Hoy he tenido de
nuevo sesión con mi psicóloga. Con el fin de romper el hielo me pregunta qué
tal he pasado las navidades y qué pienso de estas fiestas. Le respondo que no
me gustan demasiado, que estas fiestas son para los pequeños e inocentes, para
gente que cree en la magia, en los sueños, etc, que nosotros hace tiempo que
dejamos de ser inocentes, que los adultos ya no creemos ni en la magia ni en
los sueños. Y usted en qué cree, me suelta de sopetón. Yo creo que el género
humano no tiene remedio. A qué se refiere. Pues que prescindimos de los sabios
y ponemos de líderes a los mediocres para seguir guerreando como hace miles de
años. De modo que es usted pesimista. Sí, respondo sin titubear. Sólo apostando
por la ciencia tal vez nos podamos salvar y tampoco es del todo seguro.
De repente nos
quedamos callados. Digamos que como introducción no ha estado mal. Junta las
manos y se concentra, es la señal de que la terapia comienza de verdad. Todo
tiene su atrezzo, su ritual, en este escenario en el que nos movemos. Dice a
continuación que me ve relajado, tranquilo. Es verdad, lo estoy. Me dice que es
un buen momento para intentar empatizar con las personas, que debo dejar de
vivir en una isla, que el mundo es un espacio en el que nos movemos e
interactuamos todos, que hemos de ir dando pasos para un mejor entendimiento
entre las personas. Me pregunta a continuación qué relación tengo ahora con el
vecino conflictivo que me molestaba con el bastón por las mañanas. Ahora muy
bien, le contesto. Ah, cuánto me alegro, me dice. Al final hicieron las paces?
No, se murió. Al momento percibo una mueca de disgusto en el rostro. Sé que
hubiera quedado mejor haberle dicho que sí, que todo lo solucionamos este
verano un día de calor en la terraza de un bar en compañía de unas cervezas bien fresquitas, pero el
problema es que no sé mentir. Los curas me dijeron de pequeño que no era bueno
mentir y yo me lo tomé al pie de la letra.
Me cuesta mirarle
a la cara porque adivino un reproche en su mirada. Por cosas así estoy aquí
contando mis penas a esta mujer, en vez de contárselas a mis amigos. La verdad
es que lo intenté pero me dejaron por imposible. Me dice después que siempre
que somos capaces de revertir una situación negativa, estamos sentando las
bases para hacer de este mundo un lugar mejor y a continuación me pregunta si
tengo algún propósito de cara al nuevo año. Le contesto que según mi mujer para
ser un viejuno estoy demasiado apegado al móvil, a los “likes” y al me gusta.
Que me gustaría liberarme de esa tiranía. Lo que cuento le parece una buena
decisión, me dice que a ella también le sucede algo parecido y que eso es algo
que pone a prueba nuestra fuerza de voluntad. En esas quedamos hasta mi próxima
visita.
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