Existe una
filosofía tradicional africana (particularmente arraigada en el área
subsahariana), según la cual los humanos morimos dos veces: la primera muerte
llega cuando el corazón deja de latir, y la segunda cuando fallece la última
persona que te conoció o cuando tu nombre es pronunciado por última vez.
Mientras la comunidad, la familia o la tribu siga recordando al difunto su
memoria sigue viva. Luego llegará el largo olvido, el olvido que seremos.
Añado esta pequeña
pieza al relato porque en primer lugar estoy muy de acuerdo con esa filosofía y
en segundo término porque yo mismo lo he comprobado este pasado fin de semana
cuando he visitado el pueblo (Rincón de Soto) donde yo viví hasta los siete
años. Comentamos las calles sin asfaltar, los barrizales que se formaban en
invierno, la sirena de la fábrica conservera. Reconocí perfectamente el lugar
donde estaba ubicada la escuela, un edificio municipal, recuerdo las canciones
falangistas que cantábamos al comienzo de clase, alguna que otra anécdota como
aquella vez que el maestro le tiró la regla a un compañero, si le acierta en el
ojo le deja tuerto. Era la época en que la letra con sangre entra. Hoy es un
aula donde se imparten clases de gimnasia para mayores ayudados por una
monitora joven. Indicamos a ésta que mis hermanas y yo habíamos vivido en el
pueblo cuando éramos niños y nos respondió que tal vez el señor de bastón que
estaba en la esquina de ochenta y cinco años pero de buena memoria, nos podría
ayudar. Nos dirigimos a él, diciendo dónde vivíamos y enseguida nos habló de
nuestro padre, de lo buen dibujante que era, entre risas, anécdotas y
recuerdos, y eso que mi padre falleció hace casi treinta años. Sí, el olvido
que seremos, pero mientras tanto ese espacio lo hemos de llenar de vida,
alguien nos recordará cuando nosotros ya no estemos, tal como hizo el viejo del
bastón desgranando anécdotas de mi padre, mientras yo estaba con un nudo en la
garganta y haciendo esfuerzos para no
llorar.
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