lunes, 17 de agosto de 2026

De leones y millonarios

 

     Van pasando los días de vacaciones y ya comienzo a atisbar la pereza de la vuelta a la rutina, a las prisas, a los agobios, que se me escapa el autobús, que llego tarde a la cita por culpa del atasco y así un día sí y otro también. Están también las clases, los ensayos, las responsabilidades. Lo malo de las vacaciones es que se acaban pronto.  Intento apurar al máximo de la paz y tranquilidad que ahora disfruto, cargar las pilas para el próximo curso, mantener la ilusión de cara una nueva etapa que comienza. En estos pensamientos estoy cuando suena el móvil que me devuelve a la realidad.

     —¿Hablo con Víctor?

     —Sí. ¿Quién llama?

     —Soy Aizkorbe, el argentino pelotudo que vos conocés. Te llamo desde Kenia.

     Ya he hablado de él en varias ocasiones en este mismo chat. Trabajamos juntos un tiempo, pero como es un culo inquieto enseguida se cansó y buscó otros derroteros. Ahora trabaja como fotógrafo para la revista National Geofraphic. Ha visitado el Congo y el Himalaya.

     —¿Y qué coño se te ha perdido por allí?

     —La revista está preparando un artículo sobre la vida en la selva y los cazadores furtivos, así que he tenido que cancelar las vacaciones.

     —No te quejes anda, que eres un afortunado.

     —Sí, lo sé. Ahora estoy en un hotel de Nairobi, me acuerdo mucho de ti.  Aquí encontrarías muchos motivos para escribir. Desde gentes que malviven con lo poco que tienen hasta multimillonarios excéntricos. El otro día estuve con un millonario saudí que ha comprado un cachorro de león en el mercado negro por cinco mil dólares para regalarlo a su hijo el día de su cumpleaños. Le pregunté qué haría con él cuando creciera, se meara en todas partes y le arañara el sofá y me dijo que no problem, que lo donaría al zoo de su ciudad.

     —Todos esos tipos son mafiosos…

     —Al pedo con ellos. Está también alojado en el hotel un millonario ruso al que conocí. Salió en la prensa porque el otro día lanzó desde un puente fajos de billetes de cinco dólares sólo por el capricho de grabarlo todo desde un dron para ver cómo la gente se peleaba por cogerlos. La policía lo detuvo pero él sobornó a los agentes y lo soltaron.

     —¡Qué bien vives cabrón!

     —Mejor vives tú que estás jubilado.

     —Yo si tuviera un trabajo como el tuyo no me jubilaba.

     —Pero se pasa mucho tiempo fuera de casa.

     —Ya. No sabes la pena que me das. ¿Cuándo nos veremos por Madrid?

     —Pues no lo sé todavía. Creo que después de esto tengo que ir a la República Democrática del Congo. Alguien está preparando un artículo sobre las minas de coltán que es un componente muy valioso y que se emplea para chips, ordenadores y teléfonos móviles. Es el nuevo oro del siglo XXI. A la vuelta te llamo.

     En ese momento recordé que la última vez que hablamos me dijo que había invertido dinero para reabrir una mina de oro en Alaska.

     —Ah se me olvidaba preguntarte por la mina de oro de Alaska.

     —Ya tienen todos los permisos y pronto empezarán con la explotación. ¿Estás pensando en invertir?

     —No, gracias. Los negocios y yo no hacemos buena pareja.

       Momentos después nos despedimos. Aizkorbe era un tipo jovial, con el que nunca te aburrías, un aventurero siempre con la maleta de un sitio para otro. Durante nuestra conversación olvidé el drama del final de mis vacaciones, siempre hay una sorpresa detrás de cada esquina. Pero me extrañó que siendo tan futbolero, como buen argentino, no dijera una palabra sobre la final de su país contra España.

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