lunes, 10 de agosto de 2020

De comilonas y tragantúas

      De un tiempo a esta parte los programas de televisión referidos a la cocina han atraído a una audiencia deseosa de saber y aprender, desde las recetas más tradicionales hasta las más vanguardistas. Las escuelas de hostelería se catapultan ahora como salidas para un empleo de prestigio y socialmente reconocido.      

      La buena mesa, el arte de comer, la pitanza, etc han dejado una abundante muestra en la literatura y las artes a lo largo de la historia. Ya Petronio en su obra El Satiricón, nos muestra la afición de las clases altas del Imperio Romano por los excesos en la mesa, y también el cinismo e inmoralidad del círculo más próximo de quienes detentaban el poder. 

     Aunque en general tenemos la idea de que los banquetes en la Edad Media eran festejos toscos, con gente comiendo con las manos enormes trozos de carne sobre la madera desnuda, lo cierto es que un banquete del siglo XV se aleja por completo de esa idea, pues contenía los mismos ingredientes de lujo, ostentación y detalles en el menú que en la propia ropa de los asistentes. Las mesas estaban ocupadas por un rígido protocolo, la realeza a un lado y los nobles al otro. Los trozos de carne debían ser pequeños, que se pudieran tomar con solo tres dedos, que es lo que exigían los buenos modales. Los trinchadores los colocaban en pequeñas fuentes que podían ser individuales o compartidas por dos invitados.

     Ya en la actualidad, mi ilustre paisano José María Iribarren en su libro Batiburrillo navarro da cuenta de algunos estómagos formidables, capaces de verdaderas hazañas en torno a una mesa bien surtida de viandas.  Cita en el libro que a finales del s. XIX pasó por Pamplona en Sanfermines el famoso escritor, periodista, médico y gastrónomo José Castro y Serrano, el cual, en un artículo habla irónicamente de lo que comen en nuestra tierra. Cito textualmente: “Al desayuno chocolate con profusión de adherentes, más parecido a almuerzo que a desayuno. A las diez la ley que es una friolera: un huevecillo frito, una magra, cualquier cosa; a las dos gran comida que se compone por lo menos de sopa, dos cocidos, tres o cuatro principios, ensalada, dulces y postres. Por la tarde merienda; refresco al anochecer  y por la noche de nueve a diez una cena semejante a la comida, es decir, formal. Dícese que los alimentos son flojos y, en efecto lo son: buena vaca, ricas truchas, lechón y cordero asados; excelentes embutidos de puro lomo, pollos y pavo, pasteles y empanadas, sabrosos quesos y natillas, frutas brotando miel, todo flojo y sencillo; todo de una frugalidad abrumadora”.

    En Zalacaín el aventurero, Pío Baroja, acordándose de las visitas con su madre a las fiestas de Larumbe cuando era niño, también describe las fiestas pantagruélicas de los pueblos navarros:

    “El pueblo celebraba sus fiestas, que en Navarra se llaman “mecetas”, y la gente comía constantemente desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche sin parar. El desayuno se mezclaba con el segundo desayuno de las once; éste con la comida, la comida con la merienda, y la merienda con la cena”.

      Siguiendo con Iribarren, cuenta que en un banquete celebrado en un pueblo de la montaña navarra, un amigo suyo tuvo ocasión de ver a un ejemplar notable. Era un hombre panzudo, cara sonrosada, de anchas mandíbulas. Embestía contra las viandas y les roía los zancajos a los corderos con tan sañudo encarnizamiento, que su amigo apenas comió por ver comer a este voraz insigne. Se atizó tantos platos y en tan inmensas cantidades que más de uno temió que diese un reventón o que se atragantase de alimento. Cuando al final del ágape, quedó ahíto de comestible, su informante le dijo:

     —Estará usted hasta la nuez.

     —No lo crea —le respondió.

     Y le hizo esta bárbara confesión:

     —Por comer, comería aún más; lo que pasa es que me se cansan las varillas (las mandíbulas).

     Hace escasas semanas  visité un conocido restaurante madrileño famoso por su cocina de autor, llamada también cocina creativa. La imaginación, la mezcla de ingredientes, el esmero y la calidad en su elaboración, la exquisitez en la presentación son factores que representan este tipo de cocina. También el léxico un tanto prolijo  y sofisticado del nombre de sus platos. Vean si no el menú degustación tipo delicatesen que nos ofrecieron en el referido restaurante:

     1º Tartar de atún rojo Balfegó con ajoblanco de raifort y perlas de yuzu.

     2º Mini verduritas de temporada con emulsión de apionabo.

     3º Arroz meloso trufado de setas y emulsión de trufa.

     4º Sam de merluza Orly con mayonesa de café, lima y hierbas aromáticas.

     5º Cochinillo del chef con puré de castañas y tamarindo.

     6º Postre del chef: espuma de coco con limón y helado de yogurt.

     El estilo y el contraste entre ambas propuestas queda bien patente en la carta de presentación. A mí, que no soy de mucho comer, me agradó la propuesta y la elaboración de los platos, pero acordándome de nuestro amigo montañés dudo mucho que  saliera satisfecho de la visita a este establecimiento.


miércoles, 29 de julio de 2020

Catorce kilómetros


      Hace ya bastantes años, cuando el fenómeno migratorio comenzó a afectar directamente  a  España, vi un anuncio en el periódico que me llamó la atención. La Cruz Roja necesitaba voluntarios que dominaran el francés para labores de apoyo en Salvamento Marítimo durante los meses de Julio y Agosto. Tenía entonces veintisiete años y un espíritu romántico que me empujaba a cambiar el mundo. Rellené la  instancia, pasé una prueba y al cabo de tres semanas me llamaron para realizar un curso básico de aprendizaje en Algeciras, centro de operaciones que abarcaba toda la zona del Estrecho. Yo formaba parte de un grupo compuesto por enfermeras, médicos, psicólogos y hasta una matrona. Ya el primer día que nos hicimos a la mar para participar en un rescate, me impactaron las condiciones en que llegaban a suelo español las aproximadamente setenta personas a bordo de una barcaza: hipotermia, calados hasta los huesos y sin poder mantenerse en pie después de un viaje de ocho horas sin apenas espacio para moverse.
       El quinto día nos comunicaron que debíamos salir con urgencia para socorrer a una embarcación que se encontraba a la deriva a unas dos millas de la costa. Era al atardecer y apenas había luz natural. En unos minutos subimos a la lancha mantas y víveres en medio de un gran nerviosismo pues éramos conscientes de que el  retraso de unos minutos podía significar la diferencia entre la vida o la muerte. Cuando llegamos, la barcaza estaba a punto de naufragar debido a que todos querían abandonarla al mismo tiempo en medio de una gran confusión. Los primeros en subir fue una joven pareja con un bebé de pocos meses en brazos de su madre, entre escenas de alivio y también de llanto por todo lo que habían sufrido. Mientras repartíamos agua y mantas, observé que todos saludaban al padre del bebé con muestras de agradecimiento y palmadas en la espalda. Llevado por mi curiosidad quise saber el motivo y me dirigí a él antes de que pasaran el control policial para su identificación. Me dijo que se llamaba Malik, que era camerunés, pero una vez que vio a los policías uniformados cambió su actitud y se mostró receloso a seguir hablando conmigo. Traté de tranquilizarle diciéndole que estábamos allí para ayudarles, que comprendíamos las razones para abandonar sus países en busca de un futuro y que nuestra tarea era que estuviesen lo mejor atendidos. 
      No sé si mis palabras lograron convencerle pero al menos logré que siguiera hablando tras asegurarle que no era ni periodista ni policía y que  todo lo que contara quedaría entre nosotros. Comenzó entonces a relatar la odisea de su viaje. Había salido de su país hacía dos meses, pagado a varios guías hasta alcanzar la costa marroquí y luego al patrón de la patera. En total cuatro mil euros reunidos entre todos sus parientes. Antes de partir, un amigo le dijo que se hiciera con un arma. La travesía fue larga y difícil, llena de sobresaltos. En Malí una noche quisieron violar a su mujer, cosa que impidió apuntando con su pistola en la nuca al agresor. Nunca un consejo  le fue tan valioso. Ya en el Estrecho, el patrón de la embarcación, tras divisar de cerca la costa española les conminó a abandonar la embarcación amenazándoles con dar la vuelta si no lo hacían. Él se le enfrentó diciendo que ellos habían pagado para hacer la travesía completa, en vista de lo cual el patrón comenzó a maniobrar para dar la vuelta. Presa de desesperación, Malik sacó entonces su pistola, le disparó tres veces y le hizo caer al agua mortalmente herido. Nadie hizo nada por  socorrerle pero la embarcación quedó a la deriva a merced de las olas durante dos horas. Luego, cuando observó que se acercaba la patrulla de salvamento tiró la pistola al mar.
       Comprendí entonces su miedo a la policía, pero era poco probable que nadie le denunciase. Todos hubieran apretado el gatillo para librarse de alguien que comerciaba con ellos como si fueran mercancía. El Estrecho se había cobrado una nueva víctima pero esta vez nadie lamentó su muerte

lunes, 6 de julio de 2020

Dos minutos y treinta segundos


      Todo el mundo le había asegurado que durante aquellos días la diversión estaba garantizada, que tan  solo era cuestión de dejarse llevar por las calles y plazas del centro de la ciudad, un hervidero de gente en donde el blanco y el rojo eran los colores predominantes. Julián se encontraba  en Pamplona un 7 de Julio, una ciudad a rebosar. Había acudido con sus amigos dispuestos a pasar un fin de semana inolvidable, aunque a decir verdad, él iba más que nada a seguir las huellas de Hemingway, un personaje que siempre le había fascinado por su vida bohemia, su pasión por la caza y la pesca, amante del deporte (practicaba el rugby, natación, waterpolo, atletismo, boxeo) su espíritu aventurero y también por la etapa de  reportero de prensa  durante la guerra civil española. Julián quedó impresionado al saber que se había enfrentado a su familia por su deseo de viajar a Europa y combatir en la primera guerra mundial cuando todavía no había cumplido los dieciocho años. Conocedor de todas sus obras,  se preguntaba qué era lo que de verdad le había atraído de los Sanfermines para ser capaz de volver varias veces a Pamplona.
      A pesar de que no habían dormido la noche anterior y estaban cansados, todavía les quedaba un último  esfuerzo: correr el encierro. Julián deseaba vivir emociones fuertes, las mismas que Hemingway había sentido y supo dar a conocer al mundo las sensaciones de una fiesta única. En el momento en que sonó el cohete sintió cómo su corazón se aceleraba mientras sus amigos se daban ánimos esperando a los toros en la calle Estafeta. Poco a poco la carrera se fue acelerando y un minuto  más tarde la manada pasó junto a él como una exhalación. Trató de buscar a sus amigos pero éstos habían desaparecido en medio del tumulto. No importaba, pronto se reunirían en el lugar acordado para desayunar y comentar  experiencias.
      En ese momento miró hacia la izquierda y lo que vio le dejó sin aliento.  Un toro rezagado venía derecho hacia  él, se encontraba a dos metros de distancia y  no tenía  escapatoria posible porque se encontraba contra la pared. En medio del espanto se fijó en las impresionantes astas que coronaban su cabeza y en unos ojos que le miraban fijamente sin prestar atención a los pastores que con sus varas trataban de llevarse al animal. No existía un manual sobre cómo salir de ésta. Correr era su única alternativa pero el miedo le dejó paralizado.En medio del pánico quiso gritar pero de la garganta tan solo salió una especie de súplica. Se acordó de que también Hemingway había asumido el riesgo físico en varios momentos de su vida. Sin saber por qué, le vino a la mente la frase “vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver” y de repente le pareció absurda y ridícula porque nadie desea morir joven. Allí se encontraba , en una de las calles más famosas del mundo, a la vista de decenas de fotógrafos y cámaras que recogerían esos momentos de angustia. Confiaba   que en  su casa no vieran esas imágenes dramáticas. Cuando el animal se abalanzó sobre él, cerró los ojos porque no deseaba ver el final.  Lo último que recordaba eran los desgarradores gritos desde los balcones.       

martes, 23 de junio de 2020

Adolescentes


      Adriana se sabe el centro de las miradas de sus compañeros de clase. A su belleza se une su carácter abierto y espontáneo que la hacen ser la admiración de ellos y la envidia más o menos disimulada de ellas. Estudia segundo de Bachillerato y ya está pensando en su ingreso en la Universidad aunque todavía no tiene muy claro qué carera elegir. Desde pequeña sus padres le han inculcado que debe ser responsable de sus acciones y en general son tolerantes con ella  respecto a horarios y esas cosas que inquietan cuando se tienen hijos en edad adolescente.
     Suele  recibir  en el móvil mensajes y bromas sobre todo  de Alex y Pablo, compañeros de clase, pero a ella quien de verdad le atrae es Diego, un tipo alto y atlético, que casualmente es de los pocos que no le rondan a su alrededor. A menudo piensa la manera de estar a solas con él y lo comenta con sus amigas Lucía y Raquel para saber su opinión.
     —Hija, deja algo para las demás —le responden con sorna. Además, ese chico no te va. Sólo piensa en los estudios. Debe ser un aburrimiento salir con él.
     El colegio está preparando el viaje de fin de curso a Roma. Quieren saber qué conocimientos tienen los alumnos  de la ciudad y qué lugares desean  visitar, pero de momento Adriana piensa más en la fiesta de su cumpleaños y a quién piensa invitar.
     —Tía, vas a flipar —le dice Lucía. Ayer casi sin querer miré en la mochila de Diego.
     —¿De verdad era sin querer?
     —Escucha. Tiene una agenda con los datos de todos nosotros: nombres, edades, dónde vivimos, aficiones... ¿no te parece algo raro?
     —¿Pone algo de mí?
     —Joder tía. ¿Sólo te preocupa eso? Esas cosas en el cine las hacen los psicópatas.
     Adriana no quiere darle más importancia al asunto pero en su interior piensa si su amiga no tendrá algo de razón. Intenta concentrarse en la preparación de la fiesta de  cumpleaños en el chalet que sus padres tienen en un pueblo cerca de Madrid. Ha invitado a quince compañeros, también a Diego aunque sus amigas creen que no acudirá porque es un tío raro que va a su aire.
     El día de la fiesta la previsión es de una jornada de mucho calor. Alex es el primero que llega en una Harley que conduce su primo Mario, algo mayor que él. Se lo presenta y una vez que están todos, después de recibir los regalos y las sorpresas, Adriana  invita al resto a refrescarse y tras un momento de vacilación la mayoría  acaban en la piscina. Las miradas y las risas se entremezclan con las bromas de los más atrevidos. Adriana se siente un tanto desilusionada porque Diego al final no ha acudido a la fiesta pero intenta disimular su decepción y propone que Lucía y Raquel se encarguen  de la música y que Pablo, Alex y Mario preparen la barbacoa. En ese momento y ante la sorpresa de todos aparece Diego de manera discreta con un ramo de flores. Adriana no lo dice pero es el regalo que más ilusión le ha hecho. Sus amigas se dan cuenta inmediatamente e intercambian  miradas de complicidad. 
     Después de la comida la fiesta continúa entre risas. El alcohol comienza a aflojar los sentidos y a liberar las voluntades de los más reticentes. Entre todos han alquilado un micro bus que les llevará de regreso a sus hogares  ya que era la condición que habían impuesto los padres de Adriana que, radiante, apaga las diecisiete velas, siente que la vida es una fiesta  que contagia alegría y  ganas de ser feliz. El reggaeton y el trap se hacen los dueños de la tarde mientras Alex y Mario consumen alguna sustancia fuera del alcance de las miradas indiscretas del resto, que se divierten chapoteando en la piscina.
      A media tarde, cuando el ambiente está lo suficientemente animado, Alex y Pablo proponen que jueguen a "verdad o reto", un juego de preguntas y respuestas en el que se ponen a prueba el humor, salen a relucir los requiebros, la fantasía y el atrevimiento de los participantes. Todos aceptan. El juego comienza con preguntas  inocentes pero poco a poco el nivel va subiendo. Se sortean las parejas que deberán permanecer durante un máximo de cinco minutos en una habitación. Cuando la pareja  Adriana y Mario  resulta  elegida al azar, se escuchan los primeros murmullos a su alrededor que pronto desaparecen porque Lucía sube el volumen del reggaeton. Han pasado casi los cinco minutos cuando Diego sale del baño y escucha gritos que provienen de la habitación de arriba. Abre la puerta sin llamar y les sorprende forcejeando en la cama con Adriana al borde del llanto. Diego  fulmina con la mirada a Mario diciéndole que se largue de casa. Aliviada por su presencia, se abraza a él y éste le tranquiliza con palabras cariñosas llenas de ternura que era lo que Adriana necesitaba, en vez del comportamiento zafio del bruto que le cayó en suerte. Ya más relajada, echa el pestillo a la puerta,  lentamente se va desnudando y busca la boca de él poniéndose de puntillas. Luego le quita la camisa a Diego y abraza su torso musculoso, pero le nota algo frío y distante sin entender cuál es el motivo. Ella sin embargo se siente feliz, era lo que siempre había deseado apareciendo por sorpresa en el momento oportuno. Los ecos de una Harley  que desaparece se escuchan entre el sonido del reggaeton. Luego Diego se separa y camina despacio hacia la ventana mirando un largo rato fijamente a un punto. Adriana siente curiosidad y acude  para saber cuál es el objeto de su interés. Los dos observan en silencio a Pablo que está sentado en el columpio con un vaso en la mano contemplando sonriente al resto del grupo. 
     Adriana, decepcionada, ahora lo comprende todo. El juego ha terminado  para ella.                                                                                                                                 

miércoles, 10 de junio de 2020

Sin noticias del pasado

     Hoy toca comida familiar en casa de los Rodríguez. La excusa es el cumpleaños del abuelo Juan y por ese motivo han reunido a sus hijas, yernos y a Luis, el nieto de ocho años. La prodigiosa memoria que disfrutaba Juan hasta hace unos años ha ido desapareciendo y una espesa niebla se ha adueñado de su cerebro en los últimos tiempos. Apenas participa ya en las conversaciones porque la mayor parte del tiempo se encuentra sumido en el silencio en medio de un laberinto del que le resulta difícil salir. Tan sólo  en algunos períodos cortos de lucidez es capaz de seguir alguna conversación que no requiera demasiado desarrollo argumental.
     Su familia es consciente de su estado y procura dejarle solo con sus pensamientos mientras ellos pasan de un tema a otro durante la larga sobremesa. Dora, su mujer, observa con gesto impotente su mirada vacía, ajeno a las conversaciones que se suceden sobre la situación política, Cataluña y los diversos casos de corrupción. Luego ella y sus hijas se lamentan  de que después de toda una vida de trabajo no pueda disfrutar de su jubilación porque una enfermedad silenciosa ha hecho mella en él y ahora apenas es capaz de reconocer a quienes tiene a su lado. Para todos es una situación difícil, sobre todo para Dora que sabe con cuánta ilusión esperaba ese momento para dedicarse a su pasión favorita: las maquetas de barcos, que con tanto cariño y paciencia se entregaba a su construcción. Un majestuoso galeón español del S. XVII de más de un metro de largo está situado en un lugar preferencial del salón. A menudo lo contempla con indisimulado orgullo, invirtió más de tres años en construirlo pero sabe que el  esfuerzo mereció la pena. Para él es el objeto de más valor de la casa, hasta hubo un anticuario que estuvo dispuesto a comprarlo a buen precio, pero él siempre se negó diciendo que un padre nunca abandona ni se desentiende de sus hijos.
     Su nieto Luis se le queda mirando porque no comprende cuál es esa misteriosa enfermedad que le mantiene ajeno a lo que sucede a su alrededor y a día de hoy todavía nadie se lo  ha explicado suficientemente. El abuelo a veces le sonríe y le hace alguna carantoña pero hoy, después de soplar las velas varias veces y recibir los aplausos y los regalos de su familia parece que algo se ha reactivado en su cerebro. En un momento dado le hace gestos a su nieto para que se acerque.
      —Dime. ¿Tienes muchos amigos? 
      —Uff tengo mazo —le contesta su nieto de inmediato.
      — ¿Y eso son muchos o pocos?
      —Todos los de mi clase y los del equipo de fútbol. ¿Y tú tienes amigos?
      —Uno —le responde lacónicamente.
     La breve conversación se interrumpe porque Juan se ha desconectado de la realidad y su cerebro ha vuelto a ese estado de oscuridad en el que pasa la mayor parte del tiempo.
     Han pasado ya siete años desde entonces y Luis vuelve del cementerio junto a su madre  donde acaban de incinerar al abuelo.  En casa ambos luchan por disimular las lágrimas a pesar de que hacía ya mucho tiempo que dejaron de comunicarse con él, pero Luis siempre escondió una duda en su interior y ahora cree que es el momento de plantearla.
      —Mamá. ¿Quién era ese amigo del abuelo?
      La pregunta devuelve sin pretenderlo a la madre  a su infancia y a un periodo difícil en el que era mejor no preguntar según qué cosas porque ello abría  heridas que tardaban mucho tiempo en cicatrizar. Se sienta junto a él y por fin le cuenta lo que durante tantos años ha callado.
      —Tu abuelo ha muerto dos veces. Sí, has oído bien y me explico. Cuando era joven le acusaron del atraco a una joyería que él no había cometido. Fue a parar a la cárcel y allí conoció a un comunista, el cual le enseñó a leer y escribir. Le contó cómo era su vida en la clandestinidad, los malos tratos y torturas que había sufrido a causa de sus ideas. Quedó muy impresionado por su historia e hicieron una gran amistad. Al cabo de dos años se demostró su inocencia deteniendo la policía al verdadero culpable pero el daño ya se lo habían hecho. Rehízo su vida, se puso a trabajar y tres años después su amigo comunista alcanzó también la libertad. Cuando tu abuelo se casó invitó a su amigo a la  boda.  Le recuerdo viniendo a nuestra casa para visitar a mi padre. Juntos comentaban historias que habían vivido en prisión, una época triste pero que sirvió para unirlos y sobrellevar aquella experriencia tan amarga. 
    En su última visita, tu abuelo ya no le reconoció. Decía que quién era ese señor, que se fuera, que él no quería comprar nada. Esa fue la primera vez que murió. 

miércoles, 27 de mayo de 2020

Dos mundos diferentes


       A pesar de que ya llevaba varios años en España, Rachid seguía teniendo muy presente su condición de extranjero. Lo notaba en los gestos y en las miradas cuando iba en el Metro, en las conversaciones de los vecinos y en los comentarios del mercado de frutas donde trabajaba. La mayoría de la gente era amable con él, se sabía aceptado, pero algo le recordaba que era diferente; el lugar de procedencia y el color de su piel eran sospechosos allá donde fuera.
       Aunque educado en la fe musulmana en una familia muy tradicional, Rachid hacía tiempo que casi había abandonado la práctica religiosa, en parte escandalizado por tanto horror cometido en nombre de Alá en varias ciudades europeas. Ahora su única preocupación era enviar dinero todos los meses para ayudar a sostener a sus padres y cinco hermanos en Marruecos.
        En una fiesta celebrada en Lavapiés para conmemorar el fin del Ramadán conoció a Olivia, profesora de Literatura en un colegio público  de Vallecas. La conversación rápidamente giró en torno a ciudades como Xauen, Fez y Marraqueh que ambos conocían y de lo cerca y a la vez tan lejos que se encontraban sus respectivos países.  Rachid era bastante occidental en su estilo de vida para ser marroquí y Olivia demasiado libre de prejuicios para ser española. Los dos simpatizaron casi desde el principio; a Olivia le atrajo la alegría natural y las constantes bromas de Rachid y a éste la melena rubia y el movimiento de caderas de ella. 
        —¿Volverás a tu país? —le preguntó una tarde Olivia sentados en la terraza de un bar.
        —Sí. Aquí a cada paso me recuerdan que soy extranjero. Estoy ahorrando para construir una casita y montar un negocio. Me gustaría que vinieras conmigo. Allí podrías dar clases de español. 
        Sus constantes encuentros fueron afianzando una relación cada vez más estrecha. Ella ya intuía que esa invitación  tarde o temprano tendría que llegar. Veía en él un corazón sincero, todavía no contaminado por el resentimiento hacia una Europa que le cerraba las puertas.
       —Me lo pensaré —dijo Olivia con una sonrisa.
       —¿En serio? —respondió Rachid loco de contento sin acabar de creérselo.
        Rachid se mostraba convencido de que esta vez no habría barreras ni fronteras y que al fin había encontrado a una persona libre de prejuicios que no miraba el color de su piel ni el país de procedencia. Tomó una mano de Olivia entre las suyas.
        —Pero con dos  condiciones  —le advirtió Olivia.
        —¿Cuáles? —preguntó expectante.
        —Ni matrimonio, ni niños.
       A Rachid le cambió el semblante cuando escuchó estas palabras.
        —Pero... ¿Por qué? —dijo con voz lastimera.
        —Quiero seguir siendo libre. Tengo veintiséis años y de momento no me planteo tener hijos.
        Él sabía que sus padres nunca aceptarían ese sometimiento. ¡Una infiel y encima con exigencias! Pronto cumpliría los treinta en un país donde a esa edad muchos ya tenían familia numerosa. Lentamente retiró su mano de la de ella. Demasiadas barreras —pensó. Esta vez no eran físicas sino culturales.

jueves, 14 de mayo de 2020

El peso de las palabras


     Hay una pesadilla que se repite de manera recurrente en mis sueños. Un asteroide de gran tamaño impacta de manera brutal contra la Tierra, a consecuencia del cual ésta se desvía de su órbita para adentrarse por el espacio interestelar siguiendo un rumbo errático. La luz solar se va haciendo cada vez más débil, las estaciones desaparecen, la comunidad científica es incapaz de ofrecer una respuesta que calme a los ciudadanos y la incertidumbre y el pánico se adueñan de la población. Comienzan los asaltos a supermercados y el pillaje, ya no hay ley que ampare a nadie. En el ánimo de todos está el fin que se acerca. Escucho voces y golpes en la puerta de gente que pretende  entrar en mi casa mientras trato de buscar con desesperación el rifle que no tengo. En ese momento me despierto y tranquilizo. Luego, ya más aliviado, me levanto y voy a la cocina a beber un vaso de agua. Son las tres y media de la madrugada. Vuelvo a la cama pero no consigo conciliar el sueño. Doy vueltas y al  final opto por levantarme y coger  de la estantería el libro que dejé ayer casi a punto de terminar faltando una docena de páginas porque el sueño me vencía.
      Me siento frente a la mesa de mi habitación y comienzo a leer. El guion da un giro inesperado que me atrapa y la trama se complica en medio del suspense y la intriga. Paso las hojas con creciente interés, el libro es un tocho de mil quinientas páginas pero lo he devorado en apenas diez días. Cuando paso  la siguiente página observo con incredulidad que está en blanco, así todas hasta el final. En un primer momento pienso que es debido a un error en el proceso de impresión pero me alarmo al comprobar que todas las páginas del libro están ahora en blanco. Me levanto para dejar el libro en la estantería y tropiezo con algo que hay en el suelo. Son todas las frases y palabras del libro que se han desprendido  y ahora  cubren el suelo y se van amontonando  encima de sillas y también de la cama. Cojo otros libros de la estantería y todos están en blanco. El montón de palabras no deja de crecer, ya me llega por las rodillas y tengo dificultades para moverme. Con mucho esfuerzo consigo llegar a la puerta y trato de abrirla. Es inútil, apenas consigo abrir unos milímetros. Jamás pensé que las palabras pesaran tanto. En mi candidez imaginaba que serían algo parecido a la nieve cuando cae; algo en apariencia tan liviano que apenas se nota pero que sin embargo cuando se acumula es capaz de romper las ramas de los árboles y hundir tejados bajo su peso. 
     Miro a mi alrededor. Ahí se amontonan de cualquier manera y en completo desorden verbos, preposiciones, adverbios, conjunciones, oraciones subordinadas, adjetivos, pronombres. Mi situación  empieza a ser desesperada; el montón de palabras me llega ya a los hombros y no veo la manera de hallar una solución a mi problema. Ahora comprendo que las palabras —tanto habladas como escritas— nunca son inocuas; son capaces de expresar la belleza y los mejores sentimientos pero también  pueden llegar a herir e incluso matar. Nunca hubiera pensado que la vida me depararía un final así.  Aparentemente las palabras bailan en el aire cuando las pronuncias, al igual que las notas musicales. Pero eso es en apariencia, porque siempre llevan una carga emocional que las acompaña. Algo se me mete en el oído y me molesta: es una vocal que se ha desprendido de su palabra. La angustia me atenaza y me falta el aire. Ya apenas puedo respirar bajo el peso de centenares de miles de palabras que casi cubren toda la habitación, pero en un  último esfuerzo garabateo con el dedo en el cristal empañado de la ventana un S.O.S. que espero sea mi salvación. 
     En ese momento abrí los ojos debido a la desagradable sensación de frío que me embargaba. Me había quedado dormido sentado frente al libro que acababa de leer de Stephen King.