viernes, 6 de noviembre de 2026

Enchufados al móvil

 

     En una sociedad en la que cada vez está más omnipresente el mundo de las tecnologías, hace poco me sorprendió gratamente el cartel que figuraba en un local al que acudí: “en este establecimiento no tenemos wifi, hablen entre ustedes”. Hemos perdido la costumbre de la conversación, ahora todos nos refugiamos en ese aparato llamado móvil, yo el primero, muchas veces mirando chistes tontos u ocurrencias de los llamados youtubers o influencers. Recuerdo una comida familiar hace unos años en la que empalmamos la comida con la cena porque la sobremesa no se acababa nunca. El teléfono móvil refuerza nuestro individualismo en detrimento de la comunicación con el otro que está a nuestro lado. Llegados a este punto dudo de que fuéramos capaces de vivir sin el móvil, tal es la nuestra dependencia y adicción. Y es que hablar con el otro exige empatía, interés, esfuerzo, escucha y atención. Demasiado para nuestros cuerpos y mentes ya reblandecidos por el conformismo y el consumo. A eso hay que sumar el fenómeno de las migraciones, el recelo hacia el otro, gentes que vienen de otras culturas, con otras formas de vida. Se puede decir que la desconfianza va ganando terreno, al sistema le interesa eso: una sociedad anestesiada da menos problemas, no reclama derechos ni exige responsabilidades más allá de hechos puntuales que todos conocemos.

     En los últimos cuarenta años el mundo ha dado un cambio radical. Recuerdo cuando en China iban todos en bicicleta. Hoy es una superpotencia que fabrica la mayor parte de componentes electrónicos y chips para ordenadores y además está disputando la hegemonía a EEUU. Estoy convencido de que llegarán a Marte antes que los norteamericanos. No entender esto es negar la evidencia, el fenómeno de las migraciones es algo imparable. No acabo de entender la cerrazón de los grupos y partidos que se oponen a una convivencia pacífica con los que vienen de fuera. Centrándonos en nuestro país, hace pocos meses leí la noticia de que a final de siglo el euskera será un idioma marginal, tan solo hablado en los caseríos enclavados en las montañas. Todo eso a pesar del esfuerzo que están poniendo en marcha las administraciones y todos los planes de educación. Sí, hablar entre nosotros, comunicarnos, etc, no atenuará los problemas estructurales que padece el mundo, pero al menos pondremos los cimientos para construir un mundo más humano y habitable, en el que el vecino no sea un competidor y un extraño, sino alguien cercano en el que confiar porque, si no lo hacemos con ellos la alternativa es entendernos con las máquinas y robots.

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