Hace escasamente
una semana recibí un correo electrónico de Aizkorbe, el argentino trotamundos
que navegó a lo largo de cuatro mil kilómetros por el río Congo y luego cubrió
como fotógrafo de National Geographic una expedición neozelandesa al Everest.
Bueno, pues resulta que a través de un intermediario chino, según él, digno de
toda confianza, se ha enterado de que existe interés en reabrir una antigua
mina de oro en Alaska. Me pregunta si estoy interesado en participar en la
sociedad, me asegura que los chinos tienen un gran olfato para los negocios,
dice que son como los antiguos judíos y que él ya ha invertido treinta mil
dólares. Le contesto que no dudo de la capacidad de los chinos para los
negocios pero que yo ahora mismo tengo una hipoteca y que a mi modesto entender
eso está reñido con invertir en algo. Le digo también que mi interés en Alaska
no va más allá de leer a mi admirado Jack London y sus maravillosas narraciones
en aquel territorio blanco que tan bien retrató. Él me insiste en la viabilidad
del proyecto, avalado por un importante geólogo y que con lo que gane liquidaré
la hipoteca y se acabarán todos mis problemas. Le agradezco que se haya
acordado de mí, pero le aseguro que ahora mismo no estoy interesado en invertir
ni en minas de oro ni en criptomonedas y que lo único que de verdad deseo es
una jubilación sin sobresaltos, poder dormir a pierna suelta y disfrutar con mi
Banda de música. Me despido reiterándole mi gratitud y le deseo éxito en su
aventura americana.
Por lo que me
cuenta, parece que ahora están en el proceso de obtener la licencia para la
explotación de la obra. Que la administración norteamericana no ve con buenos
ojos la presencia de China en territorio de Alaska y que en todo caso exige que
tanto los ingenieros como el personal deben ser todos americanos, a cambio
piden la supresión de aranceles para la exportación de automóviles americanos
en China así como el 50% de la riqueza que obtengan de la mina y nuevos gestos
hacia Taiwan. Me asegura que todo es geopolítica cuando dos potencias están
enfrentadas y tienen que negociar. Lo entiendo perfectamente.
A mí lo que me
sorprende es la credulidad del personal ante proyectos de dudoso éxito. ¿Una
mina de oro puede resultar rentable después de llevar cien años abandonada? Por
qué los norteamericanos no lo han intentado antes? Este Aizkorbe, tenía todos los
aditamentos del más genuino argentino; era futbolero, pasional, siempre con su
mate a todas horas, lector de Borges, pero al mismo tiempo una persona abierta
a lo desconocido, aventurero, ácrata y según su confesión, ciudadano del mundo.
Lo conocí en la empresa donde yo trabajaba, al año ya de cansó, pidió la cuenta
y le perdí la pista. Cuando me lo encontré de nuevo, ya convertido en
fotógrafo, lo que más deseaba era perderse por el mundo, no le hacía ascos a
estar de un lado a otro. A pesar de nuestras diferencias el respeto era mutuo, de
vez en cuando nos llamábamos; él decía que envidiaba mi estabilidad y el amor a
la música. Yo, ante todo su libertad y su espíritu aventurero.
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