domingo, 25 de octubre de 2020

Miedos infantiles

 

     Nos piden en el Taller de Escritura Creativa al que asisto,  que escribamos  algún relato de miedo  que hayamos vivido durante la infancia. Parto de la evidencia de que  contarlo no es lo mismo que vivirlo. Hoy estos episodios darían risa, pero situándonos en el tiempo y las circunstancias en que los viví, puedo asegurar que no me parecieron ninguna broma. Dos son los sucesos que me marcaron y que ahora quiero referir.

     Cuando yo tenía tres años mis padres me llevaron de paseo una tarde de domingo de primavera. Durante el recorrido pasamos por la estación de ferrocarril. Observar el trasiego de gente siempre era un buen motivo de distracción en un tiempo en el que las opciones de ocio, sobre todo en un entorno rural, eran más bien escasas. En el momento en  que llegamos, la megafonía anunció la llegada de un tren expreso. Conforme se acercaba aquella máquina que rugía, mis temores se fueron acrecentando. Minutos más tarde el tren se detuvo en la estación. Ver el humo, las chispas que salían de la panza de la locomotora de vapor  y los resoplidos de ésta me produjeron un espanto que todavía hoy recuerdo. Apreté a correr para escapar de aquella visión y cuando mi padre me alcanzó me tomó en brazos tratando de tranquilizarme. Miré al maquinista y al fogonero. Llevaban un pañuelo en la cabeza y tenían la cara tiznada de carbón, lo cual aumentaba mi temor y por supuesto, también mi berrinche . Mi padre me dijo: "Llámales cara sucia".

     —Cara sucia.

     —Así no. Más fuerte.

     —!!Cara suciaaa!! —grité sin poder contener las lágrimas agarrado fuertemente a su cuello. En esos momentos el largo pitido de la locomotora anunciando la salida atronó la estación y a mí casi me dejó sin aliento. Recuerdo que empecé a patalear obligando a mis padres a salir de allí.

     Hace unos meses, por motivos de trabajo, tuve que volver a esa localidad y me acerqué un momento a la estación. Hacía muchos años que llevaba abandonada  y los raíles estaban levantados. El  silencio era lo único que se escuchaba, pero los ecos de aquel episodio de la infancia volvieron de nuevo a mi mente. En uno de los huecos de la pared un enjambre de avispas se había adueñado del lugar.

     El segundo episodio lo viví durante mi etapa de internado en un colegio religioso. Yo entonces tenía diez  u once años. Durante los tres días de ejercicios espirituales, el silencio y el recogimiento eran normas de absoluto cumplimiento. El predicador solía ser una persona avezada y experta en influenciar al auditorio. Aquel día tocaba el tema del pecado y del infierno. La historia es la siguiente: Dos chicos adolescentes aprovecharon el domingo para ir al baile (una actividad un tanto pecaminosa por aquel entonces). Ya de madrugada, agotados, volvieron a sus casas. Uno de ellos, aunque muy cansado, rezó sus oraciones rápidamente y acto seguido se acostó. El otro se acostó directamente. Al amanecer, éste apareció muerto en su cama (a todo esto imaginad el énfasis, los silencios y la teatralidad del predicador mientras lo contaba, y nuestros demudados rostros escuchándole). Pues bien, al día siguiente mientras se desarrollaba el funeral de cuerpo presente en una iglesia afligida  por el temor, en mitad de la ceremonia el féretro se abrió con estrépito ante el espanto de todos e incorporándose el muerto y con voz de ultratumba se le oyó: "No recéis por mí, ya estoy condenado". 

     Más que una historia de miedo, aquello lo viví como terror psicológico que me costó un tiempo superar. Eran los años del nacionalcatolicismo.


martes, 6 de octubre de 2020

Todo por la pasta

      La propuesta que le hicieron aquella tarde no le dejaba dormir. Jonathan Mendoza la repasaba una y otra vez sin decidir aún su respuesta, sin duda era una apuesta arriesgada pero necesitaba el dinero. Treinta  mil euros era una cantidad lo suficientemente atractiva como para dejarla escapar. El encargo: matar y deshacerse del cadáver de alguien a quien no conocía. El objetivo era un conocido disidente marroquí acusado de haber intentado asesinar a Mohamed VI. Los servicios secretos marroquíes  no se atrevían a ejecutarlo ellos mismos  debido al conflicto diplomático que se podría desatar con España. La ventaja de recurrir a Jonathan radicaba en que  como narcotraficante y atracador  era uno más de los delincuentes que operaban en el país. Había pasado cuatro años en la cárcel por el último atraco a un banco. El escaso botín no fue obstáculo para que el implacable juez los condenara  por herida de bala a uno de los rehenes a causa de la torpeza  de su compinche. El juez les dijo que ese tiempo  en la sombra les ayudarían a reflexionar. Y lo hizo.  Se juró no volver más a pisar la cárcel. Sentía rabia por todos los días que había permanecido encerrado. La cárcel nunca redimía, los hacía a todos peores. 

     Antes de frecuentar las malas compañías había trabajado en la construcción, manejaba la retroexcavadora y su retribución no era mala, pero nada se podía comparar con el dinero que le proporcionaría formar parte de una red bien implantada en la capital.

     Jonathan no era el expresidiario al uso de mirada torva y huidiza enseñando tatuajes. Vivía  en Usera, un barrio de calles estrechas donde los bazares y restaurantes chinos formaban parte del paisaje urbano. El los despreciaba a todos  alegando que de unos años a esta parte habían  invadido su barrio de toda la vida. Bajo su aparente frialdad se escondía  un carácter duro   cuya única debilidad era ver a su madre con la salud quebradiza.  Su padre había desaparecido al poco de nacer  y  ella tuvo que hacerse cargo de él y de sus cuatro hermanos limpiando suelos y demás trabajos ocasionales que se le presentaran. Ahora la artrosis no la dejaba descansar y requería los cuidados de alguien con carácter casi  permanente.

     Tumbado en la cama daba vueltas una y otra vez al encargo. Él no era un asesino. Matar a alguien sin un motivo personal era algo que le repugnaba. Estaba preparado para cualquier cosa, pero esa era una frontera que le costaba cruzar. Al día siguiente contactó con Vasile, un  ex militar búlgaro o macedonio que había conocido en la cárcel. Un tipo sin escrúpulos capaz de cualquier cosa. Acordaron en un paraje solitario sin cámaras de vigilancia ni testigos que Vasile lo mataría y él lo haría desaparecer. La respuesta de Vasile fue de manual de mercenario; antes de aceptar un encargo siempre acostumbraba a preguntar dónde, cuándo y sobre todo, cuánto.  Recibió una fotografía y la dirección.  El botín se repartiría a medias.

     La víspera de la fecha fijada para  la operación la televisión dio  la noticia. Un ciudadano marroquí  de cincuenta años se había arrojado desde el séptimo piso de su domicilio falleciendo en el acto. La foto no dejaba lugar a dudas. Jonathan quedó   abatido  al saber  la noticia. Alguien se había ahorrado treinta mil euros.


jueves, 24 de septiembre de 2020

Amigos de lo ajeno

 

    La pandemia mundial provocada por la Covid19 ha cambiado el protagonismo informativo que antaño, recuerdo, volvía de manera recurrente  una y otra vez sobre el avistamiento de ovnis o el monstruo  del lago Ness como  noticias  durante el mes de agosto en nuestro país.   En la actualidad los contenidos rosa de ciertas cadenas de televisión  ya forman parte de algunos medios generalistas y las noticias que se cuelan  es que Fulanita incendia las redes con su posado en bikini o bien nos adelantan los tres  consejos infalibles para eliminar esa grasa que se acumula con los años en el abdomen. 

     En mi caso particular la noticia a la vuelta de las vacaciones ha sido que  unos desalmados entraron en mi domicilio con la intención de llevarse dinero en metálico o algún objeto de valor. Después de revolver en armarios y cajones se ensañaron con una vieja maleta que había a la entrada. Los ladrones, que al parecer desconocían el mecanismo de apertura de las maletas antiguas, la destrozaron forzándola creyendo que allí se custodiaban  objetos de algún valor y en la que únicamente  guardaba  recuerdos familiares: fotografías en blanco y negro,  el historial militar de mi abuelo una vez concedida la licencia absoluta en 1915 en Larache (Marruecos), recortes de periódicos antiguos, mi cartilla escolar, el árbol genealógico de la familia, una cajita con esquirlas de metralla de la Batalla del Jarama de la guerra civil en la que participó mi padre... Lo curioso es que buscaron también en el doble fondo, tal como se ve en las películas de  serie B cuando los narcotraficantes colocan ahí su mercancía para esquivar a la policía en los aeropuertos. Total, que la maleta no contenía nada interesante para ellos pero quedó destrozada y mi tarea es ahora ver la forma de recomponerla sin que se note  demasiado el asalto.

    Esa maleta era todo cuanto mi tía Luchy tenía cuando emigró a Argentina en 1946, un país entones próspero que nos enviaba barcos cargados de cereal y de carne congelada para paliar el hambre de  la posguerra. Al cabo de unos años mi tía volvió a España y probó fortuna en Suiza y luego en Francia hasta que definitivamente se estableció de nuevo en nuestro país.  Hace unos pocos años la encontré abandonada y polvorienta  en el desván de la casa de mis abuelos  junto a otros muchos enseres. Tras enterarme por terceras personas de la historia de esa maleta, le pedí permiso para quedármela. Desde entonces todo lo que considero antiguo y de algún interés histórico lo guardo allí, como si  fuera depositaria de retazos de nuestras  vidas.

    Contemplo   la vieja maleta destrozada y me pregunto de cuántos adioses fue testigo, los barcos y trenes que la transportaron, los secretos que vio y guardó. Ahora es el tiempo de su retiro, ya no viajará más. Permanecerá visible a la entrada de mi casa, orgullosa de su pasado, tal vez con añoranza de tiempos que ya no volverán.

     Cuando  el perito del Seguro me preguntó en cuánto valoraba la maleta me quedé dudando. ¿Es posible poner precio a un recuerdo familar? A veces ocurre que las cosas que verdaderamente amamos, para otros no tiene absolutamente ningún valor.


domingo, 6 de septiembre de 2020

La felicidad era eso

      Los seres humanos, con pequeñas diferencias dependiendo del sitio en el que nos ha tocado vivir, solemos repetir patrones de conducta bastante similares a lo largo de nuestras vidas. En sociedades más avanzadas y de consumo como la nuestra,  esas similitudes son todavía más claras. Todos nos formamos y preparamos para la vida: Aspiramos a un trabajo bien remunerado, vivir en un entorno agradable, adquirir a poder ser una segunda residencia, viajar, conocer mundo y otras culturas, que nuestros hijos vayan a un buen colegio, que aprendan idiomas, etc, etc. Yo también he participado en esa rueda, pero hubo una época en mi vida en que elegí vivir de diferente manera.
     A los veinte años fui a vivir a una comuna. Era un tanto peculiar, con fuertes raíces religiosas que pronto derivaron hacia un compromiso social y político. Eran los últimos meses de 1975 y Franco agonizaba. El alquiler de la casa con un pequeño patio costaba 4500 pesetas (27 euros) mensuales, el billete de Metro 6 ptas (0,03 céntimos), el cine 100 ptas (0,60 euros) y el precio por comer en un buen restaurante 2000 ptas (12 euros). La Gran Vía se llamaba Avenida José Antonio y la actual calle Príncipe de Vergara era General Mola. Los periódicos que se leían entonces en Madrid eran: Informaciones, ABC, Pueblo, Ya, El Alcázar y Arriba. El diario El País todavía no había nacido. Éramos siete compañeros y en casa lo compartíamos  todo: limpieza, compra, cocina... también  el dinero. Nunca hubo problemas entre nosotros. Expresamente renunciamos a la televisión porque hubiera limitado mucho nuestro ritmo asambleario, todo se discutía y se aprobaba por mayoría. Así vivimos los años de la Transición, una época de esperanza y de sueños que luego en parte se vieron truncados. Acudíamos a las manifestaciones por la amnistía y las libertades, por la legalización de los partidos de izquierda, etc en unos años en los que algunos cayeron víctimas de los grupos armados de ultraderecha entonces todavía fuertes. Luego, en junio de 1977 vinieron las primeras elecciones democráticas después de casi cuarenta años. Era algo histórico y todo lo  vivimos con la ilusión de que algo nuevo estaba a punto de nacer  y de que todo iba a cambiar para siempre.
     Fuimos unos románticos idealistas cuando había que serlo. Creíamos en la utopía, en una sociedad mejor, más justa e igualitaria. El dinero apenas tenía valor para nosotros. Al menos  en dos ocasiones dimos dinero a un vecino taxista  que atravesaba apuros económicos. Trabajábamos en el sector de limpieza, en el de transportes y en el de electrodomésticos , alguno estudiaba una carrera pero eso no significaba discriminación alguna por el hecho de que no aportara. Nuestra casa siempre estaba abierta a quien quisiera charlar o conocernos. La generosidad era lo que definió a aquel grupo y también el compromiso social en un barrio obrero necesitado de infraestructuras sanitarias, deportivas y culturales. Los aledaños de nuestra casa estaban sin asfaltar y en invierno había que sortear el barro  que se formaba con las lluvias. Tuvimos la suerte de conocer gente especial que nos ayudaron a consolidar nuestro proyecto. Discutíamos y reflexionábamos mucho, siempre con el propósito de reforzar los objetivos que nos habíamos marcado. En las fiestas y cumpleaños siempre se cantaba, no importaba que desafinásemos. Lo importante era la celebración. Es una costumbre que se va perdiendo. Luego inventaron el karaoke. A nuestros vecinos les llamaba la atención y les chocaba nuestra forma de vida sobre todo cuando nos veían en la cola para la compra en la carnicería o pescadería. Por aquel entonces ir a la compra todavía era tarea exclusiva de la mujer. Era normal que nos dejaran colarnos saltándonos la vez. Nuestros padres fueron en alguna ocasión a visitarnos, a ver cómo nos apañábamos; respetaban nuestra opción pero creo que nos tomaban por una panda de locos y nos pronosticaban un corto futuro. Pero la experiencia duró siete años. Poco antes del final uno de los compañeros se marchó a Panamá llevado por su compromiso. Todavía sigue allí, organizando cooperativas de campesinos que luchan por un desarrollo sostenible. 

     No caeré en la tentación de decir que todo fue estupendo y maravilloso. Entre nosotros también hubo discrepancias y algunos momentos de tensión, entre otras cosas, porque en un determinado periodo  llegamos a ser nueve personas. Ahora echo la vista atrás y lo valoro posiblemente como  los mejores años  de mi vida. Es más, miro en mi entorno cercano y apenas encuentro experiencias parecidas.

     La casa donde vivimos ya no existe, la derribaron para hacer un colegio. Quiero pensar que tal vez nuestra lucha sirvió para algo, al menos eso es lo que pretendimos. En 1983 echamos el cierre. Cada uno buscó su camino, nos casamos y vinieron los hijos pero eso no significó un adiós porque el recuerdo de aquella experiencia, los años vividos y la amistad siguen plenamente vigentes entre nosotros. En la actualidad todas las semanas nos seguimos viendo para intercambiar opiniones, charlar acerca de nuestras vidas y proyectos en torno a unos vinos y  cervezas. No hace falta que diga sus nombres. Ellos saben de quiénes estoy hablando.


lunes, 10 de agosto de 2020

De comilonas y tragantúas

      De un tiempo a esta parte los programas de televisión referidos a la cocina han atraído a una audiencia deseosa de saber y aprender, desde las recetas más tradicionales hasta las más vanguardistas. Las escuelas de hostelería se catapultan ahora como salidas para un empleo de prestigio y socialmente reconocido.      

      La buena mesa, el arte de comer, la pitanza, etc han dejado una abundante muestra en la literatura y las artes a lo largo de la historia. Ya Petronio en su obra El Satiricón, nos muestra la afición de las clases altas del Imperio Romano por los excesos en la mesa, y también el cinismo e inmoralidad del círculo más próximo de quienes detentaban el poder. 

     Aunque en general tenemos la idea de que los banquetes en la Edad Media eran festejos toscos, con gente comiendo con las manos enormes trozos de carne sobre la madera desnuda, lo cierto es que un banquete del siglo XV se aleja por completo de esa idea, pues contenía los mismos ingredientes de lujo, ostentación y detalles en el menú que en la propia ropa de los asistentes. Las mesas estaban ocupadas por un rígido protocolo, la realeza a un lado y los nobles al otro. Los trozos de carne debían ser pequeños, que se pudieran tomar con solo tres dedos, que es lo que exigían los buenos modales. Los trinchadores los colocaban en pequeñas fuentes que podían ser individuales o compartidas por dos invitados.

     Ya en la actualidad, mi ilustre paisano José María Iribarren en su libro Batiburrillo navarro da cuenta de algunos estómagos formidables, capaces de verdaderas hazañas en torno a una mesa bien surtida de viandas.  Cita en el libro que a finales del s. XIX pasó por Pamplona en Sanfermines el famoso escritor, periodista, médico y gastrónomo José Castro y Serrano, el cual, en un artículo habla irónicamente de lo que comen en nuestra tierra. Cito textualmente: “Al desayuno chocolate con profusión de adherentes, más parecido a almuerzo que a desayuno. A las diez la ley que es una friolera: un huevecillo frito, una magra, cualquier cosa; a las dos gran comida que se compone por lo menos de sopa, dos cocidos, tres o cuatro principios, ensalada, dulces y postres. Por la tarde merienda; refresco al anochecer  y por la noche de nueve a diez una cena semejante a la comida, es decir, formal. Dícese que los alimentos son flojos y, en efecto lo son: buena vaca, ricas truchas, lechón y cordero asados; excelentes embutidos de puro lomo, pollos y pavo, pasteles y empanadas, sabrosos quesos y natillas, frutas brotando miel, todo flojo y sencillo; todo de una frugalidad abrumadora”.

    En Zalacaín el aventurero, Pío Baroja, acordándose de las visitas con su madre a las fiestas de Larumbe cuando era niño, también describe las fiestas pantagruélicas de los pueblos navarros:

    “El pueblo celebraba sus fiestas, que en Navarra se llaman “mecetas”, y la gente comía constantemente desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche sin parar. El desayuno se mezclaba con el segundo desayuno de las once; éste con la comida, la comida con la merienda, y la merienda con la cena”.

      Siguiendo con Iribarren, cuenta que en un banquete celebrado en un pueblo de la montaña navarra, un amigo suyo tuvo ocasión de ver a un ejemplar notable. Era un hombre panzudo, cara sonrosada, de anchas mandíbulas. Embestía contra las viandas y les roía los zancajos a los corderos con tan sañudo encarnizamiento, que su amigo apenas comió por ver comer a este voraz insigne. Se atizó tantos platos y en tan inmensas cantidades que más de uno temió que diese un reventón o que se atragantase de alimento. Cuando al final del ágape, quedó ahíto de comestible, su informante le dijo:

     —Estará usted hasta la nuez.

     —No lo crea —le respondió.

     Y le hizo esta bárbara confesión:

     —Por comer, comería aún más; lo que pasa es que me se cansan las varillas (las mandíbulas).

     Hace escasas semanas  visité un conocido restaurante madrileño famoso por su cocina de autor, llamada también cocina creativa. La imaginación, la mezcla de ingredientes, el esmero y la calidad en su elaboración, la exquisitez en la presentación son factores que representan este tipo de cocina. También el léxico un tanto prolijo  y sofisticado del nombre de sus platos. Vean si no el menú degustación tipo delicatesen que nos ofrecieron en el referido restaurante:

     1º Tartar de atún rojo Balfegó con ajoblanco de raifort y perlas de yuzu.

     2º Mini verduritas de temporada con emulsión de apionabo.

     3º Arroz meloso trufado de setas y emulsión de trufa.

     4º Sam de merluza Orly con mayonesa de café, lima y hierbas aromáticas.

     5º Cochinillo del chef con puré de castañas y tamarindo.

     6º Postre del chef: espuma de coco con limón y helado de yogurt.

     El estilo y el contraste entre ambas propuestas queda bien patente en la carta de presentación. A mí, que no soy de mucho comer, me agradó la propuesta y la elaboración de los platos, pero acordándome de nuestro amigo montañés dudo mucho que  saliera satisfecho de la visita a este establecimiento.


miércoles, 29 de julio de 2020

Catorce kilómetros


      Hace ya bastantes años, cuando el fenómeno migratorio comenzó a afectar directamente  a  España, vi un anuncio en el periódico que me llamó la atención. La Cruz Roja necesitaba voluntarios que dominaran el francés para labores de apoyo en Salvamento Marítimo durante los meses de Julio y Agosto. Tenía entonces veintisiete años y un espíritu romántico que me empujaba a cambiar el mundo. Rellené la  instancia, pasé una prueba y al cabo de tres semanas me llamaron para realizar un curso básico de aprendizaje en Algeciras, centro de operaciones que abarcaba toda la zona del Estrecho. Yo formaba parte de un grupo compuesto por enfermeras, médicos, psicólogos y hasta una matrona. Ya el primer día que nos hicimos a la mar para participar en un rescate, me impactaron las condiciones en que llegaban a suelo español las aproximadamente setenta personas a bordo de una barcaza: hipotermia, calados hasta los huesos y sin poder mantenerse en pie después de un viaje de ocho horas sin apenas espacio para moverse.
       El quinto día nos comunicaron que debíamos salir con urgencia para socorrer a una embarcación que se encontraba a la deriva a unas dos millas de la costa. Era al atardecer y apenas había luz natural. En unos minutos subimos a la lancha mantas y víveres en medio de un gran nerviosismo pues éramos conscientes de que el  retraso de unos minutos podía significar la diferencia entre la vida o la muerte. Cuando llegamos, la barcaza estaba a punto de naufragar debido a que todos querían abandonarla al mismo tiempo en medio de una gran confusión. Los primeros en subir fue una joven pareja con un bebé de pocos meses en brazos de su madre, entre escenas de alivio y también de llanto por todo lo que habían sufrido. Mientras repartíamos agua y mantas, observé que todos saludaban al padre del bebé con muestras de agradecimiento y palmadas en la espalda. Llevado por mi curiosidad quise saber el motivo y me dirigí a él antes de que pasaran el control policial para su identificación. Me dijo que se llamaba Malik, que era camerunés, pero una vez que vio a los policías uniformados cambió su actitud y se mostró receloso a seguir hablando conmigo. Traté de tranquilizarle diciéndole que estábamos allí para ayudarles, que comprendíamos las razones para abandonar sus países en busca de un futuro y que nuestra tarea era que estuviesen lo mejor atendidos. 
      No sé si mis palabras lograron convencerle pero al menos logré que siguiera hablando tras asegurarle que no era ni periodista ni policía y que  todo lo que contara quedaría entre nosotros. Comenzó entonces a relatar la odisea de su viaje. Había salido de su país hacía dos meses, pagado a varios guías hasta alcanzar la costa marroquí y luego al patrón de la patera. En total cuatro mil euros reunidos entre todos sus parientes. Antes de partir, un amigo le dijo que se hiciera con un arma. La travesía fue larga y difícil, llena de sobresaltos. En Malí una noche quisieron violar a su mujer, cosa que impidió apuntando con su pistola en la nuca al agresor. Nunca un consejo  le fue tan valioso. Ya en el Estrecho, el patrón de la embarcación, tras divisar de cerca la costa española les conminó a abandonar la embarcación amenazándoles con dar la vuelta si no lo hacían. Él se le enfrentó diciendo que ellos habían pagado para hacer la travesía completa, en vista de lo cual el patrón comenzó a maniobrar para dar la vuelta. Presa de desesperación, Malik sacó entonces su pistola, le disparó tres veces y le hizo caer al agua mortalmente herido. Nadie hizo nada por  socorrerle pero la embarcación quedó a la deriva a merced de las olas durante dos horas. Luego, cuando observó que se acercaba la patrulla de salvamento tiró la pistola al mar.
       Comprendí entonces su miedo a la policía, pero era poco probable que nadie le denunciase. Todos hubieran apretado el gatillo para librarse de alguien que comerciaba con ellos como si fueran mercancía. El Estrecho se había cobrado una nueva víctima pero esta vez nadie lamentó su muerte

lunes, 6 de julio de 2020

Dos minutos y treinta segundos


      Todo el mundo le había asegurado que durante aquellos días la diversión estaba garantizada, que tan  solo era cuestión de dejarse llevar por las calles y plazas del centro de la ciudad, un hervidero de gente en donde el blanco y el rojo eran los colores predominantes. Julián se encontraba  en Pamplona un 7 de Julio, una ciudad a rebosar. Había acudido con sus amigos dispuestos a pasar un fin de semana inolvidable, aunque a decir verdad, él iba más que nada a seguir las huellas de Hemingway, un personaje que siempre le había fascinado por su vida bohemia, su pasión por la caza y la pesca, amante del deporte (practicaba el rugby, natación, waterpolo, atletismo, boxeo) su espíritu aventurero y también por la etapa de  reportero de prensa  durante la guerra civil española. Julián quedó impresionado al saber que se había enfrentado a su familia por su deseo de viajar a Europa y combatir en la primera guerra mundial cuando todavía no había cumplido los dieciocho años. Conocedor de todas sus obras,  se preguntaba qué era lo que de verdad le había atraído de los Sanfermines para ser capaz de volver varias veces a Pamplona.
      A pesar de que no habían dormido la noche anterior y estaban cansados, todavía les quedaba un último  esfuerzo: correr el encierro. Julián deseaba vivir emociones fuertes, las mismas que Hemingway había sentido y supo dar a conocer al mundo las sensaciones de una fiesta única. En el momento en que sonó el cohete sintió cómo su corazón se aceleraba mientras sus amigos se daban ánimos esperando a los toros en la calle Estafeta. Poco a poco la carrera se fue acelerando y un minuto  más tarde la manada pasó junto a él como una exhalación. Trató de buscar a sus amigos pero éstos habían desaparecido en medio del tumulto. No importaba, pronto se reunirían en el lugar acordado para desayunar y comentar  experiencias.
      En ese momento miró hacia la izquierda y lo que vio le dejó sin aliento.  Un toro rezagado venía derecho hacia  él, se encontraba a dos metros de distancia y  no tenía  escapatoria posible porque se encontraba contra la pared. En medio del espanto se fijó en las impresionantes astas que coronaban su cabeza y en unos ojos que le miraban fijamente sin prestar atención a los pastores que con sus varas trataban de llevarse al animal. No existía un manual sobre cómo salir de ésta. Correr era su única alternativa pero el miedo le dejó paralizado.En medio del pánico quiso gritar pero de la garganta tan solo salió una especie de súplica. Se acordó de que también Hemingway había asumido el riesgo físico en varios momentos de su vida. Sin saber por qué, le vino a la mente la frase “vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver” y de repente le pareció absurda y ridícula porque nadie desea morir joven. Allí se encontraba , en una de las calles más famosas del mundo, a la vista de decenas de fotógrafos y cámaras que recogerían esos momentos de angustia. Confiaba   que en  su casa no vieran esas imágenes dramáticas. Cuando el animal se abalanzó sobre él, cerró los ojos porque no deseaba ver el final.  Lo último que recordaba eran los desgarradores gritos desde los balcones.