miércoles, 17 de junio de 2026

Otra vez la fiebre del oro

 

     Hace escasamente una semana recibí un correo electrónico de Aizkorbe, el argentino trotamundos que navegó a lo largo de cuatro mil kilómetros por el río Congo y luego cubrió como fotógrafo de National Geographic una expedición neozelandesa al Everest. Bueno, pues resulta que a través de un intermediario chino, según él, digno de toda confianza, se ha enterado de que existe interés en reabrir una antigua mina de oro en Alaska. Me pregunta si estoy interesado en participar en la sociedad, me asegura que los chinos tienen un gran olfato para los negocios, dice que son como los antiguos judíos y que él ya ha invertido treinta mil dólares. Le contesto que no dudo de la capacidad de los chinos para los negocios pero que yo ahora mismo tengo una hipoteca y que a mi modesto entender eso está reñido con invertir en algo. Le digo también que mi interés en Alaska no va más allá de leer a mi admirado Jack London y sus maravillosas narraciones en aquel territorio blanco que tan bien retrató. Él me insiste en la viabilidad del proyecto, avalado por un importante geólogo y que con lo que gane liquidaré la hipoteca y se acabarán todos mis problemas. Le agradezco que se haya acordado de mí, pero le aseguro que ahora mismo no estoy interesado en invertir ni en minas de oro ni en criptomonedas y que lo único que de verdad deseo es una jubilación sin sobresaltos, poder dormir a pierna suelta y disfrutar con mi Banda de música. Me despido reiterándole mi gratitud y le deseo éxito en su aventura americana.

     Por lo que me cuenta, parece que ahora están en el proceso de obtener la licencia para la explotación de la obra. Que la administración norteamericana no ve con buenos ojos la presencia de China en territorio de Alaska y que en todo caso exige que tanto los ingenieros como el personal deben ser todos americanos, a cambio piden la supresión de aranceles para la exportación de automóviles americanos en China así como el 50% de la riqueza que obtengan de la mina y nuevos gestos hacia Taiwan. Me asegura que todo es geopolítica cuando dos potencias están enfrentadas y tienen que negociar. Lo entiendo perfectamente.

      A mí lo que me sorprende es la credulidad del personal ante proyectos de dudoso éxito. ¿Una mina de oro puede resultar rentable después de llevar cien años abandonada? Por qué los norteamericanos no lo han intentado  antes? Este Aizkorbe, tenía todos los aditamentos del más genuino argentino; era futbolero, pasional, siempre con su mate a todas horas, lector de Borges, pero al mismo tiempo una persona abierta a lo desconocido, aventurero, ácrata y según su confesión, ciudadano del mundo. Lo conocí en la empresa donde yo trabajaba, al año ya de cansó, pidió la cuenta y le perdí la pista. Cuando me lo encontré de nuevo, ya convertido en fotógrafo, lo que más deseaba era perderse por el mundo, no le hacía ascos a estar de un lado a otro. A pesar de nuestras diferencias el respeto era mutuo, de vez en cuando nos llamábamos; él decía que envidiaba mi estabilidad y el amor a la música. Yo, ante todo su libertad y su espíritu aventurero.

 

 

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