asignaturas, los estudios se me atragantaban y mi autoestima estaba por los suelos. Con veinte años me vine a Madrid al barrio de Vallecas, donde viví en una comuna durante varios años. Nosotros ya nos conocíamos, allí aprendí el valor de compartir, el respeto a los demás, el compromiso social, ellos fueron mi segunda familia. Empecé a trabajar y, aunque había sido un mal estudiante, siempre tuve en cuenta el amor a la cultura, al saber y al conocimiento, como el mejor método para alejarnos de la brutalidad y de la barbarie. Solucionar los conflictos con el uso de la fuerza no es una opción. Siempre se debe apostar por el diálogo y el uso de la razón. La brutalidad la hemos visto en Ucrania y recientemente en Gaza y en tantos otros lugares.

     Dos experiencias han marcado mi vida en los últimos años: hacer el Camino de Santiago y la Universidad. El primero lo hice hace cuatro años, unos días antes del comienzo en la Complutense. Caminar a lo largo de un mes es lo más parecido al camino de la vida. Aprendes de las dificultades, el sacrificio, el afán de superación, hay momentos en los que te preguntas  qué sentido tiene caminar día tras día, pero todo lo olvidé al llegar a Santiago. Fue mi particular viaje a Ítaca, siempre lo recordaré. Decir que esa experiencia me marcó me parece poco. Me faltaría espacio para describir aquí todo lo que aprendí en ese tiempo.

     Cruzarme en los pasillos de la universidad con chicos y chicas de veinte años me ha devuelto a mi época de estudiante, he sentido rejuvenecer. En estos momentos me gustaría hacer una mención a todos los profesores que he tenido a lo largo de mi formación, a los de antes y a los de ahora. De los de antes quiero tener un recuerdo para Juanito Gutiérrez, amigo de mi padre, a la sazón maestro republicano represaliado por el franquismo, el cual me dio clases particulares de Matemáticas durante las tardes de agosto de 1966 mientras mis amigos se iban a jugar al fútbol.  El álgebra y los polinomios no había manera de que me entraran en la cabeza. Me decía que más allá de las Matemáticas la misión del profesor y la del maestro tenía como fin educar para formar personas libres. Yo entonces no sabía lo que me quería decir. Ahora sí. Me acuerdo igualmente de mi abuelo materno, de profesión panadero, que debido a su curiosidad y las ganas de saber, con el tiempo fue también carpintero, electricista, apicultor y algún que otro oficio que ahora olvido. Todos los días leía la prensa. Y me acuerdo, por supuesto, de la profesora que me felicitó el primer año en clase por el trabajo que le había enviado. Yo, extrañado y confuso, lo primero que pensé era que se había equivocado de alumno.

     De mis compañeros diré que ninguno nos conocíamos al venir aquí, pero resulta que, sin saberlo, teníamos un pasado común porque fuimos testigos de la Transición, ese período tan ilusionante y convulso en la historia de nuestro país. Algunos, además de testigos, también fuimos sujetos activos, que coincidimos en manifestaciones, conocimos los métodos policiales y la cárcel. Teníamos alrededor de veinte años y anhelábamos un nuevo país, sin vencedores ni vencidos, un país con libertades, donde el acceso a la cultura no fuera un privilegio de unos pocos sino un derecho al alcance de todos. Los valores de nuestros padres ya no eran los nuestros.

     A todos los compañeros los tengo muy presentes al escribir estas líneas, de manera especial a Fernando y a Carmen, quienes de manera desinteresada nos han representado durante estos cuatro años. La Universidad Complutense me regaló momentos inolvidables junto a ellos: compartir tartas en la cafetería, las visitas a museos y a escuchar conferencias, las salidas en autocar para ver las Cuevas del Águila o a Pastrana…

     Para terminar, quiero repetir las palabras del himno universitario:” Viva la Academia, vivan los profesores”.

 

miércoles, 3 de junio de 2026

Un nuevo amor

 

     Hoy tengo otra vez consulta con mi doctora. No sé si inventarme cualquier excusa porque presiento que me hará preguntas incómodas, teniendo en cuenta que durante la última conversación que tuvimos por teléfono yo le comentaba mis dudas respecto de una relación sentimental que tenía con otra mujer cuarenta y tres años más joven que yo. Durante varios días estuve dándole vueltas al asunto, mis amigos envidiaban mi situación, pero una voz dentro de mí me decía que era conveniente conocer el punto de vista de una mujer en todo este proceso. Ellas tenían otra psicología diferente a la nuestra y ese fue el motivo de exponerle mis dudas, aunque a decir verdad, al principio me arrepentí.

     Mientras esperaba en la sala de espera noté mis manos sudorosas como un colegial en día de examen. Luego cuando entré en su despacho me saludó dándome la mano al tiempo que me obsequiaba con una sonrisa como siempre lo hacía. Mientras buscaba mi ficha le pregunté por su viaje a Zamora. Me contestó que fue debido a una herencia familiar y que ya estaba todo solucionado. Leyó unos momentos en mi ficha mientras yo me fijaba en sus voluminosas tetas.

     —Veamos, en la última conversación que tuvimos, me habló de que estaba en un mar de dudas respecto de una relación que mantenía con una mujer de veintinueve años. ¿Quiere que hablemos de esto?

       —Sí, ¿Por qué no? —respondí al instante, un tanto sorprendido.

     Ella adoptó una actitud favorecedora del diálogo dentro de unos márgenes de confianza mutua.

     —Sé que es un tema delicado pero me gustaría saber qué le impulsó a esa relación sabiendo la diferencia de edad entre ustedes.

     —Verá, yo soy una persona muy enamoradiza. Lo mío es amor a primera vista.

     —¿Qué le atrae de ella, puede describirla?

     —Todo. Su boca sensual, el pelo moreno, sus ojos verdes…

     —¿Tienen alguna afición en común?

     —A los dos nos encanta el mar.

     —¿Y ella qué ve en usted?

     —Dice que le aporto seguridad y equilibrio.

     —¿Ha tenido intimidad con ella? ¿Se han acostado?

     —Sí claro, estuvimos un fin de semana en el velero dando un paseo por la costa.

     —¿Lo sabe su mujer?

     —Sí, lo hablé el otro día con ella.

     —¿Y?

     —Ella quiere que la deje tranquila. Es que yo soy un sátiro, ¿comprende?

     —Si, ya me he dado cuenta. Ah, pues eso facilita mucho las cosas.

     —Usted cree?

     —Por supuesto. Cambiar las cosas para que todo siga igual ¿no es eso? Bueno y sus hijos ¿Qué dicen?

     —No me hablan. Presionan a su madre para que nos divorciemos pero yo no quiero.

     —A ver. ¿Quiere que le dé mi opinión?

     —Sí claro, por supuesto.

     —Yo creo que usted sufre de inestabilidad emocional. Pienso que tiene idealizado el amor. ¿De verdad se cree que esa persona no va a buscar a alguien más acorde con su edad cuando le vea a usted más arrugado que una pasa? Mi obligación no es decir lo que el cliente quiere escuchar sino abrirle los ojos a la realidad. Puede usted tomar la decisión que quiera pero tenga en cuenta que ella pertenece a una generación diferente a la suya.