Si el otro día hablé de Vallecas, el barrio donde resido, hoy
quiero hablar de Pamplona, la ciudad donde nací. Estamos en plenos Sanfermines,
una ciudad desbordada de turistas y de gente que viene a disfrutar de unas
fiestas incomparables. Si cuando yo era chaval eran los anglosajones los
turistas que más nos frecuentaban, ahora siguen viniendo gentes de cualquier
parte del mundo pero la mayor diferencia es que ahora han sido sustituidos por
el turismo nacional y también por los originarios de países sudamericanos. Se
podrían enumerar una larga lista de razones para considerarla una fiesta sin
igual: las dianas, los encierros, la comparsa de Gigantes y Cabezudos, el
ambiente en las calles, la música de charangas, gaiteros y txistularis
recorriendo la ciudad, la rica gastronomía, y así un largo etcétera. Todo eso y
mucho más lo anunció Heminway al mundo cuando publicó The Sun Also Rises traducida
como Fiesta hace añora cien años. Hay verdaderos devotos del mito
norteamericano, hasta el punto de pagarse un dineral por la habitación del
hotel “La Perla” donde él se hospedó durante sus visitas a Pamplona o el
concurso de dobles donde la gente tiende a imitar el atuendo y fisonomía del
famoso escritor.
Mientras recorro
las calles tomo el pulso a la fiesta y me dejo invadir por todo un conjunto de
sensaciones. Antes de escribir, procuro ser un observador atento al mundo que
me rodea, fijándome en los detalles, en reflejar las pinceladas de la realidad
de lo que veo. Lo que más me llama la atención es la cantidad de basura que
genera una ciudad completamente desbordada de visitantes. Rompo una lanza en
favor del personal de limpieza y mantenimiento que día a día trabajan cuando el
resto nos divertimos, para que Pamplona luzca un aspecto saludable para recibir
a las gentes que nos visitan. Con toda seguridad puedo afirmar que la ciudad no
resistiría ni un solo día de huelga de este colectivo. Me pregunto para cuándo
un reconocimiento público a su labor, por ejemplo tirando ellos el cohete el 6
de julio.
Hace algún tiempo
leí que los Sanfermines era una fiesta que podía morir de éxito. La frase tiene
una base real. Hay otras muchas ciudades que conocemos como Venecia, París,
Roma, Palma, Barcelona, Málaga, Las Palmas, San Sebastián, que tienen un
problema similar: la masificación y el turismo descontrolado. Ya se empiezan a
oír voces de protesta pero como en todo, el problema reside en designar qué modelo
de fiestas queremos. El otro gran debate que surge a comienzos de las fiestas
es el futuro de los toros. ¿Es posible unos Sanfermines sin toros?
Por lo visto, el
impacto económico que dejan las fiestas en la ciudad es en torno a unos 240 millones de euros, un bocado demasiado apetitoso
como para querer cambiar de modelo, pero
el reto ya está ahí. Las sensibilidades cambian, los tiempos también.
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