miércoles, 14 de enero de 2026

Lo mejor está por llegar

 

      Admito que este enunciado es un tanto equívoco pues plantea a la vez una pregunta. ¿Qué es eso de que lo mejor que está por llegar? Y yo respondo sin titubear: la jubilación. Sí, esa edad propia ya de la madurez a la que identificamos con los achaques, con las visitas al médico, cuando no de la antesala del definitivo adiós. Muy al contrario, yo defiendo que la llegada de la jubilación es la oportunidad para hacer realidad muchos de los sueños que teníamos y que por las circunstancias que sean no los hemos hechos posibles. Todo esto que defiendo choca con una corriente de opinión muy poderosa y me explico. Asisto con cierto estupor al gran auge del llamado culto al cuerpo. Gimnasios llenos, un fitness en cada esquina, el elixir de la eterna juventud, dietas milagro, cremas antiarrugas, abdominales “tableta”, etc, etc. No es nuevo, ya en la Grecia clásica existía el cuidado corporal, los cosméticos, los baños, el ejercicio atlético. Recuerdo una frase que oí una vez y se me quedó grabada: “Nuestro sobrepeso es su hambre”.

     Está bien hacer ejercicio, yo mismo lo hago, pero en mi opinión esta avalancha por el culto al cuerpo está sobrevalorada en perjuicio de esos últimos años en los que el cuerpo ya no es el mismo, ha perdido elasticidad, la piel se contrae, aparecen las arrugas, sin embargo las capacidades siguen estando ahí. Ahora cada vez son más quienes viajan, asisten a talleres, se apuntan a una ONG, colaboran con entidades benéficas, etc. Yo comencé a vivir en el momento en que me jubilé.  Lo primero que hice fue el Camino de Santiago, un mes andando, cada noche durmiendo en un sitio diferente, una experiencia maravillosa que a todo el mundo recomiendo; eso sí, con mochila y durmiendo en albergues, no esa tendencia al alza que consiste en ir con maletas, coche de apoyo y dormir en hoteles. Mi otra gran experiencia fue entrar en la Universidad  casi con setenta años. Había en mi clase un señor con ochenta y ocho años. Conocer y vivir el ambiente universitario desde dentro te aporta un plus de juventud del que ya careces. Además, hay otras actividades paralelas que uno puede aprovechar: asistencia a museos, a conferencias, cursos, etc.

     Toco la tuba en una Banda de Música. Después de treinta y siete años además de compañeros ya somos amigos. La música es una disciplina enormemente agradecida, te devuelve con creces el tiempo que has empleado aprendiendo a tocar un instrumento y también te ayuda a socializar y visitar sitios nuevos. Gracias a ella he podido visitar Valencia, Sevilla, Málaga, Nápoles, Budapest, Aveiro. Algunos me preguntan cómo hago para asumir tantos retos pero en absoluto me considero una personal especial, si acaso soy una persona curiosa. Hay tiempo para todo, es cuestión de organizarse. A quienes amamos la lectura también nos gusta escribir. Desde hace siete años mantengo un blog literario, todos los meses subo algún contenido. Nunca hubiera sospechado que un día me leerían en lugares tan dispares como Guatemala, Honduras, Canadá, EEUU, Panamá, Francia, Alemania, Países Bajos, Singapur… Son historias que nos acercan porque al fin y al cabo los humanos estamos hechos todos de la misma materia. Todos sufrimos por los mismo y también reímos por lo mismo. Únicamente cambia el lugar en el que hemos nacido.

     En fin, quiero terminar diciendo que tras la jubilación se abre ante nosotros todo un abanico de posibilidades, pues siempre hay cosas que descubrir y que aprender. Hay vida más allá de la jubilación, solo hace falta que la salud nos respete. Yo creo que esa es la actitud que hemos de asumir todos ante la vida.

    

    

 

miércoles, 7 de enero de 2026

Cita con mi psicóloga

 

 

     Hoy he tenido de nuevo sesión con mi psicóloga. Con el fin de romper el hielo me pregunta qué tal he pasado las navidades y qué pienso de estas fiestas. Le respondo que no me gustan demasiado, que estas fiestas son para los pequeños e inocentes, para gente que cree en la magia, en los sueños, etc, que nosotros hace tiempo que dejamos de ser inocentes, que los adultos ya no creemos ni en la magia ni en los sueños. Y usted en qué cree, me suelta de sopetón. Yo creo que el género humano no tiene remedio. A qué se refiere. Pues que prescindimos de los sabios y ponemos de líderes a los mediocres para seguir guerreando como hace miles de años. De modo que es usted pesimista. Sí, respondo sin titubear. Sólo apostando por la ciencia tal vez nos podamos salvar y tampoco es del todo seguro.

     De repente nos quedamos callados. Digamos que como introducción no ha estado mal. Junta las manos y se concentra, es la señal de que la terapia comienza de verdad. Todo tiene su atrezzo, su ritual, en este escenario en el que nos movemos. Dice a continuación que me ve relajado, tranquilo. Es verdad, lo estoy. Me dice que es un buen momento para intentar empatizar con las personas, que debo dejar de vivir en una isla, que el mundo es un espacio en el que nos movemos e interactuamos todos, que hemos de ir dando pasos para un mejor entendimiento entre las personas. Me pregunta a continuación qué relación tengo ahora con el vecino conflictivo que me molestaba con el bastón por las mañanas. Ahora muy bien, le contesto. Ah, cuánto me alegro, me dice. Al final hicieron las paces? No, se murió. Al momento percibo una mueca de disgusto en el rostro. Sé que hubiera quedado mejor haberle dicho que sí, que todo lo solucionamos este verano un día de calor en la terraza de un bar en compañía de  unas cervezas bien fresquitas, pero el problema es que no sé mentir. Los curas me dijeron de pequeño que no era bueno mentir y yo me lo tomé al pie de la letra.

     Me cuesta mirarle a la cara porque adivino un reproche en su mirada. Por cosas así estoy aquí contando mis penas a esta mujer, en vez de contárselas a mis amigos. La verdad es que lo intenté pero me dejaron por imposible. Me dice después que siempre que somos capaces de revertir una situación negativa, estamos sentando las bases para hacer de este mundo un lugar mejor y a continuación me pregunta si tengo algún propósito de cara al nuevo año. Le contesto que según mi mujer para ser un viejuno estoy demasiado apegado al móvil, a los “likes” y al me gusta. Que me gustaría liberarme de esa tiranía. Lo que cuento le parece una buena decisión, me dice que a ella también le sucede algo parecido y que eso es algo que pone a prueba nuestra fuerza de voluntad. En esas quedamos hasta mi próxima visita.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Cumpleaños

 

     El otro día fue mi cumpleaños. Nada más levantarme tuve un recuerdo muy especial para mis padres ya fallecidos porque gracias a ellos estoy aquí disfrutando de la vida después de la jubilación. Entiendo que para mucha gente (países en guerra, desplazados, hambrunas, terremotos), el hecho de vivir con frecuencia pueda convertirse en un infierno. La vida a veces puede ser injusta y al mismo tiempo caprichosa, en el sentido de que sin hacer ningún mérito nos haya tocado vivir en el primer mundo.

     Como decía, el día de mi cumpleaños ya contaba con las  felicitaciones de mis familiares y amigos más cercanos, no por esperadas menos agradecidas. Brindé también junto a los compañeros de la Universidad. También recibí una felicitación en forma de vídeo que no esperaba: la de Médicos sin Fronteras. Médicos y enfermeras de Sudán, Etiopía, Siria y Palestina en sus centros de trabajo, me felicitaban porque gracias a mis donaciones ellos estaban haciendo su labor y trabajando para erradicar la pobreza y luchando por un mundo más justo. Esa felicitación me conmovió. No es extraño por tanto, que personas que viven esa realidad quieran venir al nuestros países a establecerse. Seguro que gran parte de los extranjeros con los que nos cruzamos a diario guardan una dura experiencia detrás.

     Siempre he pensado que esta gente que se dedica a labores humanitarias, voluntariado etc, están hechos de una pasta especial porque  realizar esas labores en países en guerra conlleva también un riesgo físico para ellos. Conozco a un cooperante que está haciendo esa labor en las selvas de Panamá. Lleva más de cuarenta años allí y ya le dediqué un espacio en este mismo post. Sin duda ellos representan lo mejor del ser humano, son la esperanza y la luz que nos guían, no los miles de bombillas que estos días adornan los calles y avenidas de nuestras ciudades.

    

martes, 2 de diciembre de 2025

Drama en vísperas de Navidad

 

    Algunos comentarios que me mandan los lectores dicen que a menudo recurro a historias tristes. Yo no pienso que haya historias tristes, historias de amor  o de aventuras, sino que unas están bien contadas y otras no (ay, siempre la forma); pasa como con la música, no existe un estilo musical mejor que otro, simplemente hay una música buena y otra mala. El relato de ficción que quiero contar hoy sí que me parece una historia triste, pero al menos aspiro a que esté bien contado.

     Rosa tuvo que ponerse a trabajar en cuanto cesó el duelo por su marido, sargento del Ejército, en el transcurso de unas maniobras militares. El suceso fue fortuito y algo confuso o al menos así lo describió  tanto la prensa como el propio juicio que se celebró después, pero lo verdaderamente inexplicable fue que nadie reclamara su arma reglamentaria, una pistola, la cual se encontraba en un altillo del domicilio familiar al abrigo de tentaciones y miradas indiscretas. Solo su hijo Luis de diez años estaba al tanto de aquel objeto que nunca se mencionaba en casa, pues abrigaba dolorosos recuerdos para la familia. Rosa limpiaba las aulas en el colegio donde Luis estudiaba. La suya era una dura vida llena de privaciones; debía trabajar, hacer las labores de la casa, educar y vigilar las compañías de su hijo preadolescente. La monótona vida de Rosa solo se interrumpía con las esporádicas visitas de Bravo, un amigo de su marido fallecido, propietario de la panadería que estaba al lado de su casa.

    Una mañana estando desayunando Luis, poco antes de ir al colegio, observó un moratón en la cara de su madre, quiso saber el motivo y la respuesta fue que se cayó en la calle mientras iba a la compra. Desde ese día Luis está un poco más pendiente de ella pues no le acaba de convencer su explicación, piensa que solo las personas torpes y mayores son las que se caen y su madre no es ni una cosa ni otra. Cuando Luis cumple trece años ya es una persona inquieta y desenvuelta, pero la inquietud es un terreno tan fértil como peligroso.  Bravo habla con Rosa y le comenta que necesita un aprendiz en la tienda y ha pensado en su hijo. Esa misma noche Rosa habla con su hijo, le dice que le hubiera gustado que siguiera estudiando pero que ahora son pobres y que es necesario adaptarse a las circunstancias, que la vida era una carrera de obstáculos en la que solo los fuertes siguen adelante.

     Los días que estaba solo en casa Luis se subía al altillo y contemplaba la pistola marca Llama M-82 de 9 mm en su funda y la caja de municiones. Semanas más tarde al llegar de clase encontró a su madre con los ojos enrojecidos, no le quiso preguntar pero un rictus de preocupación apareció en su rostro. Algo le pasaba a su madre y él estaba dispuesto a averiguarlo.

     Pronto comenzó a trabajar en la panadería. Las primeras semanas transcurrieron con normalidad, aprendía rápido, era despierto y desde el primer día contó con la aprobación de su jefe. Varios meses después como cada noche, Rosa entró en la habitación de su hijo para darle las buenas noches. En cuanto salió su madre se acostó vestido, ya lo tenía todo preparado en su cabeza. Diez minutos más tarde oyó el cierre de la puerta de casa, saltó de la cama, se puso el abrigo y los zapatos y salió de casa siguiendo a su madre a prudente distancia. Cruzó algunas calles y luego se metió en un portal que tenía varios pisos. Era un sitio lúgubre, el barrio también lo era. Vio que entraban varios hombres, algunos le miraban con desconfianza y recelo. Como era una situación incómoda optó por esperar en el portal procurando que la puerta no se cerrara. Estuvo esperando. A la media hora se escucharon discusiones y gritos, Luis subió rápidamente las escaleras de dos en dos, situándose junto a la puerta de donde procedían las discusiones.  “Maldita zorra, me dijiste que lo harías” y más tarde “por favor, no me pegues más”. Al punto reconoció la voz de su madre. Intentó abrir pero la puerta estaba cerrada por dentro. Cogió carrerilla y le dio una patada con todas sus fuerzas, saltó la cerradura y la puerta se abrió. Apareció un hombre desnudo y su madre tapándose con la sábana. Sin pensarlo dos veces Luis sacó la pistola de su abrigo. Sonaron dos disparos secos, uno en la frente del hombre, el otro en el corazón. Allí quedó tendido en el suelo con los ojos abiertos en medio de un charco de sangre. Rosa quedó aturdida unos instantes y luego llorando imploró a Luis para que se fuera a casa antes de que salieran los vecinos y le vieran. Le arrebató la pistola, borró las huellas y se quedó con la pistola en la mano.

     Llorando, Luis se dirigió hacia su casa, había matado a un hombre. Vio las luces de Navidad en comercios y escaparates pero eso era algo que ahora no tenía ninguna importancia para él, una nueva vida y no mejor, empezaba de nuevo. Se acordó de las palabras que le dijo un día su madre, que la vida era una carrera de obstáculos. Mientras caminaba comenzó a llover, las lágrimas se confundían con la lluvia que le golpeaba en la cara.

    

    

domingo, 23 de noviembre de 2025

Montañas nevadas

 

     Hoy he acudido de nuevo a la sesión de terapia con mi psicóloga. Estoy sentado en la sala de espera y la veo entrar con bolsas de artículos de regalo de Navidad. Me dice que es de las que planifican con tiempo las compras porque luego es una locura, todo el mundo con prisas, las calles llenas de gente, etc. Le digo que sí con la cabeza pero con poco convencimiento. Compruebo con pesar que ella también ha sucumbido a la tentación compradora de la sociedad capitalista y en el fondo eso me decepciona un poco. Me hace pasar a su despacho, acto seguido me pregunta cómo me encuentro o si quiero comentar algo de lo que me haya sucedido después de la última sesión. Le contesto que me presenté voluntario para presidente de la comunidad de vecinos y me dice que eso está muy bien, que es un gesto altruista y a continuación me suelta una parrafada acerca del conductismo que no entiendo muy bien. No me atrevo a preguntarle qué es eso del conductismo porque no quiero que piense que soy un gañán inculto. Después quiere saber si participo en alguna asociación de voluntariado a personas que lo necesitan. Le contesto que de momento no, que tal vez algún día. También sé por sesiones anteriores que a ella le interesa sobre todo en indagar en el pasado de las personas pues es allí donde se localizan los problemas que a menudo nos traumatizan. A continuación que pide que le hable de mi etapa en la escuela y qué recuerdos guardo de ella en la memoria.

     Tras pensar unos segundos, le explico que mi pueblo estaba ubicado cerca de los Pirineos, el barro siempre presente en las calles durante el invierno y la estufa de leña en medio de la escuela.  Presidiendo la escuela estaban los retratos de Franco y José Antonio y en medio un crucifijo. El maestro, Don Tomás, premiaba a los mejores de la clase para que se sentaran al lado de la estufa. De esta manera fomentaba la participación y la competencia entre nosotros. Nada más entrar en clase cantábamos puestos en pie el “Montañas nevadas”, que era un himno falangista del que todavía recordaba la letra. El maestro nos conminaba a que lo cantáramos con hondo sentir patriótico.

“La mirada, clara, lejos y la frente levantada, voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”

     Era el año 1957 o 1958, no recuerdo bien. Los pupitres tenían en la parte superior derecha un agujero donde se colocaba el tintero y un espacio al lado para la pluma.

“Quiero levantar mi Patria, un inmenso afán me empuja, poesía que promete exigencia de mi honor”

     Recuerdo los castigos físicos, casi siempre a base de reglazos en la palma de las manos, pero eso no era nada comparado con los más humillantes que era cuando nos mandaba ir clase de las chicas en un rincón contra la pared y con los brazos en cruz. Las risas de ellas era lo que más nos mortificaba.

“Al cielo se alza la firme promesa, hasta las estrellas que encienden mi fe”

     En el recreo salíamos a la calle y nos poníamos en fila en una competición para ver quién meaba más lejos. Otras veces jugábamos al burro o a las canicas.

     La doctora parece interesada con mi relato. Se diría que es la primera vez que lo oye y la observo atenta con los ojos clavados en mí. Mientras le cuento todas esas cosas veo que apunta algo en una libreta y al momento me callo. Siga, siga, —me dice—le escucho con interés.

“Montañas nevadas, banderas al viento, el alma tranquila, yo sabré vencer”

     En el pueblo había una empresa conservera que anunciaba el cambio de turno a través de una sirena, la cual emitía un sonido igual al que en algunas películas de guerra anuncian un bombardeo a la población. La doctora quiere saber si tengo alguna secuela de esos episodios y le digo que no, que precisamente hace un año acudí a ese pueblo y visité la antigua escuela. Ahora la han transformado y es un centro de mayores donde se imparten talleres de manualidades.

     Nos despedimos hasta la próxima sesión y de nuevo me asalta la duda de qué apuntará en su cuaderno. Cuando salgo de la consulta me doy cuenta de que sin pretenderlo he revivido imágenes que pertenecían a otra vida y que creía olvidadas.

 

 

 

 

domingo, 2 de noviembre de 2025

En el diván

 

     El jueves acudí de nuevo a la consulta con mi psicóloga. Es una mujer joven, de edad indefinida, le calculo de treinta y cinco a cuarenta años, bien bronceada, va al gimnasio y está en forma, hace un mes la saludé por el Retiro mientras hacía footing. Es una persona afable pero a veces me desconcierta porque medita mucho las respuestas. Otras veces permanece callada durante varios minutos sin dejar de mirarme, como si intentara hurgar en mis pensamientos. Tras las palabras de saludo de rigor me pregunta qué tal me encuentro tras la última sesión.

     —Verá doctora, a veces oigo risas cerca de mí estando yo solo. Es algo recurrente y me pasa siempre por las mañanas nada más levantarme.

     La doctora junta las manos como en señal de oración. Se toma su tiempo. No me pilla de sorpresa, ya estoy acostumbrado y luego me pregunta.

     —Veamos. ¿Tiene algún trauma infantil todavía no superado?

     Tengo que hacer un gran esfuerzo de introspección porque la infancia es una etapa que ya me queda bastante lejos.

     —Bueno, en el internado a veces me meaba en la cama. Mis compañeros se reían de mí, pero ese tema ya lo tengo superado.

     —¿De verdad? ¿Cómo lo sabe?

     —Sí, lo solucioné a base de trompadas. A los pocos días dejaron de reírse.

     —Ya veo. Cortó por lo sano —dijo con una sonrisa. ¿Y ahora tiene algún problema personal con alguien?

     —No que yo sepa. Bueno, mi vecino de arriba está cojo. Anda con un bastón y todas las mañanas me despierta. Hablé con él. Es un señor muy irritable, traté de hacerle ver que me molestaba todas las mañanas  paseando por la casa con el bastón. Me dijo que ya tenía bastante con su problema para encima tener que aguantar a vecinos como yo.

     La doctora guarda silencio. Junta de nuevo las manos.

     —¿Qué sentimientos guarda hacia él? —me pregunta de golpe.

     —La verdad es que a veces me gustaría darle una trompada.

     Le miro un tanto cohibido. Debe de pensar que soy un bruto que soluciona todo a base de trompadas, pero me gustaría decirle que también tengo mi corazoncito, que lloro en el cine y que soy una persona sensible. También que me gusta cuando junta las manos, siento curiosidad y  me pregunto con quién se lo hará.  Ay madre, qué lío tengo en la cabeza. Mejor dejo que ella me pregunte.

     —¿Tiene algún deseo frustrado en la vida?

     Ignoro si la pregunta tiene algún sentido que ahora desconozco pero le digo la verdad.

     —Me hubiera gustado ser conductor de trenes.

     —¿De verdad? Mi padre era ferroviario. Se quejaba de la suciedad y la mugre. Cuando ve los trenes de ahora dice que esto es otra cosa. ¿Y por qué dice que le hubiera gustado ser conductor de trenes?

     —Manejar una máquina de cien toneladas y llevar a cientos de pasajeros  tiene algo de arcaico y atávico, es como el pastor que guía a las ovejas ¿no le parece?

     Le miro para ver su reacción. Por toda respuesta consulta su reloj y me dice que la sesión de hoy ha terminado. Eso me deja un tanto frustrado, creo que la he defraudado o piensa que estoy como una cabra. Nada me gustaría más que ver sus apuntes pero al mismo tiempo me da miedo.

 

    

    

miércoles, 1 de octubre de 2025

La vida te da sorpresas (2 parte)

 

     Aunque conocía el trayecto como la palma de su mano, lo primero que hizo Roberto al subir a la cabina del tráiler fue poner la ubicación de la descarga en San Juan de Aznalfarache, a siete kilómetros de Sevilla. Era su modo de hacer las cosas, no le gustaba dejar nada a la improvisación ni a las prisas de última hora. Eran las tres de la tarde y calculó que llegarían sobre las nueve. En la cabina sonaba música de Los Secretos y durante el trayecto miraba de reojo de vez en cuando a su compañera. No se puede decir que fuera una gran belleza pero era alta, de ojos grandes, boca sensual y tenía un cuerpo bien proporcionado. Llevaba tatuajes en los brazos y unos aros en la oreja izquierda. Katia era una mujer apasionada, alegre, a veces ingenua, pero la vida le había tratado mal y, además a eso había que añadirle algunas decisiones equivocadas. Roberto pensó que ya que iban a hacer un largo viaje no estaba de más conocerse un poco.

      —¿Estás soltera o casada?   

     La verdad es que la pregunta no le cayó por sorpresa. Una mujer que es capaz de asaltar a un camionero o es una lunática o está desesperada. Pensó que quien sufre las consecuencias tiene derecho a saber.

     —Estuve casada pero no resultó. Era un celoso y un hijo de puta maltratador. Me separé y conocí a otro, al principio fue bien pero luego se aficionó al juego y a la bebida. Tengo la impresión de que me debo proteger, el mundo es un lugar hostil y se puede decir que soy una mujer escarmentada.

     —¿Y para eso llevas una pistola?

     —Bueno, digamos que me da una cierta seguridad.

     —Llevar un arma aunque sea de fogueo siempre te va a dar problemas. Si vas a viajar conmigo prefiero que te deshagas de ella. No me gustaría que la policía o la Guardia Civil encontrara un arma en mi camión.

     Eran sus condiciones, estaban ya a sesenta kilómetros de Madrid y no era plan de ponerse a discutir.

     —Vale, en el primer sitio que paremos la dejo en la cisterna del lavabo, como en la peli de El Padrino. Bueno, yo ya te he contado un poco mi vida. ¿Y la tuya?

  — Pues estoy separado pero tengo un hijo de veinte años, también socio de la quinta rueda. Le suelo decir que cambie de oficio, que esto no está pagado, pero le tira mucho este mundillo.

     Roberto es un tipo de estatura normal, barba de dos días, tiene una pequeña cicatriz en la frente y un hoyuelo en la barbilla. El camión es su casa, media vida conduciendo por las carreteras del país le ha dado una seguridad y solvencia que sus jefes tienen en cuenta.  Es cumplidor a su manera y aficionado a ciertos “trabajos” que le reportan algún beneficio no exento de riesgos. Hace unos años recogió en Algeciras a una mujer de Mali que pretendía llegar a Francia; eran los años de las primeras pateras, la dejó en Barcelona. Fátima alguna vez le llama, trabaja de cajera en un supermercado de Lyon y dice que le estará eternamente agradecida por haberla ayudado. No le cobró, pero el riesgo era alto y hoy no volvería a hacerlo.

     En los ratos de silencio Katia tomaba buena nota de cómo conducía Roberto; la manera de tomar las curvas, la velocidad, a qué revoluciones cambiaba de marcha, cómo reducía, por si acaso tocaba reemplazarle un rato al volante.

     —Verás, estaba pensando una cosa —dijo Roberto deseando soltarlo.

     —¿Qué cosa? —preguntó ella.

     —¿Recuerdas cuando dijiste que fuéramos socios?

     —Sí, lo recuerdo.

     —Conozco a un tipo marroquí que vive en Algeciras, el otro día me llamó diciendo que tiene material, por si venía al sur. Que si me interesaba.

     —¿Qué tipo de material? —preguntó Katia

     —Cocaína.

     Katia casi saltó despedida de su asiento alarmada.

      —No me digas que estás metido en esa mierda.

    —Le dije que sería mi último trabajo. No quiero que me echen o que me manden a hacer la ruta de Polonia o Bulgaria. Si colaboras, todo lo que tendrías que hacer en caso de algún control, es pasarte por una falsa embarazada.

      —Bueno, está bien que al menos me lo digas pero… Eso es exponerme del todo. ¿No crees? Es muy arriesgado… y además ¿qué gano yo con ello?

     —Iríamos a medias. Piensa en tu madre, podemos sacar un dinero. Solo esta vez, ya no más. Conozco a un tipo en Madrid que se dedica a esto.

    —No me parece justo. Yo arriesgo mucho más que tú. Te propongo un 60-40 a mi favor.

     Roberto dudó un momento. Katia tenía razón. La pena no era la misma para el que trafica con droga que para el cómplice.

     —Vale, de acuerdo. Otra cosa, si vas a hacer de mula necesitarás algún complemento, por ejemplo esmalte de uñas, su fuerte olor ahuyenta a los perros en caso de que los haya, no creo que haga falta pero por si acaso. Tampoco estaría mal un poco de perfume y algo de maquillaje. Ah, y tápate los tatuajes.

     —Voy a parecer una puta.

     —Mejor eso que yonqui. ¿No te parece?

    —Hay una cosa que no me convence. Llevar la droga encima me resulta muy evidente para la policía.

     —Mira por dónde es todo lo contrario. La policía siempre busca en escondrijos y en lugares inverosímiles. Nunca pensaría que lo lleva una embarazada.

     Faltando pocos kilómetros para Sevilla Roberto recibe una llamada telefónica diciendo que la entrega es urgente. Debe hacerse hoy y que le están esperando para la descarga.

     —Bueno, te diré lo que vamos a hacer ahora. Después de descargar buscamos un restaurante para cenar, luego si quieres vemos un poco la ciudad dando un paseo. Luego te puedes acostar en la litera y yo en este asiento que es reclinable.

     —Verás, yo necesito una ducha urgente.

     —Pues eso no tengo. ¿Tienes dinero para un hotel u hostal?

     —No, pero luego te lo devuelvo.

     —¿No dices que no tienes dinero?

      —Bueno, te devuelvo el favor, ya me entiendes.

      La cena y la noche resultaron excitantes. Brindaron con champán y se dieron un homenaje. Roberto acudió el siguiente día a su cita con el proveedor de coca. Entre exigentes medidas de seguridad el marroquí le entregó un kilo.

     —Buena suerte. Es una pena que no hagamos más tratos  —le dijo el otro cuando se despidieron.

      Todo iba normal en el viaje de vuelta. Katia no podía evitar sentirse molesta en su papel de embarazada, la presión era constante en su estómago y no se podía aflojar pues en ese caso la bolsa se caía. Estaban en Sevilla visitando el centro de la ciudad, puesto que el primer día apenas les había dado tiempo a ver nada. Al parecer habían realizado entre los dos un trabajo bastante convincente puesto que en el autobús un señor le cedió amablemente su asiento en cuanto la vio entrar.

      Una vez en el camión al poco de salir de Sevilla comenzaron las primeras retenciones. Momentos después Roberto observó que lo que inicialmente les parecía un atasco motivado por un accidente, en realidad era un control de la Guardia Civil. Trató de animar a Katia diciéndole que se comportara con naturalidad. Los agentes le dieron el alto y cuando el tráiler se detuvo Roberto les dijo que volvía de vacío. No importaba, había que inspeccionarlo. Le pidieron el albarán de entrega y acto seguido les invitaron a bajar de la cabina. El oficial al mando, de unos cincuenta años, observaba detenidamente a Katia mientras dos compañeros suyos, más jóvenes, inspeccionaban la cabina. Katia estaba hecha un flan. Para dominar los nervios sacó del bolso un chicle, tratando de aparentar una situación despreocupada que no tenía. Por suerte para ella, solo se trataba de un rijoso, que lanzó una mirada maliciosa a Roberto cuando les invitaron a proseguir la marcha.

     —Son órdenes de arriba —les dijo a modo de disculpa.

       Después de abandonar Sevilla Katia se quitó la bolsa con la droga y la colocó en un compartimento de la cabina. Luego se echó a dormir. Poco antes de entrar en la provincia de Madrid, Roberto se salió de la autovía y entró en Maqueda, un pueblo que él conocía bien y que poseía un impresionante castillo. Luego paró y en ese momento Katia se despertó.

     —Espérame aquí —le dijo Roberto. Vengo en diez minutos.

     A los diez minutos exactos la puerta de la cabina se abrió y apareció Roberto con un gran ramo de flores.

      —Toma. Son para ti —le dijo a Katia.

      —¿Para mí?

     —Quiero darte las gracias por haberte arriesgado y por esta noche maravillosa que hemos pasado juntos. Nunca hubiera pensado que iba a regalar flores a la persona que me ha apuntado con una pistola. La vida te da sorpresas. ¿No te parece?

         Katia creía estar soñando mientras hablaba Roberto. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien tenía un detalle para con ella. Roberto se dio cuenta que detrás de la fachada de Katia solo había una persona sola y vulnerable.

      —¡Qué vas a hacer luego con la coca? —preguntó cuando se repuso de la sorpresa.

     —Tú tranquila, déjamelo a mí. No me gusta esta mierda pero me está ayudando a pagar el camión. Ya no habrá más viajes a Algeciras.                                                                    Katia le miró directamente a los ojos. Había una pregunta que sobrevolaba y, aunque ahora existía más confianza entre ellos, se puede decir que apenas acababan de conocerse.

      —¿Y mi parte?¿Me puedo fiar de ti?

     —Roberto sonrió, luego inclinándose hacia su derecha la besó.

     —Por supuesto. Tienes mi teléfono y mi palabra de camionero.