miércoles, 1 de abril de 2020

Youtubers


            Durante algún tiempo consideré que la brecha generacional de padres e hijos era algo  que con el tiempo se acortaría porque una nueva mentalidad iba emergiendo  con el fin de sustituir a la clásica figura autoritaria del padre dentro del ámbito familiar. Sin embargo, me asaltaban un montón de dudas una vez comprobada cuál era la realidad dentro de mi entorno. Lo pensaba el otro día mientras mi hijo se estaba duchando (siempre con agua fría para tonificar el cuerpo y de paso, según sus palabras,  para ahorrar energía), antes de desayunar. Poco antes de que saliera  de casa para ir a clase eché un vistazo a su habitación.
       —¿Otra vez sin hacer la cama? A ver si ordenas un poco tu cuarto que esto no es un hotel y aquí no tenemos servicio de limpieza.
       —Buff, ya me empiezas a rayar.
       —¡Pues haz las cosas! Que queréis que os lo den todo hecho.
       —No me tuestes más y deja que yo me organice –me respondió molesto. 
        —Una buena mili es lo que te hacía falta para que te enseñaran disciplina. Por cierto, hablando de otra cosa ¿qué tal estuvo el concierto de anoche?
        —Mazo bien. Estaba todo petao.
        —¿Quieres dejar de utilizar esas expresiones tan ridículas? Todo el mundo las repite. Igual que la gilipollez de: “eso no, lo siguiente”.
       —En tu época también repetías cosas que hacían los demás.
       —¿Por ejemplo?
       —Llevar el pelo largo y los pantalones campana.
        —Chaval, eso era contracultura. Y además luchábamos contra el régimen de Franco. Nos enfrentábamos a la policía. No como  vosotros, todo el día pendientes del móvil o Instagram. Y conste que no estoy en contra de las nuevas tecnologías ni soy un carcamal.
       —Papá, ya no se dice eso para referirse a uno que es un antiguo.
       —¿No? ¿Y cómo se dice?
       —Pollavieja.
       Me quedé unos instantes un tanto confundido y sin saber cómo reaccionar.
       —Joder, entre los blogueros, influencers, youtubers y millenials me tenéis hecho un lío.       
        —Pues esa es la realidad.  A ver si os recicláis. Vosotros sois el pasado y esto es el futuro.
       —Un futuro negro es lo que os espera como no  espabiléis –le respondí.
       —Claro. Es la herencia que nos habéis dejado. Un mundo de plásticos y deshechos.
       Mi hijo miró el reloj, cogió los libros y los metió en la mochila.
       —Bueno me voy, que llego tarde a clase.
       Cerró la puerta y me quedé un rato pensando en lo que habíamos hablado. Estaba claro que su mundo en nada se parecía al mío. La brecha generacional seguiría existiendo por más que yo hiciera esfuerzos en tratar de eliminarla.
       —Así que pollavieja. Qué jodío.                                            

jueves, 26 de marzo de 2020

Sálvese quien pueda


       Las circunstancias de cada uno y el tiempo en el que nos toca vivir, hace que algunas vidas, en determinados momentos, sean extraordinariamente difíciles y, en algunas ocasiones hasta heroicas. La de mi abuelo materno fue una de ellas. Se llamaba Dionisio Ruiz y nació en un pequeño pueblo de Soria a finales del s. XIX, una época social caracterizada por evidentes restos de feudalismo en buena parte de las zonas rurales del país, cuyo exponente más conocido era la figura del cacique a cuyo servicio e interés estaba supeditada la actividad agraria de grandes latifundios. En política la Monarquía debía hacer frente al poder cada vez mayor de los partidos obreros y a la incipiente actividad industrial, que favoreció el nacimiento de los sindicatos y que desembocaría más tarde en enfrentamientos con la fuerzas del orden. A todo esto debemos añadir la cuestión militar en el norte de África, las protestas por tantas vidas y recursos destinados a la guerra de Marruecos que conducirían al  Desastre de Annual.
     Mi abuelo era panadero de profesión pero con el tiempo y los años aprendió y desarrolló otros oficios como electricista, carpintero, apicultor, hortelano y algún otro que olvido. Durante mi infancia mi contacto con él fue escaso y se reducía al periodo vacacional debido a que no vivían con nosotros y porque además en aquella época la relación con los mayores era más distante y lejana que en la actualidad, en la que entre abuelos y nietos hay más comunicación y diálogo. Además tampoco soportaba mucho el jaleo de la chiquillería a su alrededor. Hombre de pocas palabras, le recuerdo sentado en su sillón de mimbre, con barba de dos o tres días leyendo la prensa que diariamente recibía. Al andar arrastraba los pies con su paso torpe y cansino ya castigado por la edad. 
     A la edad de dieciséis años  me encontraba yo estudiando el Bachillerato lejos de mi ciudad natal. Un día recibí carta de mi casa en la que se me comunicaba que mi abuelo acababa de fallecer víctima de una gripe que no pudo superar debido a su delicada salud. Pocas cosas sabía yo de su vida excepto que había sido el encargado de la central eléctrica del pueblo hasta su jubilación, pasando luego a residir en una casa de dos plantas que con mucho esfuerzo se había hecho construir unos años antes. Durante bastante tiempo dejé de frecuentar aquella casa excepto en algunas breves visitas a mi abuela que ya empezaba a sufrir el mal de Alzheimer.
     Pasados los años, durante mi última visita, la curiosidad me llevó a subir al desván con la intención de buscar alguna cosa que me pudiera servir para mi recién estrenado piso de alquiler. Allí se amontonaban en profuso desorden mesitas de noche, somieres, lámparas de cristal, una radio de bujías, un calentador de cama, un cochecito de bebé, utensilios de cocina... todo ello tapado con sábanas, las cuales le daban un cierto aire fantasmal. Hacía mucho tiempo que no subía por allí porque de pequeño me parecía un sitio tenebroso y solitario que me hacía imaginar peligros para quien se atreviera traspasarlo. Al fondo, en un rincón había un armario. Me acerqué y vi que algo sobresalía en la parte superior. Acerqué una silla y me subí. Se trataba de un viejo periódico  y soplé  para quitar el polvo que lo cubría. Era de octubre de 1958 y en su portada anunciaba la muerte Papa Pío XII. La curiosidad me llevó a abrir el armario pero allí solo había perchas, una manta doblada y toallas envueltas en plásticos. En la parte inferior había dos cajones; el primero contaba con un juego de sábanas. Abrí el segundo cajón y apareció un libro de tapas duras que me resultó familiar: la "Enciclopedia Alvarez", junto a antiguos cuadernos de caligrafía y dibujo. A su lado una caja metálica con abundantes fotografías familiares en blanco y negro ya curvadas por el paso del tiempo. Les eché una rápida ojeada y cuando me disponía a cerrarla divisé al fondo una tapa de cartón que abarcaba toda la superficie de la caja impidiendo ver lo que había debajo. Cuando con alguna dificultad conseguí retirarla apareció una pequeña libreta atada con una cuerda que me llamó la atención. La tomé en mis manos y descorrí el nudo. Escrito en grandes caracteres a plumilla se leía "Campaña de África" y más abajo en letra pequeña "Dionisio Ruiz". Sin poder contener mi curiosidad me senté en la silla y abrí con cuidado lo que parecía un pequeño diario, mientras en mi interior algo me decía que estaba a punto de desvelar un secreto guardado durante mucho tiempo. El texto estaba escrito a lápiz y tenía una caligrafía bastante aceptable. Comencé a leer un fragmento. "2 de julio 1921. El rancho de ayer era pobre, un caldo con alguna patata, un trozo de tocino y un pedazo de pan. Así llebamos un tiempo desde que hay orden de avanzar no tenemos descanso. Pero lo peor es la sed, los aguadores tienen que buscarla lejos en los pozos pero deben ir con escolta y a veces los moros atacan y se oyen los pacos. Tienen buena puntería y rara vez fallan. Se esconden en el terrerno y aguantan el calor mejor que nosotros. Llevan unas túnicas de pies a cabeza porque dizen que lo que quita el frío quita el calor. Yo me quejaba del sol cuando trabajaba con padre en las faenas del campo pero eso no era nada comparado con el fuego abrasador de estas tierras. Quiera Dios que esto se termine pronto no veo la hora de irme de aquí".
     De repente me vi en un mundo desconocido. Era retroceder a otra época y lo que contaba me sonaba a alguna película que había visto de suspense o aventuras. Aunque algunas palabras no las entendía ahora recordaba lo que mi padre nos contaba acerca de los años del hambre una vez terminada la guerra civil. Seguí leyendo porque las primeras líneas me habían dejado intrigado y con ganas de saber más. "8 de julio 1921. Estoy destinado en los establos para el cuidado y condución de las reatas de mulos. Cargan con los morteros y la artillería pesada hasta los puestos abanzados y el trabajo es duro porque estamos siempre en movivimiento. El calor y la sed son un suplicio y bebemos en el abrevadero junto con las bestias porque no es posible resistir ver el agua y no beber. Nuestro descanso es solo cuando permanecemos varios días en el mismo sitio pero eso sucede pocas veces, por lo menos no hacemos guardias ni refuerzos porque la noche es muy traidora y ahi que estar alerta al vivir rodeados de enemigos. El capellán es bueno conmigo porque dice que no blasfemo y me consigue cuando puede un buen calzado o algo de chocolate y galletas. Nose por qué escribo esto, todo es recordar penas y alegrías pocas que ya me avisaron cuando me enviaron a esta tierra de moros, te dicen paisa, paisa, pero luego en cuanto te descuidas te traicionan. En mi compañía hay  muchos que son analfabetos y yo les ayudo a escribir a sus familias que mucha tristeza es que nada sepan de ti los tuyos. Me acuerdo del maestro don Baldomero que gracias a él leo, escribo y estoy instruido en las cuatro reglas, la suerte que tuve yo no la tuvieron estros pobres desgraciados. Bien me guardo de contar la mala vida que llevamos cuando escribo a los padres, antes al contrrio todas las mentiras me parecen pocas y les digo que la comida es buena, que no nos falta de nada y que este lugar no es tan malo como se dize. Nos avisan que mañana o pasado hemos de lebantar este emplazamiento pero tanto trasiego es malo para trabajar con las bestias que solo obedecen a golpes y eso me produce quebranto".
     A pesar de algunas faltas de ortografía la estructura narrativa era buena y reflejaba fluidez y una aceptable riqueza de vocabulario. Asimismo se apreciaba un indudable gusto e interés por rarrar el acontecer diario en el campamento. algo propio de quien disfruta con la escritura y el relato aunque no tuviera un destinatario claro por tratarse de un diario. En ese momento mi abuela me llamó desde la planta inferior. No me había percatado del tiempo que llevaba allí. Guardé el diario en el bolsillo y coloqué el resto como estaba. Si había permanecido oculto durante tantos años sin que nadie se percatara no habría problema en que se cambiara de sitio. Además yo tenía la intención de saborear aquel hallazgo sin sobresaltos. Ya se me ocurriría más adelante qué hacer con él.
     —¿Has encontrado algo que te sirva? —me preguntó al verme sonriente.
     —Ya lo creo. He visto una radio que me vendría muy bien.
   —Ay cuánta compañía nos hizo. Era lo único que teníamos. Ahora tenéis de todo y no sabéis apreciarlo. Anda llévatela, así al menos tendrás un recuerdo nuestro.
     Mi abuela tenía lagunas y también momentos en los que desvariaba, pero sin embargo en otros yo la veía tan sorprendentemente lúcida que me dejaban un tanto desconcertado. Satisfecho por mi descubrimiento y viendo que estaba locuaz y animada traté de sonsacarle alguna información.
     —¿Te contó algo el abuelo de cuando estuvo en la mili?
     —!Sálvese quien pueda! —respondió de inmediato. Pasó mucho el pobre, pero nunca quiso hablar de ello. Sé que escribió unas notas contando cosas del servicio, pero las escondió en algún sitio y con el tiempo se han perdido.
     Yo nada le dije. Me llevé la radio y le prometí que cuando estuviera todo listo le llevaría para que conociera mi nueva casa. Al día siguiente que era domingo me desperté tarde y con resaca de la fiesta a la que acudí la noche anterior. Me dolía la cabeza y desde mi cama oía cómo el viento y la lluvia azotaban los cristales de mi habitación. Era el típico día de invierno que invita a quedarse en casa sin hacer nada. Comí algo, me tumbé en el sofá y me dispuse a seguir leyendo el diario de mi abuelo.
     "11 de julio de 1921. He pasado malos días por culpa del Sgto. Hinojosa de resultas de un problema con los mulos. Ocurre que cuando la ocasión es buena los sacamos de paseo, siempre a primera hora de la mañana para evitar el sol abrasador cada cual con el suyo y andando, cogidos del ronzal. Siempre vamos si es posible por caminos tranquilos de gentes pero el otro día unos moros alborotadores con los que nos hemos cruzado han cogido piedras y haciéndolas sonar unas contra otras han espantado a las caballerías y el mulo que yo conducía se ha encabritado y hechado a correr. Yo no quería soltarlo y me ha arrastrado hasta que temiendo que me golpeara con sus cascos e soltado la brida. Luego los juramentos del sargento an sido a partes iguales para los moros y para mí porque perder un mulo decía es como perder el fusil que cae en poder del enemigo y se aprovecha dello. El resultado una semana en el calabozo al lado de borrachos y pendencieros. Uno dellos está porque se peleó con un teniente en el patio del cuartel y le arrebató la pistola amenazándole para que le dieran un permiso para ver a su padre enfermo, pero ya no dan permisos porque la gente una vez en la península deserta para no volver. Si no es por el cuerpo de guardia hay una tragedia. Desde hace algún tiempo dormimos en traje de faena y el correaje porque en cualquier momento nos atacan pero sobre todo les tememos en campo abierto que conocen bien el terreno. Me dice Amador que es de cerca de mi pueblo que en su compañía alguno se a disparado en la pierna para estar un tiempo en la enfermería y no ir a combate.
     Estoy inmerso en la lectura y soy incapaz de dejarla, cada episodio me parece más interesante y descubro una realidad que jamás hubiera soñado. Enseguida me intereso por la guerra de Marruecos de la que apenas sabía nada y, cosas de la vida, ahora dispongo información  de primera mano. Hasta el momento nadie en la familia había comentado nada. ¿Es posible que nadie conociera la existencia del diario? Sigo leyendo.
     "20 de julio de 1921. Estamos en Annual. Recibimos órdenes de auxiliar con agua y víveres a los defensores de Igueriben que se hayan rodeados por tropas moras. Conducimos las reatas de mulos protegidos por fusileros pero temo por mi vida y rezo para que nada me pase. La distancia es un kilómetro pero con algunas lomas escarpadas y los moros nos atacan a cada paso. Pronto comienzan las descargas y el Cap. Valbuena da la orden de poner las acémilas al resguardo de un cortado. Los animales soportan mucho peso con las cubas de agua y a veces no obedecen, algunos se impacientan y les golpean con la fusta y caen y hay que ayudar a levantarlas, todo son gritos y juramentos en medio de un sol abrasador que derrite la cabeza y seca la garganta. Luego vino lo peor. Una mula soltó una coz y me golpeó en la frente. No recuerdo más. Me contaron que quedé tendido en el suelo con una brecha y el Sgto. Hinojosa dijo al Cap. Valbuena que no disponíamos de botiquín y éste escupió blasfemias que no me atrevo a  repetir hasta que ordenó que me volvieran al campamento pero con el peligro de ser un blanco fácil. Tuve suerte y desperté a las tres horas con quince puntos de sutura y un bendaje en la cabeza, doy gracias a Dios de contarlo que algunos compañeros se quedaron allí acribillados segun me an contado, aquello era una ratonera sin poder escapar y rodeados de enemigos no pudiendo hacer llegar la ayuda de socorro a los que defendían Igueriben. El agua se derramaba de las cubas a causa de los disparos de los moros y el Cap. Valbuena ordenó retirada de lo contrario se perderían hombres y mulos. Lo importante es que sigo vivo no sé cuanto tiempo porque esta maldita guerra no se acaba nunca".
     "27 de julio de 1921. Nos acercamos al blocao próximo al campamento para enviar piezas de artillería y municiones. Nadie responde a nuestra llamada y al llegar contemplamos con horror que toda la unidad a sido aniquilada, hay sangre por todos lados porque los han degollado. Diez hombres muertos. Hemos llorado de impotencia y de rabia por esta salvajada, los moros han debido de cortar el heliógrafo para que no dieran aviso al campamento, la emboscada fue por la noche porque los cadáveres estaban fríos. El suboficial que mandaba  el destacamento tenia la cara irreconocible. Los salvajes le habían golpeado las quijadas con piedras para arrancarle dos dientes de oro. Entonces el Cap. Valbuena a ordenado enterrarlos allí cerca y no llevarlos al campamento para que la tropa no se impresionara con el espectáculo. Luego a dirigido unas palabras diciendo que aquellos valientes no han muerto inútilmente sino en cumplimiento de un deber que les a encomendado la patria. Despues los fusileros han hecho una descarga de homenaje. Durante dos días no e probado bocado y de noche me han venido pesadillas."
     Han pasado varias semanas desde que comencé a leer el diario y cada día descubro nuevas aventuras y sobre todo padecimientos. También me voy acostumbrando a ese estilo de narrar directo y sin artificios. Me sorprende lo bien que transmite la realidad del terrero y la geografía de su entorno, pero no acabo de comprender el por qué se negó a que todas esas cosas se supieran.
     "2 de agosto de 1921. Hoy es mi cumpleaños. Nada hay mas triste que celebrarlo lejos de los tuyos, los recuerdos se me amontonan pero es mejor no seguir mucho en ellos que todo es lamentarse de haber caido en esta tierra. Tan solo pido no morir aqui, que las penurias las aguanto todas porque nací pobre pero no quisiera añadir mas sufrimientos a mi familia que bastante tendran con saberme lejos, trato de pensar solo en el momento de estar con ellos y abrazarlos".
     "6 de agosto de 1921. Nos levantamos a primera hora para aprovechar la fresca, son los mejores momentos del dia. El Cap. Valbuena habla hoy de táctica militar nos cuenta la batalla del Barranco del Lobo, que por culpa del desconocimiento del terreno los españoles sufrieron una derrota aunque tenian mejor armamento. Ls  zona que nos rodea es tierra pelada pero hay pequeñas lomas donde se domina al enemigo, allí instalamos puestos de observación. Despues toca limpieza de armamento, a mi me dan un fusil que tengo que desmontar, limpiar y volver a colocar en unos minjutos. Nos recuerda el capitan que estamos en guerra, que aunque sirvamos en intendencia con los mulos, tenemos que estar preparados para el manejo del arma que eso nos puede salvar la vida".
     "11 de agosto de 1921. Hoy e visto la muerte de cerca, el dia mas amargo de mi vida. Todo a sido correr y no parar mientras veia gente herida a mi alrededor pidiendo que no los abandonáramos. Nos han atacado desde las alturas aprovechando la sorpresa y que eran un numero mayor que nosotros. Al principio nuestro capitan a tratado de mantener la calma y preparar un plan para organizar la resistencia pero de seguido a comprendido lo inutil y descabellado pues nadie obececí ordenes. Todo se a perdido, las acemilas, el armamento que todo era salvar la vida no importaba el  como ni de que manera y evitar caer en manos de los moros. Un regimiento de caballería a venido en nuestro auxilio y a impedido una matanza mayor. A todas horas me pregunto que hemos venido a hacer aqui".
     "26 de octubre 1921. Gracias a Dios estoy a salvo pero las desgracias que e visto y oido no las podre olvidar nunca. En Mililla hay familiares que han venido para conocer el paradero de sus hijos y saber si estan vivos o no".
     Al diario le faltaban algunas hojas, tal vez las había arrancado arrepentido de haber contado lo que no debía. Cuando terminé de leerlo lo contemplé en mis manos. En esos momentos me sentí próximo a mi abuelo a pesar de que hacía ya muchos años que había fallecido. Por primera vez comprendía su carácter reservado y taciturno que yo recordaba de mi niñez. Aquella experiencia le debió de marcar de por vida. Conocer su pasado fue toda una sorpresa para mí. Nunca hubiera imaginado que una vida en apariencia normal tuviera un ayer tan trágico y turbulento.
     Pocos días después de terminar de leer el diario recibí una llamada de casa diciendo que mi abuela había empeorado y que se encontraba en una clínica hospitalaria. Me acerqué a verla y el doctor me explicó que a consecuencia de un ictus había perdido el habla y que su estado general era de deterioro progresivo. Subí a su habitación y la encontré sentada en una silla mirando el pálido sol que se filtraba a través de la ventana. Me senté frente a ella. Tenía una mirada inexpresiva que no varió al verme. Me costaba reconocer en su rostro a aquella mujer vital y sonriente que siempre había sido. Nació en 1899 y decía que si llegaba al año 2000 habría conocido tres siglos. Solo le faltaban dos años pero su estado actual ya no invitaba a ningún tipo de celebración. Venciendo mi aprensión le hablé con dulzura diciéndole quién era yo, que pronto se pondría bien y volvería de nuevo a su casa, pero nada de lo que le decía hacía cambiar su semblante ausente y vacío. Yo me negaba a aceptar aquel triste final para ella y no sabía de qué manera podría contribuir a mejorar en algo su situación. Casi sin darme cuenta saqué del bolsillo de la chaqueta el diario de mi abuelo y se lo puse en sus manos. Bajó la vista, lo miró detenidamente y al poco percibí una mínima reacción de sorpresa en su rostro. Lo abrió y leyó unos segundos, luego pasó a otra al tiempo que yo estudiaba en silencio sus movimientos. Lentamente siguió pasando páginas, después cerró el diario y lo besó. Levantó la vista y volvió a mirar por la ventana. Su semblante era de paz y sus ojos brillaban.
     
     
     

lunes, 16 de marzo de 2020

Unos huéspedes incómodos



     La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida... dice la letra de una conocida canción del panameño Rubén Blades. Y nada hay más cierto que esa sencilla frase como muy bien pude comprobar en la última visita a Pamplona, mi ciudad natal. Fue gracias a la invitación a un familiar próximo a quien no veía hacía muchos años y sobre todo a la larguísima sobremesa de seis horas que siguió a una comida repleta de historias, recuerdos, fotografías familiares antiguas y anécdotas (esas sobremesas que invitan a la relajación, donde la conversación salta de un tema a otro), como pude enterarme  de un suceso ignorado durante más de ochenta años y que ahora me parece que por su interés, es digno de contar.
     Nos remontamos a principios de julio de 1936. Pamplona se prepara para los Sanfermines, que ese año tendrán lugar entre los días siete y doce. La ciudad vive en  un clima de agitación social y política. La violencia generalizada en el país y los rumores de conspiración hace que un presentimiento sombrío flote en el ambiente y en la calle. No obstante, muchos visitantes van llegando a la ciudad, en parte atraídos por la publicación diez años antes de Fiesta, la novela de Hemingway donde relata  la historia de cinco amigos que viajan de París a Pamplona para conocerla.
     Sucedió que por aquellas fechas a una tía mía (que fallecería joven, cuatro años después), que trabajaba en un despacho de abogados le preguntaron si conocía alguna pensión céntrica. La razón, que en unos días llegarían dos personas desde Burgos con la intención  de disfrutar de las fiestas. Al parecer se trataba de la última opción puesto que todos los hoteles  de la ciudad estaban al completo. Mi tía les indicó que en su casa disponían de una habitación doble y que si había acuerdo en el precio no habría ningún problema. Mi abuelo paterno había fallecido el año anterior y el dinero hacía falta en casa. Mi abuela dio el visto bueno y el asunto quedó zanjado. Todo habría sucedido con total normalidad si no fuera porque uno de los días al hacer la limpieza de la habitación  se encontraron en la mesilla una pistola, lo cual desató todas las alarmas, pero mi abuela al final impuso su criterio de optar por ver, oír y callar.
     Por desgracia, la identidad de aquellos huéspedes es algo que  nunca sabremos puesto que todos los testigos ya han fallecido, pero la sospecha más que fundada es que se trataba de jefes militares o falangistas que habían viajado desde Burgos, cuartel general de los sublevados, con el propósito de coordinarse o recibir instrucciones del General Mola, gobernador militar de Pamplona, Jefe de los Ejércitos del Norte y principal ideólogo del alzamiento. El plan ya estaba en marcha desde hacía meses y solo faltaba ultimar los preparativos del golpe, quién sabe, tal vez la fecha. El verdadero motivo de acudir a un domicilio particular no era otro que el de  evitar que sus nombres figuraran en la recepción de los hoteles. 
     Treinta años más tarde, cuando a mi padre le trasladaron de destino residimos en esa misma casa por espacio de cuatro años. La habitación que ocuparon aquellos dos hombres fue la mía durante mi etapa adolescente.
     

martes, 3 de marzo de 2020

El desconocido



     Paula es mi mejor amiga. Las dos estudiamos cuarto de la ESO en el colegio público de la zona donde vivo, y aunque ella reside en otro barrio cercano, siempre se las apaña para llegar puntual a clase. Sus padres le cambiaron de colegio porque en el suyo sus compañeras se metían con ella debido a que era gordita y recibía constantemente mensajes insultantes y vejatorios en su móvil. Se nota que la vida le ha hecho madurar antes y es más decidida que yo. Las dos nos reímos mucho cuando estamos juntas, nos encanta la música de Rihanna o Beyoncé y sufrimos gustosamente con las pelis de terror.
     Una tarde al terminar las clases acompañé a mi amiga hasta el autobús y nos despedimos hasta el día siguiente. Luego me encaminé hacia mi casa pero el conductor de un coche blanco que estaba aparcado junto a la acera me pidió que me acercara para preguntarme algo. Tenía un mapa encima del volante y parecía estar buscando una dirección o alguna calle. Era de mediana edad, con bigote, llevaba gafas de sol y tenía el pelo rizado. Me acerqué y en ese momento retiró el plano a un lado. Tenía los pantalones bajados y el pene erecto.
     —¿Te gusta? —dijo con voz ronca.
     —!Asqueroso! !Guarro! Ahora mismo voy a llamar a la policía.
     El corazón se me aceleró y fui corriendo a mi casa presa de un gran nerviosismo. No dije nada a mis padres para no alarmarles. Me metí en mi habitación pero no pude concentrarme. Las imágenes iban y volvían una y otra vez a mi cabeza. Al día siguiente durante el recreo comenté el incidente a mi amiga. Se revolvió furiosa.
     —!Qué asco de tíos! Solo de pensarlo se me revuelve el estómago. Mi padre dice que a todos esos violadores había que castrarlos porque cuando salen de la cárcel algunos vuelven a reincidir.
     Pocos días después fue mi cumpleaños y Paula me sorprendió con un regalo.
     —¿Un spray? ¿Y para qué quiero yo esto?
   —Ay Vane, de verdad. A veces eres un poco pava. Si alguna vez sufres acoso, no dudes en utilizarlo.
     Durante los  días posteriores cada vez que salía a la calle no podía  evitar recelar al ver parado un coche blanco. Pero por suerte ya han pasado varios meses y el incidente está ya casi olvidado. Ahora lo que me preocupa son los exámenes, sobre todo el de matemáticas. A Paula se le dan bien y una tarde me dice que vaya a su casa. Su madre me recibe amablemente y luego nos invita a un trozo de tarta de manzana que acaba de hacer. Estoy enfrascada con los polinomios, las operaciones con fracción algebraica, la trigonometría. Menudo rollo. Llamo a casa para decir que llegaré tarde. Mi cabeza es un barullo pero gracias a la constancia de Paula hacia las diez de la noche al final vi la luz. En ese instante se abrió la puerta de la habitación.
     —Hola papá, es Vanessa mi compañera de clase. ¿La puedes llevar a su casa?
     —Por supuesto que sí.
     Me quedo sin habla. Voz ronca, pelo rizado, bigote... El no me reconoce pero yo sí. Rara vez olvido una cara. Me digo que tengo que ser valiente. Sí, soy inocente pero no me atrevo a destrozar una familia. De nuevo me veo frente a mi agresor y es injusto tener que sufrir de nuevo. Por suerte metí el spray en el bolso.






lunes, 17 de febrero de 2020

Oficios perdidos


     Según la definición más comúnmente aceptada, la globalización es un proceso histórico de integración mundial en los ámbitos, económico, político, tecnológico, social y cultural, el cual ha convertido al mundo en un lugar cada vez más interconectado. La progresiva disolución de las fronteras (ahora en parte cuestionada), unido a la desaparición de uno de los bloques y a la aparición en nuestras vidas de las redes sociales y las nuevas tecnologías han supuesto una nueva manera de entender la vida en sus múltiples facetas, desde a nivel personal hasta a escala planetaria.
     No sabemos muy bien el alcance de esta verdadera revolución (el cambio climático es otro factor a añadir a la incertidumbre), pero todo indica que las formas de vida que conocimos ya no volverán, la robótica estará cada vez más presente en nuestras vidas y desplazará al ser humano en muchas de las tareas que hoy realiza. Según un estudio de la universidad de Oxford, más de setecientos oficios serán sustituidos por máquinas en veinte años. He aquí tan sólo una pequeña muestra de oficios y profesiones que  desaparecen: limpiabotas, acomodador de cine, resinero, herrero, barbero, pregonero, cestero, mielero, alpargatero, cordelero, relojero, vendedor de libros, guarnicionero, telefonista, ascensorista, farero, afilador, deshollinador, hojalatero… De entre todos he elegido uno que me parece emblemático por ser quien mejor representa el cambio de vida y de costumbres: el de campanero.
     En el medio rural de entonces el campanero anunciaba la fiesta, el duelo, la tormenta, el fuego, el ángelus, el toque de queda, etc, etc. En algunos puntos de Andalucía hasta  había un toque específico para anunciar el fin de la siesta. El toque de campanas era la forma de comunicar al resto de vecinos cualquier novedad que se produjera dentro de su entorno. Todo el pueblo estaba conectado a través de la figura del campanero y todos sabían interpretar el significado de sus diferentes toques. Pero debido al paulatino despoblamiento  de nuestros pueblos y aldeas, hoy el oficio está en peligro de extinción y en muchos casos se han sustituido las campanas por una grabación de megafonía. España ha promovido una iniciativa ante la UNESCO para que el toque manual de campanas sea considerado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, pero tal iniciativa no debe esconder la realidad actual. La dejadez y el abandono campan por doquier; no existe un inventario oficial de campanas, se están llevando campanas al horno, algunas con más de tres siglos de historia, a nadie parece importar el rico patrimonio que acabará cayéndose por falta de interés y ayudas. Sólo un día al año, el de Nochevieja, es cuando estamos pendientes de las campanas pero los restantes trescientos sesenta y cuatro nos olvidamos completamente de ellas.

     Pese a todo, existe un auge en algunas Comunidades Autónomas por conservar ese legado tratando de revitalizarlo en escuelas o talleres donde se enseña esa práctica. Albaida, en Valencia es un pueblo que cuenta con una escuela de aprendices que asegurarán a las generaciones venideras un oficio ininterrumpido desde hace ocho siglos. No es exagerado afirmar que el  toque de campanas era el whatsapp de nuestros abuelos, una práctica que ahora se ha perfeccionado con la tecnología pero que ya existía desde tiempo inmemorial.

     Posiblemente algún lector/a se preguntará el por qué esa fijación mía con el oficio. Mi tío-abuelo Vidal Erice era campanero, las construía. Las iglesias de numerosos pueblos y ciudades del País Vasco, Navarra, Soria, La Rioja, Aragón, Cataluña y hasta alguna localidad del país vasco-francés, exhiben orgullosas campanas salidas de su fundición en Pamplona, la mayoría de las cuales se instalaron entre 1940 y 1970. El material empleado para la fabricación era el bronce que se obtenía mediante una aleación de cobre y estaño. El peso de las campanas variaba en base a su finalidad y también dependiendo de la estructura de la torre. La más ligera que salió de su fundición pesaba 37 kg y se encuentra en Agreda (Soria). La mayor, de 3.300 kgs está en la catedral de Solsona (Lleida). En cada campana el maestro fundidor solía grabar su nombre así como la fecha de su fabricación. En el año 1948 con motivo del aniversario de sus bodas de plata, el matrimonio obsequió a su parroquia con una campana salida de su fundición, que hoy luce en la iglesia de San Lorenzo en Pamplona.


     Poco antes de fallecer en 1973, regaló a mi familia la imagen en bronce de San Miguel de Aralar, un verdadero icono en la sociedad vasco-navarra, que hoy preside la entrada de mi casa a modo de protección  de cuantos la habitamos.

lunes, 10 de febrero de 2020

Sin máscara



     Al levantarse por la mañana se miró en el espejo y contempló detenidamente esos pequeños cambios que el paso de los años han ido dejando en el rostro. Aparentaba esa edad indeterminada propia de las mujeres cuando el maquillaje obra el milagro de disimular la palidez de la piel que con el tiempo va perdiendo brillo y tersura. A pesar de todo lucía una espléndida figura para alguien que ya había rebasado de largo los sesenta, sabedora de que pese a su edad  todavía los hombres se volvían tras cruzarse con ella. Siempre había cuidado la imagen. Eso le hacía sentirse segura.

     No se podía quejar. La naturaleza había sido generosa con su cuerpo pero algo en su forma de ver el mundo había cambiado desde el día en que contempló por televisión un reportaje sobre las terribles condiciones de vida de las mujeres que huían de la guerra en un campo de refugiados de Sudán. Desde entonces dejó de soñar con esa cirugía facial que le diera la eterna juventud, ni trataba de paliar la aparición de arrugas, ni tampoco probar las cremas antiedad que la publicidad vendía como milagroso para estar siempre relucientes y bellas. Se dio cuenta de que todo respondía a un autoengaño, a un patrón de conducta cuyo único fin consistía en olvidar el curso de la vida. Durante demasiado tiempo había creído en ese ideal de belleza. En adelante deseaba ser libre de verdad renunciando a ese absurdo mundo de apariencia y falsedad.

lunes, 3 de febrero de 2020

Caminos y senderos




     Vaya por delante que no pretendo alardear de nada ni tampoco atribuirme méritos que no me corresponden. Nada hay más pedante y patético como el ensalzamiento propio con el fin de impresionar a terceros  o para situarse en un plano de superioridad frente a los demás exagerando los hechos y tergiversándolos con el único fin de   sacar mayor provecho. Digo esto porque meses atrás hice un tramo a pie del Camino de Santiago desde Roncesvalles hasta Carrión de los Condes, aproximadamente unos 350 km distribuidos en dieciséis etapas. Repito, nada que no hubieran hecho ya  antes miles de peregrinos, teniendo en cuenta además que sólo hice la mitad del recorrido. El  único interés que me mueve al escribir estas líneas es reflejar lo que vi y sentí a lo largo del  Camino,  destacar algunos hechos que me parecen dignos de ser mencionados por cuanto constituyen una fuente de conocimientos reales, al margen de otras muchas lecturas y conversaciones sobre el tema. Un viaje que desde hacía años me había propuesto hacer pero que por unas circunstancias u otras siempre lo posponía. Tuve suerte y el buen tiempo me acompañó durante casi todo el recorrido. Tan sólo hubo dos jornadas en las que la lluvia y el viento dificultaron la marcha pero a cambio recibí un montón de sensaciones, tuve la oportunidad de conocer gente increíble, admirar hermosos paisajes y vivir desde dentro, aunque con las comodidades actuales, la incertidumbre de quienes se lanzaron a hacer el camino a Santiago en los siglos pasados guiados por la fe, o bien  para redimir culpas o en busca de aventuras.
     Después de algunos siglos de olvido el interés por revitalizar el Camino de Santiago comenzaría a mediados de los años sesenta en la era del desarrollismo, aunque con una carencia casi total en cuanto a infraestructuras y medios: no existían señalizaciones, albergues, información, etc. El régimen de Franco intentaba, aunque  tímidamente, dar a conocer al exterior una ruta que había dejado de frecuentarse desde el s. XVIII. 



        En 1965 se inauguró en Puente la Reina (Navarra) el monumento al peregrino  (señalado con una flecha, el autor) por ser ésta la localidad en la que el camino francés y el aragonés se unificarán  hasta Santiago. Pero es a partir de la visita del Papa a Santiago en 1982 y sobre todo a la promulgación por parte de la UNESCO del Camino como Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1995  cuando de verdad toma un impulso imparable superando año tras año la cifra de peregrinos y turistas.
      Caminar cinco o seis horas diarias durante dos semanas, aparte de una exigencia física,  me ofreció un montón de posibilidades que yo desconocía. Hubo momentos de euforia como cuando finalizas una etapa particularmente dura o difícil.  Otros  fueron  de compartir experiencias, de intercambios, ayudas... y también los hubo de soledad, de silencio, de pensar en tu vida, en tu familia, en las tareas aplazadas, en los proyectos de futuro… Todo eso y  mucho más lo viví durante dieciséis días junto a mi compañero Pedro, en cuya compañía todo se vuelve más fácil. No me olvido de mis hermanas y parientes que nos brindaron su  apoyo logístico durante dos jornadas. 
     El camino es también un viaje interior para descubrir los límites de uno mismo y la capacidad para comunicar y escuchar, para poner a prueba tu resistencia y saber interpretar los innumerables mensajes y sorpresas que te aguardan durante tantos días de peregrinaje.
     Hablar de Roncesvalles es hablar de historia, de leyendas. Desde allí a un kilómetro de distancia por carretera subimos hasta el  alto de Ibañeta. Robles y hayas conforman un paisaje espectacular. Los Pirineos se observan majestuosos en la distancia y también el desfiladero en el que según la tradición murió Carlomagno a manos de los vascones en represalia por haber destruido las murallas de Pamplona. Junto a la carretera se observan algunos búnkeres ya casi engullidos por la maleza. Explico a Pedro que una vez acabada la guerra civil, Franco, mandó construir a lo largo del Pirineo numerosos búnkeres para hacer frente a una posible invasión aliada. 
     Pamplona, la primera gran ciudad del Camino, nos recibe en la siguiente etapa que ha estado marcada por la lluvia. Acudimos a la Catedral para que nos sellen la Compostela, al igual que haremos luego al finalizar cada jornada. Verme cargado con la mochila en mi ciudad natal me  resulta un tanto extraño al entrar por el portal de Francia, también llamado de Zumalacárregui.
     En la tercera etapa llegamos a Puente la Reina, un lugar especial en mi vida. Allí cursé mis primeros estudios. Atravesar la calle Mayor, por la que durante  años he visto cruzar a tantos peregrinos me produce una emoción que no esperaba. Saludo a familiares y amigos. Todos nos despiden con el socorrido ¡buen camino!
     La siguiente fue una jornada con mucho calor. Dejamos el asfalto y nos adentramos por un sendero en el monte entre pinares y carrascas. Al poco nos cruzamos con una moto que nos anuncia que nos apartemos del camino porque hay una prueba de mountain bike y están próximos a llegar. Instantes después aparecen los primeros ciclistas, los cuales bajan a una velocidad endiablada por un sendero de no más de un metro de ancho. Aprovechamos y hacemos alguna foto mientras observamos el arriesgado descenso entre piedras en un terreno irregular. Una vez que han pasado todos reiniciamos la marcha y en un claro del monte nos topamos con un coche de la organización. Nos cuentan que es una prueba internacional en la que participan casi mil corredores y que el recorrido son 90 kilómetros. Las vistas son espectaculares, estamos en las faldas de  Montejurra y acabamos de dejar Estella
     Cerca del mediodía el calor comienza a apretar mientras oigo a lo lejos una melodía musical. Según nos vamos acercando distingo claramente un acordeón que va desgranando las notas de un tango, pero el momento y el lugar  no dejan de chocarme. Finalmente a la vuelta de un recodo veo a una mujer sentada bajo un olmo interpretando con mucho sentimiento Por una cabeza, el conocido tango de Gardel. Es un regalo al caminante y cuando paso frente a ella le doy las gracias con una sonrisa.
     En la localidad navarra de Los Arcos después de finalizar la etapa, la casualidad quiso que aquel día coincidiera con una  charla en el Centro Cultural del conocido alpinista Alberto Iñurrategui, uno de los mejores alpinistas y montañeros del mundo y de los pocos españoles que han coronado los catorce “ochomiles”. Ante una sala abarrotada habló de los meses de preparación que se requieren para afrontar con garantías a un coloso de ese tipo, del sacrificio, del esfuerzo que cuesta hacer cumbre, todo ello acompañado de impresionantes fotografías del Himalaya y de otros lugares del planeta. Curiosamente la conferencia se titulaba “Elogio del fracaso” y sirvió tanto para desmitificar el éxito como para perdonar o quitar la carga negativa que conlleva el término fracaso, porque a veces resulta tan débil la frontera entre  ambas que acabamos confundiéndolas. Traigo esta anécdota porque durante las etapas posteriores recordé las palabras sacrificio, esfuerzo y cansancio cuando subíamos por el monte rampas con el 10 o 12% de desnivel y al llegar a lo alto no atisbábamos ningún pueblo en la lejanía.
     Uno de los momentos placenteros fue sin duda la parada que hicimos para tomar un café en uno de los numerosos pueblos que jalonan el Camino. Eran las diez de la mañana de una jornada de calor en un puesto ambulante que luego volvimos a ver para abastecer al viajero-peregrino del oportuno refresco y descanso antes de emprender de nuevo la ruta. En los altavoces la música de Ludovico Einaudi nos envuelve con sus melodías. ¿Quién no se siente agradecido ante una bienvenida así?  
     Abandonamos los viñedos de La Rioja en plena época de vendimia y nos adentramos en la meseta castellana por la  provincia de Burgos. Después de pasar el bello pueblo de Belorado el sendero nos lleva hasta el alto de La Pedraja. Desde lejos se observa una especia de monolito y gente haciendo fotos a sus pies. Es en recuerdo a los represaliados por el franquismo durante los primeros meses de la guerra civil. A pocos metros de allí  una gran fosa común alberga los cuerpos de ciento treinta personas  asesinadas durante aquellos días. Una lápida con sus nombres junto a la bandera tricolor y unos cuantos ramos de flores ya marchitos dignifican el lugar. Pasados más de ochenta años, el horror de la guerra civil vuelve una y otra vez a nuestro recuerdo.
     La etapa que finalizó en Burgos se nos hizo interminable pues debido  a un despiste nos perdimos y tuvimos que añadir varios kilómetros extra a la etapa. Después de atravesar el interminable polígono industrial ¿existe algo más feo y horrible? llegamos al centro de la ciudad y luego de hacernos la consabida foto ante la catedral preguntamos a un señor de mediana edad por una calle que nos habían recomendado donde existe un albergue. Amablemente nos acompaña y nos  informa de diferentes sitios para comer y cenar a precios asequibles mientras no para de recibir llamadas al móvil y saludar a unos y a otros. Le preguntamos medio en broma si por casualidad es el alcalde. Sonríe y dice que no. Nos explica que él también hizo años atrás el Camino de Santiago y sabe lo que es llegar sudoroso y cansado a una ciudad que no conoces. Tras darle las gracias nos despide con el clásico ¡buen camino!
     En San Juan de Ortega nos alojamos en una antigua hospedería que desde 1432 atendían los Jerónimos para dar refugio a los peregrinos durante la peligrosa travesía de los Monte de Oca. En la actualidad se conserva la iglesia de cabecera románica y dos cortas naves del gótico final, además del severo claustro del s. XVII. La pequeña localidad tiene otro albergue a la entrada y unas pocas casas diseminadas. Pronto descubrimos alarmados que nos hemos quedado sin tabaco y que el único bar carece de él. Por fortuna la solidaridad siempre aparece y otro peregrino con el mismo problema que el nuestro se ha desplazado hasta la siguiente localidad a cuatro kilómetros para conseguirlo.
     El albergue de  Hornillos del Camino, lo regenta Jennifer, una estadounidense que habla español por haber vivido en Puerto Rico. Conversamos con ella y nos dice que presta apoyo a grupos que vienen a hacer el Camino y que a las seis de la tarde hay una misa para los peregrinos. Lo comento con Pedro y ante la ausencia de alternativas decidimos acudir más que nada por curiosidad. Cuando llegamos, la misa ya ha comenzado y el cura entona algunas canciones en latín. Me parece algo trasnochado pero lo achaco  a la diversidad de procedencias. Al final nos reúne por nacionalidades; ingleses, españoles, franceses, brasileños y una persona de la República Checa. Sus maneras, un tanto autoritarias nos resultan chocantes y me recuerdan al profesor y a los alumnos, desatando  algunas risas entre nosotros. Nos da una hoja escrita en cada idioma para rezar en alto una oración y acto seguido cantamos todos una canción del peregrino en francés. Para finalizar nos invita a que cada cual cante una canción popular de su país. A Pedro y a mí el ofrecimiento nos parece algo  folcrórico y  al final optamos por salir.




     La humildad y el trabajo desinteresado de los voluntarios hospitaleros que atienden los albergues ha sido una de las cosas que más me han llamado la atención. En el antiguo convento (hoy abandonado) de San Antón del s. XIV cercano a Burgos encontramos a Graziella, una joven italiana que a cambio de la voluntad atiende un pequeño albergue con capacidad para seis camas. La austeridad es la regla general: no hay agua caliente ni electricidad ni tampoco comodidades de ningún tipo. Nos brinda un café y charlamos un rato con ella. Nos cuenta que a través de su trabajo intenta recuperar el espíritu de los antiguos peregrinos medievales, enumerando lo que a su juicio son los males del actual Camino: la masificación, la irrupción de las redes sociales permitiendo reservar alojamiento por Booking o la posibilidad de conectarse a Facebook para solicitar plaza en albergues, las empresas que se dedican a transportar las mochilas de los turistas, los abusivos precios de algunas pensiones-hostales, y en definitiva la  deriva mercantilista de un fenómeno que poco tiene que ver con sus inicios. Graziella viene de hacer el camino franciscano en su país. Un recorrido de unos quinientos kilómetros, que aunque no tan conocido a nivel internacional como el de Santiago, comienza a tener auge. Aunque me hubiera gustado seguir charlando con ella nos despedimos y seguimos nuestro camino después de dejar dos euros en una sencilla caja que hay encima de la mesa.





     En cualquier rincón el Camino te reserva una sorpresa; ya sea en una gran ciudad o en un pueblo cualquiera de la Castilla burgalesa como  es el caso de este magnífico mural que nos llamó la atención en una de las etapas. Dispongo de muchos más documentos pero me faltaría espacio para poder plasmar todos.
     Castrojeriz es un bonito pueblo al pie de un monte en el que se asientan las ruinas de un castillo. La calle principal, de más de un kilómetro, está jalonada a ambos  lados por casas de piedra de bella factura. Nos hospedamos en el albergue y Juan, el encargado, nos explica su trabajo. Lleva doce años de voluntario y junto a su mujer ha recorrido el camino portugués, el inglés y el occitano. Es un enamorado del Camino, algo que salta a la vista en su animada conversación en la  que nos va desgranando divertidas anécdotas. Aunque su inglés es muy rudimentario, se ofrece para llevar al hospital más cercano a una peregrina irlandesa que se encuentra enferma y sin fuerzas para seguir el camino. Ella parece desconfiar del ofrecimiento pero al final acaba aceptando. El viaje en taxi le supondría un dinero que no tiene. Me sorprende  la cantidad de chicas que viajan solas, seguramente yo en su lugar no lo haría.
     En Frómista, después de admirar la iglesia románica de S. Martín de Tours siento la necesidad de noticias y ponerme al día. Pregunto en la recepción del hostel si tienen prensa pero me dicen que no. Me tiendo en la cama para matar el tiempo y de paso descansar un rato. Quienes estamos acostumbrados a leer prensa echamos de menos esos momentos de íntima satisfacción, aunque a veces las noticias vuelven siempre una y otra vez sobre los mismos temas. A los pocos minutos alguien llama a mi habitación. Abro y el recepcionista me ofrece el ABC y El País. Es un detalle que no esperaba y que hace que entre los viajeros del Camino se cree una especie de vínculo que se traduce en pequeños gestos de complicidad.
     En Carrión de los Condes, cerca de Palencia, nuestro viaje toca a su fin. Dormir durante dos semanas cada día en un sitio diferente ha sido una experiencia única, comprobar que uno es capaz de afrontar y superar pruebas físicas es algo que refuerza la autoestima, pero conocer personas que transmiten energía positiva ha sido el mejor regalo del Camino. Aquí he encontrado paz y he descubierto la humildad en gente de mucha valía. El año que viene volveré para terminar esta aventura.