Con frecuencia me
quedo asombrado con algunas cosas que leo en prensa o revistas: falta de rigor,
opiniones discutibles o claramente tendenciosas, etc. Algo parecido pasa con los llamados guías
turísticos que vemos en nuestras ciudades inventándose historias o
deformándolas. Viene esto a cuento porque leo en una revista pretendidamente
especializada que el fenómeno “fans” relativo a la música nació con Elvis
Presley y que luego fueron los Beatles quienes lo llevaron a la máxima
expresión.
Sin duda el autor parece
ignorar que la música ya existía antes de que ellos vinieran al mundo. En su
escrito da la impresión de que la música la inventaron ellos, así, de un
plumazo, pasando por encima del barroco, el clasicismo y el romanticismo. Ahí
es nada. Fue Beethoven en el periodo del Romanticismo quien inauguró una época
caracterizada por el estallido de las pasiones; el amor, la alegría, la
tristeza, plasmándolo en su música como nunca se había hecho hasta entonces. La
primera superestrella de la historia de la música, o una de ellas, fue el
compositor y pianista Frank Liszt. Cuenta las crónicas que las señoras se
peleaban por un guante o un pañuelo suyo, a menudo le arrancaban botones de la
chaqueta o le cortaban mechones de pelo y en el escenario le tiraban prendas íntimas.
A su porte y galanura se le añadía la pasión con la que ejecutaba sus obras,
convirtiéndose en la primera figura de Europa. En sus años de virtuosismo Liszt
modificaba piezas o creaba variaciones sobre temas populares u óperas con el
que impresionar a su audiencia.
Fue de los primeros
en dar recitales en solitario revolucionando la técnica escénica colocando el
piano de perfil para que el público pudiera ver sus movimientos. Liszt y
Paganini fueron los que en realidad inventaron la cultura fan en sus recitales,
la gente coreaba y chillaba e incluso había quienes recogían las colillas de
sus cigarros como si fueran amuletos.
No, el fenómeno
fan no lo inventaron los Beatles ni Elvis Presley. Cien años antes, en el
Romanticismo, compositores como Frank Liszt ya eran ídolos de masas que acudían
a sus conciertos con una fe casi religiosa.
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