Imagino que mis queridos lectores recuerdan a Aizkorbe, el amigo
trotamundos argentino de ascendencia navarra. Hablé de él en este mismo post
cuando me lo encontré por casualidad hace ya unos meses por la calle y me
estuvo contando su viaje a través del río Congo en África, un viaje a bordo de
un barco sobrecargado de pasajeros, desde su nacimiento hasta su desembocadura
en el Atlántico, un viaje de 4.700 kilómetros. Me llamó hace unos días por
teléfono desde Nepal diciendo que había hecho un reportaje fotográfico para la
revista National Geografic acompañando a una expedición neozelandesa que
pretendía escalar el Everest, por si quería que nos viésemos para charlar un
rato mientras tomábamos un café.
—Disfruté bárbaro,
una expedición fantástica —me respondió cuando le pregunté por la experiencia
nada más verle.
Aizkorbe siempre
era un tipo interesante, gran viajero, gustaba de hablar intercalando toda
clase de anécdotas divertidas. Para aclimatarse, dice que estuvo una semana en
los Alpes a unos cuatro mil metros para hacer frente a los desafíos de las
grandes montañas del Himalaya.
—Cuando estábamos
a casi siete mil metros estuve a punto de morir. Un sherpa llamado Tenzing
Norgay me salvó la vida cuando resbalé por una ladera que terminaba en una
grieta en el hielo de cincuenta metros de profundidad. Nunca le estaré lo
suficientemente agradecido. Diez días más tarde me invitó a conocer su casa,
una vivienda humilde donde lo más lujoso era un aparato de televisión, su única
conexión con el mundo, aparte de los escaladores para los que trabajaba. Quise
regalarle una cámara de fotos pero muy cortés me dijo que no necesitaba nada,
que mi presencia en su hogar ya era suficiente regalo. Me preguntó que de dónde
era y le dije que de ningún sitio, que había nacido en Argentina pero que ahora
vivía en Madrid y que en un futuro donde la vida me llame. Recuerdo la mirada
de sus chiquillos escuchando las explicaciones de un extraño. Junto a la casa
tenía un pequeño huerto, unas gallinas y un par de cabras. Le pregunté si le
gustaría tener otro tipo de vida y me dijo que no, que ser guía de la montaña
sagrada ya era un honor y que la gente lo respetaba, que había hecho más de
veinte ascensiones pero que no deseaba esa clase de vida para sus hijos. La
sencillez de su vida fue lo que más me conmovió.
Quise saber cuánto
de dura era la ascensión a la cumbre, si era verdad que había colas para llegar
a la cima.
—A partir de siete
mil metros un sherpa me acompañó en todo momento indicando cómo debía hacer la
ascensión. Los sherpas hablan todo tipo de idiomas, son como los camareros de
la costa de aquí. Los mejores meses son en primavera, luego llega el monzón y
las ventiscas y aludes son muy peligrosos. Todos los años cerca de mil personas
hacen cumbre en el Everest. Toda la épica de la ascensión se me desmoronó cuando vi una caravana de gente para llegar
arriba, pero lo que más me impactó por lo insólito, fue la petición de
matrimonio rodilla en tierra (nieve), de
un montañero a su pareja en lo alto de la montaña.
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