El jueves acudí de
nuevo a la consulta con mi psicóloga. Es una mujer joven, de edad indefinida,
le calculo de treinta y cinco a cuarenta años, bien bronceada, va al gimnasio y
está en forma, hace un mes la saludé por el Retiro mientras hacía footing. Es
una persona afable pero a veces me desconcierta porque medita mucho las
respuestas. Otras veces permanece callada durante varios minutos sin dejar de
mirarme, como si intentara hurgar en mis pensamientos. Tras las palabras de
saludo de rigor me pregunta qué tal me encuentro tras la última sesión.
—Verá doctora, a
veces oigo risas cerca de mí estando yo solo. Es algo recurrente y me pasa
siempre por las mañanas nada más levantarme.
La doctora junta
las manos como en señal de oración. Se toma su tiempo. No me pilla de sorpresa,
ya estoy acostumbrado y luego me pregunta.
—Veamos. ¿Tiene
algún trauma infantil todavía no superado?
Tengo que hacer un
gran esfuerzo de introspección porque la infancia es una etapa que ya me queda bastante
lejos.
—Bueno, en el
internado a veces me meaba en la cama. Mis compañeros se reían de mí, pero ese
tema ya lo tengo superado.
—¿De verdad? ¿Cómo
lo sabe?
—Sí, lo solucioné
a base de trompadas. A los pocos días dejaron de reírse.
—Ya veo. Cortó por
lo sano —dijo con una sonrisa. ¿Y ahora tiene algún problema personal con
alguien?
—No que yo sepa.
Bueno, mi vecino de arriba está cojo. Anda con un bastón y todas las mañanas me
despierta. Hablé con él. Es un señor muy irritable, traté de hacerle ver que me
molestaba todas las mañanas paseando por
la casa con el bastón. Me dijo que ya tenía bastante con su problema para
encima tener que aguantar a vecinos como yo.
La doctora guarda
silencio. Junta de nuevo las manos.
—¿Qué sentimientos
guarda hacia él? —me pregunta de golpe.
—La verdad es que
a veces me gustaría darle una trompada.
Le miro un tanto
cohibido. Debe de pensar que soy un bruto que soluciona todo a base de
trompadas, pero me gustaría decirle que también tengo mi corazoncito, que lloro
en el cine y que soy una persona sensible. También que me gusta cuando junta
las manos, siento curiosidad y me
pregunto con quién se lo hará. Ay madre,
qué lío tengo en la cabeza. Mejor dejo que ella me pregunte.
—¿Tiene algún
deseo frustrado en la vida?
Ignoro si la
pregunta tiene algún sentido que ahora desconozco pero le digo la verdad.
—Me hubiera
gustado ser conductor de trenes.
—¿De verdad? Mi
padre era ferroviario. Se quejaba de la suciedad y la mugre. Cuando ve los
trenes de ahora dice que esto es otra cosa. ¿Y por qué dice que le hubiera
gustado ser conductor de trenes?
—Manejar una máquina de cien toneladas y
llevar a cientos de pasajeros tiene algo
de arcaico y atávico, es como el pastor que guía a las ovejas ¿no le parece?
Le miro para ver su reacción. Por toda
respuesta consulta su reloj y me dice que la sesión de hoy ha terminado. Eso me
deja un tanto frustrado, creo que la he defraudado o piensa que estoy como una
cabra. Nada me gustaría más que ver sus apuntes pero al mismo tiempo me da
miedo.
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