jueves, 24 de septiembre de 2026

Historias que se cuentan y cómo se cuentan

 

       Una de mis rutinas al poco de levantarme es encender el ordenador y leer la prensa,  luego y una vez que estoy al tanto del alboroto nacional abro el correo y compruebo si tengo algo en la bandeja de entrada. De vez en cuando recibo alguna sorpresa. El otro día un lector se Singapur me preguntó si lo que escribo en los relatos de mi blog son reales o no. Le contesto que eso es lo mismo que preguntar al prestidigitador cómo hace sus trucos de magia. ¿Acaso el que una historia sea cierta le confiere algún valor especial? ¿Es menos importante o le resta valor el hecho de que sea ficción? En absoluto. Ha hecho mucho daño la coletilla en algunas películas de cine cuando se anuncia “que está basada en hechos reales”. El verdadero valor del texto es el que proporciona un goce al lector, una emoción o una sacudida, independientemente de que lo que se cuenta sea real o no. Todo lo relativo al género humano puede ser verídico aunque no sea real en el sentido estricto de la palabra.

     ¿No nos parece una historia maravillosa “Las mil y una noches” a pesar de que esté basada en fábulas y fantasía? Siguiendo ese razonamiento nos cargaríamos al menos la mitad de los títulos impresos, desde El Quijote pasando por Frankenstein, Cien años de soledad, hasta llegar a Harry Potter.

     En mis escritos procuro seguir el razonamiento de que lo que callo es más importante que lo que cuento. Todos somos fabuladores en potencia, en nuestro rincón más íntimo guardamos secretos o historias que no nos atrevemos a contar. Y es que la palabra es lo que nos diferencia del resto de animales. La palabra nos puede llevar a la risa o al llanto. Su poder es casi absoluto. Ocurre a veces que entre tanta algarabía que nos distrae el silencio es un valor al alza. Yo reivindico el silencio, la reflexión, la escritura como algo mágico y creativo que nos acerca al otro. Hace poco un conocido músico  de este país se lamentaba de haber estado perdiendo el tiempo escuchando bobadas y cerrando bares en lugar de escribiendo.

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