Hablo desde la
cercanía y desde la humildad. Existen personas que estamos conectadas a la
música (que no a su industria) desde su propia base. No formamos parte del
entramado de los grandes eventos, aquellos que llenan grandes estadios de
fútbol con personas que hacen cola durmiendo en la calle para conseguir una
entrada, y que necesitan sesenta tráilers para transportar todo el material que
se necesita para el montaje del macroescenario. Las Bandas ponemos música en
las calles y plazas de nuestros barrios a disposición de quien quiera
escucharnos, hacemos un esfuerzo para que nuestros hijos e hijas se formen
musicalmente, fomentamos la cultura con las herramientas que disponemos, desde
la cercanía, el compromiso y la solidaridad. La música es también nuestro medio
de expresión, nuestro altavoz para decir quiénes somos y para llevar un mensaje
de esperanza para aquellos que lo necesitan. Además, soy de los que piensan que
los músicos somos unos privilegiados, puesto que la música es la más universal
de las artes, la más cercana, la que es capaz de emocionarnos, la que rompe
fronteras para unir a los pueblos, porque la música no nació para ser motivo de
separación o confrontación sino como expresión de un pueblo y servir de puente
entre culturas diversas. Decía el músico y poeta canadiense Leonard Cohen en
una de sus canciones (El partisano), que las fronteras eran su cárcel. Por
cierto, recomiendo ver en Youtube el discurso improvisado que pronunció después
de recibir el premio Príncipe de Asturias hace ya unos años. Yo le he visto
varias veces. Es para enmarcar.
Y es que nuestro
propio cuerpo conecta con la música a través del latido cardíaco que es nuestro
metrónomo, ya sabéis, ese aparato que emite una señal acústica para indicarnos
la velocidad del compás. Cuando estamos en modo reposo o dormidos nuestro
latido es lento, es un adagio. Pero cuando hacemos ejercicio,
vamos a entrar a un examen o tenemos que hablar en público, ese latido se nos
acelera y se convierte en un presto o en un vivace.
En definitiva, amigos, llevamos la música incorporada de serie. ¿Quién no ha experimentado
el recuerdo de una persona al escuchar tal o cual canción? ¿O de nosotros
mismos cuando éramos más jóvenes? Mi padre falleció hace veintiocho años, todos
los días tengo un recuerdo para él, sobre todo cuando escucho el pasodoble
titulado “Chiclanera”, popularizado en 1936. Mi padre lo cantaba en los cafés y
tabernas en las ciudades y pueblos situados en el frente de guerra. La música
es también memoria porque nos conecta con personas, aunque físicamente ya no
estén.
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