sábado, 12 de septiembre de 2026

Una vuelta por el Ártico

 

     Hace quince días recibí por la noche una llamada urgente, de esas que no te da tiempo a pensar demasiado y que te obliga a tomar una decisión en el momento. Voy por partes y me explico. Resulta que el día anterior estuve de fiesta, me bebí varios cubatas y tenía un cuerpo que para qué. Me costó conciliar el sueño y cuando al final lo conseguí, a las cuatro y media de la mañana sonó el móvil insistentemente. Lo cogí alarmado, a esas horas de la noche nadie llama por teléfono para darte buenas noticias. Me confundí, era Aizkorbe, el argentino trotamundos que trabajó un tiempo conmigo.

     —Joder tío ¿sabes qué hora es? —fue lo primero que me salió.

     —Ché Víctor, lo siento de llamarte a estas horas, escucha lo que tengo que decirte. Te llamo por si estás interesado en ir al Ártico, queda una plaza libre y me he acordado de ti. Serían dos semanas y el precio serían dos mil euros. Es una expedición que organiza National Geographic, la revista para la que trabajo. Mirá que es una oferta bárbara, dime cuánta gente conocés tú que haya estado en el Círculo Polar Ártico.

     Me dice que es ahora, al final del verano, la mejor época para visitarlo. que luego en invierno las condiciones son más duras y apenas se puede salir del camarote. Que sólo queda una plaza y el primero que la pida es para él. Como estoy con la resaca y medio adormilado tardo un rato en reaccionar.

    

     —Hola. ¿Me recibes?

     —Sí, sí. Te escucho. Bueno, me perderé algunas clases y ensayos pero cuenta conmigo.

     —Zarpamos dentro de una semana desde La Coruña. No te olvides de comprar pastillas contra el mareo. Nos vemos en el puerto.

     Una semana después, ya en el barco, Aizkorbe me presenta a algunos compañeros de travesía: biólogos, naturalistas, científicos. Hablo un poco con ellos y me dicen que el viaje tiene varios objetivos que realizan todos los años como medir la temperatura del agua, la cada vez más frágil banquisa, el retroceso de los glaciares y cómo está afectando el cambio climático a la vida de los osos polares.  

     Ya llevamos seis días de navegación, paso mucho tiempo en cubierta tomando notas y observando el horizonte. Un oficial de navegación con el que me cruzo me dice que estamos entrando en el Círculo Polar Ártico y que en los meses de verano es frecuente ver barcos con turistas que visitan esta zona en las que apenas se oculta el sol. Me dice también que los barcos que navegan por estas aguas llevan todos el casco reforzado para poder transitar entre los grandes trozos de hielo y el frío extremo. Le pregunto si es posible bajar para pisar el hielo y me responde que es preciso llevar calzado adecuado para ello y que sólo está permitido bajar del barco cuando visitemos los glaciares.

     El barco está muy bien equipado. En la cafetería charlo con Aizkorbe, siempre con su sempiterno mate en la mano, le pongo al día de mi vida y proyectos: la universidad, la Banda de música, etc. Está contento con su trabajo porque dice que le permite hacer lo que siempre ha anhelado; viajar, ver mundo, no instalarse en ningún sitio. Me cuenta que no tiene pareja fija porque no quiere piedras en la mochila, se considera una persona libre aunque a veces sienta envidia de quienes tenemos pareja estable e hijos.

     Hoy es día de desembarco, visitaremos un glaciar de la mano de un guía naturalista y yo estoy nervioso como un niño. Antes de subir a las zodiac nos reparten los chalecos salvavidas pues en caso de caer, uno no resistiría mucho tiempo en esas frías aguas congeladas. Avanzamos hasta la línea de seguridad que está como a unos cien metros del glaciar. Contemplo la pared de hielo que tengo ante mis ojos de unos cuarenta metros de altura. Siento la misma emoción que este verano al ver el eclipse de sol o la noche con millones de estrellas en el firmamento que vi en el campo en un pueblo de Cáceres hará un par de años. La naturaleza nos regala momentos inolvidables que a veces no sabemos valorar. Uno del grupo pregunta al guía si hay peces en estas aguas heladas, le contesta entre risas que los peces de hielo, ciertos salmónidos y los móviles de turistas. Veo a la gente que se abriga; el frío se hace notar. Luego, después de un paseo vamos al barco y nos refugiamos antes de cenar al abrigo del bar-cafetería.

    Al día siguiente Aizkorbe tiene trabajo. Ha de fotografiar osos polares y su forma de cazar focas, yo todavía no he visto ninguno. Normalmente  los fotógrafos se hacen acompañar por algún cazador con escopeta que en caso de amenaza disparan un dardo que deja al animal dormido. Por la noche le he preguntado a Aizkorbe si ha visto alguno y me ha dicho que sí, a una madre con su cría pero que estaba lejos y que no se ha querido acercar. No obstante ha podido hacer algunas fotografías, también de una foca tumbada al sol, pero que en cuanto ha visto su presencia se ha metido en el agua. Yo tomo notas de todo lo que veo y escucho.

     Por cierto, nuestro barco se llama Ernest Schakleton en honor del célebre explorador que intentó llegar al Polo Sur en  la Antártida en 1912. Es famoso el anuncio que puso en la prensa con el fin de reclutar miembros para su expedición: “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso, frío extremo, largos meses de completa oscuridad, no es seguro regresar con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.

 

 

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