Hoy tengo otra vez
consulta con mi doctora. No sé si inventarme cualquier excusa porque presiento
que me hará preguntas incómodas, teniendo en cuenta que durante la última
conversación que tuvimos por teléfono yo le comentaba mis dudas respecto de una
relación sentimental que tenía con otra mujer cuarenta y tres años más joven
que yo. Durante varios días estuve dándole vueltas al asunto, mis amigos envidiaban
mi situación, pero una voz dentro de mí me decía que era conveniente conocer el
punto de vista de una mujer en todo este proceso. Ellas tenían otra psicología
diferente a la nuestra y ese fue el motivo de exponerle mis dudas, aunque a
decir verdad, al principio me arrepentí.
Mientras esperaba
en la sala de espera noté mis manos sudorosas como un colegial en día de
examen. Luego cuando entré en su despacho me saludó dándome la mano al tiempo
que me obsequiaba con una sonrisa como siempre lo hacía. Mientras buscaba mi
ficha le pregunté por su viaje a Zamora. Me contestó que fue debido a una
herencia familiar y que ya estaba todo solucionado. Leyó unos momentos en mi
ficha mientras yo me fijaba en sus voluminosas tetas.
—Veamos, en la
última conversación que tuvimos, me habló de que estaba en un mar de dudas
respecto de una relación que mantenía con una mujer de veintinueve años.
¿Quiere que hablemos de esto?
—Sí, ¿Por qué no?
—respondí al instante, un tanto sorprendido.
Ella adoptó una
actitud favorecedora del diálogo dentro de unos márgenes de confianza mutua.
—Sé que es un tema
delicado pero me gustaría saber qué le impulsó a esa relación sabiendo la
diferencia de edad entre ustedes.
—Verá, yo soy una
persona muy enamoradiza. Lo mío es amor a primera vista.
—¿Qué le atrae de
ella, puede describirla?
—Todo. Su boca
sensual, el pelo moreno, sus ojos verdes…
—¿Tienen alguna
afición en común?
—A los dos nos
encanta el mar.
—¿Y ella qué ve en
usted?
—Dice que le
aporto seguridad y equilibrio.
—¿Ha tenido
intimidad con ella? ¿Se han acostado?
—Sí claro,
estuvimos un fin de semana en el velero dando un paseo por la costa.
—¿Lo sabe su
mujer?
—Sí, lo hablé el
otro día con ella.
—¿Y?
—Ella quiere que
la deje tranquila. Es que yo soy un sátiro, ¿comprende?
—Si, ya me he dado
cuenta. Ah, pues eso facilita mucho las cosas.
—Usted cree?
—Por supuesto.
Cambiar las cosas para que todo siga igual ¿no es eso? Bueno y sus hijos ¿Qué
dicen?
—No me hablan.
Presionan a su madre para que nos divorciemos pero yo no quiero.
—A ver. ¿Quiere
que le dé mi opinión?
—Sí claro, por
supuesto.
—Yo creo que usted
sufre de inestabilidad emocional. Pienso que tiene idealizado el amor. ¿De
verdad se cree que esa persona no va a buscar a alguien más acorde con su edad
cuando le vea a usted más arrugado que una pasa? Mi obligación no es decir lo
que el cliente quiere escuchar sino abrirle los ojos a la realidad. Puede usted
tomar la decisión que quiera pero tenga en cuenta que ella pertenece a una generación
diferente a la suya.
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