El otro día fue mi
cumpleaños. Nada más levantarme tuve un recuerdo muy especial para mis padres
ya fallecidos porque gracias a ellos estoy aquí disfrutando de la vida después
de la jubilación. Entiendo que para mucha gente (países en guerra, desplazados,
hambrunas, terremotos), el hecho de vivir con frecuencia pueda convertirse en
un infierno. La vida a veces puede ser injusta y al mismo tiempo caprichosa, en
el sentido de que sin hacer ningún mérito nos haya tocado vivir en el primer
mundo.
Como decía, el día
de mi cumpleaños ya contaba con las felicitaciones de mis familiares y amigos más
cercanos, no por esperadas menos agradecidas. Brindé también junto a los
compañeros de la Universidad. También recibí una felicitación en forma de vídeo
que no esperaba: la de Médicos sin Fronteras. Médicos y
enfermeras de Sudán, Etiopía, Siria y Palestina en sus centros de trabajo, me felicitaban
porque gracias a mis donaciones ellos estaban haciendo su labor y trabajando
para erradicar la pobreza y luchando por un mundo más justo. Esa felicitación
me conmovió. No es extraño por tanto, que personas que viven esa realidad quieran
venir al nuestros países a establecerse. Seguro que gran parte de los
extranjeros con los que nos cruzamos a diario guardan una dura experiencia
detrás.
Siempre he pensado
que esta gente que se dedica a labores humanitarias, voluntariado etc, están
hechos de una pasta especial porque realizar
esas labores en países en guerra conlleva también un riesgo físico para ellos.
Conozco a un cooperante que está haciendo esa labor en las selvas de Panamá.
Lleva más de cuarenta años allí y ya le dediqué un espacio en este mismo post.
Sin duda ellos representan lo mejor del ser humano, son la esperanza y la luz
que nos guían, no los miles de bombillas que estos días adornan los calles y
avenidas de nuestras ciudades.
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