Siempre he sido un
soñador, un ser fantasioso con imaginación pero a la vez tímido y reservado
hasta el extremo. Siendo adolescente mi mayor deseo era pasar inadvertido pero
claro, había ocasiones, pongamos que en clase, en los que a veces era
interpelado por el profesor de turno y eso me hacía enrojecer hasta la raíz del
cabello. Sentirme el centro de atención era mi mayor suplicio. Estamos en 1972.
En el claustro de profesores del instituto donde yo estudiaba había una persona
que llamaba poderosamente la atención: era la profesora de Biología. Era joven
y guapa, tenía buen tipo, unas piernas perfectas y siempre iba con falda, ni
qué decir que la mayoría estábamos
enamorados de ella. Todos nos peleábamos por sentarnos frente a la mesa del
profesor para ver ese cruce de piernas que nos hacía enloquecer. Lo de
“Instinto básico” vino muchos años después. No recuerdo su nombre pero
estábamos locos por ella. Por aquella época yo tenía dieciocho años, estaba en
la flor de la vida pero mis complejos seguían y me mortificaban sin que pudiera
evitarlo.
Resulta que hacia la mitad de curso hicimos un
examen y me suspendió. Yo estaba convencido de que lo había hecho bien,
suficiente como para aprobar, así que pedí que me lo enseñara y lo corrigiera
de nuevo. Nada más entrar en su despacho me recibió con una sonrisa mientras
buscaba entre sus papeles, después dijo que tomara asiento frente a ella.
Sentado, observé cómo tomaba entre sus manos mi examen, el cual estaba lleno de
tachaduras y frases que había escrito la profesora con bolígrafo rojo.
—Vamos a ver —me
dijo enseñando mi examen. Confundes los coleópteros con los ortópteros, no
sabes diferenciar un ecosistema atlántico de otro mediterráneo, por no hablar
de las faltas de ortografía. ¿Y encima quieres hacerme ver que he sido injusta
contigo? Ten por seguro que en la universidad viendo esas faltas ni siquiera se
hubieran molestado en leer el examen.
Conforme me iba
hablando yo notaba que ese pedestal en el que la tenía a ella se iba
desmoronando poco a poco. Mis sueños se estaban convirtiendo en una pesadilla,
hasta su voz, antes dulce y armoniosa, me sonaba ahora áspera e irritable.
—Bueno, pero el
resto está bien ¿no?
—¿Tú crees que te
puedo aprobar? Has escrito mucho pero sin profundizar en lo que yo quería. Se
trataba de ver la evolución, de cómo las especies se han ido adaptando al medio
a través de una evolución de millones de años —Luego se levantó de la silla y
situándose a mi lado me dijo que repasara bien todos esos conceptos porque estaba
segura de que podía hacerlo mejor.
—Participas en
clase y eso para mí es importante —me dijo yo creo que con el fin de evitar mi
decepción.
—Por cierto, te
pareces al protagonista de la película que vi ayer.
—¿Qué película?
—balbuceé.
—Muerte en
Venecia. Habla sobre la belleza y su contrapunto, la decadencia.
Las
últimas frases apenas las escuché. La visita resultó un fiasco para mí. Cuando
ya estaba a punto de alcanzar la puerta me dijo volviéndose.
—Ah y una última
cosa, le dices al gracioso que escribe groserías en la pizarra que la próxima
vez le mando al Jefe de Estudios.
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