martes, 25 de agosto de 2026

La vuelta al cole

 

     Estoy con una depresión de caballo. La vuelta de las vacaciones ha sido más dura que otros años y la armonía y el contacto de la naturaleza han dado paso a los agobios de la gran ciudad. Para colmo hoy tengo visita a mi psicóloga y ahora estoy sentado en la sala de espera poniendo en orden mis ideas mientras suspiro por mis días pasados en mi tierra. Para matar el tiempo echo un vistazo a las revistas que hay en la salita a disposición de los clientes pero no encuentro ninguna que sea de mi interés; en una un deportista famoso nos abre las puertas de su casa y nos enseña fotos de sus estancias y otra de una bella panorámica de la piscina con un pinar al fondo y, en otro reportaje de la misma revista, fulanita nos presenta a su nuevo amor en poses que parecen naturales pero que tal vez hayan sido ensayadas más de cien veces. Cuando acudo a mi dentista suele tener revistas de historia y de viajes con destinos exóticos, debe ser para compensar el mal rato que aguarda luego a sus pacientes.

     Después de un cuarto de hora oigo mi nombre, me hacen pasar a su despacho mientras ella me recibe con dos besos estampados en mis mejillas. La encuentro guapa y bien bronceada, se lo digo y se ríe.

     —¿Y usted no ha pisado la playa?

     —La playa no es lo mío —le contesto. A mí me gustan los sitios solitarios como los faros junto a los acantilados o las estaciones abandonadas y sin trenes.

     —No me diga que es usted un misántropo.

     —No, tampoco es eso, pero huyo de los agobios y de los destinos saturados.

     Son los niveles de tanteo propios de quienes ya tenemos una cierta confianza y unos cuantos meses de conocernos. Me pregunta por mis hijos, qué edades tienen y a qué se dedican, que si tengo nietos. Le digo que no, pues qué pena, con la alegría que dan, me dice. Luego coge el cuaderno y pasa las hojas hasta dar con mi ficha. En su mesa hay también un ordenador pero debe ser de las que prefieren  anotar de su puño y letra.

     —Bueno, pues si le parece hábleme de su adicción a las redes sociales. ¿Ha conseguido ya un mayor control?

     —Bueno, no tanto a las redes sociales sino al móvil. Mi mujer me repite que algún día lo va a tirar por la ventana.

     —La tecnología a veces es lo malo que tiene —me dice como si eso yo no lo supiera. Y luego prosigue.

     —Pues habrá que ir dando pequeños pasos. ¿No le parece? Yo le propongo mirar el móvil una vez por la mañana y otra antes de acostarse, por si tiene que contestar a algún mensaje.

     Le digo que vale, que me parece una solución bastante razonable aunque difícil de llevar a cabo. Seguimos hablando de las dependencias. Me dice que tiene un cliente con un trastorno mucho más acusado que el mío, que está a todas horas con el móvil en la mano y que al final su mujer ha acabado divorciándose porque decía que se sentía como la segunda opción. Apunta algo en la ficha y a continuación me pregunta.

     —¿Su vida afectiva va bien? Se lo pregunto porque en alguna ocasión me habló de sus enamoramientos de otras mujeres. ¿Quiere que hablemos de ello?

     —Sabía que me lo iba a preguntar. Bueno, el enamoramiento la mayoría de las veces es algo pasajero,  no busco nada más. Ahora por ejemplo estoy deseando que empiecen los ensayos de la Banda porque hay una trombonista que me gusta. Se llama Vega y cuando ella está es algo especial.

     En ese momento suena su móvil, dice que ahora no puede, que está con un cliente y que le llame más tarde. Me dice que prosiga pero siento que la magia se ha roto, hay momentos que invitan a las confidencias y otros en que no. En esas nos despedimos hasta la siguiente sesión.

 

    

 

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