Aunque conocía el trayecto como la palma de su mano, lo primero que hizo Roberto al subir a la cabina del tráiler fue poner la ubicación de la descarga en San Juan de Aznalfarache, a siete kilómetros de Sevilla. Era su modo de hacer las cosas, no le gustaba dejar nada a la improvisación ni a las prisas de última hora. Eran las tres de la tarde y calculó que llegarían sobre las nueve. En la cabina sonaba música de Los Secretos y durante el trayecto miraba de reojo de vez en cuando a su compañera. No se puede decir que fuera una gran belleza pero era alta, de ojos grandes, boca sensual y tenía un cuerpo bien proporcionado. Llevaba tatuajes en los brazos y unos aros en la oreja izquierda. Katia era una mujer apasionada, alegre, a veces ingenua, pero la vida le había tratado mal y, además a eso había que añadirle algunas decisiones equivocadas. Roberto pensó que ya que iban a hacer un largo viaje no estaba de más conocerse un poco.
—¿Estás soltera o
casada?
La verdad es que
la pregunta no le cayó por sorpresa. Una mujer que es capaz de asaltar a un
camionero o es una lunática o está desesperada. Pensó que quien sufre las
consecuencias tiene derecho a saber.
—Estuve casada
pero no resultó. Era un celoso y un hijo de puta maltratador. Me separé y
conocí a otro, al principio fue bien pero luego se aficionó al juego y a la
bebida. Tengo la impresión de que me debo proteger, el mundo es un lugar hostil
y se puede decir que soy una mujer escarmentada.
—¿Y para eso
llevas una pistola?
—Bueno, digamos
que me da una cierta seguridad.
—Llevar un arma
aunque sea de fogueo siempre te va a dar problemas. Si vas a viajar conmigo
prefiero que te deshagas de ella. No me gustaría que la policía o la Guardia
Civil encontrara un arma en mi camión.
Eran sus
condiciones, estaban ya a sesenta kilómetros de Madrid y no era plan de ponerse
a discutir.
—Vale, en el
primer sitio que paremos la dejo en la cisterna del lavabo, como en la peli de El
Padrino. Bueno, yo ya te he contado un poco mi vida. ¿Y la tuya?
— Pues
estoy separado pero tengo un hijo de veinte años, también socio de la quinta
rueda. Le suelo decir que cambie de oficio, que esto no está pagado, pero le
tira mucho este mundillo.
Roberto es un tipo
de estatura normal, barba de dos días, tiene una pequeña cicatriz en la frente
y un hoyuelo en la barbilla. El camión es su casa, media vida conduciendo por
las carreteras del país le ha dado una seguridad y solvencia que sus jefes
tienen en cuenta. Es cumplidor a su
manera y aficionado a ciertos “trabajos” que le reportan algún beneficio no
exento de riesgos. Hace unos años recogió en Algeciras a una mujer de Mali que
pretendía llegar a Francia; eran los años de las primeras pateras, la dejó en
Barcelona. Fátima alguna vez le llama, trabaja de cajera en un supermercado de
Lyon y dice que le estará eternamente agradecida por haberla ayudado. No le
cobró, pero el riesgo era alto y hoy no volvería a hacerlo.
En los ratos de
silencio Katia tomaba buena nota de cómo conducía Roberto; la manera de tomar
las curvas, la velocidad, a qué revoluciones cambiaba de marcha, cómo reducía,
por si acaso tocaba reemplazarle un rato al volante.
—Verás, estaba
pensando una cosa —dijo Roberto deseando soltarlo.
—¿Qué cosa? —preguntó
ella.
—¿Recuerdas cuando
dijiste que fuéramos socios?
—Sí, lo recuerdo.
—Conozco a un tipo
marroquí que vive en Algeciras, el otro día me llamó diciendo que tiene
material, por si venía al sur. Que si me interesaba.
—¿Qué tipo de
material? —preguntó Katia
—Cocaína.
Katia casi saltó
despedida de su asiento alarmada.
—No me digas que estás metido en esa mierda.
—No me parece justo. Yo arriesgo mucho más que tú. Te propongo un 60-40 a mi favor.
Roberto dudó un momento. Katia tenía razón. La pena no era la misma para el que trafica con droga que para el cómplice.
—Pues eso no tengo. ¿Tienes dinero para un hotel u hostal?
—¿No dices que no tienes dinero?
—Quiero darte las gracias por haberte arriesgado y por esta noche maravillosa que hemos pasado juntos. Nunca hubiera pensado que iba a regalar flores a la persona que me ha apuntado con una pistola. La vida te da sorpresas. ¿No te parece?
Katia creía estar soñando mientras hablaba Roberto. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien tenía un detalle para con ella. Roberto se dio cuenta que detrás de la fachada de Katia solo había una persona sola y vulnerable.
—¡Qué vas a hacer luego con la coca? —preguntó cuando se repuso de la sorpresa.
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