lunes, 11 de mayo de 2026

Música y memoria

 

     Hablo desde la cercanía y desde la humildad. Existen personas que estamos conectadas a la música (que no a su industria) desde su propia base. No formamos parte del entramado de los grandes eventos, aquellos que llenan grandes estadios de fútbol con personas que hacen cola durmiendo en la calle para conseguir una entrada, y que necesitan sesenta tráilers para transportar todo el material que se necesita para el montaje del macroescenario. Las Bandas ponemos música en las calles y plazas de nuestros barrios a disposición de quien quiera escucharnos, hacemos un esfuerzo para que nuestros hijos e hijas se formen musicalmente, fomentamos la cultura con las herramientas que disponemos, desde la cercanía, el compromiso y la solidaridad. La música es también nuestro medio de expresión, nuestro altavoz para decir quiénes somos y para llevar un mensaje de esperanza para aquellos que lo necesitan. Además, soy de los que piensan que los músicos somos unos privilegiados, puesto que la música es la más universal de las artes, la más cercana, la que es capaz de emocionarnos, la que rompe fronteras para unir a los pueblos, porque la música no nació para ser motivo de separación o confrontación sino como expresión de un pueblo y servir de puente entre culturas diversas. Decía el músico y poeta canadiense Leonard Cohen en una de sus canciones (El partisano), que las fronteras eran su cárcel. Por cierto, recomiendo ver en Youtube el discurso improvisado que pronunció después de recibir el premio Príncipe de Asturias hace ya unos años. Yo le he visto varias veces.  Es para enmarcar.

     Y es que nuestro propio cuerpo conecta con la música a través del latido cardíaco que es nuestro metrónomo, ya sabéis, ese aparato que emite una señal acústica para indicarnos la velocidad del compás. Cuando estamos en modo reposo o dormidos nuestro latido es lento, es un adagio. Pero cuando hacemos ejercicio, vamos a entrar a un examen o tenemos que hablar en público, ese latido se nos acelera y se convierte en un presto o en un vivace. En definitiva, amigos, llevamos la música incorporada de serie. ¿Quién no ha experimentado el recuerdo de una persona al escuchar tal o cual canción? ¿O de nosotros mismos cuando éramos más jóvenes? Mi padre falleció hace veintiocho años, todos los días tengo un recuerdo para él, sobre todo cuando escucho el pasodoble titulado “Chiclanera”, popularizado en 1936. Mi padre lo cantaba en los cafés y tabernas en las ciudades y pueblos situados en el frente de guerra. La música es también memoria porque nos conecta con personas, aunque físicamente ya no estén.

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