El tema del
espacio y del cosmos siempre me interesó, pero hubo un tiempo hace años en que
me fascinó de tal manera que aproveché para hacer un curso de varios meses de
Astronomía sobre planetas, constelaciones y cielo profundo en la sede de la
Agrupación Astronómica de Madrid, de la que por cierto el actual Rey era el
presidente de honor por aquel entonces (creo que era alrededor de 2004). Veinte
años después de terminado el curso sigo preguntándome qué es eso del cielo
profundo y la materia oscura o de qué
manera se expande el universo. El curso terminaba con una salida al campo con
telescopios una noche de verano acompañados por un monitor. Digamos que el
impulso definitivo para hacerlo fue el regalo que me hizo mi hermana Celia de
un telescopio. Me dije que ya que disponía de esa herramienta el siguiente paso
era aprender a manejarlo. Ni qué decir tiene que disfruté viendo los cráteres
de la Luna, el color rojo anaranjado de Marte, las cuatro lunas galileanas de
Júpiter y los anillos de Saturno.
Entre las
estrellas más brillantes del firmamento se encuentra Vega, que junto a Altair y
Deneb conforman la constelación de la Lyra, la cual se observa muy fácilmente
durante las noches de verano. Vega era la estrella sobre la que apuntaba el eje de la Tierra hace
unos 13.000 años debido a la precesión de los equinoccios. Era lo que hoy es la
estrella Polar. Para explicar eso resulta muy ilustrativo el movimiento de una
peonza cuando la tiramos al suelo con una cuerda; al perder fuerza empieza a
cabecear. Es lo que hace la Tierra cada 20.000 años.
Hace unos meses en
la Banda de música donde yo toco se incorporó una nueva compañera con el
trombón. No es ni guapa ni fea, tiene gafas y el pelo rizado, de unos treinta
años. Se llama Vega, musicalmente está muy preparada, se sienta junto a mí y me
dijo el otro día que había vuelto a recuperar la pasión por la música después
de ser madre. Los ensayos no son iguales sin ella pues aporta gracia y
frescura. Los días que falla debido a sus obligaciones, los ensayos me resultan
aburridos, plomizos y vuelvo a casa con una pequeña decepción. No sabe que
estoy secretamente enamorado de ella, en fin, es de esos amores platónicos que
no van a ninguna parte, porque no tienen base en la vida real. Sin embargo,
cuando está ella todo a su alrededor se ilumina, es entonces cuando me acuerdo
de la estrella Vega, situada a veinticinco años luz de nuestro planeta. Siempre
a nuestro alrededor hay alguien que expande su luz y nos ilumina sin que
acertemos a explicar el por qué. La vida y los años me han enseñado que la
belleza y el valor de determinadas personas es un término relativo pues en
algunas se esconde en lo más recóndito de su ser. Tal vez sea el caso de mi
compañera Vega, tan frágil en apariencia, pero llena de energía capaz de
contagiar a los demás.
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