martes, 8 de diciembre de 2020

Costa da Morte

       Muchos años después, Lucas y Yolanda recordaban en la barra del bar su accidentado viaje a la Costa da Morte. Por aquel entonces  eran dos jóvenes que se habían conocido en la Facultad, amantes de la naturaleza  y de los  destinos que no fueran invadidos  por el turismo. Aunque hacía tiempo que venían planeando el viaje, no fue hasta bien entrada la primavera, con la llegada del buen tiempo, cuando al fin se decidieron. Lucas es un tipo dinámico y emprendedor, organizativo  y minucioso en los detalles sobre todo a la hora de los preparativos de cualquier actividad que se proponga. Yolanda por el contrario es más improvisadora y espontánea. A menudo discuten por el afán de Lucas de pretender controlar todo.

     Por fin deciden que el último viernes de Mayo se pondrán de camino. Para entonces  Lucas ya se ha encargado de conocer la previsión del tiempo. También ha contactado con el ayuntamiento de Muxía por si hubiera prohibiciones a la hora de acampar. Le contestan que al no ser todavía temporada alta no hay restricciones, solo un control rutinario de los accesos a la zona. El día acordado Yolanda  se presenta en casa de Lucas con el monovolumen que ha pedido a sus padres. Mira incrédula la cantidad de cosas que lleva su compañero: mochila, saco de dormir, tienda, herramientas, cocina de gas, frigo portátil, linterna, botiquín de primeros auxilios, cámara de fotos, trípode, machete, brújula...

     —Oye, que sólo vamos para tres días.

     —Ya, pero no me gusta ir mendigando favores.

      A mitad de camino un inoportuno pinchazo les hace perder un tiempo precioso. Ninguno de los dos tiene  experiencia en cambiar una rueda. Menos mal que el empleado de una gasolinera, viendo las mañas que se daba la pareja se apiadó de ellos. Tras varias horas de viaje, ya en la costa, un camino de tierra les condujo hasta la zona habilitada para acampar. El sitio era tranquilo, tan solo un par de tiendas y las risas de los acampados rompían el  silencio del lugar. Aún tenían tiempo para admirar el entorno que se abría ante sus ojos: a su izquierda el acantilado donde se escuchaba el batir de la olas, a la derecha una pequeña playa con algunos bañistas y en el centro, como adentrándose en el mar,  el majestuoso faro que se levantaba sobre una construcción rectangular, probablemente la vivienda donde antiguamente vivía el farero. Poco después de instalada la tienda, en el momento en que se disponen a cenar reciben la visita inesperada de la Guardia Civil. Uno de ellos tiene el distintivo de sargento en la bocamanga y es el que lleva la voz cantante. El otro escucha y observa todo con atención. El sargento, educado y de aspecto campechano, mientras les solicita la documentación les recuerda la prohibición de hacer fuego y quiere saber cuánto tiempo estarán acampados. Se trata sin más de un control rutinario, les dicen. Poco después de cenar comienza a llover. Es una lluvia suave pero persistente, lo cual les disuade de salir a dar una vuelta como tenían pensado y se acuestan. El cansancio del largo viaje les invita al sueño.

     Horas más tarde Yolanda se despierta a causa de los ronquidos de su compañero. Le da con el codo y al momento se  calla pero al rato vuelve de nuevo, ahora con más fuerza. Mira su reloj. Son las  5,40 y ha dejado de llover. Contempla la luz del faro y mide el tiempo  que tarda entre  un destello de luz y el siguiente. Cada veinte segundos. Lucas no para de roncar. Cuando hizo la lista de prepatativos, Yolanda olvidó incluir  los tapones para los oídos y ahora lo lamenta. Cansada de dar vueltas decide salir con una manta y la cámara de fotos y se mete en el coche. Todavía es de noche pero ya comienza a clarear; ha consultado en internet y sabe que el el amanecer se producirá exactamente a las 6,57. El ruido de una embarcación que se aproxima le llama la atención. Picada por la curiosidad abandona el coche y se acerca al lugar. Segundos más tarde la lancha apaga el motor. Dos hombres descienden y cargan con unos fardos que introducen en un 4x4 que les espera en una pequeña playa. Yolanda saca su cámara  equipada con zoom y dispara varias fotografías escondida detrás de un árbol. Luego, desde su escondite escucha una señal de ¡alto! y poco después un ruido seco. La lancha se hace de nuevo a la mar y el todoterreno desaparece. Todo se desarrolla con  rapidez y en apenas unos minutos de nuevo  vuelve  la calma. Intrigada,  se dirige al lugar y observa unas huellas que se esconden tras las rocas y un rastro de sangre. El corazón le late deprisa. Un hombre yace boca abajo, le da la vuelta para identificarlo y observa la cara del sargento que tiene una mueca espantosa. El tiro ha entrado por el cuello y salido por un oído. Ha sido arrastrado hasta allí para evitarlo a la vista. Instintivamente corre nerviosa y  veloz hacia la tienda mientras escucha el graznido de las gaviotas que revolotean por la zona.

     —!Despierta! Rápido, tenemos que irnos.

     Lucas, dormido aún, no comprende el por qué  esas prisas. Ve a Yolanda nerviosa, recogiendo las cosas y maldiciendo sin parar.

     —¿Me puedes explicar a qué viene esto? —pregunta medio dormido y con cara de asombro.

     —Ahora no tengo tiempo. Hay que largarse de este lugar.

     Lucas no entiende ese cambio brusco de planes sin haberlo discutido antes con él. A veces le cuesta comprender las decisiones un tanto repentinas de su compañera. Se cruza de brazos desafiándole con la mirada.

     —No pienso moverme si antes no me das una explicación.

     —El sargento está muerto con un tiro en la cabeza a cien metros de aquí. ¿Ahora lo entiendes?

     Se produce un largo silencio. Los dos tratan de pensar la mejor manera de salir de esa encrucijada en que se han visto involucrados sin quererlo. Lucas es el que tiene las ideas más claras y quien razona con mejores argumentos.

     —Eso que propones es justo lo que no debemos hacer. Es posible que el ayudante del sargento anotara la matrícula del coche. Si huimos seríamos los primeros sospechosos. Vamos a acudir ahora mismo al cuartel a denunciar y ser nosotros quienes llevemos la iniciativa. 

     Efectuada la denuncia se iniciaron las primeras pesquisas. Las fotografías de Yolanda fueron  determinantes y apuntaban al ayudante del sargento como principal sospechoso. Poco tiempo después fue arrestado  y posteriormente expulsado de la Guardia Civil. En el juicio celebrado un año más tarde  tuvieron que testificar, siendo condenado el sospechoso y los dos componentes de la lancha a ocho años de prisión por asesinato. La sentencia en un principio supuso un alivio para ellos, pero las conexiones de las mafias siempre resultaban intrincadas y semanas después Yolanda empezó a recibir amenazas de muerte. Sin duda, la matrícula de su coche dio la pista a sus perseguidores. Por ese tiempo le empezó a rondar la idea de cambiar de domicilio, incluso de ciudad, con el fin de extremar las medidas de seguridad, pero varios meses después volvió una cierta  normalidad  en medio de una tensa calma en su vida.

     Un día, seis años más tarde, recibe  una nerviosa llamada de Lucas comunicándole que los asesinos estaban de nuevo en la calle. De pronto todas las alarmas saltan de nuevo sin saber cuál es la  opción que debe tomar. A los pocos días, poco antes de salir para el trabajo suena el telefonillo de su domicilio. 

     —¿Quién es?

     —Unos amigos tuyos que llevan seis años esperando este momento. 

     Presa del pánico echa los cerrojos  y trata de llamar a la policía. Pocos segundos después escucha ruido de pasos y  luego unos golpes secos en la puerta que se repiten insistentemente. Desesperada, abre los ojos pero no acierta a comprender  dónde se encuentra. Luego ve a Lucas golpeando nervioso el cristal del coche. 

     Nunca un despertar había sido tan deseado. Sale del coche y abraza a su compañero que no entiende el  motivo de tanta emoción ni sabe que ha vivido una noche de pesadilla.


sábado, 21 de noviembre de 2020

Amor de juventud

   Todas las mañanas cuando iba a la universidad me cruzaba con un grupo de chicas que hacían comentarios y se sonreían al verme. Ellas estudiaban en la facultad que estaba al lado de la mía. Varias veces estuve tentado de cambiar el itinerario con el fin de evitar ese momento un tanto embarazoso para mí, y si no lo hice fue porque una de ellas me atraía demasiado como para dejar de verla aunque fuera tan solo unos segundos. Así que seguí mortificándome cada vez que pasaba junto a  ellas, pero todo lo daba por bien empleado los días en que nuestras miradas se cruzaban en un instante fugaz.

     Semanas más tarde coincidí con ella en una fiesta universitaria que se celebró pocos días antes de la Navidad. Un amigo común nos presentó. Se llamaba Nekane y todo en ella me gustaba; su grácil figura de  pelo castaño, la belleza de su risa, los ojos de un azul intenso. Como no sabía de qué hablar le pregunté por sus amigas y al momento me di cuenta de que esa era una pregunta inapropiada y estúpida. Luego, traté de que mostrara un cierto interés hacia mí  e hice tímidos intentos por seducirla, al principio con pequeños detalles que tal vez para otras personas pudieran pasar desapercibidos, pero confiando en que ella los supiera interpretar. Procuraba llamar su atención, siempre calculando la manera de que no fuera demasiado evidente con el fin de no presionarla. Tanto de día como de noche no dejaba de pensar en ella. Por fin había encontrado a la mujer que amaba. Animado por la pasión que vivía me puse a escribir poemas pero no me salía nada que no fuera acaramelado y cursi.  Las veces que  la veía acompañada de algún amigo no podía evitar un terrible ataque de celos. Me di cuenta de que debía ser más práctico así que  busqué sorprenderla invitándola al concierto de su artista preferido, al estreno de tal o cual  película, regalándole un libro el día de su cumpleaños... 

     Reanudado el curso después de las vacaciones, me extrañó no verla junto a sus amigas cuando iban a clase.  Poco días después recibí una llamada suya citándome en una cafetería. Pensé que ya había tomado una decisión y acudí esperanzado y lleno de alegría. Sentados frente a frente, mi corazón galopaba inquieto en espera de sus noticias. Luego, tras agradecerme  todas y cada una de las atenciones recibidas, me dejó bien claro que no siguiera esforzándome en complacerla porque, al decir de sus palabras, yo no era su tipo. 


sábado, 7 de noviembre de 2020

Melodías desde mi terraza *

      Es cierto que todos los días se aprende algo y que no todo ha sido negativo durante  el tiempo de encierro. Sin ir más lejos, este confinamiento me ha servido entre otras cosas para aprender, a mis sesenta y seis años, a hacerme el nudo de la corbata. También a compartir emociones con los míos, a leer por segunda vez El Quijote y  para dejar de fumar.

      Además he sido  testigo de buenos momentos. Todos los días a la hora de los aplausos salía al balcón con mi clarinete para interpretar algunos temas. Empecé con el "Resistiré" pero como lo escuchaba a todas horas en los medios, al tercer día me cansé. Seguí con el "Himno a la Alegría" que me parecía más apropiado y universal. A menudo los nervios me jugaban una mala pasada pero con el tiempo fui ganando  confianza, lo cual me llevó a interpretar “Yesterday”, "Mediterráneo" y conocidas bandas sonoras de películas como "El Golpe", y "La vida es bella". Cuando finalizaba seguía  escuchando aplausos, y aunque sabía que no eran  para mí, siempre me ayudaban para intentar superarme.  Frente a mi balcón vive una pareja de ancianos que todos los días salen a aplaudir. Son los primeros que empiezan y los últimos que cierran la ventana. 

     La práctica diaria me dio una cierta seguridad, lo cual  me sirvió para ser más ambicioso musicalmente. Ayer me atreví con "Laudate Dominum", una obra clásica de Haendel. La responsabilidad y el miedo escénico me pudieron y la interpretación no pasó de discreta pese a haberla ensayado varias veces con ahínco. Hoy de nuevo he salido al balcón a aplaudir, esta vez sin el clarinete pues estaba un tanto decepcionado con mi pobre actuación de ayer, pero para mi sorpresa descubrí que hasta en los malos  momentos hay siempre un motivo para la esperanza. La pareja de ancianos había colocado una gran cartulina en su ventana que al leerla me devolvió la sonrisa: "Tu música nos alegra las tardes". 

             


     * Seleccionado por la Editorial Tinta Púrpura y que se incluye en el libro "Crónicas de la pandemia", un compendio de treinta relatos  publicado en Agosto de 2020.


domingo, 25 de octubre de 2020

Miedos infantiles

 

     Nos piden en el Taller de Escritura Creativa al que asisto,  que escribamos  algún relato de miedo  que hayamos vivido durante la infancia. Parto de la evidencia de que  contarlo no es lo mismo que vivirlo. Hoy estos episodios darían risa, pero situándonos en el tiempo y las circunstancias en que los viví, puedo asegurar que no me parecieron ninguna broma. Dos son los sucesos que me marcaron y que ahora quiero referir.

     Cuando yo tenía tres años mis padres me llevaron de paseo una tarde de domingo de primavera. Durante el recorrido pasamos por la estación de ferrocarril. Observar el trasiego de gente siempre era un buen motivo de distracción en un tiempo en el que las opciones de ocio, sobre todo en un entorno rural, eran más bien escasas. En el momento en  que llegamos, la megafonía anunció la llegada de un tren expreso. Conforme se acercaba aquella máquina que rugía, mis temores se fueron acrecentando. Minutos más tarde el tren se detuvo en la estación. Ver el humo, las chispas que salían de la panza de la locomotora de vapor  y los resoplidos de ésta me produjeron un espanto que todavía hoy recuerdo. Apreté a correr para escapar de aquella visión y cuando mi padre me alcanzó me tomó en brazos tratando de tranquilizarme. Miré al maquinista y al fogonero. Llevaban un pañuelo en la cabeza y tenían la cara tiznada de carbón, lo cual aumentaba mi temor y por supuesto, también mi berrinche . Mi padre me dijo: "Llámales cara sucia".

     —Cara sucia.

     —Así no. Más fuerte.

     —!!Cara suciaaa!! —grité sin poder contener las lágrimas agarrado fuertemente a su cuello. En esos momentos el largo pitido de la locomotora anunciando la salida atronó la estación y a mí casi me dejó sin aliento. Recuerdo que empecé a patalear obligando a mis padres a salir de allí.

     Hace unos meses, por motivos de trabajo, tuve que volver a esa localidad y me acerqué un momento a la estación. Hacía muchos años que llevaba abandonada  y los raíles estaban levantados. El  silencio era lo único que se escuchaba, pero los ecos de aquel episodio de la infancia volvieron de nuevo a mi mente. En uno de los huecos de la pared un enjambre de avispas se había adueñado del lugar.

     El segundo episodio lo viví durante mi etapa de internado en un colegio religioso. Yo entonces tenía diez  u once años. Durante los tres días de ejercicios espirituales, el silencio y el recogimiento eran normas de absoluto cumplimiento. El predicador solía ser una persona avezada y experta en influenciar al auditorio. Aquel día tocaba el tema del pecado y del infierno. La historia es la siguiente: Dos chicos adolescentes aprovecharon el domingo para ir al baile (una actividad un tanto pecaminosa por aquel entonces). Ya de madrugada, agotados, volvieron a sus casas. Uno de ellos, aunque muy cansado, rezó sus oraciones rápidamente y acto seguido se acostó. El otro se acostó directamente. Al amanecer, éste apareció muerto en su cama (a todo esto imaginad el énfasis, los silencios y la teatralidad del predicador mientras lo contaba, y nuestros demudados rostros escuchándole). Pues bien, al día siguiente mientras se desarrollaba el funeral de cuerpo presente en una iglesia afligida  por el temor, en mitad de la ceremonia el féretro se abrió con estrépito ante el espanto de todos e incorporándose el muerto y con voz de ultratumba se le oyó: "No recéis por mí, ya estoy condenado". 

     Más que una historia de miedo, aquello lo viví como terror psicológico que me costó un tiempo superar. Eran los años del nacionalcatolicismo.


martes, 6 de octubre de 2020

Todo por la pasta

      La propuesta que le hicieron aquella tarde no le dejaba dormir. Jonathan Mendoza la repasaba una y otra vez sin decidir aún su respuesta, sin duda era una apuesta arriesgada pero necesitaba el dinero. Treinta  mil euros era una cantidad lo suficientemente atractiva como para dejarla escapar. El encargo: matar y deshacerse del cadáver de alguien a quien no conocía. El objetivo era un conocido disidente marroquí acusado de haber intentado asesinar a Mohamed VI. Los servicios secretos marroquíes  no se atrevían a ejecutarlo ellos mismos  debido al conflicto diplomático que se podría desatar con España. La ventaja de recurrir a Jonathan radicaba en que  como narcotraficante y atracador  era uno más de los delincuentes que operaban en el país. Había pasado cuatro años en la cárcel por el último atraco a un banco. El escaso botín no fue obstáculo para que el implacable juez los condenara  por herida de bala a uno de los rehenes a causa de la torpeza  de su compinche. El juez les dijo que ese tiempo  en la sombra les ayudarían a reflexionar. Y lo hizo.  Se juró no volver más a pisar la cárcel. Sentía rabia por todos los días que había permanecido encerrado. La cárcel nunca redimía, los hacía a todos peores. 

     Antes de frecuentar las malas compañías había trabajado en la construcción, manejaba la retroexcavadora y su retribución no era mala, pero nada se podía comparar con el dinero que le proporcionaría formar parte de una red bien implantada en la capital.

     Jonathan no era el expresidiario al uso de mirada torva y huidiza enseñando tatuajes. Vivía  en Usera, un barrio de calles estrechas donde los bazares y restaurantes chinos formaban parte del paisaje urbano. El los despreciaba a todos  alegando que de unos años a esta parte habían  invadido su barrio de toda la vida. Bajo su aparente frialdad se escondía  un carácter duro   cuya única debilidad era ver a su madre con la salud quebradiza.  Su padre había desaparecido al poco de nacer  y  ella tuvo que hacerse cargo de él y de sus cuatro hermanos limpiando suelos y demás trabajos ocasionales que se le presentaran. Ahora la artrosis no la dejaba descansar y requería los cuidados de alguien con carácter casi  permanente.

     Tumbado en la cama daba vueltas una y otra vez al encargo. Él no era un asesino. Matar a alguien sin un motivo personal era algo que le repugnaba. Estaba preparado para cualquier cosa, pero esa era una frontera que le costaba cruzar. Al día siguiente contactó con Vasile, un  ex militar búlgaro o macedonio que había conocido en la cárcel. Un tipo sin escrúpulos capaz de cualquier cosa. Acordaron en un paraje solitario sin cámaras de vigilancia ni testigos que Vasile lo mataría y él lo haría desaparecer. La respuesta de Vasile fue de manual de mercenario; antes de aceptar un encargo siempre acostumbraba a preguntar dónde, cuándo y sobre todo, cuánto.  Recibió una fotografía y la dirección.  El botín se repartiría a medias.

     La víspera de la fecha fijada para  la operación la televisión dio  la noticia. Un ciudadano marroquí  de cincuenta años se había arrojado desde el séptimo piso de su domicilio falleciendo en el acto. La foto no dejaba lugar a dudas. Jonathan quedó   abatido  al saber  la noticia. Alguien se había ahorrado treinta mil euros.


jueves, 24 de septiembre de 2020

Amigos de lo ajeno

 

    La pandemia mundial provocada por la Covid19 ha cambiado el protagonismo informativo que antaño, recuerdo, volvía de manera recurrente  una y otra vez sobre el avistamiento de ovnis o el monstruo  del lago Ness como  noticias  durante el mes de agosto en nuestro país.   En la actualidad los contenidos rosa de ciertas cadenas de televisión  ya forman parte de algunos medios generalistas y las noticias que se cuelan  es que Fulanita incendia las redes con su posado en bikini o bien nos adelantan los tres  consejos infalibles para eliminar esa grasa que se acumula con los años en el abdomen. 

     En mi caso particular la noticia a la vuelta de las vacaciones ha sido que  unos desalmados entraron en mi domicilio con la intención de llevarse dinero en metálico o algún objeto de valor. Después de revolver en armarios y cajones se ensañaron con una vieja maleta que había a la entrada. Los ladrones, que al parecer desconocían el mecanismo de apertura de las maletas antiguas, la destrozaron forzándola creyendo que allí se custodiaban  objetos de algún valor y en la que únicamente  guardaba  recuerdos familiares: fotografías en blanco y negro,  el historial militar de mi abuelo una vez concedida la licencia absoluta en 1915 en Larache (Marruecos), recortes de periódicos antiguos, mi cartilla escolar, el árbol genealógico de la familia, una cajita con esquirlas de metralla de la Batalla del Jarama de la guerra civil en la que participó mi padre... Lo curioso es que buscaron también en el doble fondo, tal como se ve en las películas de  serie B cuando los narcotraficantes colocan ahí su mercancía para esquivar a la policía en los aeropuertos. Total, que la maleta no contenía nada interesante para ellos pero quedó destrozada y mi tarea es ahora ver la forma de recomponerla sin que se note  demasiado el asalto.

    Esa maleta era todo cuanto mi tía Luchy tenía cuando emigró a Argentina en 1946, un país entones próspero que nos enviaba barcos cargados de cereal y de carne congelada para paliar el hambre de  la posguerra. Al cabo de unos años mi tía volvió a España y probó fortuna en Suiza y luego en Francia hasta que definitivamente se estableció de nuevo en nuestro país.  Hace unos pocos años la encontré abandonada y polvorienta  en el desván de la casa de mis abuelos  junto a otros muchos enseres. Tras enterarme por terceras personas de la historia de esa maleta, le pedí permiso para quedármela. Desde entonces todo lo que considero antiguo y de algún interés histórico lo guardo allí, como si  fuera depositaria de retazos de nuestras  vidas.

    Contemplo   la vieja maleta destrozada y me pregunto de cuántos adioses fue testigo, los barcos y trenes que la transportaron, los secretos que vio y guardó. Ahora es el tiempo de su retiro, ya no viajará más. Permanecerá visible a la entrada de mi casa, orgullosa de su pasado, tal vez con añoranza de tiempos que ya no volverán.

     Cuando  el perito del Seguro me preguntó en cuánto valoraba la maleta me quedé dudando. ¿Es posible poner precio a un recuerdo familar? A veces ocurre que las cosas que verdaderamente amamos, para otros no tiene absolutamente ningún valor.


domingo, 6 de septiembre de 2020

La felicidad era eso

      Los seres humanos, con pequeñas diferencias dependiendo del sitio en el que nos ha tocado vivir, solemos repetir patrones de conducta bastante similares a lo largo de nuestras vidas. En sociedades más avanzadas y de consumo como la nuestra,  esas similitudes son todavía más claras. Todos nos formamos y preparamos para la vida: Aspiramos a un trabajo bien remunerado, vivir en un entorno agradable, adquirir a poder ser una segunda residencia, viajar, conocer mundo y otras culturas, que nuestros hijos vayan a un buen colegio, que aprendan idiomas, etc, etc. Yo también he participado en esa rueda, pero hubo una época en mi vida en que elegí vivir de diferente manera.
     A los veinte años fui a vivir a una comuna. Era un tanto peculiar, con fuertes raíces religiosas que pronto derivaron hacia un compromiso social y político. Eran los últimos meses de 1975 y Franco agonizaba. El alquiler de la casa con un pequeño patio costaba 4500 pesetas (27 euros) mensuales, el billete de Metro 6 ptas (0,03 céntimos), el cine 100 ptas (0,60 euros) y el precio por comer en un buen restaurante 2000 ptas (12 euros). La Gran Vía se llamaba Avenida José Antonio y la actual calle Príncipe de Vergara era General Mola. Los periódicos que se leían entonces en Madrid eran: Informaciones, ABC, Pueblo, Ya, El Alcázar y Arriba. El diario El País todavía no había nacido. Éramos siete compañeros y en casa lo compartíamos  todo: limpieza, compra, cocina... también  el dinero. Nunca hubo problemas entre nosotros. Expresamente renunciamos a la televisión porque hubiera limitado mucho nuestro ritmo asambleario, todo se discutía y se aprobaba por mayoría. Así vivimos los años de la Transición, una época de esperanza y de sueños que luego en parte se vieron truncados. Acudíamos a las manifestaciones por la amnistía y las libertades, por la legalización de los partidos de izquierda, etc en unos años en los que algunos cayeron víctimas de los grupos armados de ultraderecha entonces todavía fuertes. Luego, en junio de 1977 vinieron las primeras elecciones democráticas después de casi cuarenta años. Era algo histórico y todo lo  vivimos con la ilusión de que algo nuevo estaba a punto de nacer  y de que todo iba a cambiar para siempre.
     Fuimos unos románticos idealistas cuando había que serlo. Creíamos en la utopía, en una sociedad mejor, más justa e igualitaria. El dinero apenas tenía valor para nosotros. Al menos  en dos ocasiones dimos dinero a un vecino taxista  que atravesaba apuros económicos. Trabajábamos en el sector de limpieza, en el de transportes y en el de electrodomésticos , alguno estudiaba una carrera pero eso no significaba discriminación alguna por el hecho de que no aportara. Nuestra casa siempre estaba abierta a quien quisiera charlar o conocernos. La generosidad era lo que definió a aquel grupo y también el compromiso social en un barrio obrero necesitado de infraestructuras sanitarias, deportivas y culturales. Los aledaños de nuestra casa estaban sin asfaltar y en invierno había que sortear el barro  que se formaba con las lluvias. Tuvimos la suerte de conocer gente especial que nos ayudaron a consolidar nuestro proyecto. Discutíamos y reflexionábamos mucho, siempre con el propósito de reforzar los objetivos que nos habíamos marcado. En las fiestas y cumpleaños siempre se cantaba, no importaba que desafinásemos. Lo importante era la celebración. Es una costumbre que se va perdiendo. Luego inventaron el karaoke. A nuestros vecinos les llamaba la atención y les chocaba nuestra forma de vida sobre todo cuando nos veían en la cola para la compra en la carnicería o pescadería. Por aquel entonces ir a la compra todavía era tarea exclusiva de la mujer. Era normal que nos dejaran colarnos saltándonos la vez. Nuestros padres fueron en alguna ocasión a visitarnos, a ver cómo nos apañábamos; respetaban nuestra opción pero creo que nos tomaban por una panda de locos y nos pronosticaban un corto futuro. Pero la experiencia duró siete años. Poco antes del final uno de los compañeros se marchó a Panamá llevado por su compromiso. Todavía sigue allí, organizando cooperativas de campesinos que luchan por un desarrollo sostenible. 

     No caeré en la tentación de decir que todo fue estupendo y maravilloso. Entre nosotros también hubo discrepancias y algunos momentos de tensión, entre otras cosas, porque en un determinado periodo  llegamos a ser nueve personas. Ahora echo la vista atrás y lo valoro posiblemente como  los mejores años  de mi vida. Es más, miro en mi entorno cercano y apenas encuentro experiencias parecidas.

     La casa donde vivimos ya no existe, la derribaron para hacer un colegio. Quiero pensar que tal vez nuestra lucha sirvió para algo, al menos eso es lo que pretendimos. En 1983 echamos el cierre. Cada uno buscó su camino, nos casamos y vinieron los hijos pero eso no significó un adiós porque el recuerdo de aquella experiencia, los años vividos y la amistad siguen plenamente vigentes entre nosotros. En la actualidad todas las semanas nos seguimos viendo para intercambiar opiniones, charlar acerca de nuestras vidas y proyectos en torno a unos vinos y  cervezas. No hace falta que diga sus nombres. Ellos saben de quiénes estoy hablando.