domingo, 7 de septiembre de 2025

La vida te da sorpresas*

 

     Tomo prestado el título de un tema de Rubén Blades, músico, compositor y exministro de Turismo de Panamá, que supo contar de manera admirable a ritmo de salsa la historia de Pedro Navaja, ambientada en los bajos fondos de una gran ciudad en la que siempre hay alguien dispuesto a tirar de gatillo a cambio de unas cuantas monedas. Este suceso que voy a contar ocurrió en el parking habilitado para camiones a pocos kilómetros de Madrid.

     Ya desde el exterior del parking se escuchaban los ronquidos de alguien que estaba profundamente dormido en la litera de un tráiler marca Volvo Trucks. El intruso lentamente se acercó y accionó la cerradura de la puerta. Para su sorpresa comprobó que no estaba echado el seguro y subió a la cabina procurando no hacer ruido. Los ronquidos eran escandalosos, lo cual le facilitaba mucho las cosas. Dejó el portón sin cerrar por si acaso debía salir de naja, nunca se sabe, y a continuación se acomodó en el asiento del conductor. Era la cabina más confortable que había visto en su vida: asiento reclinable, nevera, pantalla táctil, aire acondicionado, ordenador a bordo, microondas, portaequipajes, escritorio...Miró hacia atrás. Una cortina separaba la parte del dormitorio El tipo seguía con sus estremecedores ronquidos. Lentamente se colocó el pelo sujeto con la gorra, sacó de su mochila una pistola y comenzó a descorrer la cortina mientas apuntaba.

     —Eh amigo, despier…

     Lo que no esperaba es que una escopeta de cañones recortados le estuviera apuntando a escasos centímetros de sus ojos.

     —Como hagas un solo movimiento te vuelo la tapa de los sesos. Dame la pistola y quítate la capucha para verte bien la jeta, hijo de puta.

     El asaltante obedeció presa de la confusión. Al quitarse la gorra la melena de pelo castaño le cubrió los hombros.

     —Pero ¿qué cojones?...

     El asaltante era una mujer. Llevaba una sudadera con capucha, vaqueros ceñidos, un piercing en la nariz y tenía el rostro confuso.

     —No sé si darte dos hostias o llevarte directamente al cuartelillo. Hace un rato te vi merodeando por aquí y sabía que vendrías. Luego me hice el dormido. Gentuza como tú nos suelen atracar de vez en cuando.

     —Mejor deja que me vaya y olvidemos el asunto —replicó ella.

     —Y una puta mierda. Tú vas al cuartelillo conmigo.

     Tenía la voz algo ronca y estaba visiblemente desconcertada. Una sombra de duda apareció en la cara del camionero, al percatarse de la voz de ella. Se incorporó, cerró la puerta del conductor, accionó el cierre automático y le dijo que se sentara en el asiento del copiloto.

     —Oye, no serás…—y a continuación hizo ademán de palparle la entrepierna.

     —No se te ocurra tocarme, gilipollas. Solo me soba quien yo quiero.

     —Tiene cojones la cosa—saltó furioso—Me asaltas y me amenazas con una pistola. ¿Se puede saber cuál era el siguiente paso? ¿Qué te proponías? ¿acaso sabes conducir un tráiler de cuatro ejes y treinta y seis toneladas? No tienes ni puta idea de lo que significa estar horas y horas todos los días en la carretera y encima tener que aguantar a gentuza como tú.  Debería denunciarte ahora mismo.

     —Sí —respondió ella.

     —Sí a qué?

     —Puedo conducir el tráiler, tengo el carnet.

     Roberto puso cara de sorpresa. Conocía a bastantes mujeres conductoras de autobús pero era la primera vez que una mujer le confesaba que conducía camiones de gran tonelaje.

     —A ver. Enséñamelo.

     A continuación ella buscó en su mochila y le entregó un documento con su fotografía. Catalina Bermúdez Taboada, 32 años, poseedora de carnet tipo C+E expedido en Zaragoza en noviembre de 2019. Válido por diez años.

     —Te propongo ser  socios, si quieres —dijo ella.

     —¿Socios tú y yo? ¿Estás loca? No gracias, las mujeres dais muchos problemas —y luego añadió—así que te llamas Catalina.

     —Prefiero que me llames Katia. Todo el mundo me conoce así.

     Una vez pasado el susto inicial, el camionero se fue relajando. Era de complexión fuerte, tenía cuarenta años. No era la primera vez que sufría un contratiempo y seguramente tampoco sería la última. La carretera estaba sujeta a múltiples imprevistos, lo cual añadía todavía más incertidumbre a una profesión cada vez más precarizada. Él se consideraba camionero vocacional pero ya iban quedando menos. Además, casi todos eran ya extranjeros.

     —A ver Katia, si me dices a qué te dedicas prometo no denunciarte. Y no me mientas porque conozco a la gente de tu calaña.

     Katia, guardó silencio unos instantes. No sabía si merecía la pena sincerarse con un tipo al que no conocía de nada. Pensó en abrir la puerta y escapar pero recordó que él las había bloqueado.

     —Me busco la vida como puedo. Cuando me quedo sin dinero recojo fruta o busco cualquier trabajo. Vivo al día. He trabajado en algunas agencias de transporte pero para mi desgracia a la hora de seleccionar personal prefieren a los tíos. El único consejo bueno que me dio mi padre era que aprendiera, luego cuando era todavía niña se fue de casa y no he vuelto a saber nada de él. Mi madre está en una residencia porque necesita cuidados, casi todo lo que gano es para pagar la residencia.

     —¿Sabes? No me das lástima. A veces recojo a alguien y casi todos contáis la misma milonga. Enséñame los brazos.

      Katia se subió las mangas de la sudadera. No había rastro de pinchazos.

     —¿Puedo saber dónde vives?

     —En un piso compartido en Aluche.

     Se produjo un prolongado silencio entre ambos.

     —Tengo la extraña virtud de equivocarme cada vez que debo tomar una decisión pero se me hace tarde, quiero olvidar el incidente porque  ahora debo ir a Guadalajara a por mercancía y llevarla a Sevilla, antes de salir te dejo en Madrid. ¿Te parece?

     —Vale, me parece bien.

     Su semblante era serio, se diría que estaba enfadada consigo misma. Se reprochó no haber saltado de la cabina en el momento en que el otro le encañonó con la escopeta. Estaba segura de que no se hubiera atrevido a disparar, tal vez la escopeta estuviera descargada. Durante el trayecto no hablaron ni una sola palabra, se limitó a escuchar cuando por radio le indicaron la dirección donde debía cargar la mercancía, en el polígono industrial de Azuqueca de Henares. Supo su nombre porque se dirigieron a él como Roberto. Una vez que aparcó el tráiler en el muelle de carga indicado, preguntó a qué hora estaría la carga completada. Era la hora de comer y tenía hambre, conocía un restaurante cerca, a buen precio y un servicio correcto. Luego fue a la cabina y pregunto a Katia si quería tomar algo. Cuando entraron en el restaurante, Vicky la camarera le saludó efusivamente y miró de reojo a Katia, no era la misma de la última vez pero por precaución no dijo nada. Cuando terminaron Roberto pagó la cuenta dejando una buena propina. Tenía confianza con Vicky, siempre le había tratado bien y encima le había hecho algún que otro favor. Después él y Katia se dirigieron a la oficina para firmar el albarán. Cuando estaban montados en el camión, Katia preguntó qué mercancía transportaba.

     —Doscientos cincuenta televisores de última generación. Te parece bien?

     Katia se encogió de hombros. Se acordaba de su madre, hacía ya algún tiempo que no le mandaba dinero pero todas las semanas se acercaba un rato para charlar con ella. Su sensación en ese instante era de disgusto, quería aclarar algunas cosas pero no encontraba el momento ni las palabras adecuadas para hacerlo. Al fin se decidió.

     —Quiero pedirte perdón y agradecerte que no me hayas denunciado… Es la primera vez, estoy avergonzada.  Lo siento.

     —¿Y la pistola?

     —Era de fogueo.

     Roberto asintió levemente con la cabeza. Hacía rato que la estaba observando sin que ella se diera cuenta, sabía que se sentía incómoda, insegura. Esos momentos que todos en alguna ocasión hemos tenido cuando no estamos bien con nosotros mismos. Estaban llegando a Madrid y ya aparecían las primeras urbanizaciones de la capital.

     —¿Puedo acompañarte a Sevilla? Prometo portarme bien y reemplazarte en la conducción mientras tú descansas.

     Roberto sopesó la situación. No sabía hasta qué punto podía fiarse  pero una corazonada le decía que su arrepentimiento era sincero. Aunque estaba acostumbrado a largos y tediosos viajes reconoció que un poco de compañía no le vendría mal.

     —Mi nombre es Roberto —dijo, tendiéndole la mano.

     —Ya lo sabía—replicó ella sonriendo.

                                                                                        ( Continuará)

                                                                                        

 

 

 

*Relato dedicado a mi sobrino Fernando Goñi Balda.   

miércoles, 13 de agosto de 2025

El placer de la lectura

 

     Me ocurre cada vez que entro en una biblioteca o en un espacio grande con abundantes libros en las estanterías; tal cantidad de títulos me abruman, si tengo que escoger uno la tarea es titánica aunque uno ya haya aprendido algunas claves que utilizan los autores para que el cliente elija comprar uno de los suyos. Aparte del marketing promocional, el secreto reside en elegir un título lo suficientemente sugerente y atractivo como para que el lector se decida a comprarlo. Pongo varios ejemplos: algo relacionado con la Segunda Guerra Mundial es sinónimo de ventas, sobre todo si incluye la palabra Auschwitz. Los libros de autoayuda por supuesto. Y no digamos nada si el título lleva la coletilla “basada en hechos reales”, es un anzuelo que rara vez falla para que el lector lo compre. Y yo me pregunto ¿La ficción no puede ser verosímil? Tal vez por eso procuro huir de los títulos excesivamente llamativos, hay demasiada hojarasca en el mundo editorial. Empiezas a leer y enseguida te das cuenta que no cumple nuestras expectativas. Ocurre lo mismo con los libros excesivamente voluminosos. Durante la pandemia me tragué un libro de más de mil quinientas páginas de un reconocido escritor norteamericano. Me pregunto qué necesidad hay de castigar al lector con semejante mamotreto. Soy de los que piensan que ciento cincuenta o doscientas páginas son suficientes para crear una buena historia. Solo conozco el caso de un libro de más de mil páginas que no me haya aburrido: El Quijote. Bueno, a lo que iba. Resulta que el otro día elegí en una de las bibliotecas de la ciudad donde veraneo el libro titulado “Maestros de la felicidad”, donde el autor, Rafael Narbona, habla de las diferentes escuelas helenísticas que han guiado el pensamiento filosófico desde la Antigüedad hasta nuestros días, todo ello aderezado con comentarios de su papel como profesor en un instituto público y las anécdotas con sus alumnos. Pero resulta que hoy en día la filosofía está en desuso, en los planes de estudio la han devaluado hasta hacer de ella algo residual, para dar prevalencia a las carreras técnicas que aseguren  un futuro laboral.

     Algo parecido ocurre con el periodismo. Da grima ver a algunos periodistas persiguiendo (literalmente) micrófono en mano a personajillos  famosos en busca de una exclusiva. Uff, lo que hay que hacer para ganarse el pan; mientras tanto Tik Tok y las redes sociales van ganando espacio propagando bulos e infundios con noticias no contrastadas, al final la gente se queda con esos titulares en caso de no elegir bien las fuentes de información. En momentos de crisis como el actual recomiendo encarecidamente leer a los clásicos. Hace dos mil quinientos años hubo una pléyade de filósofos que se hacían preguntas todavía vigentes como por ejemplo  qué es la libertad, la felicidad, la belleza, la verdad, etc. Hoy el sesgo es altamente preocupante: mientras en nuestros barrios cierran librerías, los gimnasios están llenos a rebosar. De resultas de ello tenemos cuerpos atléticos, pero en muchos casos las mentes están atrofiadas. El primer mundo en el que vivimos tiene un reto formidable y no sabe cómo afrontarlo. Me refiero a los cientos de personas que cada día llegan a nuestras costas huyendo de la miseria, las guerras y el hambre. Hace unos años leí la novela “Las uvas de la ira” de John Steimbeck, en la que relata las consecuencias sociales de la crisis de 1929 en EEUU. Todo lo que vemos ahora en nuestro país de xenofobia y racismo ya aparecen ahí.

     Marco Aurelio, próximo a la filosofía estoica, destacó entre los emperadores romanos, pero si tengo que elegir entre los filósofos me inclino por Séneca (“nada de lo humano me es ajeno”). Exaltó la libertad cuestionando la esclavitud, exigió respeto a la naturaleza, elogió la austeridad, advirtió sobre la rápida decadencia de las naciones. La mirada de Séneca conecta con la sensibilidad contemporánea y un aprecio por lo humano. Hoy en nuestras sociedades también tenemos personas de reconocido prestigio en todos los campos, técnicos, especialistas, etc, pero ellos no detentan el poder. Hay bastante unanimidad en que el mundo está gobernado por patanes incompetentes y megalómanos, de lo que se deduce que algo habremos hecho mal para que les hayamos aupado al poder. Nos faltan lideres con carisma capaces de arrastrar a las masas, personas íntegras como Simone Weil o Pepe Múgica fallecido recientemente. Meses atrás, a raíz de la DANA de Valencia, la ultraderecha se apropió de la frase, aunque no es suya, “solo el pueblo salva al pueblo”. Yo prefiero pensar que solo la cultura, el saber, el conocimiento, y en último caso la ciencia, son los que de verdad salvan al pueblo.

 

 

jueves, 17 de julio de 2025

Un orfeón de veinte mil voces

 

     Uno de los debates más encendidos que se dan hoy en día en nuestra sociedad es el concerniente a las corridas de toros y la consiguiente discusión acerca de su prohibición o no. Pienso que esa imparable corriente de opinión acabará por llevarse por delante las corridas de toros allá donde esté menos arraigada. El debate no es nuevo, es cierto que desde hace varias décadas hay una sensibilidad que antes no existía en torno al maltrato animal en general y en particularmente en el caso de los toros. Estoy de acuerdo en que el toro sufre en el ruedo y que todo el espectáculo es una lenta agonía desde el momento en que aparecen los picadores, la suerte de banderillas y la estocada final. Otra cuestión es si se puede considerar arte y cultura la lidia, pero me niego a pensar que destacados miembros de la poesía, la literatura, el cine y las artes, que se destacaron precisamente por el apoyo a los toreros carecieran de sensibilidad y de la más mínima humanidad por saberse incondicionales del espectáculo taurino. Pienso que cada época modela en cierto modo al individuo, le hace partícipe de una manera de pensar, sentir y expresarse.

     Yo no soy partidario de su prohibición, es más, me parece éticamente más reprobable que dos personas se líen a puñetazos entre el delirio de una multitud que les jalea y aplaude. No me refiero solo al boxeo, sino también a las artes marciales mixtas y similares. Dicho lo cual, tengo que decir que he asistido a algunas corridas de la Feria de San Fermín en Pamplona, un lugar donde el verdadero espectáculo reside tanto o más en las gradas que en el ruedo. Algunos toreros se niegan a venir porque entienden que el público está a otra cosa mientras ellos se juegan la vida.  Están en su derecho y no les critico. Pamplona es así, se distingue de las demás plazas porque la fiesta no tiene descanso durante ocho días. En la plaza se come, se bebe y se canta, convirtiéndose de esta manera en un gran coro, ya sea para interpretar “El rey”, “La chica ye-yé”, los éxitos del grupo de rock Barricada o los que correspondan.

     Existen dos ambientes claramente diferenciados: el de sol y el de sombra. El de sol es irreverente, contestatario, reivindicativo, mordaz, etc; el de sombra es tranquilo, conservador, más atento a la lidia pero también al espectáculo que montan las gradas de sol. El primero lo conforman mayoritariamente jóvenes de entre dieciocho y cuarenta años, el segundo es más heterogéneo. A primera vista se diría que son antagónicos, pero en el fondo se respetan y se quieren. Pese a los tímidos intentos de un determinado sector político para sondear la población de cara a un hipotético futuro de Sanfermines sin toros, yo creo que a corto plazo esa posibilidad todavía no se vislumbra a tenor de la fría reacción con que la mayoría de la población ha recibido la propuesta. Lo pude  comprobar el 14 de julio, último día de fiestas, cuando al término de la corrida todo el mundo se quedó en la localidad para cantar y despedirse hasta el año que viene. ¡¡¡Viva San Fermín, Gora San Fermín!!!

martes, 1 de julio de 2025

Amigos para siempre

 

     Una gran mayoría de psicólogos y pedagogos está de acuerdo en afirmar que el núcleo familiar y el ambiente en que se desenvuelve el niño durante los años de formación, son fundamentales a la hora de buscar un equilibrio cuando lleguen a la edad adulta. Me faltaba escribir en este post acerca de gente a la que aprecio y que conozco desde hace un montón de años. Tuve la suerte de formar parte de un grupo humano excepcional y, aunque algunos ya nos conocíamos por haber estudiado juntos los primeros años de Bachillerato no fue hasta 1969 en Alba de Tormes (Salamanca) donde comenzó nuestra andadura. Yo me incorporé a mediados del mes de octubre de ese año porque estuve ingresado diez días en el hospital debido a una bronquitis. Mi padre me acompañó en el viaje al ser yo menor de edad. Era la primera vez que salía de la provincia, cuatrocientos km. era para mí como ir al fin del mundo. Entonces los viajes en tren eran pesados e incómodos. Salimos de Pamplona a las diez de la mañana rumbo a Alsasua. Allí cogimos otro tren procedente de Hendaya con destino a Salamanca y Fuentes de Oñoro, casi en la frontera con Portugal, por fin llegamos a Alba de Tormes a la hora de cenar. Teníamos alrededor de quince años y estábamos internos en un colegio religioso. Para quienes nos gusta rememorar efemérides importantes diré que 1969 fue la llegada del ser humano a la Luna y, 1970 fue la disolución definitiva de los Beatles. Nuestro curso lo componíamos vascos, navarros (para algunos una redundancia), castellano-leoneses, manchegos, extremeños, asturianos, andaluces, levantinos… allí aprendimos lo que significaba la España plural y diversa; salvo Galicia y Cataluña prácticamente todas las CCAA estaban representadas, pero entre nosotros nunca hubo conflictos territoriales en función de nuestra procedencia.

     Han pasado casi sesenta años desde entonces y aunque algunos compañeros siguen en la vida religiosa, la mayor parte nos fuimos descolgando por el camino. Hoy la mayoría somos abuelos o en vías de serlo. Pues bien, a lo largo de estos años hemos celebrado congresos en Salamanca, Madrid, Valencia, Cuenca, Navarra y Almería celebrando la vida y el poder encontrarnos de nuevo. Lo de menos es si en la actualidad nos consideramos creyentes, ateos o agnósticos porque lo que nos une es un pasado en común, los valores que se asientan en la amistad, el compromiso, la lealtad, en definitiva creer en la utopía en aras a conseguir un mundo mejor.  El artífice de todo esto es un cura, Simón Reyes, un hombre adelantado a su tiempo, favorecedor del diálogo, partidario de tener siempre un espíritu crítico frente a la realidad que nos rodea y frente al poder, la importancia de creer en las personas, el cual nos inculcó que la fuerza del grupo reside en potenciar todas las capacidades de cada individuo. En ese grupo aprendí, por testimonios de otros compañeros, que nada en la vida se consigue sin esfuerzo, el respeto a las personas y la solidaridad entre ellas.

     Siempre es un regalo volver a encontrarse a los setenta años con personas que conocimos cuando teníamos quince. No hace falta que diga  sus nombres porque ellos saben muy bien a quiénes me refiero. Todavía nos quedan algunos proyectos que compartir. Nuestro próximo congreso será en Alicante en septiembre, donde esperamos reunir a unas 20-25 personas, actualmente distribuidas por toda la geografía nacional.

    

viernes, 20 de junio de 2025

La profesora de música

 

     Otto Bormann tenía diecinueve años cuando se enroló en la red de Ferrocarriles estatales de Alemania donde trabajó desde 1941 hasta 1943, año en que fue abatido por las Waffen-SS tras una operación especial de asalto a un tren en marcha. Durante dos años fue ayudante de maquinista transportando prisioneros judíos desde diferentes puntos de Alemania y Francia hasta Auschwitz en los llamados trenes de la muerte. No le fue fácil acceder a ese oficio puesto que  todos los aspirantes a trabajar en los convoyes que trasladaban a prisioneros judíos a los diferentes campos debían pertenecer al partido nazi. En su caso hicieron una excepción porque el titular en su puesto cayó enfermo y lo que pensaron que era algo coyuntural se fue alargando casi hasta el final de la guerra.

     Muchos días al acabar la jornada, Otto se emborrachaba con el fin de olvidar el maltrato y las vejaciones que sufrían los prisioneros. Olvidar era la palabra, pero no era tarea fácil sustraerse a la brutalidad unida a la impotencia que veía a diario cuando paraba el tren al final de su viaje. El maquinista jefe, Klaus Schmidt, una vez llegados a su destino, procuraba no dejarle demasiado tiempo libre y rápidamente lo tenía ocupado en tareas de mantenimiento de la locomotora: comprobar los inyectores de aire, engrasar los cilindros, en invierno llenar los areneros, mirar los niveles de aceite, llenar el depósito de agua, etc. Sin duda, tenía órdenes expresas de tenerle muy vigilado.

     Una mañana, estando en tareas de mantenimiento lejos de la vista de su jefe, vio una cara conocida entre el numeroso grupo de prisioneros que bajaba de los vagones. Se trataba de Erika, la bella profesora de música que le había dado clases años atrás en Düsseldorf. Vivía sola, su familia había emigrado a EEUU y ella les prometió que se uniría a ellos en cuanto pudiera. Otto desconocía su origen judío, significarse esos años equivalía a una deportación segura, él tenía entonces quince años y nunca se atrevió a decirle que estaba enamorado de ella. La vio sola, desvalida, cerrando el grupo, camino de su triste final después de un viaje de más de mil kilómetros en condiciones penosas.

     Eran los últimos prisioneros y ya apenas quedaban guardias en el andén. Casi sin tiempo para pensar y aprovechando que su jefe no estaba presente, Otto accionó el silbato de la locomotora para atraer su atención. Ella le miró reconociéndole al instante.

     —Erika, sube. Rápido!!! —fue la orden al tiempo que accionaba la palanca de contravapor para dar marcha atrás.

      Dos soldados que custodiaban el convoy se dieron cuenta de la maniobra una vez que el tren se puso lentamente en marcha.

     Erika no lo dudó y corrió hacia la locomotora. Su suerte ya estaba echada de antemano. ¿Qué podía perder? Otto la ayudó a subir.

      Achtung!! Achtung!! A continuación se oyeron una lluvia de disparos producidos por los centinelas.

     —Es una locura—dijo ella—nos matarán.

     —Tu destino será el mío —le respondió Otto.

     Entonces Erika lo comprendió todo; Aquellas miradas, aquellos pequeños detalles para con ella. Ambos se abrazaron.

     El Jefe de estación más próximo ya estaba sobre aviso. A los pocos minutos una compañía de las SS ocupó la estación y  mandaron el tren a una vía muerta para hacerlo descarrilar. Los guardias se encargarían de que no hubiera supervivientes. Las órdenes que venían de arriba eran tajantes: no debía haber testigos que explicaran las actividades dentro del campo, ni tampoco el destino final de los prisioneros.

martes, 17 de junio de 2025

Terapia musical

 

     En la planta de oncología del hospital Gregorio Marañón se halla el paciente Miguel Arazuri, el cual se encuentra en tratamiento por un tumor en el colon. Tiene sesenta y cuatro años, no es ni muy mayor ni tampoco joven. Una edad en la que uno piensa que todavía le quedan bastantes años de vida, tiene planes para su próxima jubilación pero la enfermedad nunca pregunta, simplemente aparece y punto. Lleva varias semanas ingresado y está esperando el dictamen final de los médicos y, aunque él es una persona optimista también se está preparando para lo peor. Observa con atención a otros pacientes que se encuentran en la misma o en parecidas circunstancias: cómo afrontan la enfermedad, las visitas que reciben, cuál es el reflejo de sus caras. Piensa que hay una verdad evidente y es que nunca estamos preparados para el viaje final que nos espera, porque la muerte es una palabra que nadie queremos oír. Para referirnos a ella preferimos utilizar eufemismos que resultan menos traumáticos como por ejemplo “fulanito nos ha dejado” o bien “menganito se ha ido para un largo viaje”.

     Por la planta del hospital aparecen de vez en cuando gente ajena al servicio médico y personal de enfermería o de limpieza. Se trata de personas voluntarias que ofrecen de manera solidaria interpretación, canto, etc. dirigido a pacientes que se encuentran hospitalizados. A veces también reciben la visita de algún deportista famoso que charla un rato con los enfermos, firma camisetas o se fotografía con ellos. Hoy lunes han recibido la visita de dos chicas jóvenes. Están en una gran sala, en medio de la curiosidad y rodeadas de enfermos, médicos y personal de enfermería, una ha colocado su teclado y la otra afina el violoncello. Poco antes de dar comienzo, la pianista, Lucía, ha presentado a su compañera Olga Kutnesova. Dice que pertenecen a la asociación Música en Vena, una organización sin ánimo de lucro formada por músicos voluntarios, que están allí para hacer olvidar por unos momentos el desconsuelo y la tristeza de quienes sufren enfermedades. Asegura que la fuerza de la música consiste en unir a las personas por encima de cualquier condición en un sentimiento de humanidad que engloba a todos. Sus palabras son recibidas con aplausos por parte de los enfermos y personal médico que se hallan presentes. Luego, y por espacio de media hora interpretan sonatas de Bach, Brahms, Debussy, Chopin, Mozart… Junto a los enfermos hay también familiares que les acompañan, muchos de los cuales apenas pueden dominar sus emociones.

    Para las intérpretes es un momento muy especial porque es la primera vez que actúan en un hospital y sienten esa comunión con el paciente que les escucha con respeto y atención. El concierto acaba con una salva de aplausos por parte de los asistentes. Luego se paran a hablar con los enfermos, se preocupan por su salud y se fotografían con ellos. Cuando se acercan a Miguel éste les pregunta qué obra han interpretado en último lugar. Olga le responde que la Serenata de Schubert.

     —Podríais tocarla de nuevo?

     —Por supuesto que sí.

     Cuando suenan los primeros compases del violoncello, Miguel siente que es una música triste pero al mismo tiempo de una gran belleza; piensa que tal vez el compositor se inspiró en un momento parecido a éste o después de padecer un tiempo de depresión. Hay un punto de melancolía en toda la obra. Luego siente que la música fluye hasta elevarse casi hasta el cielo. Han sido apenas cinco minutos pero Miguel se siente enormemente agradecido y cuando terminan besa las manos de las intérpretes.

     —¿Le ha gustado? —le pregunta Olga.

     —¿Qué si me ha gustado? Pensé que eran dos ángeles las que tocaban —ha respondido visiblemente emocionado.

    

    

 

 

 

 

 

lunes, 2 de junio de 2025

Eclipse de sol

 

     Toda la familia del joven Nurzhan son ganaderos trashumantes en las estepas de Mongolia, tal como lo heredaron de su cultura durante generaciones. Su actividad principal es el pastoreo de ganado, que en total suman más de trescientas cabezas entre ovejas, cabras y yaks de los que obtienen, leche, queso, lana, carne y otras bebidas fermentadas.

     Nurzhan  tiene diecisiete años. Es más bien pequeño de estatura pero de complexión robusta al igual que su padre. Conoce bien el oficio desde que dejó la escuela a los doce años. Ama la vida que lleva y quiere seguir la tradición familiar. Él y su familia viven en una tienda circular, al estilo nómada tradicional, que en cada cambio de estación se ven obligados a desmontar, siempre en busca de tierras fértiles para su ganado. En cambio su primo Arman, que es dos años mayor, emigró a la capital Ulan Bator en busca de oportunidades, harto de la vida en las montañas, pero ahora malvive en los suburbios aceptando trabajos míseros y mal pagados.

     Hoy debe desplazarse para vigilar el rebaño de ovejas que pastan en la infinita llanura verde salpicada de pequeños cerros que se abre ante sus ojos. Un riachuelo que nace en las montañas, discurre entre la vegetación de matorral bajo y sirve de abrevadero para el ganado. El cielo azul anuncia un espléndido día de primavera. A lo lejos se divisan las nevadas cumbres que dejaron atrás para asentarse en este valle rico de pastos al abrigo de un clima más benigno. Es casi mediodía y ayudado por sus perros Nurzhan trata de reunir el rebaño disperso por el gran valle, que ramonea buscando los tallos más tiernos de los arbustos. Momentos después nota que los rayos del sol son menos intensos pero apenas le da importancia, más preocupado en reunir el rebaño para la vuelta. Con el dinero que obtenga de la venta de leche de sus ciento cincuenta ovejas tendrán para comprar un generador para la tienda. La luz solar va descendiendo paulatinamente y algo más tarde las primeras sombras comienzan a aparecer sin que haya señal de tormenta. Nurzhan se pregunta qué está sucediendo pero no tiene a nadie a quien recurrir. Los animales se quedan quietos, como atemorizados, y los perros dejan de ladrar. Una hora más tarde la oscuridad es total y puede observar las estrellas y constelaciones que él conoce bien. Observa con claridad Orión, la Osa Mayor y Casiopea. Está algo asustado, hay algo de misterio, pero todo es hermoso y mágico a la vez. A pesar de conocer de memoria el cielo de las estaciones, nadie hasta ahora le ha hablado del fenómeno que está sucediendo. Minutos después la claridad vuelve de nuevo y las sombras se van retirando. Se pregunta si estará soñando, pero no, porque los perros de nuevo vuelven a ladrar en cuanto aparecen los rayos del sol. Sabe que ha sido testigo de un espectáculo extraordinario y está deseando  volver con los suyos a la tienda para contarlo.