viernes, 24 de abril de 2026

Un plato del Titanic*

 

     Soy aficionado a hacer senderismo en alta montaña. Cierto día del mes de diciembre de hace muchos años me reuní con tres amigos que estudiaban conmigo Ciencias de la Información para hacer una ruta en los Pirineos. Las previsiones garantizaban una mañana sin contratiempos, lo cual nos dejó hacer una buena marcha hasta donde nos lo permitió la espesa niebla que ya empezaba a cubrir la cima de la montaña. Por suerte encontramos un refugio cerca de allí con abundante leña y algo de comida enlatada que nos proporcionaron calor y cobijo durante el tiempo que necesitáramos. Encendimos la chimenea y pusimos a secar la ropa algo empapada que traíamos. Poco después la niebla se disipó y cuando estábamos a punto de salir unos copos de nieve hicieron acto de presencia, al principio débiles, pero después poco a poco fueron tomando fuerza. Eran algo más de las cinco de la tarde y el cielo se ennegreció rápidamente. Estuvimos debatiendo y decidimos que lo más práctico era hacer noche allí puesto que disponíamos sacos de dormir y además el coche lo habíamos dejado a unas dos horas de camino. Nos pusimos también de acuerdo en que consumiéramos la comida que llevábamos en nuestras mochilas y dejar la comida que allí había para quien de verdad la necesitara.

     Después de cenar estuvimos jugando a las cartas y cuando ya nos cansamos alguien propuso que quien supiera de alguna historia original digna de ser contada la pusiera en común delante de los demás. Yo aproveché para salir un momento del refugio pero segundos después tuve que cerrar la puerta debido a la ventisca que a esa hora estaba azotando la zona. La conversación había derivado en torno a las series de televisión que en esos momentos tenían más éxito. Decidí que había llegado el momento de comunicar algo que llevaba en mi interior.

     —Creo que yo tengo una historia que a lo mejor os apetece escuchar —dije de pronto y enseguida todos callaron.

     —El año 1952 mi abuelo materno hizo un viaje a Bilbao con el fin de acompañar a su hija que debía embarcar allí rumbo a Argentina. Una vez que se despidieron, mi abuelo se dedicó a visitar la ciudad hasta la salida del autobús que le traería de vuelta a Pamplona. Cuando se cansó de andar y de recorrer las calles más emblemáticas de la ciudad, se sentó en un banco junto a la ría, triste y pesaroso pensando en su hija que acababa de zarpar. Observando la ría, un objeto le llamó poderosamente la atención; un objeto brillante debido al sol destacaba sobre el agua sin llegar a hundirse. Al principio pensó que se trataba de un plástico de forma redondeada pero no lo era. Siguió observando, estaba subiendo la marea, un agua parduzca, casi negra, impregnaba la ría. Como el objeto seguía flotando mi abuelo quiso cerciorarse para ver de qué se trataba. Cogió la pequeña rama de un árbol que estaba en el suelo y bajó despacio las escaleras cuidando de no resbalarse y caer al agua que en esos momentos era de pleamar. Cuando lo tuvo cerca no se lo podía creer, se trataba de un plato de cerámica pero le llamó la atención la inscripción en el centro que ponía “White Star Line” junto a una bandera de fondo rojo ondeando al viento. Estuvo dudando si cogerlo o no, al final, curioso por la inscripción del plato se hizo con él, lo metió en una bolsa de plástico que luego vio en la calle y se fue a la estación de autobuses para su vuelta a Pamplona.

     <<Mi abuelo era de profesión panadero pero era un hombre de mil facetas debido a su curiosidad. Fue también carpintero, electricista, soldador, hortelano, apicultor… Era un hombre culto, todos los días recibía el Diario Vasco que un amigo suyo que trabajaba en prensa le enviaba desde San Sebastián. En 1953 se suscribió a la revista norteamericana Reader`s Digest que a partir del año anterior se editaba también en español. Era una revista familiar de información general. En uno de los primeros ejemplares que recibió hablaba en un amplio reportaje, acerca del hundimiento en las gélidas aguas del Atlántico en 1912 del Titanic mientras se dirigía a Nueva York. En aquel extenso artículo no solo hablaba del transatlántico, sino también de la compañía naviera White Star Line, fundada en 1870 y propietaria del Titanic y de su buque gemelo Britannic, torpedeado por los alemanes en la primera guerra mundial. Cuando mi abuelo leyó esto tuvo un pálpito, recordaba vagamente el nombre de la compañía e inmediatamente subió al desván en busca del plato para confirmar su autenticidad.

     Observé a mis acompañantes mientras hablaba. En sus miradas percibí interés, apenas pestañeaban. Hice una pausa deliberada para poner en orden mis ideas, un relato que en mi casa se había repetido decenas de veces y que mis hermanas y yo nos sabíamos de memoria. Bebí un vaso de agua y proseguí.

     <<Meses más tarde mis abuelos recibieron una invitación de boda. Se casaba la hija de su jefe, propietario de la central eléctrica de la que mi abuelo era el encargado. Antiguamente no era frecuente regalar dinero a los novios sino más bien artículos de menaje como juegos de tazas de café, cubertería de plata, artículos religiosos, toallas, sobrecamas, etc. Mis abuelos estaban azorados porque se trataba de gente de otra clase social y no sabían qué regalar. Como no tenían dinero ni nada apropiado que regalar mi abuelo decidió que tal vez el plato fuera un regalo lo suficientemente  valioso y reconocido.  Él mismo fabricó un estuche de madera y el día de la boda les dijo a los novios, no sin cierta timidez, que el objeto que había dentro había hecho un viaje de unos seis mil kilómetros por mar a lo largo de cuarenta años y que posiblemente se tratara de un objeto de gran valor.

     Cuando terminé el relato mis amigos se quedaron en silencio. Luego, cuando se repusieron de la sorpresa, uno de ellos exclamó.

     —No jodas que lo regalaron.

     Yo asentí con la cabeza sin decir una palabra.

    

 

*A la memoria de mis abuelos Dionisio y Salus. In memoriam.

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