miércoles, 6 de abril de 2022

Seres solitarios

      Viajaba en el asiento al lado del mío. Morena, con aire distinguido y resuelto, de unos cincuenta años. Todo comenzó con una conversación trivial ante el largo viaje transoceánico que nos esperaba; que si el miedo a volar, que si las turbulencias, en fin, esas cosas que se hablan cuando subes a un avión. Una vez roto el hielo me comentó que para ella  el mejor antídoto contra el miedo era la conversación y que su viaje tenía que ver con el asesoramiento a un grupo inversor que aspiraba a implantarse en Argentina y otros países de la zona. Y también que impartiría una conferencia en una escuela de negocios en Buenos Aires. Yo nada entendía de finanzas ni tampoco me interesaba especialmente el asunto, pero por educación me mantuve atento a sus explicaciones. Luego la conversación derivó en torno a las cotizaciones en Bolsa, tema aburrido donde los haya pero, según me aseguró,  muy esclarecedor de cara a su trabajo. Una vez que me hubo explicado cómo, dónde y cuándo invertir, quiso saber cuál era el objeto de mi viaje. Yo, que de natural soy un tanto reacio a entablar conversación con extraños, me vi en la obligación de sincerarme y le contesté que tenía como fin conocer a los descendientes de un familiar mío que    había emigrado a Argentina al término de la guerra civil, cuando este país era rico y España pobre y que acababa de fallecer. Además había una herencia de por medio, algo difícil de desdeñar. Ella pareció especialmente interesada en el asunto y así  estuvimos charlando durante un largo espacio de tiempo haciendo que el viaje pareciera más corto. Resultaba paradójico que a veces resulta más fácil sincerarse con extraños que con personas  que viven cerca de nosotros. En un momento dado me giré y vi que dormía. Pensé en los caprichos del azar; compartiría unas horas con la persona que estaba a mi lado, pero posiblemente no la volvería a ver nunca más el resto de mi vida. Traté de echar un sueño pero no pude hacerlo, preocupado como estaba por cómo me recibirían unos familiares a los que no había visto nunca y de los que únicamente conocía sus nombres. El único nexo eran unas fotos antiguas  con sus hijos pequeños que nuestro familiar envió a los cuatro años de emigrar a Argentina. En el fondo no dejaba de ser un extraño, una de esas visitas inoportunas que uno agradece infinito cuando se van.

     Momentos antes de aterrizar intercambiamos nuestros respectivos números de teléfono. Eran las diez de una mañana de domingo y nadie me esperaba en el aeropuerto. Tenía el tiempo libre hasta el día siguiente en que tomaría otro vuelo hasta Tucumán, al norte del país. A las siete de la tarde estaba a punto de irme a la cama debido al cansancio por el desfase horario cuando sonó mi teléfono. Hola, te acuerdas de mí? Soy Rocío, tu compañera de asiento en el avión. Después de unos segundos de vacilación respondí. Qué tal Rocío, alguna novedad? No me gusta cenar sola y aquí no conozco a nadie. Te importaría acompañarme esta noche? Nada en el mundo me apetecía más que tumbarme en la cama pero hice un esfuerzo con el fin de no aparecer como un tipo egoísta y desagradable. Convinimos una hora para la cita y acto seguido me di una ducha para despejarme. Al principio los dos estábamos algo nerviosos. Cenamos y luego fuimos a un afamado local del centro de la ciudad a escuchar tangos. A un lado del escenario, sobriamente decorado,  un joven tocaba el bandoneón acompañado por un pianista y de una chica al  violín. Una pareja bailaba en la platea con mucho sentimiento mientras el cantante desgranaba una melodía que hablaba de la tristeza que acompaña a los amores rotos, la fugacidad de las cosas humanas, la soledad... En un momento dado miré a mi compañera de soslayo y entreví una lágrima que resbalaba por su mejilla, quién sabe si rememorando algún amor frustrado. Por respeto no quise invadir su intimidad y en ese instante nos  vimos  reflejados en las letras que el cantante interpretaba. Éramos dos seres solitarios en una ciudad desconocida que casualmente había hurgado en nuestros secretos.

sábado, 5 de marzo de 2022

El botín de guerra

       En mi casa había un objeto que era el resultado de un botín de guerra,  pero nosotros los hermanos, no lo sabíamos. La Real Academia de la Lengua lo define como "el conjunto de armas o de bienes muebles que se apropian los soldados del enemigo tras las batallas". Dicho botín era un pesado diccionario Sopena del que mi padre se apropió al término de la guerra civil española arrebatado en su cuartel al ejército republicano. Era el segundo tomo, desde la letra L hasta la Z. Ignoro el motivo por el que lo hizo, siendo además un libro voluminoso y difícil de manejar. Sobrevivió a los diferentes traslados de domicilio y hoy en día lo conservo en mi biblioteca con mucho cariño. A aquel tocho de mil setecientas páginas y numerosos grabados y dibujos, toda una joya para la época, le rodeaba un halo de misterio, pues tenía las dos primeras páginas pegadas por alguna razón que nosotros desconocíamos. Un día, al despegar las hojas descubrimos el por qué. En la parte superior derecha figuraba un escrito: "Cogido al ejército rojo el 29 de marzo de 1939". Tenía su explicación. Hasta muchos años después de terminada la contienda, mencionar la guerra significaba resucitar viejos fantasmas. Luego descubrí con tristeza que una de las primeras medidas del bando vencedor fue represaliar a todos los maestros que en la época republicana se habían esforzado en aras de la instrucción pública. Uno de esos maestros represaliados me dio clases particulares un verano durante mi época adolescente. Hoy no le hubiera preguntado sobre los polinomios sino cómo sobrevivió a aquellos años de incuria en una España provinciana y pacata. En estos tiempos de amnesia siento que tenemos una deuda  con esa generación que tuvo que empezar de cero con el fin de reconstruir sus vidas.

     Entonces en mi casa no había muchos libros excepto los clásicos de literatura infantil de Enid Blyton, algunos de Julio Verne y pocos más, pero todos heredamos de mi padre la costumbre de leer, sobre todo la prensa, que compraba todos los días. Recuerdo haberle oído comentar que,  siendo adolescente, los castigos en casa consistían en aprenderse de memoria párrafos enteros del periódico. Todavía hoy cuando lo pienso, me pregunto el por qué se fijó en aquel diccionario. Entiendo que cada cual arrampló con lo que pudo y ante la imposibilidad de llevarse los dos tomos, lo repartiera con otro compañero. Mi padre entró en Madrid con veintiún años recién acabada la guerra, cuando Franco conquistó el poder. Yo me trasladé a Madrid también con veintiún años cuando el dictador estaba agonizando, pero afortunadamente ni la ciudad ni el propio país eran ya los mismos. A punto de cumplirse ochenta y tres años de aquel triste acontecimiento, pienso que nunca un botín de guerra fue tan inocente pero al mismo tiempo tan aleccionador. Aquel arma no disparaba balas sino palabras y significados, es decir, era una herramienta para hablar y entenderse. Hacía falta entonces, y también ahora.

miércoles, 9 de febrero de 2022

La buena gente

      Recientemente me ocupé en mi blog de la gente con poca empatía, individualista y egoísta, que únicamente miran su provecho en detrimento de los que les rodean. Sus acciones a menudo son noticia en portadas de periódicos y revistas generando ruido mediático y morbo, dando la impresión de que todo es negativo en esta sociedad en que vivimos. A esto se une el hecho de que las buenas noticias, que las hay, son relegadas a segundo plano siguiendo la máxima periodística de que una buena noticia son es noticia, y es que, como dice el escritor japonés H. Murakami, las buenas noticias, en la mayoría de los casos, se dan en voz baja. 

     Hoy quiero hablar de esas personas generosas que realizan una labor callada en sus profesiones y en el medio en el que se desenvuelven, la mayoría de las veces  poco o nada reconocida pero no por eso menos importante. A menudo suben con nosotros en el ascensor o pasan a nuestro lado sin que nos demos cuenta, porque no sabemos que ellos son magníficos; sus caras no nos dicen nada debido a que no salen en la tele ni en los anuncios publicitarios, sin embargo tienen el don de hacer la vida más agradable a la gente que les rodea.  Ellos y ellas son médicos, enfermeras o personal sanitario que cuidan de nuestra salud. Puede ser el pequeño comerciante de nuestro barrio, el maestro, el educador, el transportista, la limpiadora del hotel. O también los inmigrantes que vienen a hacer los trabajos duros que nosotros no queremos: temporeros, albañiles, repartidores, mensajeros, camareros, cuidadores de personas mayores...

     Pero como muchas veces pasa en la vida, sólo nos damos cuenta de su valía en el momento en que nos enteramos de que han fallecido, instante en el que todos nos volcamos en su reconocimiento. Ocurre que normalmente concedemos un crédito relativo a la gente que conocemos, los consideramos "gente normal", como si existiera un estrato superior en el que vivieran las personas con rango de excepcionales. No todos asumimos en mismo grado de compromiso, es cierto, pero los pequeños gestos en nuestro devenir diario también ayudan a conseguir un mundo mejor. Vale para ello el viejo slogan ecologista que bien se podría hacer extensible a otros ámbitos de la vida: pensar globalmente, actuar localmente.

     Mención especial se merecen los cooperantes. Son los héroes de nuestro tiempo, gente anónima que trabajan por un mundo mejor. No buscan publicidad ni recompensa alguna; les mueven valores de orden ético, religioso o humano. Allí donde hay una crisis humanitaria y una necesidad, ellos son los primeros en acudir. La humanidad los necesita pero pocas veces ocupan los titulares de los medios de comunicación a no ser por algún suceso luctuoso. Ellos deberían ser los auténticos influencers de nuestros días, gente con energía positiva, cercana en el trato, con capacidad para generar entusiasmo. Como diría Bertolt Brecht, son los imprescindibles. Pero en su lugar quienes triunfan y arrasan son los youtubers e influencers que cuentan con centenares de miles de seguidores en redes sociales, los cuales han creado toda una industria del entretenimiento en forma de videojuegos porque ya todo nos cansa y continuamente necesitamos estímulos nuevos. A través de las redes también nos venden belleza, moda, estilo, salud y demás ingenios, lo cual, nos retrata como sociedad y de alguna manera cuestiona nuestros valores. Conozco a uno de estos cooperantes, se llama Joaquín Arnáiz y durante un tiempo conviví con él. Lleva cuarenta años en las selvas de Panamá ayudando a los campesinos, creando cooperativas y trabajando por un comercio justo y sostenible, siendo además un elemento incómodo para los poderosos. Hace pocas semanas  estuve con él en una de sus esporádicas visitas a España y debo añadir  que me siento muy honrado de su amistad y de conocer a gente que dedica su tiempo y sus esfuerzos para hacer realidad que otro mundo sí es posible.

     

martes, 18 de enero de 2022

Deudas pendientes

      Cuando El Rubio cumplió los cuarenta ya llevaba años cansado de andar bregando  con la justicia y la ley, siempre perseguido por el sambenito  de persona conflictiva y violenta debido a que su espíritu indomable casaba mal con cualquier tipo de disciplina que se le impusiera. A los dieciocho era el jefe de una banda especializada en atracos a joyerías a través del método del alunizaje con vehículos robados de antemano. La cosa iba bien hasta que una noche, al salir de un  atraco, fueron sorprendidos por un coche patrulla  de la policía tras recibir un chivatazo. En la refriega de la persecución  atropelló a un peatón hiriéndole de gravedad y cuando se vio acorralado y sin salida comenzó  el tiroteo hiriendo a un policía en la pierna, momento que aprovechó   para huir a pie mientras atendían a su compañero, pero no pudo evitar que, dos días después, en plena  madrugada, cuatro vehículos policiales rodearan su casa mientras dormía. Luego de seis años de condena pisó de nuevo la calle, esta  vez con la rabia acumulada, porque de todos es sabido  que el tiempo pasado en prisión no atempera el carácter sino que lo inflama.

     El Rubio tenía un hermano diez años menor llamado Ángel, pero su relación no era buena porque no aceptaba su homosexualidad. Se avergonzaba y evitaba su contacto y menos aún en público. Sin embargo, era la única persona en el mundo que sentía algo de afecto por él. Esta contradicción le atormentaba y le hacía  sentir culpable, aunque de un tiempo a esta parte algo había cambiado en su actitud y al menos escuchaba sus consejos. Ángel ha sufrido varias agresiones a causa de su orientación sexual, la última hace una semana, mas nunca ha querido comentarle nada a su hermano. Pero la verdad es tozuda y tarde o temprano siempre sale a la luz.   Un buen día El Rubio se lo encontró en la calle con un ojo morado que torpemente trataba de ocultar tras unas sospechosas gafas de sol en pleno mes de enero. "Ha sido un accidente"  —le dijo tratando de parecer creíble—.   No le creyó pero no dijo nada por no enemistarse con la única persona que en vida le había demostrado algo de cariño.

     Su otra  obsesión era dar con el tipo que había dado el soplo a la poli. Había planeado la venganza paso a paso, minuto a minuto. Seis años dan para mucho en prisión y el tiempo pasa despacio. Ángel, sabedor de sus intenciones, constantemente le insinuaba que cambiara de vida, que se pusiera a trabajar y se olvidara de sus antiguas amistades. El le contestaba  que sí, que iba a cambiar, que mañana empiezo de nuevo, que ya estoy harto de vivir así, pero pasado el momento se olvidaba de sus promesas. Una noche en la barra de un bar se acordó de las promesas a su hermano. Le dolía fallarle,  se merecía algo mejor de lo que la vida le había deparado. Una vida de insultos y vejaciones, también por parte suya, y ahora se avergonzaba. En cambio él poco había hecho por mejorar, ni siquiera encajaba ya en el perfil de la nueva delincuencia compuesto por mafias sin escrúpulos que engañaban y explotaban a mujeres, individuos con buena apariencia que luego resultaban pederastas, violadores, sicarios, en fin, gente a la que despreciaba. Pidió la cuenta y se fue rumiando su amargura camino de la habitación alquilada donde vivía.

     Un mes más tarde encontró trabajo de limpiacoches en una gasolinera. El sueldo no era gran cosa pero él estaba contento porque al fin había dado el paso definitivo. Llamó a su hermano. Hoy comerían juntos y le daría la noticia.  Cuando se dirigía al restaurante  se fijó en varios muchachos que perseguían a otro al grito de "que no escape el maricón". Inmediatamente pensó en su hermano, podría se él. Les siguió hasta un parque y vio que le rodeaban. De los insultos pasaron a los golpes y él trató de detener el ataque.

     —¡Parad, parad! Ya vale.

     Algunos volvieron el rostro mientras seguían golpeando.

     —¿Quién  eres? Otro  bujarra?

     El puñetazo que soltó El Rubio  impactó en su mandíbula haciéndole caer de espaldas. Tres o cuatro se abalanzaron contra él y uno le golpeó en la nuca con un objeto contundente quedando tendido en el suelo mientras los otros  emprendían veloz carrera. Algunas personas que pasaban cerca se quedaron observando dando un pequeño rodeo sin detenerse. Poco después la persona agredida se acercó y hurgó en sus bolsillos. Carecía de documentación pero encontró un papel arrugado y un teléfono. Era el de Angel, el cual cogió rápidamente un taxi  y se acercó al lugar. Le encontró en el suelo y de su cabeza manaba  un rastro de sangre.

     —¿Por qué lo hiciste?

     El Rubio le indicó con gestos que se acercara. Se agachó y puso el oído junto a sus labios. Con un hilo de voz le contestó.

     —Tenía deudas...pendientes...que saldar.

     Fueron sus últimas palabras. Toda su vida había sido una huida hacia adelante en busca de un asidero o de algún refugio. Ángel contempló detenidamente el rostro de su hermano. Siempre había visto una cara crispada, un gesto feroz, un insulto o una amenaza, pero ahora su semblante era de paz. Siempre le recordaría así y eso mitigó su dolor. 

     Minutos después un ulular de sirenas se fue acercando al lugar. Rápidamente descendieron los sanitarios apartando a los curiosos que se arremolinaban.


lunes, 27 de diciembre de 2021

Cosas de la edad

      Me estoy haciendo mayor, lo reconozco. Lo sé, no ya por las naturales evidencias físicas y estéticas (arrugas, manchas en la piel, etc.), sino por determinados tics y reacciones ante diferentes situaciones que antes no me pasaban y ahora sí. Lo percibo de manera clara  cuando veo salir a mi hijo a las once de la noche los fines de semana para acudir a una fiesta y a la pregunta de si no le da pereza salir a esas horas, responderme con una sonrisa. O  esos consejos que me dirigen en casa para que tenga cuidado al comer el jamón con el fin de que no me atragante, y la insistencia en que parta trozos pequeños de carne y mastique bien. Es cierto que la percepción de las cosas es diferente cuando eres joven a cuando llegas a la edad madura. Ya Chejov en algunos de sus cuentos se refiere a los personajes sexagenarios como ancianos. Sin llegar a esa afirmación puedo decir que me tengo por mayor pero no tanto. Siendo chaval recuerdo la risa que nos producía el cabreo de los viejos cuando estando sentados en el banco pasaba cerca una motocicleta petardeando y haciendo un ruido infernal. Con la edad se acrecienta la mala leche, de la misma forma que disminuye la paciencia y el aguante. Ahora me pasa algo parecido pero sufriéndolo yo, por eso sé que me estoy haciendo viejuno.

     Llevo mal los comportamientos antisociales e incívicos y de esos los hay a porrillo, por ejemplo contemplando el espectáculo del día después de un macrobotellón. No hay derecho a dejar toda la porquería en la calle ahí tirada e irse tranquilamente a sus casas. Y mejor no hablar de lo que se ve en localidades turísticas como Magaluf que abochornan la sensibilidad de cualquiera. Me pasa algo parecido con el vandalismo y los destrozos del mobiliario urbano en nuestras ciudades. Cajeros, cabinas, contenedores de basura, papeleras, escaparates, todo vale con tal de pasarse una juerga por todo lo alto. Deberían pagarlo los padres por consentidores, pero al final lo pagamos todos. Y no digamos nada de los conductores que provocan accidentes, muchos de ellos mortales, cuadruplicando o más la tasa de alcohol o bajo los efectos de estupefacientes. Eso sin contar los que se dan a la fuga. Una sentencia que los  condenara a picar piedra en una cantera no estaría mal.

     De siempre he sido aficionado al fútbol. Recuerdo haber ido al campo cogido de la mano de mi papá, como canta Sabina en una de sus canciones, cuando todavía la palabra hooligan no la conocíamos, ni los aficionados portaban camisetas ni bufandas de sus clubes. Ahora hay mejores instalaciones deportivas y accesos para minusválidos, los terrenos de juego parecen alfombras, pero me da grima y vergüenza ajena ver a esos grupos de hinchas violentos que jalean gritos racistas y homófobos en los estadios. Por higiene moral debería prohibírseles la entrada. Hay mucha gente que ignora conceptos básicos como por ejemplo tolerancia, educación, respeto, ciudadanía. Me refiero a muchos dueños de perros que aprovechan la oscuridad o se hacen los despistados cuando sus perros dejan sus mierdas por las aceras. O los vecinos que ponen la música a todo trapo y se "olvidan" de que hay personas que viven a su lado. La lista es innumerable y no sigo por no resultar pesado y aburrido.

     Prometo que otro día dedicaré este espacio para enumerar actitudes y mensajes en positivo que también los hay y muchos; lo que ocurre es que son noticias silenciosas, no ocupan titulares de prensa ni abren los informativos porque dicen que una buena noticia no es noticia. Será por eso o porque nos va más el barro y el ruido, el caso es que acabamos hablando de los temas de siempre. O acaso será la Navidad que nos vuelve más susceptibles y sensibleros, eso y la percepción de que otro año más ha pasado. En fin, ya lo dije al principio, me estoy haciendo mayor.

lunes, 6 de diciembre de 2021

En vilo en la carretera

          Ocurrió hace algunos años un sábado por la noche, lo recordaba bien. Ezequiel Cardoso venía de cumplir su turno como guardia de seguridad en una importante cadena de alimentación en Aranjuez. De vuelta a Madrid las luces de la ciudad se reflejaban al fondo, momento en el que una débil lluvia hizo su aparición.  Conducía relajado y tranquilo, escuchando música con el volumen de la radio más bien alto, como a él le gustaba. Hasta el  martes no le tocaba incorporarse al turno. Instantes después algo le sobresaltó: a lo lejos dos individuos en medio de la carretera le hacían señas para que parase. Pensó que algo grave estaba ocurriendo como para que  se jugaran la vida de esa manera. De inmediato puso el intermitente y paró en el arcén. En ese momento uno de ellos abrió el maletero y un tercero que apareció entonces introdujo un pesado bulto y cerró de golpe. Nada más parar ya se dio cuenta de que algo raro estaba ocurriendo y su impulso fue arrancar rápido y escapar pero uno de ellos se situó estratégicamente delante para impedir la maniobra. Todo estaba perfectamente calculado y la operación no duró más allá de quince segundos. Tres golpes en el techo y el imperativo "largo de aquí" no admitieron ninguna clase de réplica. Salió con el corazón desbocado y con la certeza de haber sido engañado como un incauto.

          La razón le decía que no debía seguir conduciendo sin saber lo que llevaba detrás. Le hizo caso. Paró en un apartado y con temblor de manos cogió la linterna que llevaba en la guantera. Luego abrió el maletero contemplando con horror el cadáver de un hombre con un tiro en la cabeza y manchas de sangre en la manta y en otras pertenencias. Su primera decisión fue acudir a  una comisaría y denunciar lo ocurrido pero poco después recapacitó. Tenía antecedentes penales por robo y estancia de un año en prisión y, aunque había rehecho su vida y ya se consideraba plenamente rehabilitado, se preguntaba hasta qué punto ellos creerían su versión. Cambió de estrategia y unos kilómetros más adelante se desvió hacia el polígono industrial de Pinto. Lo conocía bien, había trabajado allí varios años. Enfiló la calle principal, todo estaba desierto. Siguió avanzando hasta el final a la derecha donde había una empresa que se dedicaba al almacenaje de chatarra. Detrás no había mas que terrenos baldíos. Apagó el motor. Todo estaba en penumbra y solo se oía el silencio de la noche. Cuando estaba a punto de salir del vehículo vio los faros de un coche que se acercaba con una luz azul en la parte superior. Era la Guardia Civil en labores de vigilancia. Últimamente se habían producido varios robos en empresas de la zona los fines de semana. El coche se detuvo como a unos cincuenta metros del suyo. Al pronto se percató  de que un vehículo solitario siempre induce a sospechas. Empezó a ponerse nervioso. No disponía de ninguna coartada que justificara su presencia allí a esas horas. Con toda seguridad registrarían el coche, prefería no pensar en el momento en que abrieran el maletero, pero se tranquilizó algo cuando vio salir humo de la ventanilla. Se habían detenido para fumar un cigarrillo. Cinco minutos después reanudaron la marcha pero ya no se quedó tranquilo. Abandonó el lugar  y se dirigió hasta la estación de servicio más próxima donde compró una lata de cinco litros de gasolina. Antes de entrar tuvo la precaución  de aparcar el coche a cien metros de distancia y subir la capucha de la sudadera. No era buena idea dejar que las cámaras le grabasen. A continuación condujo hacia un descampado, la noche era cerrada y era lo que le convenía. Arrancó las matrículas y las metió en una mochila junto al uniforme de  trabajo. Luego, con un destornillador borró el número de bastidor del motor.

       Tras asegurarse de recoger todas sus pertenencias abrió el capó y el maletero, roció con gasolina todo el habitáculo procurando que ninguna gota le salpicara. Echó una última mirada. Lo sentía por el muerto. Tal vez no fue su deseo que lo incineraran pero no tenía demasiadas alternativas, y además le pareció más digno acabar así que abandonado junto a una tapia. ¿El coche? Ya se inventaría algo. Se lo robaron y no quisieron dejar huellas. Era viejo, cada dos por tres en el taller. Desde hacía tiempo quería desprenderse de él. 

      Con las primeras llamas se fue del lugar. Mientras caminaba miró la manecilla del reloj. Siempre tuvo la costumbre de comprobar la hora desde sus años de atracador.


          

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Senderos y caminos (2ª parte)

      Recientemente he vuelto a recorrer un tramo del Camino de Santiago. Por circunstancias que luego explicaré han sido tan sólo cien los kilómetros recorridos, desde Carrión de los Condes hasta León, pero suficientes para sentir de nuevo ese poder mágico que posee el Camino, sin duda la mejor comparación con el camino de la vida. Todo está ahí:  el esfuerzo, el afán de superación, los momentos de crisis, la soledad, el saber valorar los pequeños placeres, etc son parte integrante del desafío que todo viajero ha de afrontar. Nos encontramos en plena meseta castellana: llanuras infinitas, cielos claros, aldeas pequeñas, construcciones de adobe, apenas lugareños por la calles. De nuevo he revivido las mismas sensaciones que hace dos años; el descubrir a diario nuevos paisajes, la soledad del caminante, la charla con el desconocido, el dormir cada noche en un lugar diferente, la atención al peregrino de los encargados de los albergues...

     La primera etapa, la que mejor recuerdo, finalizó en Terradillos de los Templarios en el albergue Jacques de Molay, llamado así en honor del último Gran Maestre  de la Orden del Temple acusado de herejía y quemado vivo en la hoguera frente a la catedral de Notre Dame de París en 1314. El albergue era el único establecimiento que había en el pueblo. Ni tiendas, ni farmacia, ni bares. Sahagún fue el primer pueblo importante en nuestro camino, también el mejor albergue que nos acogió esos días. El responsable, Alejandro, amablemente me indica, y yo tomo buena nota, de los albergues que él me recomienda para las sucesivas etapas; aquellos que a su juicio aún mantienen la esencia de los antiguos peregrinos. A lo largo del Camino los hospitaleros cumplen una función muy importante puesto que cuidan del peregrino, facilitan información, le escuchan, le orientan. En la mayoría de los casos, si no en todos, son antiguos peregrinos que devuelven todo lo que el Camino les ha deparado. En definitiva, son la mejor guía que uno pueda encontrar.

     Después de algunas etapas llegamos a León, la cuarta gran ciudad del Camino francés. Allí nos espera mi amigo Roberto para enseñarnos la ciudad: la catedral, la casa Botines, el convento de San Marcos y para finalizar el barrio Húmedo, templo gastronómico de León. Por desgracia mi aventura terminará aquí. Mi compañero Pedro viene arrastrando una herida en el pie que le impide continuar. En un centro médico de la ciudad le han desaconsejado seguir adelante. Un tanto decepcionados nos volvemos para Madrid. Nos restan trescientos kilómetros para llegar a Santiago. El año que viene prepararemos el asalto final.