El Metro en el que
viajo casi a diario es lo más parecido al microcosmos de una gran ciudad. Si
exceptuamos a la aristocracia, empresarios y altos ejecutivos puede decirse que
el resto nos movemos en los vagones de ese espacio angosto y reducido pero que,
sin embargo es lo más rápido para desplazarse a cualquier punto de las grandes urbes.
Allí nos damos cita gentes de toda clase y condición: la mayoría son los que van y vienen de su trabajo, estudiantes,
autónomos, empleados, y tampoco faltan quienes aprovechan estas aglomeraciones
para sus fines como los llamados carteristas, pedigüeños, buscavidas, etc.
La mayoría de los
que están sentados consultan su móvil; al contrario que hace unos años ya casi
nadie lee la prensa o un libro. Ahora es habitual la presencia de gente que
vende chucherías como medio para salir adelante o bien el artista o cantante
que micro en mano canta boleros, rancheras o éxitos que todo el mundo conoce
con sonido ya grabado de antemano.
Como uno ya va
teniendo una edad, de vez en cuando la gente me cede muy amablemente su
asiento. Otras veces lo rechazo cuando el itinerario es corto, pero cuando
tengo once estaciones por delante la verdad es que se agradece. Bueno pues el
otro día estando yo sentado, un joven con tatuajes en brazos y piernas se sentó
a mi lado. Al poco rato un señor mayor entró en el vagón y dijo que se
encontraba en el paro, que no disponía de ningún tipo de ingresos y que
agradecía cualquier tipo de donación que la gente quisiera darle. Rápidamente
el joven de tatuajes que se encontraba a mi lado sacó de su mochila una manzana
y se la dio. Momentos después rebuscando en su mochila encontró una magdalena y
también se la ofreció. El señor dio las gracias y se marchó a otro vagón. En
ese momento yo saqué el móvil para comprobar la hora y el joven que se
encontraba a mi lado me dijo que si podía dejárselo un momento para llamar a su
madre. Le respondí que no podía porque me bajaba en la siguiente estación y
creo que lo entendió. Cuando me bajé seguí dándole vueltas en mi cabeza y me pregunté qué hubiera hecho si me lo llega a
pedir varias paradas antes. Era bastante más joven que yo y en caso de salir
corriendo nunca le hubiera alcanzado. La verdad es que frente a la presencia de
extraños siempre nos ponemos en guardia. Qué hubieras hecho tú, querido lector/a?
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