viernes, 6 de agosto de 2021

La gallera

     Wilfredo Rojas es el propietario de una mina ilegal de carbón  en el estado mejicano de Coahuila que le proporciona pingües beneficios a costa de ofrecer bajos salarios y escasas condiciones de seguridad a sus trabajadores. Es aficionado a las peleas de gallos en un conocido palenque de la capital donde los fines de semana se apuesta fuerte,  local en el que también corre el alcohol para divertimento de quienes lo frecuentan. El lugar cuenta además con la protección de  agentes de seguridad a las puertas del recinto. El gerente del negocio no quiere generar mala publicidad y controla  con celo a quienes acceden a él.  Wilfredo es rico, suele dejar generosas propinas en el local pero en cambio es reacio a invertir y mejorar las condiciones de trabajo en su mina. Sabe que las autoridades a menudo hacen la vista gorda y además se perfila como candidato para las próximas elecciones a la alcaldía. Por su falta de inversión en seguridad hubo un derrumbe en la mina hace dos años que costó la vida de un trabajador llamado Marulanda.

    El sábado es un hervidero de gente que apuesta en la gallera. La mayoría de los presentes son hombres, salvo tres o cuatro mujeres de compañía que revolotean entre los clientes. De entre los  jugadores sobresale uno, alto y rubio, que va cubierto con un sombrero blanco de ala ancha y que destaca del resto de hombres de tez aceitunada. Ha hecho un par de apuestas fuertes y las cosas le van bien. Se trata de Wilfredo, que está celebrando algo y  hoy es su día de suerte. Entre la concurrencia hay un hombre que se mueve con sigilo y que observa todo con discreción. Poco después se acerca a uno de su confianza.

—Compadre, vigílame a ese blanquito güevón —le dice al oído.

    Luego sale del recinto y hace una llamada urgente. Horas más tarde Wilfredo abandona sonriente el local. Ha ganado veinte mil dólares y se hace acompañar por una mujer treinta años más joven que él. Pocos metros más adelante dos hombres les esperan y les cortan el paso.

—Queremos platicar un momento con usted pero antes vamos a dejar que la damita  se vaya a su casa porque esto no va con ella.

—Qué quieren ustedes? —pregunta  él en tono desafiante.

—Que trate mejor a su gente, no más -le responden.

    Wilfredo no reconoce a los hombres como trabajadores suyos. Deben ser del sindicato, que andan siempre alborotando e inculcando ideas raras. Gente rencorosa que les das trabajo y te lo agradecen organizando huelgas.

—Le fue bien en la gallera, no es cierto? Vemos que compró buena compañía.

    Wilfredo, que siempre va armado, no dudaría en sacar su arma  para deshacerse de esa chusma, otras veces ya lo ha hecho, pero sabe que sus atacantes también lo están y lleva las de perder. El que manda saca la pistola y a una señal suya el otro le cachea quitándole el arma y el dinero que lleva encima.

—Sabía que sólo son vulgares ladrones.

—En eso se equivoca, compadre. Esta plata no es para nosotros. Se acuerda de Marulanda? Dejó tres niños pequeños, ellos la necesitan más que usted. Diremos a su esposa que el patrón se dio cuenta del daño que hizo y que de esta manera quiso repararlo. Encima usted quedará bien.

    Por si esto no fuera suficiente los asaltantes también se llevaron sus pantalones dejándole en paños menores. Es lo que más le humilló.

miércoles, 7 de julio de 2021

La sabiduría de los años

      En casa de Clara no faltan los problemas. A ello se añade que  el padre —que trabaja en la factoría de coches Nissan— es uno de los afectados  por la regulación de empleo que ha presentado la empresa debido a la crisis en el sector. Su madre lo hace en una empresa de limpieza que tiene la contrata   de un colegio público y otros centros municipales. Ve la explotación y las condiciones laborales en las que trabajan, pero no tiene más remedio que callar porque sabe que hay  candidatas que harían su trabajo por un salario  todavía más exiguo que el suyo. Clara, de quince años, es consciente de la situación que hay en casa aunque sus padres nunca han abordado el tema estando ella presente, pero las caras de preocupación y los silencios indican que algo no marcha bien.

     En la misma acera, unos pocos metros más allá, está la casa de su abuela Aurelia. Tiene  ochenta y tres años,  vive sola pero goza de buena salud y se apaña bien en el día a día. Dice que mientras ella pueda valerse no quiere ser un estorbo para su hija, se siente libre por primera vez en su vida y quiere disfrutar de los  años que le quedan como una nueva oportunidad para hacer cosas y sentirse útil. Clara está muy unida a su abuela, a menudo va a su casa a hacerla compañía y a veces se queda a dormir. Hoy Aurelia observa a su nieta y nota en sus gestos y  en la manera de comportarse que alguna preocupación le ronda por la cabeza. Se sienta a su lado y le coge  la mano.

     —Ahora cuéntame a qué se debe esa carita triste.

     Clara tiene confianza con su abuela, ésta continuamente le pregunta por sus estudios, qué carrera piensa elegir cuando vaya a la universidad y si algún chico se ha fijado ya en ella. Para Clara la casa de su abuela es una especie de refugio donde acudir cuando los canales de comunicación en casa se rompen debido a las tensiones  que surgen entre sus padres. Han charlado muchas veces, y casi tiene más confianza con ella que con su madre, pero hoy no encuentra remedio  a su desazón y se ve perdida sin saber a quién recurrir. Una lágrima resbala por la mejilla hasta la comisura de sus labios.

     —El chico con el que salgo me ha dejado —responde en medio del llanto. 

     La abuela la abraza y  acaricia su melena levemente rizada. Ver a su nieta así  es como una punzada que siente en su corazón pero deja que se desahogue porque sabe que lo primero que debe hacer es dejar que libere toda la tensión acumulada.

     —Ay mi niña —le dice con ternura—. Sé cómo te sientes pero la vida no se acaba en ese chico, conocerás a muchos otros. Tu abuelo tampoco fue el primero al que conocí. No tengas prisa, hay que saber esperar y sobre todo saber elegir. ¿Te dio alguna explicación? 

     Clara se encoge de hombros. Sabe perfectamente que el verdadero motivo es Jennifer, una morena muy llamativa con aires de modelo. Su abuela interpreta ese silencio como un no.

     —Me da que ese amigo tuyo es un tontaina un poco presumido.

     —¡¡Abuela!! Bueno, la verdad es que un poco sí —responde poco después cabizbaja con una media sonrisa. 

     Verla sonreír de nuevo le devuelve la alegría. La experiencia que dan los años es el único patrimonio que ella posee y trata de aconsejarla lo mejor que puede. 

     —No dejes que nada ni nadie arruine los  mejores años de tu juventud, porque la vida es un regalo maravilloso que nos es dado para disfrutarlo. Los verdaderos problemas vendrán más adelante, pero eso ahora  te pilla demasiado lejos. No hay un solo día que haya dejado de dar las gracias por haber nacido a pesar de que nos tocó vivir una época dura y difícil. La vida es una noria que sube y baja. Lo que ahora ves como una tragedia, dentro de unos años lo considerarás un episodio más, ni siquiera importante en tu camino. 

     Clara le escucha tratando de asimilar esas palabras que  le han liberado de una profunda tristeza y sobre todo de una gran decepción. Se abraza a ella y piensa que tal vez su abuela tenga razón.

martes, 15 de junio de 2021

Tal día como hoy

      Tal día como hoy, el 15 de junio de 1977, se celebraron las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco casi dos años antes. Se trataba de las primeras elecciones libres tras cuarenta años de dictadura. Ese día acudí como apoderado de un partido de izquierdas a un colegio público situado en San Cristóbal de los Ángeles, uno de los barrios más deprimidos de Madrid. Se palpaba el nerviosismo ante la falta de práctica en estos menesteres de todos los que componíamos la mesa, nadie conocía los mecanismos y nos veíamos obligados a improvisar o a  echar mano de los manuales sobre cómo actuar. Recuerdo que antes de comenzar las votaciones el representante de un partido de izquierdas formuló la petición de que el crucifijo que presidía el aula se retirara con el fin de no orientar el voto hacia una determinada opción. Era normal por aquel entonces que determinada simbología apareciera en lugares públicos (estando yo en la mili en el año 1979, un enorme retrato de Franco todavía presidía el comedor del cuartel en Ceuta con una dedicatoria: "en recuerdo de mis años de teniente y capitán"), con el fin de que el tejido  social se impregnara. La proposición fue secundada por mayoría ante la protesta de algún partido de derechas y el referido crucifijo se guardó en un  cajón de la mesa. 

     Salvo ese incidente, las votaciones se desarrollaron con normalidad y hubo una gran participación en aquel día histórico. Pasadas las ocho de la tarde finalizaron las votaciones, en ese momento votamos la Mesa,  los apoderados a continuación y dio comienzo el escrutinio. Los nervios afloraron de nuevo.  Luego, la sonrisa se me fue helando conforme iban  transcurriendo los minutos. Mi partido tan sólo obtuvo un voto: el mío.

viernes, 4 de junio de 2021

Pagar con la misma moneda

     En tiempos de crisis la xenofobia es una característica común a todas las sociedades. Es como un virus que ataca a la mayoría de estamentos sociales como bien pude comprobar yo mismo recientemente. Como las desgracias nunca vienen solas, por esa época andaba yo enemistado con el mundo debido a que semanas atrás me habían robado el coche, y más recientemente, en un descuido mío, también la cartera, con la consiguiente pérdida de tiempo en denuncias y otros trámites engorrosos.

   Sucedió que por esas fechas debía viajar a Barcelona por asunto de trabajo y me encontraba en la estación de Atocha haciendo tiempo hasta la salida del tren. Una docena de personas nos encontrábamos en el exterior, unos fumando y otros haciendo llamadas desde su móvil en la explanada que hay debajo de la torre del reloj, donde antiguamente los taxis hacían turno para recoger a los viajeros. Un vagabundo de aspecto desastrado merodeaba por el lugar con una lata de cerveza en la mano pidiendo dinero para coger el metro. Instantes después apareció una mujer ya entrada en años, con un viejo abrigo ya raído  y en zapatillas de andar por casa mendigando unas monedas en una frase aprendida y repetida centenares de veces. Por el acento me pareció rumana o de algún país eslavo. El vagabundo nada más verla le espetó a grandes voces:

   —Ehh, ehh. Largo de aquí hija puta. ¿No ves que me estás jodiendo a mí? Vete a tu país!!

   La mujer, humillada, bajó la cabeza y dio media vuelta. Nadie hizo el menor comentario y el mendigo continuó con su perorata ante la indiferencia general de los allí reunidos. A mi lado un joven mochilero sacó su paquete de tabaco y encendió un cigarrillo. Iba cargado con un macuto a la espalda y saco de dormir. Lucía una poblada barba y larga melena recogida en una coleta. Su aspecto no difería demasiado con respecto al vagabundo salvo su indumentaria, limpia y cuidada y por las botas de alta montaña. Momentos después el vagabundo se le acercó haciendo gestos de pedirle tabaco.

   —¿Me puedes dar uno? —preguntó con voz ronca.

   El mochilero le miró con mal disimulado desprecio.

   —¿No te da vergüenza tratar así a la gente? Los perros muestran más sensibilidad que tú. ¿Quién te da derecho a echar a nadie? ¡¡Largo de aquí!!

   El vagabundo se retiró echando pestes y mascullando entre dientes mientras el mochilero apagaba su cigarrillo en una cajita que sacó del bolsillo. Gracias a él, que demostró más dignidad que el resto, me reconcilié con el género humano.

     

miércoles, 26 de mayo de 2021

Consejo

      Se lo advertí pero no me hizo caso. El día que Juan se casó con Svetlana, la profesora de matemáticas, empezaron los problemas.

martes, 11 de mayo de 2021

Un lugar en el mundo

      Hay muchos lugares mágicos que a todos nos fascinan: las Pirámides de Egipto, las Cataratas del Niágara, el Gran Cañón del Colorado, la Gran Muralla china... pero son lugares demasiado concurridos para mi gusto. Es como un bonito escaparate con decenas de caras pegadas al cristal. Si tengo que elegir prefiero los parajes solitarios al abrigo de turistas o curiosos y, por supuesto, lejos del ruido y de la contaminación de las grandes ciudades, porque allí donde no llegue el asfalto es más fácil que se preserven.

     Mi sitio favorito es un rincón apartado, no es famoso ni tampoco conocido, ni quiero que lo sea. Es un viejo molino enclavado en las faldas de un monte y paralelo al curso del río que siempre me evoca recuerdos de mi niñez. Cada vez que tengo ocasión me acerco a visitarlo porque allí encuentro el sosiego y la paz que necesito. Desde hace muchos años el molino se encuentra abandonado  pero a su valioso pasado histórico se une la belleza del lugar. La última vez que me acerqué me senté a la sombra una calurosa tarde de agosto desde donde se divisaba una bella panorámica  de la presa con algún pescador solitario. Desde allí observé el agua remansada, y al otro lado de la orilla los terrenos con altos chopos que un día pertenecieron al Marqués de Riscal. El rumor del agua de la presa, siempre presente, me evocaba el tiempo de vacaciones y las risas y juegos  de juventud. 

 

    Mi abuelo materno tenía una pequeña huerta al otro lado del río, que lo atravesaba en una barca situada junto a unos juncos al lado de la presa. Cuando las aguas del río todavía bajaban limpias era frecuente ver  anguilas, nutrias y truchas, ahora especies desaparecidas. Cuando el implacable sol comienza a caer  paseo por los alrededores y contemplo los muros del molino poblados de grafitis que las tribus  urbanas han dejado como recuerdo. En su interior la vegetación incontrolada se ha ido adueñando y la hiedra ya cubre los gruesos sillares de piedra. Por suerte, aún podemos contemplar la bella calzada medieval de acceso al molino.


      Indagando en su pasado, hace algunos años encontré en el Archivo Histórico Nacional una carpeta repleta de documentos que hablaban de este molino y que recogía numerosos procesos judiciales entre el arrendatario y algunos vecinos a cuenta de la molienda del grano. El molino fue propiedad de los Templarios y tras su disolución a principios del s. XIV, pasó a manos de los Caballeros de la Orden de Malta. En uno de los procesos, los propietarios del molino fueron llevados a juicio en 1584 acusados de haberlo ampliado sobre terreno público alegando que por allí pasaba el Camino Real y que de esta manera éste se estrechaba. Soy consciente de que me hallo en un sitio especial y de que los muros que ahora contemplo han sido testigos del devenir de las gentes y se su  propia subsistencia durante siglos. El paso del tiempo resulta implacable pero el viejo molino, aunque abandonado y medio en ruinas, todavía se conserva en pie orgulloso de su pasado. El edificio y aledaños no gozan de protección oficial, haciendo bueno el dicho de que en este país ignoramos y a veces despreciamos nuestro patrimonio y lo perdemos  para las generaciones venideras.

     Ya no se oyen las risas y los juegos infantiles de antaño, el silencio se ha adueñado del lugar, solo interrumpido por el permanente rumor del agua de la presa. Cuando me retiro ya al atardecer, me vuelvo para echar una última mirada al conjunto y guardarlo en mi memoria, hasta la llegada de mi siguiente visita.


miércoles, 28 de abril de 2021

La condena

      Los policías de la científica se movían detenidamente en el lugar del crimen sacando fotografías y buscando todo tipo de huellas. Encima de la cama el cadáver de un hombre desnudo yacía boca arriba con un disparo en el pecho a la altura del corazón. Acedo, el inspector  de homicidios, preguntó si ya habían avisado a la familia. Estaba malhumorado porque el caso se lo habían adjudicado a él debido a que Santesteban, su titular,  casualmente se encontraba de baja por enfermedad. Éste era famoso por haber resuelto casos con asombrosa rapidez.

     Dibujó una mueca de fastidio mientras se preparaba para dar una primera información a los periodistas que se apostaban  a la entrada del edificio. El asesinato de un conocido empresario de sesenta y siete años en un club de alterne con posibles ramificaciones con el narcotráfico, auguraba una investigación larga y compleja, además de suponer una suculenta noticia para los profesionales de la información,  sobre todo para la prensa sensacionalista que no ahorraba medios para informar de todo lo que oliera a escándalo. Algunas cadenas de televisión ya se encontraban allí apostadas  con sus trípodes y cámaras pese a lo temprano de la hora. ¿Cómo demonios se habrían enterado? Nada le importunaba más que aquella pandilla de alimañas pendientes de cualquier migaja de información que luego seguramente  sería tergiversada o manipulada. Cuando terminó de informar a la prensa consultó su reloj. Estaba deseando que abrieran los bares para poder desayunar en condiciones pues le habían levantado a las cinco de la mañana sin tiempo ni para tomar un café.

     Sobre las ocho alguien le avisó de que la viuda acababa de llegar. Inmediatamente salió a recibirla. Le calculó unos cincuenta años, era muy atractiva e iba elegantemente vestida. El inspector se preguntaba cómo con una mujer así podía  uno irse de putas. Se mostraba pesarosa pero en todo momento mantuvo la serenidad  y la compostura; nada que ver con otros casos en los que había sido testigo de escenas y gritos desgarradores.

     —Yo misma ordené que lo mataran —dijo con aparente frialdad.

     —Pero...¿Por qué? —preguntó incrédulo, sin entender que  de repente ella se autoinculpara.

     —Tenía un cáncer muy avanzado. Estaba desengañado de la vida y siempre decía que prefería una muerte rápida. Le amaba y fui feliz junto a él pero yo no podía soportar que siguiera sufriendo. No quería hacerlo conmigo porque decía  que podía contagiarme su enfermedad. Lo maté por amor.

      Mientras le ponía las esposas, el inspector vio resbalar una lágrima por su mejilla. Nunca en su vida profesional había resuelto un caso de manera tan rápida. Faltaba por saber quién fue la mano ejecutora pero ese era un detalle que la viuda a buen seguro se encargaría de aclarar. Como mínimo se ahorraría tres años de condena por colaborar.