domingo, 7 de septiembre de 2025

La vida te da sorpresas*

 

     Tomo prestado el título de un tema de Rubén Blades, músico, compositor y exministro de Turismo de Panamá, que supo contar de manera admirable a ritmo de salsa la historia de Pedro Navaja, ambientada en los bajos fondos de una gran ciudad en la que siempre hay alguien dispuesto a tirar de gatillo a cambio de unas cuantas monedas. Este suceso que voy a contar ocurrió en el parking habilitado para camiones a pocos kilómetros de Madrid.

     Ya desde el exterior del parking se escuchaban los ronquidos de alguien que estaba profundamente dormido en la litera de un tráiler marca Volvo Trucks. El intruso lentamente se acercó y accionó la cerradura de la puerta. Para su sorpresa comprobó que no estaba echado el seguro y subió a la cabina procurando no hacer ruido. Los ronquidos eran escandalosos, lo cual le facilitaba mucho las cosas. Dejó el portón sin cerrar por si acaso debía salir de naja, nunca se sabe, y a continuación se acomodó en el asiento del conductor. Era la cabina más confortable que había visto en su vida: asiento reclinable, nevera, pantalla táctil, aire acondicionado, ordenador a bordo, microondas, portaequipajes, escritorio...Miró hacia atrás. Una cortina separaba la parte del dormitorio El tipo seguía con sus estremecedores ronquidos. Lentamente se colocó el pelo sujeto con la gorra, sacó de su mochila una pistola y comenzó a descorrer la cortina mientas apuntaba.

     —Eh amigo, despier…

     Lo que no esperaba es que una escopeta de cañones recortados le estuviera apuntando a escasos centímetros de sus ojos.

     —Como hagas un solo movimiento te vuelo la tapa de los sesos. Dame la pistola y quítate la capucha para verte bien la jeta, hijo de puta.

     El asaltante obedeció presa de la confusión. Al quitarse la gorra la melena de pelo castaño le cubrió los hombros.

     —Pero ¿qué cojones?...

     El asaltante era una mujer. Llevaba una sudadera con capucha, vaqueros ceñidos, un piercing en la nariz y tenía el rostro confuso.

     —No sé si darte dos hostias o llevarte directamente al cuartelillo. Hace un rato te vi merodeando por aquí y sabía que vendrías. Luego me hice el dormido. Gentuza como tú nos suelen atracar de vez en cuando.

     —Mejor deja que me vaya y olvidemos el asunto —replicó ella.

     —Y una puta mierda. Tú vas al cuartelillo conmigo.

     Tenía la voz algo ronca y estaba visiblemente desconcertada. Una sombra de duda apareció en la cara del camionero, al percatarse de la voz de ella. Se incorporó, cerró la puerta del conductor, accionó el cierre automático y le dijo que se sentara en el asiento del copiloto.

     —Oye, no serás…—y a continuación hizo ademán de palparle la entrepierna.

     —No se te ocurra tocarme, gilipollas. Solo me soba quien yo quiero.

     —Tiene cojones la cosa—saltó furioso—Me asaltas y me amenazas con una pistola. ¿Se puede saber cuál era el siguiente paso? ¿Qué te proponías? ¿acaso sabes conducir un tráiler de cuatro ejes y treinta y seis toneladas? No tienes ni puta idea de lo que significa estar horas y horas todos los días en la carretera y encima tener que aguantar a gentuza como tú.  Debería denunciarte ahora mismo.

     —Sí —respondió ella.

     —Sí a qué?

     —Puedo conducir el tráiler, tengo el carnet.

     Roberto puso cara de sorpresa. Conocía a bastantes mujeres conductoras de autobús pero era la primera vez que una mujer le confesaba que conducía camiones de gran tonelaje.

     —A ver. Enséñamelo.

     A continuación ella buscó en su mochila y le entregó un documento con su fotografía. Catalina Bermúdez Taboada, 32 años, poseedora de carnet tipo C+E expedido en Zaragoza en noviembre de 2019. Válido por diez años.

     —Te propongo ser  socios, si quieres —dijo ella.

     —¿Socios tú y yo? ¿Estás loca? No gracias, las mujeres dais muchos problemas —y luego añadió—así que te llamas Catalina.

     —Prefiero que me llames Katia. Todo el mundo me conoce así.

     Una vez pasado el susto inicial, el camionero se fue relajando. Era de complexión fuerte, tenía cuarenta años. No era la primera vez que sufría un contratiempo y seguramente tampoco sería la última. La carretera estaba sujeta a múltiples imprevistos, lo cual añadía todavía más incertidumbre a una profesión cada vez más precarizada. Él se consideraba camionero vocacional pero ya iban quedando menos. Además, casi todos eran ya extranjeros.

     —A ver Katia, si me dices a qué te dedicas prometo no denunciarte. Y no me mientas porque conozco a la gente de tu calaña.

     Katia, guardó silencio unos instantes. No sabía si merecía la pena sincerarse con un tipo al que no conocía de nada. Pensó en abrir la puerta y escapar pero recordó que él las había bloqueado.

     —Me busco la vida como puedo. Cuando me quedo sin dinero recojo fruta o busco cualquier trabajo. Vivo al día. He trabajado en algunas agencias de transporte pero para mi desgracia a la hora de seleccionar personal prefieren a los tíos. El único consejo bueno que me dio mi padre era que aprendiera, luego cuando era todavía niña se fue de casa y no he vuelto a saber nada de él. Mi madre está en una residencia porque necesita cuidados, casi todo lo que gano es para pagar la residencia.

     —¿Sabes? No me das lástima. A veces recojo a alguien y casi todos contáis la misma milonga. Enséñame los brazos.

      Katia se subió las mangas de la sudadera. No había rastro de pinchazos.

     —¿Puedo saber dónde vives?

     —En un piso compartido en Aluche.

     Se produjo un prolongado silencio entre ambos.

     —Tengo la extraña virtud de equivocarme cada vez que debo tomar una decisión pero se me hace tarde, quiero olvidar el incidente porque  ahora debo ir a Guadalajara a por mercancía y llevarla a Sevilla, antes de salir te dejo en Madrid. ¿Te parece?

     —Vale, me parece bien.

     Su semblante era serio, se diría que estaba enfadada consigo misma. Se reprochó no haber saltado de la cabina en el momento en que el otro le encañonó con la escopeta. Estaba segura de que no se hubiera atrevido a disparar, tal vez la escopeta estuviera descargada. Durante el trayecto no hablaron ni una sola palabra, se limitó a escuchar cuando por radio le indicaron la dirección donde debía cargar la mercancía, en el polígono industrial de Azuqueca de Henares. Supo su nombre porque se dirigieron a él como Roberto. Una vez que aparcó el tráiler en el muelle de carga indicado, preguntó a qué hora estaría la carga completada. Era la hora de comer y tenía hambre, conocía un restaurante cerca, a buen precio y un servicio correcto. Luego fue a la cabina y pregunto a Katia si quería tomar algo. Cuando entraron en el restaurante, Vicky la camarera le saludó efusivamente y miró de reojo a Katia, no era la misma de la última vez pero por precaución no dijo nada. Cuando terminaron Roberto pagó la cuenta dejando una buena propina. Tenía confianza con Vicky, siempre le había tratado bien y encima le había hecho algún que otro favor. Después él y Katia se dirigieron a la oficina para firmar el albarán. Cuando estaban montados en el camión, Katia preguntó qué mercancía transportaba.

     —Doscientos cincuenta televisores de última generación. Te parece bien?

     Katia se encogió de hombros. Se acordaba de su madre, hacía ya algún tiempo que no le mandaba dinero pero todas las semanas se acercaba un rato para charlar con ella. Su sensación en ese instante era de disgusto, quería aclarar algunas cosas pero no encontraba el momento ni las palabras adecuadas para hacerlo. Al fin se decidió.

     —Quiero pedirte perdón y agradecerte que no me hayas denunciado… Es la primera vez, estoy avergonzada.  Lo siento.

     —¿Y la pistola?

     —Era de fogueo.

     Roberto asintió levemente con la cabeza. Hacía rato que la estaba observando sin que ella se diera cuenta, sabía que se sentía incómoda, insegura. Esos momentos que todos en alguna ocasión hemos tenido cuando no estamos bien con nosotros mismos. Estaban llegando a Madrid y ya aparecían las primeras urbanizaciones de la capital.

     —¿Puedo acompañarte a Sevilla? Prometo portarme bien y reemplazarte en la conducción mientras tú descansas.

     Roberto sopesó la situación. No sabía hasta qué punto podía fiarse  pero una corazonada le decía que su arrepentimiento era sincero. Aunque estaba acostumbrado a largos y tediosos viajes reconoció que un poco de compañía no le vendría mal.

     —Mi nombre es Roberto —dijo, tendiéndole la mano.

     —Ya lo sabía—replicó ella sonriendo.

                                                                                        ( Continuará)

                                                                                        

 

 

 

*Relato dedicado a mi sobrino Fernando Goñi Balda.   

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