En una sociedad en
la que cada vez está más omnipresente el mundo de las tecnologías, hace poco me
sorprendió gratamente el cartel que figuraba en un local al que acudí: “en
este establecimiento no tenemos wifi, hablen entre ustedes”.
Hemos perdido la costumbre de la conversación, ahora todos nos refugiamos en
ese aparato llamado móvil, yo el primero, muchas veces mirando chistes tontos u
ocurrencias de los llamados youtubers o influencers. Recuerdo una comida
familiar hace unos años en la que empalmamos la comida con la cena porque la
sobremesa no se acababa nunca. El teléfono móvil refuerza nuestro
individualismo en detrimento de la comunicación con el otro que está a nuestro
lado. Llegados a este punto dudo de que fuéramos capaces de vivir sin el móvil,
tal es la nuestra dependencia y adicción. Y es que hablar con el otro exige
empatía, interés, esfuerzo, escucha y atención. Demasiado para nuestros cuerpos
y mentes ya reblandecidos por el conformismo y el consumo. A eso hay que sumar
el fenómeno de las migraciones, el recelo hacia el otro, gentes que vienen de
otras culturas, con otras formas de vida. Se puede decir que la desconfianza va
ganando terreno, al sistema le interesa eso: una sociedad anestesiada da menos
problemas, no reclama derechos ni exige responsabilidades más allá de hechos
puntuales que todos conocemos.
En los últimos
cuarenta años el mundo ha dado un cambio radical. Recuerdo cuando en China iban
todos en bicicleta. Hoy es una superpotencia que fabrica la mayor parte de
componentes electrónicos y chips para ordenadores y además está disputando la
hegemonía a EEUU. Estoy convencido de que llegarán a Marte antes que los
norteamericanos. No entender esto es negar la evidencia, el fenómeno de las
migraciones es algo imparable. No acabo de entender la cerrazón de los grupos y
partidos que se oponen a una convivencia pacífica con los que vienen de fuera.
Centrándonos en nuestro país, hace pocos meses leí la noticia de que a final de
siglo el euskera será un idioma marginal, tan solo hablado en los caseríos
enclavados en las montañas. Todo eso a pesar del esfuerzo que están poniendo en
marcha las administraciones y todos los planes de educación. Sí, hablar entre
nosotros, comunicarnos, etc, no atenuará los problemas estructurales que padece
el mundo, pero al menos pondremos los cimientos para construir un mundo más humano
y habitable, en el que el vecino no sea un competidor y un extraño, sino
alguien cercano en el que confiar porque, si no lo hacemos con ellos la
alternativa es entendernos con las máquinas y robots.
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