sábado, 20 de agosto de 2022

Gente curiosa

      Por cosas del azar he leído en una revista que cayó en mis manos la nueva modalidad para conocer sitios sorprendentes. Resulta barato, no hay aglomeraciones ni tampoco debes preocuparte en hacer reservas porque en  general son sitios solitarios pero igualmente fascinantes para el viajero que se adentra a conocerlos. Se trata del turismo urbex (exploración urbana). Todos tienen en común que son parajes solitarios y abandonados como por ejemplo pueblos fantasma, ermitas o iglesias en ruinas, antiguas naves industriales, molinos, castillos, monasterios ya vacíos, puentes destruidos, viejos balnearios en desuso, estaciones de tren abandonadas, y así un largo etcétera. La falta del elemento humano  es su principal característica; sin embargo esa decrepitud y decadencia la hace irresistible a quienes sentimos que también hay belleza en las ruinas de lo que en otro tiempo fueron sitios habitados y llenos de vida. No todo el mundo está preparado para visitar estos lugares; a menudo el terreno se vuelve abrupto, la vegetación ha invadido el espacio, hace falta linterna y un resbalón o un mal paso nos pueden causar un accidente. Pero a cambio, obtener una buena fotografía de estos lugares es algo reconfortante. Ojo, no estoy hablando de esa absurda moda de hacerse selfis al lado de precipicios o similares donde literalmente uno se juega la vida. Lo desconocido, la aventura y un halo de misterio juegan un papel importante en este tipo de turismo cada vez más presente en las redes sociales. El paso inexorable del tiempo es el factor determinante de todos ellos. Nosotros estamos de paso pero las piedras ya estaban allí, y seguirán allí cuando nosotros ya no estemos, guardando secretos o contando historias a los que se acerquen (depende de la actitud o del grado de sensibilidad del visitante), de sus antiguos moradores, historias fascinantes contadas a la luz de un candil o en noches de tormenta cuando no había otra distracción que no fueran los relatos orales que se iban transmitiendo de padres a hijos. Son lugares donde uno se da verdaderamente cuenta de lo efímero de nuestras vidas. Conozco algunos de estos lugares y puedo asegurar que siguen transmitiendo el mismo poder evocador y la misma energía que cuando lo habitaban sus gentes. Hoy todos ofrecen la misma estampa de silencio y abandono, de entre los cuales destacaríamos, por ser de actualidad,  los numerosos pueblos deshabitados de la España interior.

     Una de las máximas de este turismo urbex es no compartir ubicaciones, tan solo con los exploradores de confianza por el afán de muchos en llevarse recuerdos, hacer grafitis, dejar basura, prender fuego, etc. En un caso que conozco, unos individuos estuvieron varios días cortando con una radial, la maquinaria de un molino para venderla al peso. Las dos reglas de oro de este turismo son: "no te lleves nada, solo fotos. No dejes nada, solo huellas". Quienes amamos la soledad no nos sentimos solos cuando visitamos estos lugares; muy al contrario, todavía nos llegan los ecos de la vida sencilla de sus antiguos moradores guiada únicamente por las estaciones y la siembra y recolección de sus campos, las privaciones para sacar adelante la numerosa prole o la pérdida de todo cuando venía una prolongada sequía o el granizo arruinaba sus cosechas. Vidas por otra parte respetuosas con la naturaleza y el entorno en el que vivían. Esas gentes nunca sospecharon que muchos años más tarde esos mismos lugares serían objeto de culto y de la curiosidad de otros humanos atraídos por el misterio y por la fascinación que ejerce entre nosotros lo desconocido.

viernes, 1 de julio de 2022

Volver a los diecisiete*

      Volver a los diecisiete es una bella canción cargada de simbolismo y poesía de la chilena Violeta Parra, versionada después por numerosos artistas con mayor o menor éxito. En ella habla de su experiencia personal, cuando a punto de cumplir los cincuenta se enamora de un estudiante de edad adolescente y cómo ese amor que siente, le transforma y al mismo tiempo le zarandea hasta los cimientos. Es una canción que evidentemente habla de amor, pero también ofrece otras muchas lecturas. Es la capacidad del ser humano para sentir y ver la vida con nuevos ojos, es como volver a nacer o, si lo prefieren, volver a ser joven cuando ya eres adulto. Es también recuperar la ilusión de quien descubre un nuevo motivo para vivir, es ver la luz en medio de la oscuridad que te rodea, la de levantarte otra vez, curarse las heridas y volver a intentarlo.

     Cando me falta poco para cumplir los setenta, estoy viviendo parecidas sensaciones. Me encuentro en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense donde me he matriculado para mayores de cincuenta años. En el Aula Magna un representante de la Universidad nos explica cuáles son las materias y contenidos de los cuatro cursos de Humanidades. Luego nos enseña algunas dependencias, la secretaría de alumnos y el improvisado escenario donde Raimon dio el famoso concierto de 1969 abarrotado de alumnos hasta en las escaleras. Escucho las conversaciones y bromas de jóvenes, algunos de los cuales todavía no han cumplido los veinte. En los pasillos me cruzo con ellos, a sus ojos no dejo de ser un carroza, un elemento extraño en aquel ambiente universitario. Algunos se sorprenden la verme y me dedican una sonrisa como diciendo, abuelo te has equivocado de lugar pero me caes simpático. Ellos ignoran que su presencia me devuelve a los años de estudiante cuando escuchábamos a los Beatles, a Joan Baez, a Simon y Garfunkel, a Moustaki, a Creedence Clearwater Revival. Los fines de semana asistíamos a las salas de cine forum para ver películas de culto de Passolini, de Truffaut, de Visconti o de Bergman algunas de las cuales no entendíamos. Era una época de sueños, de querer transformar la realidad porque no nos gustaba y porque éramos jóvenes y todo estaba por hacer. En mi adolescencia fui testigo de Mayo del 68 que convulsionó a la sociedad de su tiempo y, tres meses más tarde ocurrió la invasión de Checoslovaquia por los tanques rusos que pusieron fin a la Primavera de Praga. De aquella protesta me impresionó que un estudiante llamado Jan Palach se quemara a los bonzo. Pero lo más terrible fue el modo de decidir entre los miembros de su comando quién sería la persona que se inmolara. !!Lo echaron a suertes!!

     Fue por aquella época cuando empezamos a tomar conciencia de que en España vivíamos en una dictadura. Los valores de nuestros padres ya no coincidían con los nuestros, aspirábamos a algo mejor, la guerra civil se nos hacía lejísimos en el tiempo y sin embargo ahora, cuando todavía colean las exhumaciones de fosas, me doy cuenta que para superar esa tragedia hacen falta al menos cuatro generaciones. Por entonces nacieron los primeros flirteos y las miradas hablaban sin necesidad de decirse nada. La vida era una fiesta, libre de responsabilidades que no fueran las de aprobar y pasar curso.

     Ir a la Universidad cuando estás en el otoño de la vida no te devuelve los años de juventud pero es un soplo de aire fresco que te hace recordar los sueños de entonces y sientes que algo dentro de ti comienza a renacer de nuevo. Cuando abandono la Universidad y vuelvo a casa en Metro siento un montón de sensaciones a mi alrededor. Hoy, casi sin pretenderlo, yo también he vuelto a los diecisiete.


* Relato  corto dedicado a las profesoras de la UCM, Magdalena de Pazzis e Isabel Visedo por su rigor académico y sus amenas clases, de parte de un alumno ignorante que únicamente anhela saber.

miércoles, 1 de junio de 2022

El predicador

      La fe inquebrantable en algo o en alguien es hoy día un valor escaso, una rara avis en esta sociedad cada vez más descreída en la que nos movemos. Pocas cosas hay perdurables en el tiempo. Las noticas que nos conmocionaron hace tan sólo unas semanas relativas a la invasión de tropas rusas en Ucrania, poco a poco van desapareciendo de las portadas de los periódicos e informativos. Superado ese impacto de los primeros días de la guerra, ya la hemos interiorizado como una noticia más, olvidando las guerras anteriores todavía no acabadas. Personalmente admiro a quienes van a contracorriente de las modas o las tendencias al uso; diríase que los convencionalismos no van con ellos, ni tampoco son gentes que se muevan al ritmo de la oportunidad de cada momento con el fin de encajar mejor en el contexto general. En este mundo confuso y cambiante apenas quedan valores aceptados por la mayoría, en cambio, a mi parecer, hay unanimidad en que la política y la religión son las que concitan un rechazo casi unánime.

     Siguiendo con mi razonamiento añadiré que conozco a un tipo sacado de otra época, obstinado y fiel a sus creencias a pesar de que los resultados rara vez le acompañan. Lo vi por casualidad en uno de esos mercadillos ambulantes que recorren nuestros barrios, luego, más tarde, comprobé que era un habitual del lugar. Con un libro en la mano y dejándose llevar únicamente por sus muchos años de experiencia, un predicador con voz de trueno sermoneaba a la concurrencia que se movía entre los puestos en medio del vocerío de los vendedores. Siempre se coloca en el lugar más transitado, en medio del gentío de personas y carritos que a menudo chocan entre sí debido a la aglomeración. Su procedimiento es siempre el mismo. Tras saludar con un genérico: "Buenos días pueblo español, pueblo extranjero", comienza a disertar sobre las excelencias de la Palabra de Dios encadenando razonamientos o  citas bíblicas, capítulos y versículos incluidos. Lo curioso es que nadie hace caso de su palabrería ni se paran a escucharle, mas todo el mundo le conoce y ya forma parte del mundo del mercadillo y sus gentes. Ignoro a qué rama de la religión cristiana está adscrito este personaje, pero puedo asegurar que es un verdadero espectáculo verlo en faena, un showman que nada tiene que envidiar a los presentadores de programas televisivos cazatalentos. Solo hay un inconveniente. Pese a encontrarse en un lugar muy concurrido es lo más parecido que he visto a predicar en el desierto. En una sociedad como la nuestra, donde todo se valora en función de la cuenta de resultados, su imagen me parece anacrónica, como de otra época y fuera de contexto. A veces me paro a una prudente distancia y escucho su prédica haciéndome el distraído, mientras la gente pasa a su lado ignorándole o a lo sumo haciendo un comentario en voz baja. Por momentos me parece patético, otras, un quijote luchando contra los molinos, pero haga frío o calor, su figura y voz de trueno resuenan inconfundibles en medio del maremágnum del mercadillo.

     Dando una vuelta por la zona puedo imaginarme a los herederos de personajes que Vicente Blasco Ibáñez retratara en La Horda: gitanas echando la buenaventura, chamarileros, cesteros, antiguos esquiladores de ganado en las ferias de antaño reconvertidos ahora en vendedores de fruta y verdura, buscavidas y otros oficios de lo más variopinto.

     Hace unos días visité de nuevo el mercadillo. Un vehículo de la Policía Municipal vigilaba discretamente el trasiego de personas y mercancías. Como de costumbre, el lugar se encontraba animado y bullicioso, una amalgama de lenguas y razas vendiendo su mercancía a la vez que disputándose la clientela. Yo buscaba la voz poderosa del predicador pero no lo encontraba. pregunté a un vendedor y me contestó que desde hacía un mes ya no iba por allí. Ahora pienso que tal vez se cansó de tanta prédica inútil o acaso el demonio le tentó haciéndole ver que en realidad era un fracasado, sin embargo tengo que admitir que le eché en falta aquella mañana cuando mi intención no era comprar nada sino escucharle a él, el único que vendía su producto a cambio de nada.



martes, 10 de mayo de 2022

Dependientes

      Nada más llegar de su país lo primero que hizo Itzayana fue buscar el medio de ganarse la vida. Venía acompañada de su hijo Walter de seis años, pues de esa manera, según le dijeron, sería más fácil conseguir el permiso de residencia. Luego, a través de un contacto fiable le aseguraron que si tenía paciencia con las personas mayores conseguiría un trabajo enseguida. Así fue y a los quince días le ofrecieron un empleo para cuidar a un viejecito llamado Nuño, el cual, a su avanzada edad se unía el de una movilidad reducida debido a la progresiva esclerosis. Dotado de un carácter fuerte y enérgico, las más de las veces se encontraba malhumorado a causa de sus achaques y enfermedad que le hacían cada día más dependiente. Un intento de suicidio debido a su negativa a ir a una residencia puso en alerta a su hijo de la necesidad de que una persona estuviera siempre a su cuidado. Cuando se la presentaron lo primero que quiso saber  fue el significado de su nombre. Ella le contestó que era de origen maya como muchos de los nombres de su país. Los días que se encontraba receptivo y de mejor talante preguntaba a Itzayana que le hablara de su país y a qué se dedicaba su marido. De su país le habló mucho pero de su marido no tenía mucho que contar; apenas se quedó embarazada él despareció pero ella no quiso abortar. Tampoco nadie en su familia se lo hubieran permitido. Lo más duro del trabajo de Itzayana era a la hora de asearle y bañarle. A la exigencia física se unía el pudor de verle desnudo: el cuerpo decrépito, el sexo diminuto, las carnes ajadas, el malhumor perenne de la persona que conscientemente se siente dependiente y al mismo tiempo es incapaz de asumirlo. Ella trataba de superarlo imaginando que se trataba de un familiar suyo. De esta manera cualquier sacrificio bien merecía la pena. Cierto día el viejo quiso propasarse alargando el brazo y tocando su trasero como haciéndose el distraído, pero ella fue tajante en su negativa, eso no don Nuño -le dijo- porque claro, una aunque humilde,  tiene su honra y su decencia. El echaba pestes, como si la culpable de su deterioro fuera la persona que le cuidaba. Raro era el día que Itzayana lo encontraba de buen humor o con una sonrisa en su rostro, pero todo lo asumía con entereza.

     Un día, mientras limpiaba la casa encontró un billete de cien euros en el suelo. Era la primera vez que los veía pero se lo devolvió en ese mismo instante antes de que  él hiciese conjeturas. Era demasiado evidente de que lo había dejado allí para tentarla y comprobar su reacción. A partir de entonces algo cambió en su actitud ante ella. El malhumor persistía pero de manera más suavizada, pequeños gestos que Itzayana percibió como un cambio en su proceder. Un nuevo ictus que le impedía hablar con claridad motivó el empeoramiento de su quebrada salud teniendo que comunicarse con mucho esfuerzo y buenas dosis de paciencia. La casa de Nuño era grande y espaciosa, ubicada en el centro de la ciudad. Para ella, acostumbrada a viviendas humildes aquello  no dejaba de ser un palacio, aunque éste fuera su lugar de trabajo. Todos los días le sacaba de paseo a pesar de su negativa a que vieran sus vecinos la decrepitud en que se había convertido. No importaba, ella se aplicaba con diligencia y esmero la recomendación de los médicos para que tomara el sol y el aire.


     Durante dos años Itzayana cuidó de él lo mejor que pudo pero en el último mes empezó a notar que se encontraba más nervioso y alterado de lo normal, apenas hablaba, encerrado en su mutismo. Pensó que se trataba de una de sus cada vez más frecuentes depresiones, pero lo que la inquietó de verdad fue cuando le comunicó que al día siguiente  sería su hijo el que le llevara al médico y que por tanto la mañana la tendría libre. Preocupada, no pudo dormir bien aquella noche. Un par de días después mientras le preparaba el desayuno en en la cocina, Nuño le pidió que dejara sus quehaceres y se sentara en la mesa. Nerviosa, al punto obedeció. Ayer fui al Notario. He dispuesto que a mi muerte esta casa sea tuya. Mi hijo ya lo sabe. Itzayana no estaba preparada para esa declaración. Bajó la cabeza y al momento dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.


     




miércoles, 6 de abril de 2022

Seres solitarios

      Viajaba en el asiento al lado del mío. Morena, con aire distinguido y resuelto, de unos cincuenta años. Todo comenzó con una conversación trivial ante el largo viaje transoceánico que nos esperaba; que si el miedo a volar, que si las turbulencias, en fin, esas cosas que se hablan cuando subes a un avión. Una vez roto el hielo me comentó que para ella  el mejor antídoto contra el miedo era la conversación y que su viaje tenía que ver con el asesoramiento a un grupo inversor que aspiraba a implantarse en Argentina y otros países de la zona. Y también que impartiría una conferencia en una escuela de negocios en Buenos Aires. Yo nada entendía de finanzas ni tampoco me interesaba especialmente el asunto, pero por educación me mantuve atento a sus explicaciones. Luego la conversación derivó en torno a las cotizaciones en Bolsa, tema aburrido donde los haya pero, según me aseguró,  muy esclarecedor de cara a su trabajo. Una vez que me hubo explicado cómo, dónde y cuándo invertir, quiso saber cuál era el objeto de mi viaje. Yo, que de natural soy un tanto reacio a entablar conversación con extraños, me vi en la obligación de sincerarme y le contesté que tenía como fin conocer a los descendientes de un familiar mío que    había emigrado a Argentina al término de la guerra civil, cuando este país era rico y España pobre y que acababa de fallecer. Además había una herencia de por medio, algo difícil de desdeñar. Ella pareció especialmente interesada en el asunto y así  estuvimos charlando durante un largo espacio de tiempo haciendo que el viaje pareciera más corto. Resultaba paradójico que a veces resulta más fácil sincerarse con extraños que con personas  que viven cerca de nosotros. En un momento dado me giré y vi que dormía. Pensé en los caprichos del azar; compartiría unas horas con la persona que estaba a mi lado, pero posiblemente no la volvería a ver nunca más el resto de mi vida. Traté de echar un sueño pero no pude hacerlo, preocupado como estaba por cómo me recibirían unos familiares a los que no había visto nunca y de los que únicamente conocía sus nombres. El único nexo eran unas fotos antiguas  con sus hijos pequeños que nuestro familiar envió a los cuatro años de emigrar a Argentina. En el fondo no dejaba de ser un extraño, una de esas visitas inoportunas que uno agradece infinito cuando se van.

     Momentos antes de aterrizar intercambiamos nuestros respectivos números de teléfono. Eran las diez de una mañana de domingo y nadie me esperaba en el aeropuerto. Tenía el tiempo libre hasta el día siguiente en que tomaría otro vuelo hasta Tucumán, al norte del país. A las siete de la tarde estaba a punto de irme a la cama debido al cansancio por el desfase horario cuando sonó mi teléfono. Hola, te acuerdas de mí? Soy Rocío, tu compañera de asiento en el avión. Después de unos segundos de vacilación respondí. Qué tal Rocío, alguna novedad? No me gusta cenar sola y aquí no conozco a nadie. Te importaría acompañarme esta noche? Nada en el mundo me apetecía más que tumbarme en la cama pero hice un esfuerzo con el fin de no aparecer como un tipo egoísta y desagradable. Convinimos una hora para la cita y acto seguido me di una ducha para despejarme. Al principio los dos estábamos algo nerviosos. Cenamos y luego fuimos a un afamado local del centro de la ciudad a escuchar tangos. A un lado del escenario, sobriamente decorado,  un joven tocaba el bandoneón acompañado por un pianista y de una chica al  violín. Una pareja bailaba en la platea con mucho sentimiento mientras el cantante desgranaba una melodía que hablaba de la tristeza que acompaña a los amores rotos, la fugacidad de las cosas humanas, la soledad... En un momento dado miré a mi compañera de soslayo y entreví una lágrima que resbalaba por su mejilla, quién sabe si rememorando algún amor frustrado. Por respeto no quise invadir su intimidad y en ese instante nos  vimos  reflejados en las letras que el cantante interpretaba. Éramos dos seres solitarios en una ciudad desconocida que casualmente había hurgado en nuestros secretos.

sábado, 5 de marzo de 2022

El botín de guerra

       En mi casa había un objeto que era el resultado de un botín de guerra,  pero nosotros los hermanos, no lo sabíamos. La Real Academia de la Lengua lo define como "el conjunto de armas o de bienes muebles que se apropian los soldados del enemigo tras las batallas". Dicho botín era un pesado diccionario Sopena del que mi padre se apropió al término de la guerra civil española arrebatado en su cuartel al ejército republicano. Era el segundo tomo, desde la letra L hasta la Z. Ignoro el motivo por el que lo hizo, siendo además un libro voluminoso y difícil de manejar. Sobrevivió a los diferentes traslados de domicilio y hoy en día lo conservo en mi biblioteca con mucho cariño. A aquel tocho de mil setecientas páginas y numerosos grabados y dibujos, toda una joya para la época, le rodeaba un halo de misterio, pues tenía las dos primeras páginas pegadas por alguna razón que nosotros desconocíamos. Un día, al despegar las hojas descubrimos el por qué. En la parte superior derecha figuraba un escrito: "Cogido al ejército rojo el 29 de marzo de 1939". Tenía su explicación. Hasta muchos años después de terminada la contienda, mencionar la guerra significaba resucitar viejos fantasmas. Luego descubrí con tristeza que una de las primeras medidas del bando vencedor fue represaliar a todos los maestros que en la época republicana se habían esforzado en aras de la instrucción pública. Uno de esos maestros represaliados me dio clases particulares un verano durante mi época adolescente. Hoy no le hubiera preguntado sobre los polinomios sino cómo sobrevivió a aquellos años de incuria en una España provinciana y pacata. En estos tiempos de amnesia siento que tenemos una deuda  con esa generación que tuvo que empezar de cero con el fin de reconstruir sus vidas.

     Entonces en mi casa no había muchos libros excepto los clásicos de literatura infantil de Enid Blyton, algunos de Julio Verne y pocos más, pero todos heredamos de mi padre la costumbre de leer, sobre todo la prensa, que compraba todos los días. Recuerdo haberle oído comentar que,  siendo adolescente, los castigos en casa consistían en aprenderse de memoria párrafos enteros del periódico. Todavía hoy cuando lo pienso, me pregunto el por qué se fijó en aquel diccionario. Entiendo que cada cual arrampló con lo que pudo y ante la imposibilidad de llevarse los dos tomos, lo repartiera con otro compañero. Mi padre entró en Madrid con veintiún años recién acabada la guerra, cuando Franco conquistó el poder. Yo me trasladé a Madrid también con veintiún años cuando el dictador estaba agonizando, pero afortunadamente ni la ciudad ni el propio país eran ya los mismos. A punto de cumplirse ochenta y tres años de aquel triste acontecimiento, pienso que nunca un botín de guerra fue tan inocente pero al mismo tiempo tan aleccionador. Aquel arma no disparaba balas sino palabras y significados, es decir, era una herramienta para hablar y entenderse. Hacía falta entonces, y también ahora.

miércoles, 9 de febrero de 2022

La buena gente

      Recientemente me ocupé en mi blog de la gente con poca empatía, individualista y egoísta, que únicamente miran su provecho en detrimento de los que les rodean. Sus acciones a menudo son noticia en portadas de periódicos y revistas generando ruido mediático y morbo, dando la impresión de que todo es negativo en esta sociedad en que vivimos. A esto se une el hecho de que las buenas noticias, que las hay, son relegadas a segundo plano siguiendo la máxima periodística de que una buena noticia son es noticia, y es que, como dice el escritor japonés H. Murakami, las buenas noticias, en la mayoría de los casos, se dan en voz baja. 

     Hoy quiero hablar de esas personas generosas que realizan una labor callada en sus profesiones y en el medio en el que se desenvuelven, la mayoría de las veces  poco o nada reconocida pero no por eso menos importante. A menudo suben con nosotros en el ascensor o pasan a nuestro lado sin que nos demos cuenta, porque no sabemos que ellos son magníficos; sus caras no nos dicen nada debido a que no salen en la tele ni en los anuncios publicitarios, sin embargo tienen el don de hacer la vida más agradable a la gente que les rodea.  Ellos y ellas son médicos, enfermeras o personal sanitario que cuidan de nuestra salud. Puede ser el pequeño comerciante de nuestro barrio, el maestro, el educador, el transportista, la limpiadora del hotel. O también los inmigrantes que vienen a hacer los trabajos duros que nosotros no queremos: temporeros, albañiles, repartidores, mensajeros, camareros, cuidadores de personas mayores...

     Pero como muchas veces pasa en la vida, sólo nos damos cuenta de su valía en el momento en que nos enteramos de que han fallecido, instante en el que todos nos volcamos en su reconocimiento. Ocurre que normalmente concedemos un crédito relativo a la gente que conocemos, los consideramos "gente normal", como si existiera un estrato superior en el que vivieran las personas con rango de excepcionales. No todos asumimos en mismo grado de compromiso, es cierto, pero los pequeños gestos en nuestro devenir diario también ayudan a conseguir un mundo mejor. Vale para ello el viejo slogan ecologista que bien se podría hacer extensible a otros ámbitos de la vida: pensar globalmente, actuar localmente.

     Mención especial se merecen los cooperantes. Son los héroes de nuestro tiempo, gente anónima que trabajan por un mundo mejor. No buscan publicidad ni recompensa alguna; les mueven valores de orden ético, religioso o humano. Allí donde hay una crisis humanitaria y una necesidad, ellos son los primeros en acudir. La humanidad los necesita pero pocas veces ocupan los titulares de los medios de comunicación a no ser por algún suceso luctuoso. Ellos deberían ser los auténticos influencers de nuestros días, gente con energía positiva, cercana en el trato, con capacidad para generar entusiasmo. Como diría Bertolt Brecht, son los imprescindibles. Pero en su lugar quienes triunfan y arrasan son los youtubers e influencers que cuentan con centenares de miles de seguidores en redes sociales, los cuales han creado toda una industria del entretenimiento en forma de videojuegos porque ya todo nos cansa y continuamente necesitamos estímulos nuevos. A través de las redes también nos venden belleza, moda, estilo, salud y demás ingenios, lo cual, nos retrata como sociedad y de alguna manera cuestiona nuestros valores. Conozco a uno de estos cooperantes, se llama Joaquín Arnáiz y durante un tiempo conviví con él. Lleva cuarenta años en las selvas de Panamá ayudando a los campesinos, creando cooperativas y trabajando por un comercio justo y sostenible, siendo además un elemento incómodo para los poderosos. Hace pocas semanas  estuve con él en una de sus esporádicas visitas a España y debo añadir  que me siento muy honrado de su amistad y de conocer a gente que dedica su tiempo y sus esfuerzos para hacer realidad que otro mundo sí es posible.