Tomo prestado el título
de un tema de Rubén Blades, músico, compositor y exministro de
Turismo de Panamá, que supo contar de manera admirable a ritmo de salsa la
historia de Pedro Navaja, ambientada en los bajos fondos de una
gran ciudad en la que siempre hay alguien dispuesto a tirar de gatillo a cambio
de unas cuantas monedas. Este suceso que voy a contar ocurrió en el parking
habilitado para camiones a pocos kilómetros de Madrid.
Ya desde el
exterior del parking se escuchaban los ronquidos de alguien que estaba
profundamente dormido en la litera de un tráiler marca Volvo Trucks. El intruso
lentamente se acercó y accionó la cerradura de la puerta. Para su sorpresa comprobó
que no estaba echado el seguro y subió a la cabina procurando no hacer ruido.
Los ronquidos eran escandalosos, lo cual le facilitaba mucho las cosas. Dejó el
portón sin cerrar por si acaso debía salir de naja, nunca se sabe, y a
continuación se acomodó en el asiento del conductor. Era la cabina más
confortable que había visto en su vida: asiento reclinable, nevera, pantalla
táctil, aire acondicionado, ordenador a bordo, microondas, portaequipajes,
escritorio...Miró hacia atrás. Una cortina separaba la parte del dormitorio El
tipo seguía con sus estremecedores ronquidos. Lentamente se colocó el pelo
sujeto con la gorra, sacó de su mochila una pistola y comenzó a descorrer la
cortina mientas apuntaba.
—Eh amigo, despier…
Lo que no esperaba
es que una escopeta de cañones recortados le estuviera apuntando a escasos
centímetros de sus ojos.
—Como hagas un
solo movimiento te vuelo la tapa de los sesos. Dame la pistola y quítate la capucha
para verte bien la jeta, hijo de puta.
El asaltante
obedeció presa de la confusión. Al quitarse la gorra la melena de pelo castaño
le cubrió los hombros.
—Pero ¿qué
cojones?...
El asaltante era
una mujer. Llevaba una sudadera con capucha, vaqueros ceñidos, un piercing en
la nariz y tenía el rostro confuso.
—No sé si darte
dos hostias o llevarte directamente al cuartelillo. Hace un rato te vi
merodeando por aquí y sabía que vendrías. Luego me hice el dormido. Gentuza
como tú nos suelen atracar de vez en cuando.
—Mejor deja que me
vaya y olvidemos el asunto —replicó ella.
—Y una puta
mierda. Tú vas al cuartelillo conmigo.
Tenía la voz algo
ronca y estaba visiblemente desconcertada. Una sombra de duda apareció en la
cara del camionero, al percatarse de la voz de ella. Se incorporó, cerró la
puerta del conductor, accionó el cierre automático y le dijo que se sentara en
el asiento del copiloto.
—Oye, no serás…—y
a continuación hizo ademán de palparle la entrepierna.
—No se te ocurra
tocarme, gilipollas. Solo me soba quien yo quiero.
—Tiene cojones la
cosa—saltó furioso—Me asaltas y me amenazas con una pistola. ¿Se puede saber
cuál era el siguiente paso? ¿Qué te proponías? ¿acaso sabes conducir un tráiler
de cuatro ejes y treinta y seis toneladas? No tienes ni puta idea de lo que
significa estar horas y horas todos los días en la carretera y encima tener que
aguantar a gentuza como tú. Debería
denunciarte ahora mismo.
—Sí —respondió
ella.
—Sí a qué?
—Puedo conducir el
tráiler, tengo el carnet.
Roberto puso cara
de sorpresa. Conocía a bastantes mujeres conductoras de autobús pero era la
primera vez que una mujer le confesaba que conducía camiones de gran tonelaje.
—A ver.
Enséñamelo.
A continuación ella
buscó en su mochila y le entregó un documento con su fotografía. Catalina
Bermúdez Taboada, 32 años, poseedora de carnet tipo C+E expedido en Zaragoza en
noviembre de 2019. Válido por diez años.
—Te propongo
ser socios, si quieres —dijo ella.
—¿Socios tú y yo?
¿Estás loca? No gracias, las mujeres dais muchos problemas —y luego añadió—así
que te llamas Catalina.
—Prefiero que me
llames Katia. Todo el mundo me conoce así.
Una vez pasado el
susto inicial, el camionero se fue relajando. Era de complexión fuerte, tenía
cuarenta años. No era la primera vez que sufría un contratiempo y seguramente
tampoco sería la última. La carretera estaba sujeta a múltiples imprevistos, lo
cual añadía todavía más incertidumbre a una profesión cada vez más precarizada.
Él se consideraba camionero vocacional pero ya iban quedando menos. Además, casi
todos eran ya extranjeros.
—A ver Katia, si
me dices a qué te dedicas prometo no denunciarte. Y no me mientas porque
conozco a la gente de tu calaña.
Katia, guardó
silencio unos instantes. No sabía si merecía la pena sincerarse con un tipo al que
no conocía de nada. Pensó en abrir la puerta y escapar pero recordó que él las
había bloqueado.
—Me busco la vida
como puedo. Cuando me quedo sin dinero recojo fruta o busco cualquier trabajo.
Vivo al día. He trabajado en algunas agencias de transporte pero para mi
desgracia a la hora de seleccionar personal prefieren a los tíos. El único
consejo bueno que me dio mi padre era que aprendiera, luego cuando era todavía
niña se fue de casa y no he vuelto a saber nada de él. Mi madre está en una
residencia porque necesita cuidados, casi todo lo que gano es para pagar la
residencia.
—¿Sabes? No me das
lástima. A veces recojo a alguien y casi todos contáis la misma milonga.
Enséñame los brazos.
Katia se subió las mangas de la sudadera. No
había rastro de pinchazos.
—¿Puedo saber
dónde vives?
—En un piso
compartido en Aluche.
Se produjo un
prolongado silencio entre ambos.
—Tengo la extraña
virtud de equivocarme cada vez que debo tomar una decisión pero se me hace
tarde, quiero olvidar el incidente porque ahora debo ir a Guadalajara a por mercancía y
llevarla a Sevilla, antes de salir te dejo en Madrid. ¿Te parece?
—Vale, me parece
bien.
Su semblante era
serio, se diría que estaba enfadada consigo misma. Se reprochó no haber saltado
de la cabina en el momento en que el otro le encañonó con la escopeta. Estaba
segura de que no se hubiera atrevido a disparar, tal vez la escopeta estuviera
descargada. Durante el trayecto no hablaron ni una sola palabra, se limitó a
escuchar cuando por radio le indicaron la dirección donde debía cargar la
mercancía, en el polígono industrial de Azuqueca de Henares. Supo su nombre
porque se dirigieron a él como Roberto. Una vez que aparcó el tráiler en el
muelle de carga indicado, preguntó a qué hora estaría la carga completada. Era
la hora de comer y tenía hambre, conocía un restaurante cerca, a buen precio y
un servicio correcto. Luego fue a la cabina y pregunto a Katia si quería tomar
algo. Cuando entraron en el restaurante, Vicky la camarera le saludó
efusivamente y miró de reojo a Katia, no era la misma de la última vez pero por
precaución no dijo nada. Cuando terminaron Roberto pagó la cuenta dejando una
buena propina. Tenía confianza con Vicky, siempre le había tratado bien y
encima le había hecho algún que otro favor. Después él y Katia se dirigieron a
la oficina para firmar el albarán. Cuando estaban montados en el camión, Katia
preguntó qué mercancía transportaba.
—Doscientos
cincuenta televisores de última generación. Te parece bien?
Katia se encogió
de hombros. Se acordaba de su madre, hacía ya algún tiempo que no le mandaba
dinero pero todas las semanas se acercaba un rato para charlar con ella. Su
sensación en ese instante era de disgusto, quería aclarar algunas cosas pero no
encontraba el momento ni las palabras adecuadas para hacerlo. Al fin se
decidió.
—Quiero pedirte
perdón y agradecerte que no me hayas denunciado… Es la primera vez, estoy
avergonzada. Lo siento.
—¿Y la pistola?
—Era de fogueo.
Roberto asintió levemente
con la cabeza. Hacía rato que la estaba observando sin que ella se diera
cuenta, sabía que se sentía incómoda, insegura. Esos momentos que todos en
alguna ocasión hemos tenido cuando no estamos bien con nosotros mismos. Estaban
llegando a Madrid y ya aparecían las primeras urbanizaciones de la capital.
—¿Puedo
acompañarte a Sevilla? Prometo portarme bien y reemplazarte en la conducción
mientras tú descansas.
Roberto sopesó la
situación. No sabía hasta qué punto podía fiarse pero una corazonada le decía que su
arrepentimiento era sincero. Aunque estaba acostumbrado a largos y tediosos
viajes reconoció que un poco de compañía no le vendría mal.
—Mi nombre es
Roberto —dijo, tendiéndole la mano.
—Ya lo
sabía—replicó ella sonriendo.
( Continuará)
*Relato dedicado a mi sobrino Fernando Goñi Balda.
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