Hace quince días
recibí por la noche una llamada urgente, de esas que no te da tiempo a pensar demasiado
y que te obliga a tomar una decisión en el momento. Voy por partes y me explico.
Resulta que el día anterior estuve de fiesta, me bebí varios cubatas y tenía un
cuerpo que para qué. Me costó conciliar el sueño y cuando al final lo conseguí,
a las cuatro y media de la mañana sonó el móvil insistentemente. Lo cogí
alarmado, a esas horas de la noche nadie llama por teléfono para darte buenas
noticias. Me confundí, era Aizkorbe, el argentino trotamundos que trabajó un
tiempo conmigo.
—Joder tío ¿sabes
qué hora es? —fue lo primero que me salió.
—Ché Víctor, lo
siento de llamarte a estas horas, escucha lo que tengo que decirte. Te llamo
por si estás interesado en ir al Ártico, queda una plaza libre y me he acordado
de ti. Serían dos semanas y el precio serían dos mil euros. Es una expedición
que organiza National Geographic, la revista para la que trabajo. Mirá que es
una oferta bárbara, dime cuánta gente conocés tú que haya estado en el Círculo
Polar Ártico.
Me dice que es
ahora, al final del verano, la mejor época para visitarlo. que luego en
invierno las condiciones son más duras y apenas se puede salir del camarote. Que
sólo queda una plaza y el primero que la pida es para él. Como estoy con la
resaca y medio adormilado tardo un rato en reaccionar.
…
—Hola. ¿Me recibes?
—Sí, sí. Te
escucho. Bueno, me perderé algunas clases y ensayos pero cuenta conmigo.
—Zarpamos dentro
de una semana desde La Coruña. No te olvides de comprar pastillas contra el
mareo. Nos vemos en el puerto.
Una semana
después, ya en el barco, Aizkorbe me presenta a algunos compañeros de travesía:
biólogos, naturalistas, científicos. Hablo un poco con ellos y me dicen que el
viaje tiene varios objetivos que realizan todos los años como medir la
temperatura del agua, la cada vez más frágil banquisa, el retroceso de los
glaciares y cómo está afectando el cambio climático a la vida de los osos
polares.
Ya llevamos seis
días de navegación, paso mucho tiempo en cubierta tomando notas y observando el
horizonte. Un oficial de navegación con el que me cruzo me dice que estamos
entrando en el Círculo Polar Ártico y que en los meses de verano es frecuente
ver barcos con turistas que visitan esta zona en las que apenas se oculta el
sol. Me dice también que los barcos que navegan por estas aguas llevan todos el
casco reforzado para poder transitar entre los grandes trozos de hielo y el
frío extremo. Le pregunto si es posible bajar para pisar el hielo y me responde
que es preciso llevar calzado adecuado para ello y que sólo está permitido
bajar del barco cuando visitemos los glaciares.
El barco está muy
bien equipado. En la cafetería charlo con Aizkorbe, siempre con su sempiterno
mate en la mano, le pongo al día de mi vida y proyectos: la universidad, la
Banda de música, etc. Está contento con su trabajo porque dice que le permite
hacer lo que siempre ha anhelado; viajar, ver mundo, no instalarse en ningún
sitio. Me cuenta que no tiene pareja fija porque no quiere piedras en la
mochila, se considera una persona libre aunque a veces sienta envidia de
quienes tenemos pareja estable e hijos.
Hoy es día de
desembarco, visitaremos un glaciar de la mano de un guía naturalista y yo estoy
nervioso como un niño. Antes de subir a las zodiac nos reparten los chalecos
salvavidas pues en caso de caer, uno no resistiría mucho tiempo en esas frías
aguas congeladas. Avanzamos hasta la línea de seguridad que está como a unos
cien metros del glaciar. Contemplo la pared de hielo que tengo ante mis ojos de
unos cuarenta metros de altura. Siento la misma emoción que este verano al ver
el eclipse de sol o la noche con millones de estrellas en el firmamento que vi
en el campo en un pueblo de Cáceres hará un par de años. La naturaleza nos
regala momentos inolvidables que a veces no sabemos valorar. Uno del grupo
pregunta al guía si hay peces en estas aguas heladas, le contesta entre risas
que los peces de hielo, ciertos salmónidos y los móviles de turistas. Veo a la
gente que se abriga; el frío se hace notar. Luego, después de un paseo vamos al
barco y nos refugiamos antes de cenar al abrigo del bar-cafetería.
Al día siguiente
Aizkorbe tiene trabajo. Ha de fotografiar osos polares y su forma de cazar
focas, yo todavía no he visto ninguno. Normalmente los fotógrafos se hacen acompañar por algún
cazador con escopeta que en caso de amenaza disparan un dardo que deja al
animal dormido. Por la noche le he preguntado a Aizkorbe si ha visto alguno y
me ha dicho que sí, a una madre con su cría pero que estaba lejos y que no se
ha querido acercar. No obstante ha podido hacer algunas fotografías, también de
una foca tumbada al sol, pero que en cuanto ha visto su presencia se ha metido
en el agua. Yo tomo notas de todo lo que veo y escucho.
Por cierto,
nuestro barco se llama Ernest Schakleton en honor del célebre explorador que
intentó llegar al Polo Sur en la
Antártida en 1912. Es famoso el anuncio que puso en la prensa con el fin de
reclutar miembros para su expedición: “Se buscan hombres para viaje
peligroso. Sueldo escaso, frío extremo, largos meses de completa oscuridad, no
es seguro regresar con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.
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