sábado, 20 de diciembre de 2025

Cumpleaños

 

     El otro día fue mi cumpleaños. Nada más levantarme tuve un recuerdo muy especial para mis padres ya fallecidos porque gracias a ellos estoy aquí disfrutando de la vida después de la jubilación. Entiendo que para mucha gente (países en guerra, desplazados, hambrunas, terremotos), el hecho de vivir con frecuencia pueda convertirse en un infierno. La vida a veces puede ser injusta y al mismo tiempo caprichosa, en el sentido de que sin hacer ningún mérito nos haya tocado vivir en el primer mundo.

     Como decía, el día de mi cumpleaños ya contaba con las  felicitaciones de mis familiares y amigos más cercanos, no por esperadas menos agradecidas. Brindé también junto a los compañeros de la Universidad. También recibí una felicitación en forma de vídeo que no esperaba: la de Médicos sin Fronteras. Médicos y enfermeras de Sudán, Etiopía, Siria y Palestina en sus centros de trabajo, me felicitaban porque gracias a mis donaciones ellos estaban haciendo su labor y trabajando para erradicar la pobreza y luchando por un mundo más justo. Esa felicitación me conmovió. No es extraño por tanto, que personas que viven esa realidad quieran venir al nuestros países a establecerse. Seguro que gran parte de los extranjeros con los que nos cruzamos a diario guardan una dura experiencia detrás.

     Siempre he pensado que esta gente que se dedica a labores humanitarias, voluntariado etc, están hechos de una pasta especial porque  realizar esas labores en países en guerra conlleva también un riesgo físico para ellos. Conozco a un cooperante que está haciendo esa labor en las selvas de Panamá. Lleva más de cuarenta años allí y ya le dediqué un espacio en este mismo post. Sin duda ellos representan lo mejor del ser humano, son la esperanza y la luz que nos guían, no los miles de bombillas que estos días adornan los calles y avenidas de nuestras ciudades.

    

martes, 2 de diciembre de 2025

Drama en vísperas de Navidad

 

    Algunos comentarios que me mandan los lectores dicen que a menudo recurro a historias tristes. Yo no pienso que haya historias tristes, historias de amor  o de aventuras, sino que unas están bien contadas y otras no (ay, siempre la forma); pasa como con la música, no existe un estilo musical mejor que otro, simplemente hay una música buena y otra mala. El relato de ficción que quiero contar hoy sí que me parece una historia triste, pero al menos aspiro a que esté bien contado.

     Rosa tuvo que ponerse a trabajar en cuanto cesó el duelo por su marido, sargento del Ejército, en el transcurso de unas maniobras militares. El suceso fue fortuito y algo confuso o al menos así lo describió  tanto la prensa como el propio juicio que se celebró después, pero lo verdaderamente inexplicable fue que nadie reclamara su arma reglamentaria, una pistola, la cual se encontraba en un altillo del domicilio familiar al abrigo de tentaciones y miradas indiscretas. Solo su hijo Luis de diez años estaba al tanto de aquel objeto que nunca se mencionaba en casa, pues abrigaba dolorosos recuerdos para la familia. Rosa limpiaba las aulas en el colegio donde Luis estudiaba. La suya era una dura vida llena de privaciones; debía trabajar, hacer las labores de la casa, educar y vigilar las compañías de su hijo preadolescente. La monótona vida de Rosa solo se interrumpía con las esporádicas visitas de Bravo, un amigo de su marido fallecido, propietario de la panadería que estaba al lado de su casa.

    Una mañana estando desayunando Luis, poco antes de ir al colegio, observó un moratón en la cara de su madre, quiso saber el motivo y la respuesta fue que se cayó en la calle mientras iba a la compra. Desde ese día Luis está un poco más pendiente de ella pues no le acaba de convencer su explicación, piensa que solo las personas torpes y mayores son las que se caen y su madre no es ni una cosa ni otra. Cuando Luis cumple trece años ya es una persona inquieta y desenvuelta, pero la inquietud es un terreno tan fértil como peligroso.  Bravo habla con Rosa y le comenta que necesita un aprendiz en la tienda y ha pensado en su hijo. Esa misma noche Rosa habla con su hijo, le dice que le hubiera gustado que siguiera estudiando pero que ahora son pobres y que es necesario adaptarse a las circunstancias, que la vida era una carrera de obstáculos en la que solo los fuertes siguen adelante.

     Los días que estaba solo en casa Luis se subía al altillo y contemplaba la pistola marca Llama M-82 de 9 mm en su funda y la caja de municiones. Semanas más tarde al llegar de clase encontró a su madre con los ojos enrojecidos, no le quiso preguntar pero un rictus de preocupación apareció en su rostro. Algo le pasaba a su madre y él estaba dispuesto a averiguarlo.

     Pronto comenzó a trabajar en la panadería. Las primeras semanas transcurrieron con normalidad, aprendía rápido, era despierto y desde el primer día contó con la aprobación de su jefe. Varios meses después como cada noche, Rosa entró en la habitación de su hijo para darle las buenas noches. En cuanto salió su madre se acostó vestido, ya lo tenía todo preparado en su cabeza. Diez minutos más tarde oyó el cierre de la puerta de casa, saltó de la cama, se puso el abrigo y los zapatos y salió de casa siguiendo a su madre a prudente distancia. Cruzó algunas calles y luego se metió en un portal que tenía varios pisos. Era un sitio lúgubre, el barrio también lo era. Vio que entraban varios hombres, algunos le miraban con desconfianza y recelo. Como era una situación incómoda optó por esperar en el portal procurando que la puerta no se cerrara. Estuvo esperando. A la media hora se escucharon discusiones y gritos, Luis subió rápidamente las escaleras de dos en dos, situándose junto a la puerta de donde procedían las discusiones.  “Maldita zorra, me dijiste que lo harías” y más tarde “por favor, no me pegues más”. Al punto reconoció la voz de su madre. Intentó abrir pero la puerta estaba cerrada por dentro. Cogió carrerilla y le dio una patada con todas sus fuerzas, saltó la cerradura y la puerta se abrió. Apareció un hombre desnudo y su madre tapándose con la sábana. Sin pensarlo dos veces Luis sacó la pistola de su abrigo. Sonaron dos disparos secos, uno en la frente del hombre, el otro en el corazón. Allí quedó tendido en el suelo con los ojos abiertos en medio de un charco de sangre. Rosa quedó aturdida unos instantes y luego llorando imploró a Luis para que se fuera a casa antes de que salieran los vecinos y le vieran. Le arrebató la pistola, borró las huellas y se quedó con la pistola en la mano.

     Llorando, Luis se dirigió hacia su casa, había matado a un hombre. Vio las luces de Navidad en comercios y escaparates pero eso era algo que ahora no tenía ninguna importancia para él, una nueva vida y no mejor, empezaba de nuevo. Se acordó de las palabras que le dijo un día su madre, que la vida era una carrera de obstáculos. Mientras caminaba comenzó a llover, las lágrimas se confundían con la lluvia que le golpeaba en la cara.

    

    

domingo, 23 de noviembre de 2025

Montañas nevadas

 

     Hoy he acudido de nuevo a la sesión de terapia con mi psicóloga. Estoy sentado en la sala de espera y la veo entrar con bolsas de artículos de regalo de Navidad. Me dice que es de las que planifican con tiempo las compras porque luego es una locura, todo el mundo con prisas, las calles llenas de gente, etc. Le digo que sí con la cabeza pero con poco convencimiento. Compruebo con pesar que ella también ha sucumbido a la tentación compradora de la sociedad capitalista y en el fondo eso me decepciona un poco. Me hace pasar a su despacho, acto seguido me pregunta cómo me encuentro o si quiero comentar algo de lo que me haya sucedido después de la última sesión. Le contesto que me presenté voluntario para presidente de la comunidad de vecinos y me dice que eso está muy bien, que es un gesto altruista y a continuación me suelta una parrafada acerca del conductismo que no entiendo muy bien. No me atrevo a preguntarle qué es eso del conductismo porque no quiero que piense que soy un gañán inculto. Después quiere saber si participo en alguna asociación de voluntariado a personas que lo necesitan. Le contesto que de momento no, que tal vez algún día. También sé por sesiones anteriores que a ella le interesa sobre todo en indagar en el pasado de las personas pues es allí donde se localizan los problemas que a menudo nos traumatizan. A continuación que pide que le hable de mi etapa en la escuela y qué recuerdos guardo de ella en la memoria.

     Tras pensar unos segundos, le explico que mi pueblo estaba ubicado cerca de los Pirineos, el barro siempre presente en las calles durante el invierno y la estufa de leña en medio de la escuela.  Presidiendo la escuela estaban los retratos de Franco y José Antonio y en medio un crucifijo. El maestro, Don Tomás, premiaba a los mejores de la clase para que se sentaran al lado de la estufa. De esta manera fomentaba la participación y la competencia entre nosotros. Nada más entrar en clase cantábamos puestos en pie el “Montañas nevadas”, que era un himno falangista del que todavía recordaba la letra. El maestro nos conminaba a que lo cantáramos con hondo sentir patriótico.

“La mirada, clara, lejos y la frente levantada, voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”

     Era el año 1957 o 1958, no recuerdo bien. Los pupitres tenían en la parte superior derecha un agujero donde se colocaba el tintero y un espacio al lado para la pluma.

“Quiero levantar mi Patria, un inmenso afán me empuja, poesía que promete exigencia de mi honor”

     Recuerdo los castigos físicos, casi siempre a base de reglazos en la palma de las manos, pero eso no era nada comparado con los más humillantes que era cuando nos mandaba ir clase de las chicas en un rincón contra la pared y con los brazos en cruz. Las risas de ellas era lo que más nos mortificaba.

“Al cielo se alza la firme promesa, hasta las estrellas que encienden mi fe”

     En el recreo salíamos a la calle y nos poníamos en fila en una competición para ver quién meaba más lejos. Otras veces jugábamos al burro o a las canicas.

     La doctora parece interesada con mi relato. Se diría que es la primera vez que lo oye y la observo atenta con los ojos clavados en mí. Mientras le cuento todas esas cosas veo que apunta algo en una libreta y al momento me callo. Siga, siga, —me dice—le escucho con interés.

“Montañas nevadas, banderas al viento, el alma tranquila, yo sabré vencer”

     En el pueblo había una empresa conservera que anunciaba el cambio de turno a través de una sirena, la cual emitía un sonido igual al que en algunas películas de guerra anuncian un bombardeo a la población. La doctora quiere saber si tengo alguna secuela de esos episodios y le digo que no, que precisamente hace un año acudí a ese pueblo y visité la antigua escuela. Ahora la han transformado y es un centro de mayores donde se imparten talleres de manualidades.

     Nos despedimos hasta la próxima sesión y de nuevo me asalta la duda de qué apuntará en su cuaderno. Cuando salgo de la consulta me doy cuenta de que sin pretenderlo he revivido imágenes que pertenecían a otra vida y que creía olvidadas.

 

 

 

 

domingo, 2 de noviembre de 2025

En el diván

 

     El jueves acudí de nuevo a la consulta con mi psicóloga. Es una mujer joven, de edad indefinida, le calculo de treinta y cinco a cuarenta años, bien bronceada, va al gimnasio y está en forma, hace un mes la saludé por el Retiro mientras hacía footing. Es una persona afable pero a veces me desconcierta porque medita mucho las respuestas. Otras veces permanece callada durante varios minutos sin dejar de mirarme, como si intentara hurgar en mis pensamientos. Tras las palabras de saludo de rigor me pregunta qué tal me encuentro tras la última sesión.

     —Verá doctora, a veces oigo risas cerca de mí estando yo solo. Es algo recurrente y me pasa siempre por las mañanas nada más levantarme.

     La doctora junta las manos como en señal de oración. Se toma su tiempo. No me pilla de sorpresa, ya estoy acostumbrado y luego me pregunta.

     —Veamos. ¿Tiene algún trauma infantil todavía no superado?

     Tengo que hacer un gran esfuerzo de introspección porque la infancia es una etapa que ya me queda bastante lejos.

     —Bueno, en el internado a veces me meaba en la cama. Mis compañeros se reían de mí, pero ese tema ya lo tengo superado.

     —¿De verdad? ¿Cómo lo sabe?

     —Sí, lo solucioné a base de trompadas. A los pocos días dejaron de reírse.

     —Ya veo. Cortó por lo sano —dijo con una sonrisa. ¿Y ahora tiene algún problema personal con alguien?

     —No que yo sepa. Bueno, mi vecino de arriba está cojo. Anda con un bastón y todas las mañanas me despierta. Hablé con él. Es un señor muy irritable, traté de hacerle ver que me molestaba todas las mañanas  paseando por la casa con el bastón. Me dijo que ya tenía bastante con su problema para encima tener que aguantar a vecinos como yo.

     La doctora guarda silencio. Junta de nuevo las manos.

     —¿Qué sentimientos guarda hacia él? —me pregunta de golpe.

     —La verdad es que a veces me gustaría darle una trompada.

     Le miro un tanto cohibido. Debe de pensar que soy un bruto que soluciona todo a base de trompadas, pero me gustaría decirle que también tengo mi corazoncito, que lloro en el cine y que soy una persona sensible. También que me gusta cuando junta las manos, siento curiosidad y  me pregunto con quién se lo hará.  Ay madre, qué lío tengo en la cabeza. Mejor dejo que ella me pregunte.

     —¿Tiene algún deseo frustrado en la vida?

     Ignoro si la pregunta tiene algún sentido que ahora desconozco pero le digo la verdad.

     —Me hubiera gustado ser conductor de trenes.

     —¿De verdad? Mi padre era ferroviario. Se quejaba de la suciedad y la mugre. Cuando ve los trenes de ahora dice que esto es otra cosa. ¿Y por qué dice que le hubiera gustado ser conductor de trenes?

     —Manejar una máquina de cien toneladas y llevar a cientos de pasajeros  tiene algo de arcaico y atávico, es como el pastor que guía a las ovejas ¿no le parece?

     Le miro para ver su reacción. Por toda respuesta consulta su reloj y me dice que la sesión de hoy ha terminado. Eso me deja un tanto frustrado, creo que la he defraudado o piensa que estoy como una cabra. Nada me gustaría más que ver sus apuntes pero al mismo tiempo me da miedo.

 

    

    

miércoles, 1 de octubre de 2025

La vida te da sorpresas (2 parte)

 

     Aunque conocía el trayecto como la palma de su mano, lo primero que hizo Roberto al subir a la cabina del tráiler fue poner la ubicación de la descarga en San Juan de Aznalfarache, a siete kilómetros de Sevilla. Era su modo de hacer las cosas, no le gustaba dejar nada a la improvisación ni a las prisas de última hora. Eran las tres de la tarde y calculó que llegarían sobre las nueve. En la cabina sonaba música de Los Secretos y durante el trayecto miraba de reojo de vez en cuando a su compañera. No se puede decir que fuera una gran belleza pero era alta, de ojos grandes, boca sensual y tenía un cuerpo bien proporcionado. Llevaba tatuajes en los brazos y unos aros en la oreja izquierda. Katia era una mujer apasionada, alegre, a veces ingenua, pero la vida le había tratado mal y, además a eso había que añadirle algunas decisiones equivocadas. Roberto pensó que ya que iban a hacer un largo viaje no estaba de más conocerse un poco.

      —¿Estás soltera o casada?   

     La verdad es que la pregunta no le cayó por sorpresa. Una mujer que es capaz de asaltar a un camionero o es una lunática o está desesperada. Pensó que quien sufre las consecuencias tiene derecho a saber.

     —Estuve casada pero no resultó. Era un celoso y un hijo de puta maltratador. Me separé y conocí a otro, al principio fue bien pero luego se aficionó al juego y a la bebida. Tengo la impresión de que me debo proteger, el mundo es un lugar hostil y se puede decir que soy una mujer escarmentada.

     —¿Y para eso llevas una pistola?

     —Bueno, digamos que me da una cierta seguridad.

     —Llevar un arma aunque sea de fogueo siempre te va a dar problemas. Si vas a viajar conmigo prefiero que te deshagas de ella. No me gustaría que la policía o la Guardia Civil encontrara un arma en mi camión.

     Eran sus condiciones, estaban ya a sesenta kilómetros de Madrid y no era plan de ponerse a discutir.

     —Vale, en el primer sitio que paremos la dejo en la cisterna del lavabo, como en la peli de El Padrino. Bueno, yo ya te he contado un poco mi vida. ¿Y la tuya?

  — Pues estoy separado pero tengo un hijo de veinte años, también socio de la quinta rueda. Le suelo decir que cambie de oficio, que esto no está pagado, pero le tira mucho este mundillo.

     Roberto es un tipo de estatura normal, barba de dos días, tiene una pequeña cicatriz en la frente y un hoyuelo en la barbilla. El camión es su casa, media vida conduciendo por las carreteras del país le ha dado una seguridad y solvencia que sus jefes tienen en cuenta.  Es cumplidor a su manera y aficionado a ciertos “trabajos” que le reportan algún beneficio no exento de riesgos. Hace unos años recogió en Algeciras a una mujer de Mali que pretendía llegar a Francia; eran los años de las primeras pateras, la dejó en Barcelona. Fátima alguna vez le llama, trabaja de cajera en un supermercado de Lyon y dice que le estará eternamente agradecida por haberla ayudado. No le cobró, pero el riesgo era alto y hoy no volvería a hacerlo.

     En los ratos de silencio Katia tomaba buena nota de cómo conducía Roberto; la manera de tomar las curvas, la velocidad, a qué revoluciones cambiaba de marcha, cómo reducía, por si acaso tocaba reemplazarle un rato al volante.

     —Verás, estaba pensando una cosa —dijo Roberto deseando soltarlo.

     —¿Qué cosa? —preguntó ella.

     —¿Recuerdas cuando dijiste que fuéramos socios?

     —Sí, lo recuerdo.

     —Conozco a un tipo marroquí que vive en Algeciras, el otro día me llamó diciendo que tiene material, por si venía al sur. Que si me interesaba.

     —¿Qué tipo de material? —preguntó Katia

     —Cocaína.

     Katia casi saltó despedida de su asiento alarmada.

      —No me digas que estás metido en esa mierda.

    —Le dije que sería mi último trabajo. No quiero que me echen o que me manden a hacer la ruta de Polonia o Bulgaria. Si colaboras, todo lo que tendrías que hacer en caso de algún control, es pasarte por una falsa embarazada.

      —Bueno, está bien que al menos me lo digas pero… Eso es exponerme del todo. ¿No crees? Es muy arriesgado… y además ¿qué gano yo con ello?

     —Iríamos a medias. Piensa en tu madre, podemos sacar un dinero. Solo esta vez, ya no más. Conozco a un tipo en Madrid que se dedica a esto.

    —No me parece justo. Yo arriesgo mucho más que tú. Te propongo un 60-40 a mi favor.

     Roberto dudó un momento. Katia tenía razón. La pena no era la misma para el que trafica con droga que para el cómplice.

     —Vale, de acuerdo. Otra cosa, si vas a hacer de mula necesitarás algún complemento, por ejemplo esmalte de uñas, su fuerte olor ahuyenta a los perros en caso de que los haya, no creo que haga falta pero por si acaso. Tampoco estaría mal un poco de perfume y algo de maquillaje. Ah, y tápate los tatuajes.

     —Voy a parecer una puta.

     —Mejor eso que yonqui. ¿No te parece?

    —Hay una cosa que no me convence. Llevar la droga encima me resulta muy evidente para la policía.

     —Mira por dónde es todo lo contrario. La policía siempre busca en escondrijos y en lugares inverosímiles. Nunca pensaría que lo lleva una embarazada.

     Faltando pocos kilómetros para Sevilla Roberto recibe una llamada telefónica diciendo que la entrega es urgente. Debe hacerse hoy y que le están esperando para la descarga.

     —Bueno, te diré lo que vamos a hacer ahora. Después de descargar buscamos un restaurante para cenar, luego si quieres vemos un poco la ciudad dando un paseo. Luego te puedes acostar en la litera y yo en este asiento que es reclinable.

     —Verás, yo necesito una ducha urgente.

     —Pues eso no tengo. ¿Tienes dinero para un hotel u hostal?

     —No, pero luego te lo devuelvo.

     —¿No dices que no tienes dinero?

      —Bueno, te devuelvo el favor, ya me entiendes.

      La cena y la noche resultaron excitantes. Brindaron con champán y se dieron un homenaje. Roberto acudió el siguiente día a su cita con el proveedor de coca. Entre exigentes medidas de seguridad el marroquí le entregó un kilo.

     —Buena suerte. Es una pena que no hagamos más tratos  —le dijo el otro cuando se despidieron.

      Todo iba normal en el viaje de vuelta. Katia no podía evitar sentirse molesta en su papel de embarazada, la presión era constante en su estómago y no se podía aflojar pues en ese caso la bolsa se caía. Estaban en Sevilla visitando el centro de la ciudad, puesto que el primer día apenas les había dado tiempo a ver nada. Al parecer habían realizado entre los dos un trabajo bastante convincente puesto que en el autobús un señor le cedió amablemente su asiento en cuanto la vio entrar.

      Una vez en el camión al poco de salir de Sevilla comenzaron las primeras retenciones. Momentos después Roberto observó que lo que inicialmente les parecía un atasco motivado por un accidente, en realidad era un control de la Guardia Civil. Trató de animar a Katia diciéndole que se comportara con naturalidad. Los agentes le dieron el alto y cuando el tráiler se detuvo Roberto les dijo que volvía de vacío. No importaba, había que inspeccionarlo. Le pidieron el albarán de entrega y acto seguido les invitaron a bajar de la cabina. El oficial al mando, de unos cincuenta años, observaba detenidamente a Katia mientras dos compañeros suyos, más jóvenes, inspeccionaban la cabina. Katia estaba hecha un flan. Para dominar los nervios sacó del bolso un chicle, tratando de aparentar una situación despreocupada que no tenía. Por suerte para ella, solo se trataba de un rijoso, que lanzó una mirada maliciosa a Roberto cuando les invitaron a proseguir la marcha.

     —Son órdenes de arriba —les dijo a modo de disculpa.

       Después de abandonar Sevilla Katia se quitó la bolsa con la droga y la colocó en un compartimento de la cabina. Luego se echó a dormir. Poco antes de entrar en la provincia de Madrid, Roberto se salió de la autovía y entró en Maqueda, un pueblo que él conocía bien y que poseía un impresionante castillo. Luego paró y en ese momento Katia se despertó.

     —Espérame aquí —le dijo Roberto. Vengo en diez minutos.

     A los diez minutos exactos la puerta de la cabina se abrió y apareció Roberto con un gran ramo de flores.

      —Toma. Son para ti —le dijo a Katia.

      —¿Para mí?

     —Quiero darte las gracias por haberte arriesgado y por esta noche maravillosa que hemos pasado juntos. Nunca hubiera pensado que iba a regalar flores a la persona que me ha apuntado con una pistola. La vida te da sorpresas. ¿No te parece?

         Katia creía estar soñando mientras hablaba Roberto. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien tenía un detalle para con ella. Roberto se dio cuenta que detrás de la fachada de Katia solo había una persona sola y vulnerable.

      —¡Qué vas a hacer luego con la coca? —preguntó cuando se repuso de la sorpresa.

     —Tú tranquila, déjamelo a mí. No me gusta esta mierda pero me está ayudando a pagar el camión. Ya no habrá más viajes a Algeciras.                                                                    Katia le miró directamente a los ojos. Había una pregunta que sobrevolaba y, aunque ahora existía más confianza entre ellos, se puede decir que apenas acababan de conocerse.

      —¿Y mi parte?¿Me puedo fiar de ti?

     —Roberto sonrió, luego inclinándose hacia su derecha la besó.

     —Por supuesto. Tienes mi teléfono y mi palabra de camionero.

 

    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    

 

 

domingo, 7 de septiembre de 2025

La vida te da sorpresas*

 

     Tomo prestado el título de un tema de Rubén Blades, músico, compositor y exministro de Turismo de Panamá, que supo contar de manera admirable a ritmo de salsa la historia de Pedro Navaja, ambientada en los bajos fondos de una gran ciudad en la que siempre hay alguien dispuesto a tirar de gatillo a cambio de unas cuantas monedas. Este suceso que voy a contar ocurrió en el parking habilitado para camiones a pocos kilómetros de Madrid.

     Ya desde el exterior del parking se escuchaban los ronquidos de alguien que estaba profundamente dormido en la litera de un tráiler marca Volvo Trucks. El intruso lentamente se acercó y accionó la cerradura de la puerta. Para su sorpresa comprobó que no estaba echado el seguro y subió a la cabina procurando no hacer ruido. Los ronquidos eran escandalosos, lo cual le facilitaba mucho las cosas. Dejó el portón sin cerrar por si acaso debía salir de naja, nunca se sabe, y a continuación se acomodó en el asiento del conductor. Era la cabina más confortable que había visto en su vida: asiento reclinable, nevera, pantalla táctil, aire acondicionado, ordenador a bordo, microondas, portaequipajes, escritorio...Miró hacia atrás. Una cortina separaba la parte del dormitorio El tipo seguía con sus estremecedores ronquidos. Lentamente se colocó el pelo sujeto con la gorra, sacó de su mochila una pistola y comenzó a descorrer la cortina mientas apuntaba.

     —Eh amigo, despier…

     Lo que no esperaba es que una escopeta de cañones recortados le estuviera apuntando a escasos centímetros de sus ojos.

     —Como hagas un solo movimiento te vuelo la tapa de los sesos. Dame la pistola y quítate la capucha para verte bien la jeta, hijo de puta.

     El asaltante obedeció presa de la confusión. Al quitarse la gorra la melena de pelo castaño le cubrió los hombros.

     —Pero ¿qué cojones?...

     El asaltante era una mujer. Llevaba una sudadera con capucha, vaqueros ceñidos, un piercing en la nariz y tenía el rostro confuso.

     —No sé si darte dos hostias o llevarte directamente al cuartelillo. Hace un rato te vi merodeando por aquí y sabía que vendrías. Luego me hice el dormido. Gentuza como tú nos suelen atracar de vez en cuando.

     —Mejor deja que me vaya y olvidemos el asunto —replicó ella.

     —Y una puta mierda. Tú vas al cuartelillo conmigo.

     Tenía la voz algo ronca y estaba visiblemente desconcertada. Una sombra de duda apareció en la cara del camionero, al percatarse de la voz de ella. Se incorporó, cerró la puerta del conductor, accionó el cierre automático y le dijo que se sentara en el asiento del copiloto.

     —Oye, no serás…—y a continuación hizo ademán de palparle la entrepierna.

     —No se te ocurra tocarme, gilipollas. Solo me soba quien yo quiero.

     —Tiene cojones la cosa—saltó furioso—Me asaltas y me amenazas con una pistola. ¿Se puede saber cuál era el siguiente paso? ¿Qué te proponías? ¿acaso sabes conducir un tráiler de cuatro ejes y treinta y seis toneladas? No tienes ni puta idea de lo que significa estar horas y horas todos los días en la carretera y encima tener que aguantar a gentuza como tú.  Debería denunciarte ahora mismo.

     —Sí —respondió ella.

     —Sí a qué?

     —Puedo conducir el tráiler, tengo el carnet.

     Roberto puso cara de sorpresa. Conocía a bastantes mujeres conductoras de autobús pero era la primera vez que una mujer le confesaba que conducía camiones de gran tonelaje.

     —A ver. Enséñamelo.

     A continuación ella buscó en su mochila y le entregó un documento con su fotografía. Catalina Bermúdez Taboada, 32 años, poseedora de carnet tipo C+E expedido en Zaragoza en noviembre de 2019. Válido por diez años.

     —Te propongo ser  socios, si quieres —dijo ella.

     —¿Socios tú y yo? ¿Estás loca? No gracias, las mujeres dais muchos problemas —y luego añadió—así que te llamas Catalina.

     —Prefiero que me llames Katia. Todo el mundo me conoce así.

     Una vez pasado el susto inicial, el camionero se fue relajando. Era de complexión fuerte, tenía cuarenta años. No era la primera vez que sufría un contratiempo y seguramente tampoco sería la última. La carretera estaba sujeta a múltiples imprevistos, lo cual añadía todavía más incertidumbre a una profesión cada vez más precarizada. Él se consideraba camionero vocacional pero ya iban quedando menos. Además, casi todos eran ya extranjeros.

     —A ver Katia, si me dices a qué te dedicas prometo no denunciarte. Y no me mientas porque conozco a la gente de tu calaña.

     Katia, guardó silencio unos instantes. No sabía si merecía la pena sincerarse con un tipo al que no conocía de nada. Pensó en abrir la puerta y escapar pero recordó que él las había bloqueado.

     —Me busco la vida como puedo. Cuando me quedo sin dinero recojo fruta o busco cualquier trabajo. Vivo al día. He trabajado en algunas agencias de transporte pero para mi desgracia a la hora de seleccionar personal prefieren a los tíos. El único consejo bueno que me dio mi padre era que aprendiera, luego cuando era todavía niña se fue de casa y no he vuelto a saber nada de él. Mi madre está en una residencia porque necesita cuidados, casi todo lo que gano es para pagar la residencia.

     —¿Sabes? No me das lástima. A veces recojo a alguien y casi todos contáis la misma milonga. Enséñame los brazos.

      Katia se subió las mangas de la sudadera. No había rastro de pinchazos.

     —¿Puedo saber dónde vives?

     —En un piso compartido en Aluche.

     Se produjo un prolongado silencio entre ambos.

     —Tengo la extraña virtud de equivocarme cada vez que debo tomar una decisión pero se me hace tarde, quiero olvidar el incidente porque  ahora debo ir a Guadalajara a por mercancía y llevarla a Sevilla, antes de salir te dejo en Madrid. ¿Te parece?

     —Vale, me parece bien.

     Su semblante era serio, se diría que estaba enfadada consigo misma. Se reprochó no haber saltado de la cabina en el momento en que el otro le encañonó con la escopeta. Estaba segura de que no se hubiera atrevido a disparar, tal vez la escopeta estuviera descargada. Durante el trayecto no hablaron ni una sola palabra, se limitó a escuchar cuando por radio le indicaron la dirección donde debía cargar la mercancía, en el polígono industrial de Azuqueca de Henares. Supo su nombre porque se dirigieron a él como Roberto. Una vez que aparcó el tráiler en el muelle de carga indicado, preguntó a qué hora estaría la carga completada. Era la hora de comer y tenía hambre, conocía un restaurante cerca, a buen precio y un servicio correcto. Luego fue a la cabina y pregunto a Katia si quería tomar algo. Cuando entraron en el restaurante, Vicky la camarera le saludó efusivamente y miró de reojo a Katia, no era la misma de la última vez pero por precaución no dijo nada. Cuando terminaron Roberto pagó la cuenta dejando una buena propina. Tenía confianza con Vicky, siempre le había tratado bien y encima le había hecho algún que otro favor. Después él y Katia se dirigieron a la oficina para firmar el albarán. Cuando estaban montados en el camión, Katia preguntó qué mercancía transportaba.

     —Doscientos cincuenta televisores de última generación. Te parece bien?

     Katia se encogió de hombros. Se acordaba de su madre, hacía ya algún tiempo que no le mandaba dinero pero todas las semanas se acercaba un rato para charlar con ella. Su sensación en ese instante era de disgusto, quería aclarar algunas cosas pero no encontraba el momento ni las palabras adecuadas para hacerlo. Al fin se decidió.

     —Quiero pedirte perdón y agradecerte que no me hayas denunciado… Es la primera vez, estoy avergonzada.  Lo siento.

     —¿Y la pistola?

     —Era de fogueo.

     Roberto asintió levemente con la cabeza. Hacía rato que la estaba observando sin que ella se diera cuenta, sabía que se sentía incómoda, insegura. Esos momentos que todos en alguna ocasión hemos tenido cuando no estamos bien con nosotros mismos. Estaban llegando a Madrid y ya aparecían las primeras urbanizaciones de la capital.

     —¿Puedo acompañarte a Sevilla? Prometo portarme bien y reemplazarte en la conducción mientras tú descansas.

     Roberto sopesó la situación. No sabía hasta qué punto podía fiarse  pero una corazonada le decía que su arrepentimiento era sincero. Aunque estaba acostumbrado a largos y tediosos viajes reconoció que un poco de compañía no le vendría mal.

     —Mi nombre es Roberto —dijo, tendiéndole la mano.

     —Ya lo sabía—replicó ella sonriendo.

                                                                                        ( Continuará)

                                                                                        

 

 

 

*Relato dedicado a mi sobrino Fernando Goñi Balda.   

miércoles, 13 de agosto de 2025

El placer de la lectura

 

     Me ocurre cada vez que entro en una biblioteca o en un espacio grande con abundantes libros en las estanterías; tal cantidad de títulos me abruman, si tengo que escoger uno la tarea es titánica aunque uno ya haya aprendido algunas claves que utilizan los autores para que el cliente elija comprar uno de los suyos. Aparte del marketing promocional, el secreto reside en elegir un título lo suficientemente sugerente y atractivo como para que el lector se decida a comprarlo. Pongo varios ejemplos: algo relacionado con la Segunda Guerra Mundial es sinónimo de ventas, sobre todo si incluye la palabra Auschwitz. Los libros de autoayuda por supuesto. Y no digamos nada si el título lleva la coletilla “basada en hechos reales”, es un anzuelo que rara vez falla para que el lector lo compre. Y yo me pregunto ¿La ficción no puede ser verosímil? Tal vez por eso procuro huir de los títulos excesivamente llamativos, hay demasiada hojarasca en el mundo editorial. Empiezas a leer y enseguida te das cuenta que no cumple nuestras expectativas. Ocurre lo mismo con los libros excesivamente voluminosos. Durante la pandemia me tragué un libro de más de mil quinientas páginas de un reconocido escritor norteamericano. Me pregunto qué necesidad hay de castigar al lector con semejante mamotreto. Soy de los que piensan que ciento cincuenta o doscientas páginas son suficientes para crear una buena historia. Solo conozco el caso de un libro de más de mil páginas que no me haya aburrido: El Quijote. Bueno, a lo que iba. Resulta que el otro día elegí en una de las bibliotecas de la ciudad donde veraneo el libro titulado “Maestros de la felicidad”, donde el autor, Rafael Narbona, habla de las diferentes escuelas helenísticas que han guiado el pensamiento filosófico desde la Antigüedad hasta nuestros días, todo ello aderezado con comentarios de su papel como profesor en un instituto público y las anécdotas con sus alumnos. Pero resulta que hoy en día la filosofía está en desuso, en los planes de estudio la han devaluado hasta hacer de ella algo residual, para dar prevalencia a las carreras técnicas que aseguren  un futuro laboral.

     Algo parecido ocurre con el periodismo. Da grima ver a algunos periodistas persiguiendo (literalmente) micrófono en mano a personajillos  famosos en busca de una exclusiva. Uff, lo que hay que hacer para ganarse el pan; mientras tanto Tik Tok y las redes sociales van ganando espacio propagando bulos e infundios con noticias no contrastadas, al final la gente se queda con esos titulares en caso de no elegir bien las fuentes de información. En momentos de crisis como el actual recomiendo encarecidamente leer a los clásicos. Hace dos mil quinientos años hubo una pléyade de filósofos que se hacían preguntas todavía vigentes como por ejemplo  qué es la libertad, la felicidad, la belleza, la verdad, etc. Hoy el sesgo es altamente preocupante: mientras en nuestros barrios cierran librerías, los gimnasios están llenos a rebosar. De resultas de ello tenemos cuerpos atléticos, pero en muchos casos las mentes están atrofiadas. El primer mundo en el que vivimos tiene un reto formidable y no sabe cómo afrontarlo. Me refiero a los cientos de personas que cada día llegan a nuestras costas huyendo de la miseria, las guerras y el hambre. Hace unos años leí la novela “Las uvas de la ira” de John Steimbeck, en la que relata las consecuencias sociales de la crisis de 1929 en EEUU. Todo lo que vemos ahora en nuestro país de xenofobia y racismo ya aparecen ahí.

     Marco Aurelio, próximo a la filosofía estoica, destacó entre los emperadores romanos, pero si tengo que elegir entre los filósofos me inclino por Séneca (“nada de lo humano me es ajeno”). Exaltó la libertad cuestionando la esclavitud, exigió respeto a la naturaleza, elogió la austeridad, advirtió sobre la rápida decadencia de las naciones. La mirada de Séneca conecta con la sensibilidad contemporánea y un aprecio por lo humano. Hoy en nuestras sociedades también tenemos personas de reconocido prestigio en todos los campos, técnicos, especialistas, etc, pero ellos no detentan el poder. Hay bastante unanimidad en que el mundo está gobernado por patanes incompetentes y megalómanos, de lo que se deduce que algo habremos hecho mal para que les hayamos aupado al poder. Nos faltan lideres con carisma capaces de arrastrar a las masas, personas íntegras como Simone Weil o Pepe Múgica fallecido recientemente. Meses atrás, a raíz de la DANA de Valencia, la ultraderecha se apropió de la frase, aunque no es suya, “solo el pueblo salva al pueblo”. Yo prefiero pensar que solo la cultura, el saber, el conocimiento, y en último caso la ciencia, son los que de verdad salvan al pueblo.