viernes, 7 de agosto de 2026

La bella dedicatoria de un hombre que no conocí

 

   Siempre se debe tener en cuenta los libros que se prestan, porque a menudo se extravían, hay malentendidos, no se devuelven, etc. Conozco algún caso, yo mismo lo sufrí hace algún tiempo. Era un libro que yo apreciaba mucho, me lo dedicó con un bello dibujo su propio autor, a quien yo nunca tuve la suerte de conocer. Si digo su nombre seguramente no os dirá nada. Se llamaba Fernando Macarro Castillo, pero era más conocido por Marcos Ana, que era el nombre de sus padres. La iniciativa fue a través de Nacho, un amigo librero que conoció a  Marcos cuando éste frecuentaba su librería. Militante comunista, estuvo veintidós años y siete meses en seis cárceles franquistas, desde los dieciocho, recién terminada la guerra hasta 1961.

     El libro se titulaba Decidme cómo es un árbol y en él venía a decir que las cosas más simples y peregrinas no las había conocido: el mar, el campo, las estrellas, el amor… Todo en él respiraba humanidad, bondad e inocencia, fidelidad a unas ideas. Le conmutaron la pena de muerte por treinta años de cárcel. Leyendo un libro me ha venido a la memoria su nombre y los  avatares de  su  vida porque vivimos un tiempo en lo que hoy es noticia y ocupa las portadas de prensa y los informativos, mañana ya lo hemos olvidado. Murió hace diez años pero hoy me gustaría recuperar el episodio más conocido de su vida.

     Marcos, al poco de salir de la cárcel a los cuarenta y un años, a través de un amigo que le prestó dinero descubrió el sexo en una casa de citas madrileña. La muchacha, una joven morena, escuchó de sus labios la terrible historia de su vida, las palizas, las cárceles, todo. Apiadada, no le quiso cobrar por sus servicios, metiéndole en el pantalón sin que se diera cuenta las 500 pesetas que él le había pagado. Al día siguiente comprobó con sorpresa que tenía ese dinero en el bolsillo y su primera idea fue acudir de nuevo a la cita con ella. Cuando iba de camino vio una floristería, se detuvo y se dio cuenta de lo mezquino de su conducta. Había tenido sexo iniciático pero la conducta de ella había sido conmovedora y ahora él la pretendía manchar y aprovecharse de la situación. Rápidamente cambió de opinión y encargó 500 pesetas de flores junto a una nota agradeciéndole la noche que había pasado con ella y su infinita ternura. Nunca más tuvieron contacto.

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