No me resulta
fácil resumir en unas pocas líneas la experiencia de cuatro años en la
Universidad para Mayores, a lo sumo decir que ahora soy algo menos ignorante
que entonces.
Yo fui un mal estudiante durante mis años de Bachillerato en Salamanca. Temía la hora de los
exámenes, me bloqueaba. En COU me quedaron varias asignaturas, los estudios se
me atragantaban y mi autoestima estaba por los suelos. Con veinte años me vine
a Madrid al barrio de Vallecas, donde viví en una comuna durante varios años.
Nosotros ya nos conocíamos, allí aprendí el valor de compartir, el respeto a
los demás, el compromiso social, ellos fueron mi segunda familia. Empecé a
trabajar y, aunque había sido un mal estudiante, siempre tuve en cuenta el amor
a la cultura, al saber y al conocimiento, como el mejor método para alejarnos
de la brutalidad y de la barbarie. Solucionar los conflictos con el uso de la
fuerza no es una opción. Siempre se debe apostar por el diálogo y el uso de la
razón. La brutalidad la hemos visto en Ucrania y recientemente en Gaza y en
tantos otros lugares.
Dos experiencias
han marcado mi vida en los últimos años: hacer el Camino de Santiago y la
Universidad. El primero lo hice hace cuatro años, unos días antes del comienzo
en la Complutense. Caminar a lo largo de un mes es lo más parecido al camino de
la vida. Aprendes de las dificultades, el sacrificio, el afán de superación, hay
momentos en los que te preguntas qué
sentido tiene caminar día tras día, pero todo lo olvidé al llegar a Santiago. Fue
mi particular viaje a Ítaca, siempre lo recordaré. Decir que esa experiencia me
marcó me parece poco. Me faltaría espacio para describir aquí todo lo que
aprendí en ese tiempo.
Cruzarme en los
pasillos de la universidad con chicos y chicas de veinte años me ha devuelto a
mi época de estudiante, he sentido rejuvenecer. En estos momentos me gustaría hacer
una mención a todos los profesores que he tenido a lo largo de mi formación, a
los de antes y a los de ahora. De los de antes quiero tener un recuerdo para
Juanito Gutiérrez, amigo de mi padre, a la sazón maestro republicano represaliado
por el franquismo, el cual me dio clases particulares de Matemáticas durante las
tardes de agosto de 1966 mientras mis amigos se iban a jugar al fútbol. El álgebra y los polinomios no había manera de
que me entraran en la cabeza. Me decía que más allá de las Matemáticas la
misión del profesor y la del maestro tenía como fin educar para formar personas
libres. Yo entonces no sabía lo que me quería decir. Ahora sí. Me acuerdo igualmente
de mi abuelo materno, de profesión panadero, que debido a su curiosidad y las
ganas de saber, con el tiempo fue también carpintero, electricista, apicultor y
algún que otro oficio que ahora olvido. Todos los días leía la prensa. Y me acuerdo,
por supuesto, de la profesora que me felicitó el primer año en clase por el
trabajo que le había enviado. Yo, extrañado y confuso, lo primero que pensé era
que se había equivocado de alumno.
De mis compañeros
diré que ninguno nos conocíamos al venir aquí, pero resulta que, sin saberlo, teníamos
un pasado común porque fuimos testigos de la Transición, ese período tan ilusionante
y convulso en la historia de nuestro país. Algunos, además de testigos, también
fuimos sujetos activos, que coincidimos en manifestaciones, conocimos los
métodos policiales y la cárcel. Teníamos alrededor de veinte años y anhelábamos
un nuevo país, sin vencedores ni vencidos, un país con libertades, donde el
acceso a la cultura no fuera un privilegio de unos pocos sino un derecho al
alcance de todos. Los valores de nuestros padres ya no eran los nuestros.
A todos los
compañeros los tengo muy presentes al escribir estas líneas, de manera especial
a Fernando y a Carmen, quienes de manera desinteresada nos han representado durante
estos cuatro años. La Universidad Complutense me regaló momentos inolvidables
junto a ellos: compartir tartas en la cafetería, las visitas a museos y a escuchar conferencias, las salidas en autocar para ver las Cuevas del Águila o a Pastrana…
Para terminar,
quiero repetir las palabras del himno universitario:” Viva la Academia,
vivan los profesores”.
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