sábado, 28 de marzo de 2026

Un parque temático en el Everest

 

     Imagino que mis queridos lectores recuerdan a Aizkorbe, el amigo trotamundos argentino de ascendencia navarra. Hablé de él en este mismo post cuando me lo encontré por casualidad hace ya unos meses por la calle y me estuvo contando su viaje a través del río Congo en África, un viaje a bordo de un barco sobrecargado de pasajeros, desde su nacimiento hasta su desembocadura en el Atlántico, un viaje de 4.700 kilómetros. Me llamó hace unos días por teléfono desde Nepal diciendo que había hecho un reportaje fotográfico para la revista National Geografic acompañando a una expedición neozelandesa que pretendía escalar el Everest, por si quería que nos viésemos para charlar un rato mientras tomábamos un café.

     —Disfruté bárbaro, una expedición fantástica —me respondió cuando le pregunté por la experiencia nada más verle.

      Aizkorbe siempre era un tipo interesante, gran viajero, gustaba de hablar intercalando toda clase de anécdotas divertidas. Para aclimatarse, dice que estuvo una semana en los Alpes a unos cuatro mil metros para hacer frente a los desafíos de las grandes montañas del Himalaya.

     —Cuando estábamos a casi siete mil metros estuve a punto de morir. Un sherpa llamado Tenzing Norgay me salvó la vida cuando resbalé por una ladera que terminaba en una grieta en el hielo de cincuenta metros de profundidad. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido. Diez días más tarde me invitó a conocer su casa, una vivienda humilde donde lo más lujoso era un aparato de televisión, su única conexión con el mundo, aparte de los escaladores para los que trabajaba. Quise regalarle una cámara de fotos pero muy cortés me dijo que no necesitaba nada, que mi presencia en su hogar ya era suficiente regalo. Me preguntó que de dónde era y le dije que de ningún sitio, que había nacido en Argentina pero que ahora vivía en Madrid y que en un futuro donde la vida me llame. Recuerdo la mirada de sus chiquillos escuchando las explicaciones de un extraño. Junto a la casa tenía un pequeño huerto, unas gallinas y un par de cabras. Le pregunté si le gustaría tener otro tipo de vida y me dijo que no, que ser guía de la montaña sagrada ya era un honor y que la gente lo respetaba, que había hecho más de veinte ascensiones pero que no deseaba esa clase de vida para sus hijos. La sencillez de su vida fue lo que más me conmovió.

     Quise saber cuánto de dura era la ascensión a la cumbre, si era verdad que había colas para llegar a la cima.

     —A partir de siete mil metros un sherpa me acompañó en todo momento indicando cómo debía hacer la ascensión. Los sherpas hablan todo tipo de idiomas, son como los camareros de la costa de aquí. Los mejores meses son en primavera, luego llega el monzón y las ventiscas y aludes son muy peligrosos. Todos los años cerca de mil personas hacen cumbre en el Everest. Toda la épica de la ascensión se me desmoronó  cuando vi una caravana de gente para llegar arriba, pero lo que más me impactó por lo insólito, fue la petición de matrimonio rodilla en tierra (nieve),  de un montañero a su pareja en lo alto de la montaña.

    

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