Una de mis rutinas al poco de levantarme
es encender el ordenador y leer la prensa, luego y una vez que estoy al tanto del
alboroto nacional abro el correo y compruebo si tengo algo en la bandeja de
entrada. De vez en cuando recibo alguna sorpresa. El otro día un lector se
Singapur me preguntó si lo que escribo en los relatos de mi blog son reales o
no. Le contesto que eso es lo mismo que preguntar al prestidigitador cómo hace
sus trucos de magia. ¿Acaso el que una historia sea cierta le confiere algún
valor especial? ¿Es menos importante o le resta valor el hecho de que sea
ficción? En absoluto. Ha hecho mucho daño la coletilla en algunas películas de
cine cuando se anuncia “que está basada en hechos reales”. El verdadero valor
del texto es el que proporciona un goce al lector, una emoción o una sacudida,
independientemente de que lo que se cuenta sea real o no. Todo lo relativo al
género humano puede ser verídico aunque no sea real en el sentido estricto de
la palabra.
¿No nos parece una
historia maravillosa “Las mil y una noches” a pesar de que esté
basada en fábulas y fantasía? Siguiendo ese razonamiento nos cargaríamos al
menos la mitad de los títulos impresos, desde El Quijote pasando
por Frankenstein, Cien años de soledad, hasta
llegar a Harry Potter.
En mis escritos procuro seguir el
razonamiento de que lo que callo es más importante que lo que cuento. Todos
somos fabuladores en potencia, en nuestro rincón más íntimo guardamos secretos
o historias que no nos atrevemos a contar. Y es que la palabra es lo que nos
diferencia del resto de animales. La palabra nos puede llevar a la risa o al
llanto. Su poder es casi absoluto. Ocurre a veces que entre tanta algarabía que
nos distrae el silencio es un valor al alza. Yo reivindico el silencio, la
reflexión, la escritura como algo mágico y creativo que nos acerca al otro.
Hace poco un conocido músico de este
país se lamentaba de haber estado perdiendo el tiempo escuchando bobadas y
cerrando bares en lugar de escribiendo.
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