lunes, 3 de octubre de 2022

Senderos y caminos (3 parte)

 

     "Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que tu camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias". Así comienza el hermoso poema a Ítaca de  C. Kavafis, que sirve también para cualquier viaje o proyecto que emprendamos, porque Ítaca, no deja de ser una metáfora del camino de la vida.

     Recientemente finalicé uno de mis sueños tras largos años de espera, consistente en realizar a pie el Camino de Santiago. En el momento de escribir estas líneas  todavía estoy tratando de asimilar lo vivido  en todos estos días de peregrinaje. Un viaje que ha durado tres años (interrumpido por el Covid), acumulando casi ochocientos km desde Roncesvalles y en el que al reto físico de una larga travesía, se unían las dudas que sobrevienen en momentos de debilidad y flaqueza hasta encontrar la fortaleza mental necesaria para encontrar un sentido al hecho de caminar durante un mes. Sé positivamente que algunos de los que ahora me están leyendo también han realizado el Camino y que por tanto es ridículo y absurdo pretender colgarse medallas pero, con todo, debo decir que me siento muy orgulloso de haberlo realizado. El Camino de Santiago es un viaje físico pero también tiene una vertiente introspectiva, de viaje interior hacia uno mismo. Es el que más me ha motivado. Uno de los recordatorios del Camino es que nada se consigue sin esfuerzo, frase que también es válida para cualquier empresa que nos propongamos en la vida. Otra enseñanza es que necesitamos salir de las grandes ciudades. La ciudad genera crispación, ruido, contaminación, prisas, estrés y un sinnúmero de problemas psíquicos como la ansiedad o depresión. En medio de la naturaleza he encontrado la paz y el silencio que buscaba en los cielos abiertos o en las llanuras infinitas de la meseta castellana; me he sentido pequeño en los bosques de castaños y robles de Galicia y en los profundos barrancos de Roncesvalles, allí donde la leyenda dice que cayó derrotado el ejército de Carlomagno.

     No puede faltar una mención para los hospitaleros, esas gentes encargadas de los albergues que cuidan y protegen al peregrino; de manera muy especial tengo un recuerdo para los hospitaleros de los albergues públicos: son el orgullo del Camino de Santiago. Tienen en común que todos ellos han hecho el Camino y luego, tras realizar un breve cursillo, les destinan en diferentes albergues por un periodo de quince días con el fin de atender, dar información y tratar de ayudar al peregrino en sus pequeños problemas. En Ponferrada nos recibieron con un abrazo y una limonada. Luego de ducharnos, lavar la ropa y pernoctar, tan solo nos pidieron la voluntad, toda una declaración de intenciones si lo comparamos con los establecimientos comerciales al uso donde la pregunta pertinente es si el pago lo vas a realizar en metálico o con tarjeta. A lo largo del viaje nadie está exento de un mal día o de una lesión. Ocurrió ya en Galicia al final de una de las etapas, cuando una contractura muscular me dejó maltrecho y casi sin poder caminar. Gracias a mi compañero Pedro que cargó con mi mochila pude terminar. El hospitalero de Samos (Lugo) se preocupó de llamar al Centro de Salud para que me atendieran y él mismo me acompañó. No sé su nombre pero si por una de esas casualidades de la vida leyera estas líneas, que sepa que le estoy muy agradecido, lo mismo que al equipo médico que me atendió a pesar de que había terminado ya su jornada de trabajo.

     A lo largo del viaje han sido muchas las ocasiones en las que me he acordado de mis padres ya fallecidos. Les debo la alegría de vivir y la de disfrutar de tantos momentos buenos que me ha deparado el viaje. Mi madre era natural de Puente la Reina, una población muy arraigada al Camino de Santiago por ser allí donde se unen los peregrinos venidos de Roncesvalles con los de Somport. A lo largo de su vida vio infinidad de peregrinos cruzar la calle Mayor. Tal vez nunca imaginó que algún día yo también sería uno de ellos.

     Me faltaría espacio para reproducir aquí todas las enseñanzas y los buenos momentos que me proporcionó el viaje, no obstante, intentaré resumir brevemente algunos. Nos impresionó gratamente el puente medieval de Hospital de Órbigo. Al cruzarlo vemos unas estructuras de madera junto al río y queriendo saber de qué se trata, el panel informativo nos explica que todos los años se celebran torneos y justas a caballo como en la Edad Media. Ponferrada tiene un imponente castillo templario que visitamos. Desde fuera se aprecia parte de un lienzo de la muralla reconstruido y desde la torre del homenaje el animado ajetreo de la calle que coincide con el mercado medieval que ese día hay en la ciudad. El hospitalero de nuestro albergue en la ciudad es español y se hace acompañar por una voluntaria italiana, otra japonesa y un alemán que apenas habla español. Ya  desde poco antes de llegar a Galicia cambia la arquitectura de las casas: los tejados son todos de pizarra, al ser un material que se encuentra por todas partes. El ladrillo prácticamente desaparece, es la piedra la que está presente en todas las construcciones y también son típicas por esta zona las balconadas de madera. En Villafranca del Bierzo nos alojamos en un antiguo convento del S. XVII que en la actualidad funciona como albergue, algo común en otras zonas por las que hemos pasado. En Fonfría (Lugo) a 1300 m de altitud nos acomodamos en un hostal luego de una dura etapa de siete horas con lluvia y niebla. Somos los únicos inquilinos y el matrimonio que lo regenta nos trata con suma amabilidad. No salimos del hostal porque no para de llover en toda la tarde. Mientras cenamos, el marido nos relata historias de peregrinos que escucho con atención. Cuenta que en cierta ocasión en una noche de invierno de nieve con ventisca, la puerta se abrió repentinamente apareciendo una chica japonesa en chancletas, sin ropa adecuada, con  síntomas de hipotermia y congelación en los pies. La sentaron junto a la estufa, incapaz de hablar ni decir nada. Tras tomar un cuenco bien caliente de potaje parece que al fin reaccionó algo. A la mañana siguiente prosiguió su camino y un mes más tarde el matrimonio recibió una carta dándoles las gracias por haberle salvado la vida. En una de las etapas con sol justiciero y tras una dura subida por el monte aparece en medio de la nada "La Casa de los Dioses", un espacio abierto que gestiona David, el cual ofrece al peregrino un refrigerio que se agradece. Encima de una improvisada mesa hay frutas, refrescos, zumo, leche, café. Nos ofrece una limonada y charlamos brevemente con él. Al fondo, bajo un cobertizo, dispone de unas pocas camas por si acaso algún peregrino despistado no tuviera donde dormir. Su gesto es una forma de protesta contra la deriva mercantilista en que se ha convertido últimamente el Camino: precios abusivos, maletas en lugar de mochilas y masificación en las últimas etapas. Dejamos unas monedas y proseguimos la marcha. Pasamos por Astorga y admiramos el palacio de Gaudí. En Rabanal del Camino cenamos en un restaurante anejo a nuestro albergue, regentado por un noruego. Habla perfectamente español y nos aclara que su padre es español. Nos anuncian que hay una misa con canto gregoriano por si nos interesa. En Sarria se incorpora mucha gente organizada que previamente ha venido en autobús. A partir de aquí el ambiente es más distendido, mayoría de gente joven, casi de romería. Portomarín tiene un aire mediterráneo. Lo atraviesa el río Miño que ahora baja con poca agua pero que en época de lluvias debe alcanzar una anchura considerable a tenor de una caseta de embarcadero que hay en la parte alta.

     Santiago nos recibe con una lluvia fina que pronto desaparece entre turistas deseosos de avistar la catedral. Hemos llegado al final de nuestro camino y nada más pisar la plaza del Obradoiro me abrazo emocionadamente con mi compañero Pedro. Juntos hemos compartido buenos momentos pero también hemos sufrido. Tras hacernos las fotos de rigor visitamos la catedral y paseamos por las estrechas calles porticadas entre riadas de peregrinos y turistas que no paran de hacer fotografías y comprar recuerdos de la ciudad. Me vienen a la memoria las palabras de Kavafis: "Itaca te brindó un hermoso viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino".

 

sábado, 17 de septiembre de 2022

Un día de excursión

  Con la llegada del buen tiempo todos los veranos me dejo caer por alguno de los lugares que desde hace años deseo conocer. Este año la elección ha sido Canfranc, en el Pirineo de Huesca, cerca de la frontera francesa. Hablar de Canfranc es hablar de la Estación Internacional, un lugar cargado de historia. Inaugurada por Alfonso XIII en 1928, desempeñó un papel importante entre España, Francia y Alemania durante la II Guerra Mundial. Considerada en su tiempo como la segunda más importante de Europa después de la de Leipzig, fue escenario de espías, contrabandistas y huidas de judíos que escapaban de las garras nazis. Por aquí también pasaron ochenta toneladas de lingotes de oro expropiado a los judíos por parte de Alemania para pagar la venta de wolframio  de España y Portugal. El wolframio se convirtió en un mineral muy apreciado por su gran dureza y servía para reforzar los carros de combate alemanes.  Galicia se convirtió en la gran productora y de Ferrol salían barcos cargados de material escoltados por submarinos alemanes. Finalmente los aliados acabaron prohibiendo a Franco la venta de wolframio  a Alemania bajo la seria advertencia de una posible invasión. Hoy día tiene uso civil como componentes para móviles, computadoras, herramientas de corte para perforar rocas, brocas, etc.

     La estación de Canfranc ha dado pie para abundante material periodístico y cinematográfico. Como Franco siempre receló de una posible victoria aliada, hizo construir toda una red de búnkeres entre 1944 y 1948 desde el Cantábrico hasta Cataluña  (unos cinco mil), a lo largo de todo el Pirineo, hoy la mayoría ocultos entre la vegetación y la maleza. En el momento de escribir estas líneas leo en la prensa local que las instituciones están llevando a cabo un proyecto denominado "fronteras de hormigón", que trata de recuperar veinticinco de estos búnkeres a través de trabajos de campo en los que participan jóvenes voluntarios.

     Después de casi cincuenta años de abandono (tras el descarrilamiento de un tren en el túnel que une Francia y España), el plan es devolver el antiguo esplendor al conjunto potenciando  la imagen de la Estación Internacional aprovechando su impresionante arquitectura en un entorno privilegiado con los Pirineos al fondo. Para ello el Gobierno de Aragón ha invertido en recursos en los nuevos paramentos, fachada e interiores del vestíbulo de la Estación que requerían una mejora urgente de sus instalaciones. El día de nuestra visita todo el conjunto se hallaba parcialmente en obras por lo que no pude acceder, tal como era mi deseo, para fotografiar los antiguos hangares de locomotoras y la playa de vías donde todavía se observan vagones en espera de su restauración o desguace. Me vuelvo con la sensación de que he venido demasiado tarde para conocer este lugar. Tengo entendido que hasta los años setenta y ochenta era posible encontrar en las antiguas dependencias, manuscritos y documentos que hacían referencia a los años de la II Guerra Mundial. De todos es sabido que la desidia  y el abandono siempre han sido características inherentes a este país.

     Hay todo un plan de inversiones con el fin de revitalizar la comarca dotado de 27 millones de euros que servirán para reacondicionar y dotas de nuevas infraestructuras, pisos, lofts y un hotel de lujo con cien habitaciones en lo que antes era la Estación Internacional. Al finalizar la contienda este escenario también fue testigo de la huida con pasaportes falsos de los jerarcas nazis. Muchos se establecieron en nuestro país (principalmente en Denia y costa de Levante), pero la mayoría huyó a Sudamérica vía Lisboa.

     Luego de ver y admirar la belleza y el paisaje que me rodea, nos aguarda otra sorpresa todavía mayor: el Laboratorio Subterráneo de Canfranc, un enclave muy poco conocido por el gran público. Está  excavado en roca a 800 metros de profundidad debajo de la montaña, la cual filtra la radiación creando el silencio cósmico y dotado con los instrumentos necesarios para llevar a cabo los experimentos científicos, especialmente en la investigación de la materia oscura del universo. Cada año centenares de científicos de más de veinte países realizan experimentos y trabajos de investigación. En un momento hemos pasado de los 35 grados del exterior a los 12 dentro del túnel. Las visitas están restringidas y es necesario solicitar un pase para tener acceso al Laboratorio y a la visita guiada. Me maravilla pensar que mientras el común de los mortales llevamos una vida normal y rutinaria con las preocupaciones lógicas del día a día, haya gente que dedica su tiempo y energía en realizar pruebas y ensayos en un agujero a ochocientos metros de profundidad. El científico que nos acompaña nos habla de la radiación, de los neutrinos, de la continua expansión del universo y de que a pesar de los avances técnicos, solo conocemos la composición del cinco por ciento de la energía y materia del universo. Ignoro cuál es la utilidad práctica de sus estudios pero confío en que algún día servirán para un mejor conocimiento del medio en el que vivimos y que éstos redundarán en un avance para la Humanidad.

 


lunes, 22 de agosto de 2022

Ni lágrimas ni caras serias*

      Anoche soñé que asistía a mi propio funeral. Como la mayoría de los sueños, este también fue surrealista y un punto estrambótico pero me resisto a no contarlo. He de comenzar aclarando que ninguno de mis familiares más directos se encontraba allí, tal vez por un deseo inconsciente de evitarles un mal trago. Como de costumbre llegué tarde, pero lo que más me sorprendió fue que todos los asistentes estaban felices y contentos con una copa de cava en la mano, al tiempo que los camareros acudían solícitos cada vez que veían una copa vacía. El suelo se encontraba alfombrado de pétalos de rosa y por megafonía se escuchaban  canciones de Creedence Clearwater Revival. Extrañado, pregunté al responsable de protocolo si aquel era mi funeral, el cual me respondió con un inequívoco "por supuesto señor, todo está dispuesto" que ayudó a disipar mis dudas.

     Miré a todos los presentes, algunos llegados desde lugares lejanos. Saludé a unos y a otros. No faltaba ninguno de los que consideraba mis amigos más íntimos y cercanos. Las risas y el buen humor eran la tónica general en un ambiente en el que casi todo el mundo se conocía y sobraban las presentaciones; además, el buen tiempo favorecía que todo el mundo se sintiera relajado y tranquilo. En un momento aparecieron un violonchelista y una chica al violín, ambos muy trajeados, ella con un elegante vestido negro. Se hizo el silencio y al pronto comenzaron a sonar las primeras notas de Serenade de Schubert. Discretamente fui observando las caras de mis amigos, en ellas se reflejaba la emoción de la música, una hermosa melodía que invitaba a la serenidad y a la paz. Vi los ojos humedecidos de algunos de ellos, que inútilmente trataban de disimular. Me pregunté si era debido a la emoción o a los efectos del cava. Fueron escasamente cinco minutos pero fueron suficientes para llenar de magia el espacio en el que nos encontrábamos.  Cuando terminó su brillante actuación los músicos desaparecieron  y de nuevo los camareros hicieron acto de presencia y siguieron descorchando botellas, cosa que agradecí porque quería evitar que el acto luctuoso fuera el centro de aquella reunión de amigos. Momentos después alguien subió a un improvisado estrado y recitó con  hondo sentimiento poemas de Antonio Machado, de Gabriel Celaya, de Rimbaud. Traté de adivinar de quién habría partido la idea de organizar un funeral tan original y además tan de mi gusto, al tiempo que agradecía para mis adentros esa sensibilidad hacia la cultura.

      A esas alturas de la ceremonia, el personal ya estaba bastante entonado y algunos, con una curda impresionante, pero a mí, lejos de molestarme, lo consideré un acto de gratitud, de sincera amistad y de celebración de la vida. En un momento en que me dejaron solo hice un rápido balance de mi paso por la vida. En general había disfrutado, que es en resumen a lo que todos hemos venido. Siempre consideré como virtud darse cuenta de una retirada a tiempo, así que cuando creí que había  llegado el momento adecuado para mi despedida, me sentí en la obligación de subir al estrado para dar las gracias y también para brindar y desear larga y fructífera vida a todos los asistentes. En ese momento el jefe de los camareros viendo mi copa vacía exclamó:

     —Rápido, que alguien llene de cava la copa del finado.

     Alarmado porque el cava no es mi bebida preferida me dirigí a él en voz baja, casi en un susurro.

     —Cava no! Patxarán, patxarán.


*Dedicado a Txano Ansa Erice. In memoriam

sábado, 20 de agosto de 2022

Gente curiosa

      Por cosas del azar he leído en una revista que cayó en mis manos la nueva modalidad para conocer sitios sorprendentes. Resulta barato, no hay aglomeraciones ni tampoco debes preocuparte en hacer reservas porque en  general son sitios solitarios pero igualmente fascinantes para el viajero que se adentra a conocerlos. Se trata del turismo urbex (exploración urbana). Todos tienen en común que son parajes solitarios y abandonados como por ejemplo pueblos fantasma, ermitas o iglesias en ruinas, antiguas naves industriales, molinos, castillos, monasterios ya vacíos, puentes destruidos, viejos balnearios en desuso, estaciones de tren abandonadas, y así un largo etcétera. La falta del elemento humano  es su principal característica; sin embargo esa decrepitud y decadencia la hace irresistible a quienes sentimos que también hay belleza en las ruinas de lo que en otro tiempo fueron sitios habitados y llenos de vida. No todo el mundo está preparado para visitar estos lugares; a menudo el terreno se vuelve abrupto, la vegetación ha invadido el espacio, hace falta linterna y un resbalón o un mal paso nos pueden causar un accidente. Pero a cambio, obtener una buena fotografía de estos lugares es algo reconfortante. Ojo, no estoy hablando de esa absurda moda de hacerse selfis al lado de precipicios o similares donde literalmente uno se juega la vida. Lo desconocido, la aventura y un halo de misterio juegan un papel importante en este tipo de turismo cada vez más presente en las redes sociales. El paso inexorable del tiempo es el factor determinante de todos ellos. Nosotros estamos de paso pero las piedras ya estaban allí, y seguirán allí cuando nosotros ya no estemos, guardando secretos o contando historias a los que se acerquen (depende de la actitud o del grado de sensibilidad del visitante), de sus antiguos moradores, historias fascinantes contadas a la luz de un candil o en noches de tormenta cuando no había otra distracción que no fueran los relatos orales que se iban transmitiendo de padres a hijos. Son lugares donde uno se da verdaderamente cuenta de lo efímero de nuestras vidas. Conozco algunos de estos lugares y puedo asegurar que siguen transmitiendo el mismo poder evocador y la misma energía que cuando lo habitaban sus gentes. Hoy todos ofrecen la misma estampa de silencio y abandono, de entre los cuales destacaríamos, por ser de actualidad,  los numerosos pueblos deshabitados de la España interior.

     Una de las máximas de este turismo urbex es no compartir ubicaciones, tan solo con los exploradores de confianza por el afán de muchos en llevarse recuerdos, hacer grafitis, dejar basura, prender fuego, etc. En un caso que conozco, unos individuos estuvieron varios días cortando con una radial, la maquinaria de un molino para venderla al peso. Las dos reglas de oro de este turismo son: "no te lleves nada, solo fotos. No dejes nada, solo huellas". Quienes amamos la soledad no nos sentimos solos cuando visitamos estos lugares; muy al contrario, todavía nos llegan los ecos de la vida sencilla de sus antiguos moradores guiada únicamente por las estaciones y la siembra y recolección de sus campos, las privaciones para sacar adelante la numerosa prole o la pérdida de todo cuando venía una prolongada sequía o el granizo arruinaba sus cosechas. Vidas por otra parte respetuosas con la naturaleza y el entorno en el que vivían. Esas gentes nunca sospecharon que muchos años más tarde esos mismos lugares serían objeto de culto y de la curiosidad de otros humanos atraídos por el misterio y por la fascinación que ejerce entre nosotros lo desconocido.

viernes, 1 de julio de 2022

Volver a los diecisiete*

      Volver a los diecisiete es una bella canción cargada de simbolismo y poesía de la chilena Violeta Parra, versionada después por numerosos artistas con mayor o menor éxito. En ella habla de su experiencia personal, cuando a punto de cumplir los cincuenta se enamora de un estudiante de edad adolescente y cómo ese amor que siente, le transforma y al mismo tiempo le zarandea hasta los cimientos. Es una canción que evidentemente habla de amor, pero también ofrece otras muchas lecturas. Es la capacidad del ser humano para sentir y ver la vida con nuevos ojos, es como volver a nacer o, si lo prefieren, volver a ser joven cuando ya eres adulto. Es también recuperar la ilusión de quien descubre un nuevo motivo para vivir, es ver la luz en medio de la oscuridad que te rodea, la de levantarte otra vez, curarse las heridas y volver a intentarlo.

     Cando me falta poco para cumplir los setenta, estoy viviendo parecidas sensaciones. Me encuentro en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense donde me he matriculado para mayores de cincuenta años. En el Aula Magna un representante de la Universidad nos explica cuáles son las materias y contenidos de los cuatro cursos de Humanidades. Luego nos enseña algunas dependencias, la secretaría de alumnos y el improvisado escenario donde Raimon dio el famoso concierto de 1969 abarrotado de alumnos hasta en las escaleras. Escucho las conversaciones y bromas de jóvenes, algunos de los cuales todavía no han cumplido los veinte. En los pasillos me cruzo con ellos, a sus ojos no dejo de ser un carroza, un elemento extraño en aquel ambiente universitario. Algunos se sorprenden la verme y me dedican una sonrisa como diciendo, abuelo te has equivocado de lugar pero me caes simpático. Ellos ignoran que su presencia me devuelve a los años de estudiante cuando escuchábamos a los Beatles, a Joan Baez, a Simon y Garfunkel, a Moustaki, a Creedence Clearwater Revival. Los fines de semana asistíamos a las salas de cine forum para ver películas de culto de Passolini, de Truffaut, de Visconti o de Bergman algunas de las cuales no entendíamos. Era una época de sueños, de querer transformar la realidad porque no nos gustaba y porque éramos jóvenes y todo estaba por hacer. En mi adolescencia fui testigo de Mayo del 68 que convulsionó a la sociedad de su tiempo y, tres meses más tarde ocurrió la invasión de Checoslovaquia por los tanques rusos que pusieron fin a la Primavera de Praga. De aquella protesta me impresionó que un estudiante llamado Jan Palach se quemara a los bonzo. Pero lo más terrible fue el modo de decidir entre los miembros de su comando quién sería la persona que se inmolara. !!Lo echaron a suertes!!

     Fue por aquella época cuando empezamos a tomar conciencia de que en España vivíamos en una dictadura. Los valores de nuestros padres ya no coincidían con los nuestros, aspirábamos a algo mejor, la guerra civil se nos hacía lejísimos en el tiempo y sin embargo ahora, cuando todavía colean las exhumaciones de fosas, me doy cuenta que para superar esa tragedia hacen falta al menos cuatro generaciones. Por entonces nacieron los primeros flirteos y las miradas hablaban sin necesidad de decirse nada. La vida era una fiesta, libre de responsabilidades que no fueran las de aprobar y pasar curso.

     Ir a la Universidad cuando estás en el otoño de la vida no te devuelve los años de juventud pero es un soplo de aire fresco que te hace recordar los sueños de entonces y sientes que algo dentro de ti comienza a renacer de nuevo. Cuando abandono la Universidad y vuelvo a casa en Metro siento un montón de sensaciones a mi alrededor. Hoy, casi sin pretenderlo, yo también he vuelto a los diecisiete.


* Relato  corto dedicado a las profesoras de la UCM, Magdalena de Pazzis e Isabel Visedo por su rigor académico y sus amenas clases, de parte de un alumno ignorante que únicamente anhela saber.

miércoles, 1 de junio de 2022

El predicador

      La fe inquebrantable en algo o en alguien es hoy día un valor escaso, una rara avis en esta sociedad cada vez más descreída en la que nos movemos. Pocas cosas hay perdurables en el tiempo. Las noticas que nos conmocionaron hace tan sólo unas semanas relativas a la invasión de tropas rusas en Ucrania, poco a poco van desapareciendo de las portadas de los periódicos e informativos. Superado ese impacto de los primeros días de la guerra, ya la hemos interiorizado como una noticia más, olvidando las guerras anteriores todavía no acabadas. Personalmente admiro a quienes van a contracorriente de las modas o las tendencias al uso; diríase que los convencionalismos no van con ellos, ni tampoco son gentes que se muevan al ritmo de la oportunidad de cada momento con el fin de encajar mejor en el contexto general. En este mundo confuso y cambiante apenas quedan valores aceptados por la mayoría, en cambio, a mi parecer, hay unanimidad en que la política y la religión son las que concitan un rechazo casi unánime.

     Siguiendo con mi razonamiento añadiré que conozco a un tipo sacado de otra época, obstinado y fiel a sus creencias a pesar de que los resultados rara vez le acompañan. Lo vi por casualidad en uno de esos mercadillos ambulantes que recorren nuestros barrios, luego, más tarde, comprobé que era un habitual del lugar. Con un libro en la mano y dejándose llevar únicamente por sus muchos años de experiencia, un predicador con voz de trueno sermoneaba a la concurrencia que se movía entre los puestos en medio del vocerío de los vendedores. Siempre se coloca en el lugar más transitado, en medio del gentío de personas y carritos que a menudo chocan entre sí debido a la aglomeración. Su procedimiento es siempre el mismo. Tras saludar con un genérico: "Buenos días pueblo español, pueblo extranjero", comienza a disertar sobre las excelencias de la Palabra de Dios encadenando razonamientos o  citas bíblicas, capítulos y versículos incluidos. Lo curioso es que nadie hace caso de su palabrería ni se paran a escucharle, mas todo el mundo le conoce y ya forma parte del mundo del mercadillo y sus gentes. Ignoro a qué rama de la religión cristiana está adscrito este personaje, pero puedo asegurar que es un verdadero espectáculo verlo en faena, un showman que nada tiene que envidiar a los presentadores de programas televisivos cazatalentos. Solo hay un inconveniente. Pese a encontrarse en un lugar muy concurrido es lo más parecido que he visto a predicar en el desierto. En una sociedad como la nuestra, donde todo se valora en función de la cuenta de resultados, su imagen me parece anacrónica, como de otra época y fuera de contexto. A veces me paro a una prudente distancia y escucho su prédica haciéndome el distraído, mientras la gente pasa a su lado ignorándole o a lo sumo haciendo un comentario en voz baja. Por momentos me parece patético, otras, un quijote luchando contra los molinos, pero haga frío o calor, su figura y voz de trueno resuenan inconfundibles en medio del maremágnum del mercadillo.

     Dando una vuelta por la zona puedo imaginarme a los herederos de personajes que Vicente Blasco Ibáñez retratara en La Horda: gitanas echando la buenaventura, chamarileros, cesteros, antiguos esquiladores de ganado en las ferias de antaño reconvertidos ahora en vendedores de fruta y verdura, buscavidas y otros oficios de lo más variopinto.

     Hace unos días visité de nuevo el mercadillo. Un vehículo de la Policía Municipal vigilaba discretamente el trasiego de personas y mercancías. Como de costumbre, el lugar se encontraba animado y bullicioso, una amalgama de lenguas y razas vendiendo su mercancía a la vez que disputándose la clientela. Yo buscaba la voz poderosa del predicador pero no lo encontraba. pregunté a un vendedor y me contestó que desde hacía un mes ya no iba por allí. Ahora pienso que tal vez se cansó de tanta prédica inútil o acaso el demonio le tentó haciéndole ver que en realidad era un fracasado, sin embargo tengo que admitir que le eché en falta aquella mañana cuando mi intención no era comprar nada sino escucharle a él, el único que vendía su producto a cambio de nada.



martes, 10 de mayo de 2022

Dependientes

      Nada más llegar de su país lo primero que hizo Itzayana fue buscar el medio de ganarse la vida. Venía acompañada de su hijo Walter de seis años, pues de esa manera, según le dijeron, sería más fácil conseguir el permiso de residencia. Luego, a través de un contacto fiable le aseguraron que si tenía paciencia con las personas mayores conseguiría un trabajo enseguida. Así fue y a los quince días le ofrecieron un empleo para cuidar a un viejecito llamado Nuño, el cual, a su avanzada edad se unía el de una movilidad reducida debido a la progresiva esclerosis. Dotado de un carácter fuerte y enérgico, las más de las veces se encontraba malhumorado a causa de sus achaques y enfermedad que le hacían cada día más dependiente. Un intento de suicidio debido a su negativa a ir a una residencia puso en alerta a su hijo de la necesidad de que una persona estuviera siempre a su cuidado. Cuando se la presentaron lo primero que quiso saber  fue el significado de su nombre. Ella le contestó que era de origen maya como muchos de los nombres de su país. Los días que se encontraba receptivo y de mejor talante preguntaba a Itzayana que le hablara de su país y a qué se dedicaba su marido. De su país le habló mucho pero de su marido no tenía mucho que contar; apenas se quedó embarazada él despareció pero ella no quiso abortar. Tampoco nadie en su familia se lo hubieran permitido. Lo más duro del trabajo de Itzayana era a la hora de asearle y bañarle. A la exigencia física se unía el pudor de verle desnudo: el cuerpo decrépito, el sexo diminuto, las carnes ajadas, el malhumor perenne de la persona que conscientemente se siente dependiente y al mismo tiempo es incapaz de asumirlo. Ella trataba de superarlo imaginando que se trataba de un familiar suyo. De esta manera cualquier sacrificio bien merecía la pena. Cierto día el viejo quiso propasarse alargando el brazo y tocando su trasero como haciéndose el distraído, pero ella fue tajante en su negativa, eso no don Nuño -le dijo- porque claro, una aunque humilde,  tiene su honra y su decencia. El echaba pestes, como si la culpable de su deterioro fuera la persona que le cuidaba. Raro era el día que Itzayana lo encontraba de buen humor o con una sonrisa en su rostro, pero todo lo asumía con entereza.

     Un día, mientras limpiaba la casa encontró un billete de cien euros en el suelo. Era la primera vez que los veía pero se lo devolvió en ese mismo instante antes de que  él hiciese conjeturas. Era demasiado evidente de que lo había dejado allí para tentarla y comprobar su reacción. A partir de entonces algo cambió en su actitud ante ella. El malhumor persistía pero de manera más suavizada, pequeños gestos que Itzayana percibió como un cambio en su proceder. Un nuevo ictus que le impedía hablar con claridad motivó el empeoramiento de su quebrada salud teniendo que comunicarse con mucho esfuerzo y buenas dosis de paciencia. La casa de Nuño era grande y espaciosa, ubicada en el centro de la ciudad. Para ella, acostumbrada a viviendas humildes aquello  no dejaba de ser un palacio, aunque éste fuera su lugar de trabajo. Todos los días le sacaba de paseo a pesar de su negativa a que vieran sus vecinos la decrepitud en que se había convertido. No importaba, ella se aplicaba con diligencia y esmero la recomendación de los médicos para que tomara el sol y el aire.


     Durante dos años Itzayana cuidó de él lo mejor que pudo pero en el último mes empezó a notar que se encontraba más nervioso y alterado de lo normal, apenas hablaba, encerrado en su mutismo. Pensó que se trataba de una de sus cada vez más frecuentes depresiones, pero lo que la inquietó de verdad fue cuando le comunicó que al día siguiente  sería su hijo el que le llevara al médico y que por tanto la mañana la tendría libre. Preocupada, no pudo dormir bien aquella noche. Un par de días después mientras le preparaba el desayuno en en la cocina, Nuño le pidió que dejara sus quehaceres y se sentara en la mesa. Nerviosa, al punto obedeció. Ayer fui al Notario. He dispuesto que a mi muerte esta casa sea tuya. Mi hijo ya lo sabe. Itzayana no estaba preparada para esa declaración. Bajó la cabeza y al momento dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.