sábado, 3 de febrero de 2024

Banderas

 

     Leo con sumo interés los diarios del escritor, político, diputado y expresidente de la II República Manuel Azaña, acaso el político más capaz y el mejor preparado de la historia de España del siglo XX. Gran orador, sus grandes discursos en las Cortes han pasado a la posteridad, al igual que en las citas electorales, donde era capaz de llenar plazas de toros y estadios deportivos de gentes venidas hasta de provincias para escucharle. Pese a todo, tuvo que hacer frente no solo a los enemigos de la República, sino también a los frecuentes ataques recibidos desde las propias filas republicanas, en especial de radicales y anarquistas. Acometió con valentía los grandes desafíos de su tiempo con el fin de modernizar el país y acercarlo a Europa, como eran elevar el nivel de educación y cultura, la reforma agraria, el voto femenino, la reforma del Ejército, el amor a la naturaleza (…”La Morcuera me interesa más que la mayoría parlamentaria y los árboles de mi jardín más que mi partido”), la separación de poderes de Iglesia y Estado, etc. El final de sus días, ya exiliado en Francia después de la derrota republicana, fue rocambolesco; nazis y falangistas pretendieron secuestrarlo cuando convalecía gravemente enfermo en un hotel, con el fin de juzgarlo por las nuevas autoridades de España. En el momento de su fallecimiento en 1940, el gobierno de Vichy no consintió que la bandera republicana cubriera el féretro. Pretendían que fuera la bandera bicolor pero su familia no lo autorizó. Finalmente lo cubrió la bandera de Méjico, pues este país realizó un gran esfuerzo por repatriar a miles de republicanos españoles que no podían volver a su país. Tal fue el odio que el nuevo régimen franquista sintió hacia su figura, que intentó que su nombre fuera proscrito. Así, a partir de 1936 el municipio toledano de Azaña lo rebautizaron con el nombre de Numancia de la Sagra cuando el regimiento del mismo nombre avanzaba hacia Madrid.

     Hace unos cuantos años, por cosas del azar, tuve ocasión de conocer a un sobrino-nieto de Azaña con el que con el paso de los años compartí algunas aficiones y una buena amistad. Lo curioso del caso es que nunca mencionó su parentesco, hasta que un día vi en el periódico su foto y la de su familia saludando al expresidente Aznar en una recepción privada. Entre risas me comentó luego que aquella fotografía le había dado muchos disgustos entre sus amistades más cercanas. Aquel intento de acercamiento le granjeó no pocas críticas a Aznar por considerarse heredero de la figura de Azaña. Meses más tarde invité a mi amigo a comer en mi casa un caluroso día de julio. Acudió con su madre (sobrina de Manuel Azaña), y en la sobremesa le pregunté a ella, a punto de cumplir noventa años, si tenía recuerdos de su tío. Me dijo que sí (le llamaba tío Manolo) y también comentó que conoció a Antonio Machado, Rafael Alberti y García Lorca entre otros. La sobremesa duró hasta las siete de la tarde desgranando anécdotas y recuerdos.  Fue la primera y última vez que la vi, poco después falleció.  Cuando acudí al tanatorio saludé a mi amigo y sus hermanos, los cuales velaban el cadáver. Al otro lado del cristal había una gran corona de flores junto al féretro, esta vez sí, cubierto por la bandera republicana y encima de ella una gran foto familiar con Manuel Azaña en el centro de la imagen.

     Acabo de visitar hace unos días el palacio de Buenavista, ubicado junto a la estatura de Cibeles, en lo que hoy es el cuartel general del Ejército. Desde el exterior apenas es visible debido al arbolado que lo rodea. Fue residencia de los generales Prim, Espartero y más recientemente del Jefe de Gobierno y luego presidente de la República Manuel Azaña. Mientras recorría las diferentes estancias y salones me lo imaginé paseando por el jardín, cavilando acerca de las personas idóneas para dirigir los diferentes ministerios o bien, preocupado en su despacho por el discurso de la guerra con la presencia del ejército rebelde a las puertas de la ciudad.

     

 

 

 

domingo, 7 de enero de 2024

La selva del Darién

 

     La selva del Darién es una región de Panamá que cada año atraviesan miles de migrantes en busca del anhelado sueño de Eldorado que para ellos significa llegar a EEUU. Hablar del Darién es hablar de una de las travesías más peligrosas del mundo: picaduras de mosquitos y serpientes, enfermedades, robos, tráfico de personas, violaciones y hambre. Los organismos internacionales, léase Gobiernos de la región, ONU, Corte Penal Internacional, etc no moverán ficha por ellos porque su único delito es ser pobres. Quienes se adentran en la selva son los mismos que semanas más tarde se subirán a la Bestia, el tren de la muerte que une Méjico con la frontera de EEUU viajando en la parte superior de los trenes sujetos con bridas y cuerdas para no caer en las vías cuando se queden dormidos. Nada será peor que lo que dejan atrás. Hablamos de una región de Panamá pero podríamos decir otros lugares como Somalia, Eritrea, Burkina Faso, Haití y tantos otros sitios donde a menudo la vida es un infierno.

     Joaquín (él prefiere que le llamen Xuaco), lleva más de cuarenta años en Panamá y conoce de primera mano la realidad del país. Es varias cosas en una sola: aventurero, explorador, cooperante, misionero. Tiene muy claro que su Dios es el de los pobres. Trabaja con el campesinado indígena creando cooperativas para su autoabastecimiento abogando por un comercio justo, libre de especuladores e intermediarios en medio de la exuberante vegetación que les rodea. Sabe bien lo que significa la palabra esperanza porque la ha aprendido de ellos, dicen que el que nada tiene confía en que algún día su suerte cambie. Su experiencia vital le ha enseñado que la maldad y el horror no es privativo de quienes cometen crímenes,  sino también de los que muestran indiferencia ante el dolor ajeno.

     Hace un par de meses recibió con sorpresa la llamada del  reportero de un equipo de la televisión sueca para  realizar un programa sobre los migrantes y las tribus indígenas que habitan en la selva panameña. Mientras se realiza la entrevista en uno de los pasos del Darién, la cámara va recogiendo el lamentable estado de las personas que los cruzan; sudorosos, llenos de barro, caminando hasta el agotamiento en busca del siguiente descanso donde les espera una pequeña red de apoyo que les facilitará agua embotellada, un plato caliente, atención médica para curar las heridas de los más débiles y, acaso, un refugio donde pasar la noche. A menudo los migrantes tienen que soportar la terrible visión de gente que ha fallecido, víctima de un viaje extenuante. Joaquín explica que uno de los problemas básicos es el de la comunicación con otras comunidades debido a que las carreteras o caminos son deficientes porque la selva literalmente los engulle. La única alternativa es el transporte a través de los ríos pero las canoas son lentas y escasas. El reportaje incluye una visita a los indios indígenas Emberá, Joaquín conoce su idioma y habla con los jefes de la tribu y explica al entrevistador su estilo de vida y costumbres. Los Emberá es una comunidad apegada a la tierra, defienden su territorio frente a las amenazas que sufren por parte de los caciques locales y las empresas multinacionales con el fin de que abandonen sus tierras para poder realizar prospecciones en busca de gas y otros materiales. Explica que la llegada del turismo invasor es también una amenaza para ellos puesto que altera su estilo de vida. Todo el mundo pretender hacerse fotos con ellos, quieren conocer sus viviendas a cambio de tabaco, alcohol, teléfonos móviles o zapatillas de marca.

     Ha pasado ya un mes desde entonces y hay días en los que se acuesta con amargura pensando si su trabajo sirve para algo, son momentos de flaqueza, todo el mundo los tiene. Pero hoy ha recibido una gran noticia desde Estocolmo. Le han comunicado que hace unos días  se emitió el reportaje en horario de máxima audiencia y que nada más terminar, la centralita se bloqueó debido a la gran cantidad de llamadas ofreciendo ayuda material para sus proyectos. Después de cenar, acude como es su costumbre a la mecedora, tranquilamente enciende su pipa y piensa que en el fondo es una persona afortunada. Sabe que la gente le aprecia y aunque su Dios a veces parece que es un poco sordo, al final siempre le escucha.

 

miércoles, 13 de diciembre de 2023

La música, ese arte

 

     Hace unos meses tuve la oportunidad de asistir en mi barrio a un concierto de música barroca a cargo de un grupo de cámara. Obras de Bach, Haendel, Vivaldi, Pachelbel, etc. Los músicos eran chicos jóvenes con una gran formación musical, todos menores de treinta años y poseedores del grado superior, es decir, gente talentosa con un gran futuro por delante.

    Faltaría a la verdad si no dijera que sentí envidia sana pero, a pesar de haber asistido a un gran concierto, hoy no vengo a hablar de ellos sino a poner en valor y a reivindicar a todas esas personas que ya en la edad adulta apuestan por estudiar música y a aprender a tocar un instrumento, entre las cuales me incluyo. Quiero resaltar ese esfuerzo porque simultanear dicho aprendizaje con el trabajo profesional no es nada sencillo; apenas dispones de tiempo, llegas cansado de trabajar, tal vez tienes hijos pequeños y has de buscar tiempo para practicar o asistir a clase.

     La música es algo inherente al ser humano porque el latido del corazón es nuestro metrónomo y nos acompañará a lo largo de nuestra vida. A diferencia de la política, la música siempre tiende puentes entre diferentes culturas (Leonard Cohen decía en una de sus canciones que “las fronteras son mi cárcel”), posee además un único y universal idioma aunque los ejecutantes sean de diferentes países. Es además la más universal de las artes, nos alegra la vida, es agradecida, te devuelve con creces el tiempo que has empleado en ella, potencia otras capacidades y disfrutas y haces disfrutar a quienes te escuchan.

     La música nos trae recuerdos, es inevitable no asociar determinada canción a una época, a un lugar o a una persona. Significa también melancolía de lo que un día fuimos. Cada época tiene sus himnos y sus canciones nunca pasan de moda porque somos fieles a ellas. Las mías eran y siguen siendo un buen ramillete que nunca me canso de escuchar: “Yesterday”, “Los sonidos del silencio”, “Imagine”, “You never can thell”, “Cotton fields”, “Stand bye me” o “Hello Mary Lou” entre otras muchas. Gracias a la música he podido descubrir nuevos ritmos, visitar algunas ciudades, pero sobre todo me ha servido para conocer gente maravillosa, entablar relaciones de amistad y compartir buenos momentos. La música nos emociona porque los seres humanos, aunque pertenezcamos a diferentes culturas, en lo fundamental estamos hechos de la misma materia. Las armas del mundo no deberían ser los cañones, las bombas y misiles sino los violines y trompetas, los clarinetes, los violonchelos, las flautas y las tubas, acompañados por las voces del coro interpretando esa joya que es la Novena Sinfonía de Beethoven, el himno que canta a la fraternidad entre todos los pueblos de la Tierra.

jueves, 30 de noviembre de 2023

Nueva religión*

 

     Ya nos habían advertido que aquel profesor nunca defraudaba ni dejaba indiferente a nadie. Ocurrió hace un año aproximadamente en clase de Sociología. El profesor, mucho más joven que nosotros, con vaqueros, barba y pelo largo, nos contó que él no estaba allí para enseñar, que posiblemente nosotros, sus alumnos, sabíamos más que él, sino que su labor era la de despertar algunas conciencias a través del pensamiento crítico de la realidad en la que vivimos. Acto seguido nos preguntó cuál era el medio más influyente en nuestro  entorno social y cultural. Algunos le respondieron que el cristianismo, otros que el islam, etc.

     —Frío, frío. El asunto no va por ahí —dijo con una sonrisa mientras se paseaba por la clase. Algo tramaba, estuvo un buen rato paseando entre las mesas con las manos en la espalda mientras esperaba oír alguna nueva respuesta.

     —Internet, las redes sociales —aventuró otro, seguro de dar en el clavo. El profesor volvió a negar con la cabeza.

     —Yo creo que el teléfono móvil —insinuó un tercero.

     —Tampoco —fue su respuesta.

     —La globalización —preguntó un cuarto.

     El profesor, después de pensar unos segundos respondió.

     —Bueno, eso podría ser consecuencia de algo anterior. Hoy en día lo llamaríamos efecto colateral, pero tampoco es eso.

     Nos miramos unos a otros  mientras nos observaba con gesto divertido.

     —Alguna sugerencia más o se rinden ustedes.

     Después de algunos segundos de duda, una compañera que estaba en las primeras filas intervino.

     —Vale, nos rendimos.

     El profesor se quedó en pie frente a la clase. Todos le miramos con expectación, como el público que, ansioso espera el truco que el mago está a punto de realizar.

     —No señores, el medio más influyente en nuestro entorno se llama Mercado. Y cuando hablo de mercado me estoy refiriendo a fuerzas anónimas, sin rostro ni domicilio fijo, ninguno las ha elegido pero tienen mucho poder y nadie es capaz de limitar, controlar o guiar. Es un dios invisible, pero de una gran influencia en la vida de todos nosotros.

     Ante las caras de extrañeza que vio en nuestros rostros siguió hablando.

     —Sí, han oído bien y todos, en mayor o menor medida, pertenecemos a esa religión. Como el resto de creencias, ésta también tiene sus rituales, sus sacerdotes y propagandistas, solo que estos no usan ropajes llamativos; visten a la manera occidental y por supuesto tienen sus códigos, controlan la inmensa mayoría de los medios de comunicación y hasta las mismísimas aspiraciones de la mayoría social. Su primer mandamiento es el Consumo. Por supuesto también tienen sus teóricos, las universidades más prestigiosas, sus escuelas de negocios y sus dogmas. Muy de vez en cuando surgen crisis pero siempre salen fortalecidos de ellas. El Balance y la Cuenta de Resultados es el punto final, cuyo máximo objetivo se llama Beneficio.

     Nos miramos con gesto entre divertido y de sorpresa. La verdad es que tenía más pinta de líder estudiantil que de profesor universitario. Siguió hablando.

     —Al igual que el resto de religiones, tiene sus lugares de culto, el principal de ellos es la Bolsa o, si lo prefieren ustedes Wall Street. Allí fijan las miradas sus ministros y valedores con el fin de observar cómo van sus cotizaciones.

     En ese momento el compañero que estaba a mi lado exclamó.

     —Pero existe una diferencia fundamental. Esa religión como usted la llama, no promete ni cree en otra vida después de la muerte.

     —¿Quién ha afirmado eso? —dijo levantando la cabeza. Mi compañero levantó tímidamente la mano. A grandes zancadas se aproximó hasta casi tocarlo.

     —Tenga usted la completa seguridad de que si pudieran vender parcelas de cielo  en cómodos plazos lo harían —afirmó provocando las risas de toda la clase. Siguió hablando.

     —Como rasgos distintivos del Mercado podemos citar dos. De una parte, la falsa sensación de felicidad que nos proporciona el hecho de adquirir determinados bienes y de otro su voracidad, nunca es suficiente, siempre quiere más. Por lo demás, si algo caracteriza a nuestra sociedad es el miedo y el miedo provoca incertidumbre. Miedo a que nos quiten lo nuestro, miedo a lo desconocido , a lo que viene de fuera. El miedo se ha convertido en una nueva mercancía de consumo y se ha sometido a las leyes del mercado.

     —Alguna pregunta más? —dijo levantando la mirada a toda la clase.

     Todos nos quedamos en silencio. Acto seguido consultó su reloj. Era la hora de terminar. En efecto, en su primera clase el profesor no había defraudado.

 

    

     *Con este nuevo relato retomo mi blog. Quienes tenemos inoculado el virus de escribir, no podemos evitarlo. Mi vida se vuelve errática y confusa.

sábado, 2 de septiembre de 2023

Adiós sin pena

 

     Tal y como suele ocurrir en la vida, a todo inicio le corresponde su final, en este caso literario, aunque tengo que decir que yo nunca imaginé que mi viaje fuera tan largo y fructífero. Empecé este blog unos meses antes del inicio de la pandemia y, lo que en un principio pensé que sería algo coyuntural, se convirtieron en cuatro años (cuarenta y ocho meses consecutivos), de contar historias, cuentos, microrrelatos y vivencias, casi un centenar. Confieso que he disfrutado mucho, hasta el punto de que a veces me levantaba de la cama de madrugada con el fin de añadir la frase adecuada o para sustituir  una palabra que no se ajustaba a los que yo quería expresar.

     Quiero aprovechar y dar las gracias a quienes han tenido la paciencia de leerme; han sido dos mil visitas, correspondientes la mayoría a familiares y a mi círculo de amistades más próximo las que se han acercado a este blog sin el respaldo y difusión de las redes sociales. Imagino que mucha gente que desconozco se habrá colado en el universo de internet, porque de otra forma no me salen las cuentas.

     En estos momentos ignoro qué nuevo reto vendrá después, pero ante todo debo decir que el hecho de escribir me mantiene despierto y activo. Crear historias me parece siempre fascinante, saber contarlas es algo mágico. Yo solo soy un advenedizo, un  aprendiz cuyo único mérito consiste en ser perseverante y tozudo. La historia de la humanidad es la capacidad que han tenido todos los pueblos de crear narraciones maravillosas, desde “Las mil y una noches” de persas y árabes y la influencia que han ejercido en Occidente, pasando por los clásicos Chejov, Poe, Wilde, London, Dickens y tantos otros hasta los cuentos infantiles y canciones de cuna de nuestros días. A veces me preguntan si lo  que escribo son hechos reales o ficción. La ficción no resta valor a la escritura o a un género literario, al contrario. Estamos demasiado acostumbrados al cine cuando nos dicen que tal historia “está basada en hechos reales”. Las que no lo están ¿pierden valor? En absoluto, no son reales pero pueden ser verosímiles.

     Cierro este blog con la esperanza de que hayáis disfrutado o, al menos dejado sorprender  por algunas de las propuestas. También para mí ha sido una experiencia positiva. Nunca hubiera imaginado que pudiera tener lectores en lugares tan dispares como Guatemala o Canadá. Estoy convencido de  que todo el mundo tiene una historia para contar; si no lo hacemos es por alguna barrera que nosotros mismos nos hemos autoimpuesto. Yo también la tenía hasta que me liberé de ella. En todo caso fue un placer compartir estos buenos momentos. Saludos.

 

martes, 1 de agosto de 2023

La sima de Igúzquiza

 

     En este tiempo de posmodernidad donde se priorizan las formas y aupamos como referentes a celebrities, influencers y youtubers (con sus millones de seguidores), vengo a hablar de hechos acaecidos en el pasado reciente, de historias que han llegado hasta nosotros a través de documentos o por tradición oral, y de cómo la literatura los ha recogido y amplificado, pues nada de los que somos y hacemos es ajeno al hecho de contarlo a las generaciones futuras con más o menos grado de acierto y verosimilitud.

     La historia es la siguiente: durante la tercera guerra carlista (1872-1876) habitaba en Tudela un personaje siniestro llamado Ezequiel Llorente alias “Jergón”. Era chaparro, moreno, cejijunto y con cara de pocos amigos. Con este aspecto y con su mirada torva, escrutadora, de matón de barrio, imponía a cualquiera. Cuando abandonó a su mujer y a sus cinco hijos pasó a ser lugarteniente del cabecilla y amigo de fechorías  Félix Rosa Samaniego, expresidiario, ambos simpatizantes del bando carlista, que se dedicaron a la caza y captura de espías y confidentes a los que detenían y luego asesinaban. Cuentan las crónicas que liquidaron a más de doscientos liberales, a quienes los arrojaban, algunos todavía vivos, a una sima en Igúzquiza. El tal Jergón tenía la costumbre de arremangarse los pantalones y luego, en la taberna de la Feliporra de Estella se vanagloriaba de sus tropelías, diciendo que cada vuelta de su pantalón, una, dos, cinco, seis, correspondía a espías o confidentes que aquel día había arrojado a la sima.

      Estos dos hombres, llamados “partidarios indignos” se aprovecharon de aquellos años turbulentos en los que las fechorías quedaban desdibujadas bajo el oscuro manto de la guerra. Igualmente se jactaba de haber frito en la sartén las orejas de las personas que posteriormente eran arrojadas a la sima. No sabemos dónde termina la verdad y dónde empieza la leyenda en cuanto a los desmanes cometidos, pero eso no resta un ápice de la maldad de estos personajes. En 1876, meses después de finalizada la guerra, alguien reconoció a Jergón en una taberna de Lerín, pueblo cercano a Estella. Fue entregado a las autoridades y posteriormente trasladado a la cárcel de Pamplona. Acabó fusilado al pie de la sima y luego arrojado a ella. Jergón alcanzó la siniestra gloria de ser cantado en coplas de ciego de pueblo en pueblo.

     De tan truculenta historia se hicieron eco los periódicos y literatos de la época. También Pérez Galdós en su novela “La desheredada” nombra la sima de Igúzquiza. Pero fue Alejandro Sawa, escritor y periodista, que formó parte de la bohemia finisecular madrileña, el que publicó una novela en 1888 contando los hechos que acabamos de narrar. Viajó a París donde conoció a Víctor Hugo y Verlaine. Murió pobre, ciego y perdida la razón, e inspiró a Valle Inclán para crear a su personaje Max Estrella en “Luces de Bohemia”.

     Hace unos pocos días he visitado la sima, ahora parcialmente tapada su boca por la abundante vegetación. En la zona existen tres dolinas que crean un gran socavón de terreno. La sima tiene unos sesenta metros de profundidad y en su interior hay un microclima que hace crecer  especies de otras latitudes más húmedas. Estremece pensar que justo en ese lugar se cometieran tantas atrocidades sin juicio alguno, entre otras razones  porque para el fanatismo la indulgencia es un signo de debilidad.

 

lunes, 3 de julio de 2023

Dime quién soy

 

     Todo comenzó como comienzan las cosas a las que apenas prestamos atención; que si pequeñas distracciones, despistes, olvidos… en fin, nada que no le haya ocurrido alguna vez a la mayoría de la gente, pero que,  pasado  un tiempo, se nos revelan importantes cuando ya es demasiado tarde.

     Agustín es septuagenario y se encuentra en un centro especializado para atender a pacientes que tienen el mismo problema que él. El edificio es moderno, cuenta con piscina climatizada, gimnasio, biblioteca y un pequeño salón donde en fechas señaladas se celebran conferencias, conciertos de música o bien obras de teatro para los internos. Su habitación es luminosa y da a un parque donde a diario ve jugar a los niños en su hora de recreo. Todas las mañanas Roberto, un empleado del centro, le ayuda a vestirse. Es simpático, lleva veinte años trabajando con enfermos y ha visto de todo. Una vez que le ha ayudado a vestir le recuerda que debe tomar la medicación antes de bajar al gimnasio para hacer los ejercicios. A veces Roberto se enfada con él porque se niega a ir al gimnasio y le contesta que esas son rabietas como las de los críos.

     Cada quince días Agustín recibe en su habitación la visita del doctor Cabrera, el cual le hace preguntas acerca de su salud, si se encuentra a gusto en el centro y demás pormenores de interés. El paciente le responde apenas con monosílabos, entre otras cosas porque tiene dificultades para construir un discurso fluido y coherente. Además, la bata blanca le intimida y piensa que le están examinando o evaluando cada vez que el doctor acude a verle. Puestos a elegir prefiere la compañía de Roberto, a pesar de que a veces se enfada con él porque no quiere bajar al gimnasio, sin embargo a diario le gasta bromas y le hace reír con sus ocurrencias y las cosas que cuenta.

     Hoy es el cumpleaños de Agustín aunque él no lo sabe. Por la tarde recibe la visita de un muchacho joven, de unos treinta años. Su cara no le dice nada, más tarde duda, le pasa a menudo. Le pregunta qué ha comido pero no lo recuerda, e intentando salir del apuro le responde lo primero que le viene a la mente. Los dos se observan como buscando la manera de comunicarse sin que el otro sufra. Deliberadamente sortean las preguntas incómodas. La de uno: ¿qué haces aquí? La del otro: Sabes quién soy? El joven es consciente de la situación; le habla con pausa de su trabajo, de los planes que tiene y de las pequeñas cosas del día a día. En un momento dado le entrega un regalo y con gesto de sorpresa Agustín lo abre despacio, intentando no romper el envoltorio pues entiende que es algo delicado. El contenido es un álbum de fotografías, los dos se sientan  junto a la mesa y comienza a pasar las hojas mientras el joven observa la expresión de su rostro en busca de reacciones, pero apenas mueve ningún músculo de su cara ni hace comentarios. En ese momento suena un timbre, es la hora de la cena y también  la despedida de las visitas. Los dos se levantan, el joven le da un abrazo y le dice adiós papá, volveré la semana que viene.