Soy aficionado a
hacer senderismo en alta montaña. Cierto día del mes de diciembre de hace
muchos años me reuní con tres amigos que estudiaban conmigo Ciencias de la
Información para hacer una ruta en los Pirineos. Las previsiones garantizaban
una mañana sin contratiempos, lo cual nos dejó hacer una buena marcha hasta
donde nos lo permitió la espesa niebla que ya empezaba a cubrir la cima de la
montaña. Por suerte encontramos un refugio cerca de allí con abundante leña y
algo de comida enlatada que nos proporcionaron calor y cobijo durante el tiempo
que necesitáramos. Encendimos la chimenea y pusimos a secar la ropa algo
empapada que traíamos. Poco después la niebla se disipó y cuando estábamos a
punto de salir unos copos de nieve hicieron acto de presencia, al principio débiles,
pero después poco a poco fueron tomando fuerza. Eran algo más de las cinco de
la tarde y el cielo se ennegreció rápidamente. Estuvimos debatiendo y decidimos
que lo más práctico era hacer noche allí puesto que disponíamos sacos de dormir
y además el coche lo habíamos dejado a unas dos horas de camino. Nos pusimos
también de acuerdo en que consumiéramos la comida que llevábamos en nuestras
mochilas y dejar la comida que allí había para quien de verdad la necesitara.
Después de cenar
estuvimos jugando a las cartas y cuando ya nos cansamos alguien propuso que
quien supiera de alguna historia original digna de ser contada la pusiera en
común delante de los demás. Yo aproveché para salir un momento del refugio pero
segundos después tuve que cerrar la puerta debido a la ventisca que a esa hora
estaba azotando la zona. La conversación había derivado en torno a las series
de televisión que en esos momentos tenían más éxito. Decidí que había llegado
el momento de comunicar algo que llevaba en mi interior.
—Creo que yo tengo
una historia que a lo mejor os apetece escuchar —dije de pronto y enseguida
todos callaron.
—El año 1952 mi
abuelo materno hizo un viaje a Bilbao con el fin de acompañar a su hija que debía
embarcar allí rumbo a Argentina. Una vez que se despidieron, mi abuelo se
dedicó a visitar la ciudad hasta la salida del autobús que le traería de vuelta
a Pamplona. Cuando se cansó de andar y de recorrer las calles más emblemáticas
de la ciudad, se sentó en un banco junto a la ría, triste y pesaroso pensando
en su hija que acababa de zarpar. Observando la ría, un objeto le llamó
poderosamente la atención; un objeto brillante debido al sol destacaba sobre el
agua sin llegar a hundirse. Al principio pensó que se trataba de un plástico de
forma redondeada pero no lo era. Siguió observando, estaba subiendo la marea,
un agua parduzca, casi negra, impregnaba la ría. Como el objeto seguía flotando
mi abuelo quiso cerciorarse para ver de qué se trataba. Cogió la pequeña rama
de un árbol que estaba en el suelo y bajó despacio las escaleras cuidando de no
resbalarse y caer al agua que en esos momentos era de pleamar. Cuando lo tuvo
cerca no se lo podía creer, se trataba de un plato de cerámica pero le llamó la
atención la inscripción en el centro que ponía “White Star Line”
junto a una bandera de fondo rojo ondeando al viento. Estuvo dudando si cogerlo
o no, al final, curioso por la inscripción del plato se hizo con él, lo metió
en una bolsa de plástico que luego vio en la calle y se fue a la estación de
autobuses para su vuelta a Pamplona.
<<Mi abuelo
era de profesión panadero pero era un hombre de mil facetas debido a su
curiosidad. Fue también carpintero, electricista, soldador, hortelano,
apicultor… Era un hombre culto, todos los días recibía el Diario Vasco que un
amigo suyo que trabajaba en prensa le enviaba desde San Sebastián. En 1953 se
suscribió a la revista norteamericana Reader`s Digest que a partir del
año anterior se editaba también en español. Era una revista familiar de
información general. En uno de los primeros ejemplares que recibió hablaba en
un amplio reportaje, acerca del hundimiento en las gélidas aguas del Atlántico
en 1912 del Titanic mientras se dirigía a Nueva York. En aquel extenso artículo
no solo hablaba del transatlántico, sino también de la compañía naviera White
Star Line, fundada en 1870 y propietaria del Titanic y de su buque gemelo
Britannic, torpedeado por los alemanes en la primera guerra mundial. Cuando mi
abuelo leyó esto tuvo un pálpito, recordaba vagamente el nombre de la compañía
e inmediatamente subió al desván en busca del plato para confirmar su
autenticidad.
Observé a mis
acompañantes mientras hablaba. En sus miradas percibí interés, apenas
pestañeaban. Hice una pausa deliberada para poner en orden mis ideas, un relato
que en mi casa se había repetido decenas de veces y que mis hermanas y yo nos
sabíamos de memoria. Bebí un vaso de agua y proseguí.
<<Meses más
tarde mis abuelos recibieron una invitación de boda. Se casaba la hija de su
jefe, propietario de la central eléctrica de la que mi abuelo era el encargado.
Antiguamente no era frecuente regalar dinero a los novios sino más bien
artículos de menaje como juegos de tazas de café, cubertería de plata,
artículos religiosos, toallas, sobrecamas, etc. Mis abuelos estaban azorados
porque se trataba de gente de otra clase social y no sabían qué regalar. Como
no tenían dinero ni nada apropiado que regalar mi abuelo decidió que tal vez el
plato fuera un regalo lo suficientemente
valioso y reconocido. Él mismo
fabricó un estuche de madera y el día de la boda les dijo a los novios, no sin
cierta timidez, que el objeto que había dentro había hecho un viaje de unos
seis mil kilómetros por mar a lo largo de cuarenta años y que posiblemente se
tratara de un objeto de gran valor.
Cuando terminé el
relato mis amigos se quedaron en silencio. Luego, cuando se repusieron de la
sorpresa, uno de ellos exclamó.
—No jodas que lo
regalaron.
Yo asentí con la
cabeza sin decir una palabra.
*A la memoria de mis abuelos Dionisio y Salus. In
memoriam.
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