Hoy reanudo un año
más el curso universitario, es el primer día de clase. En los pasillos me cruzo
con jóvenes que bien podrían ser mis hijos o, incluso mis nietos. No hace falta
decir que me siento rejuvenecer. El curso que he elegido dura un cuatrimestre y
se titula: De Beethoven a Rosalía, claves para entender nuestra música.
Recuerdo mis años de juventud en Salamanca, cuando después de clase nos
juntábamos con chicas en una taberna de la plaza Mayor y, ante cañas y risas entablábamos
juegos inocentes, o no tanto, de complicidad entre miradas y gestos de
connivencia. Me quedo envidiando su aparente libertad, la nuestra era libertad
aparente. Estoy hablando de los primeros años setenta del siglo pasado. Nos
sentíamos rompedores con nuestro pelo largo y aire desenfadado, pero ahora
tengo que saber distinguir entre quienes pertenecen a la generación Y o a la Z.
O adivinar qué significa eso de “farmear aura”,
amén de esforzarme por no quedar superado por las nuevas tecnologías o bien tener
unos mínimos conocimientos de inglés porque el francés que estudiábamos no nos
sirvió para nada. Sí, nos cuesta entender el lenguaje del presente porque ya pertenece a otra
generación. Nos dice la profesora que estamos viciados en música porque toda la
música que escuchamos pertenece a compositores y a los cánones que establecieron:
Bach, Beethoven, Mozart, Haidyn, Vivaldi, etc. Que después de ellos ha habido
una evolución pero que nos cuesta entenderla, como por ejemplo la música
dodecafónica, por el hecho de que seguimos un patrón que ellos marcaron y que nos sirve como guía.
Ya de vuelta en el
autobús oigo las conversaciones de los jóvenes estudiantes. Me fijo en su
estética: pantalones holgados, aros en la nariz y en las orejas, tatuajes, etc.
Una de las chicas, con el pelo fucsia, les dice a sus amigas que debe hacer una
presentación en clase sobre el nazismo y que no sabe cómo abordarlo. Sus amigas
le comentan que lo debe retratar como un régimen despiadado y sanguinario muy
al estilo de La lista de Schindler. Estoy a punto de
decirle que conocí a un nazi alemán cuando yo era adolescente, que ser nazi no
necesariamente te hace ver de primeras a un tipo asesino y perverso. El hombre
al que yo conocí era un tipo afable que por las tardes de verano cogía su caña
de pescar y se iba al río; dentro de una persona en apariencia normal se puede
esconder lo peor del género humano. Todo esto lo retrató muy lúcidamente Hannah
Arendt cuando estudió el caso de Eichmann, ejecutado en Jerusalén y que alegó
en su defensa que él simplemente obedecía órdenes. La misma joven les cuenta a
sus amigas que el año pasado tuvo que hacer un trabajo sobre la Transición en
España y que contó la experiencia de su padre, un sindicalista encarcelado en
la prisión de Carabanchel por oponer resistencia a la autoridad un Primero de
Mayo.
Bueno, me he ido
por los Cerros de Úbeda pero yo únicamente me limito a contar lo que vi y oí en
mi primer día de clase.
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