viernes, 6 de febrero de 2026

El Metro, el tiempo de ocio y otras historias

 

     Dos días a la semana me veo obligado a coger el Metro. Mientras recorro las entrañas de la ciudad me gusta observar a la gente que viaja conmigo en una representación bastante exacta del microcosmos que suponen las grandes ciudades. Casi todos miran el móvil, absortos en la minipantalla, y es que ya forma parte de nuestra vida íntima y personal, es adictivo como antes lo eran el cigarrillo y la nicotina, muy pocos leen y alguno aprovecha para echar una cabezada. La monotonía de las estaciones a veces se ve interrumpida por gentes que se procuran su medio de vida vendiendo golosinas, chupa chups o similares. Hay quienes apelan directamente a la solidaridad del prójimo por su incapacidad para encontrar trabajo y tener que sostener a criaturas de corta edad. Está quien intenta hacer proselitismo proclamando sus creencias de fe ante la indiferencia del resto de viajeros. Otros, de aspecto sucio y demacrado, intentan hacernos creer que necesitan el dinero para mantener a sus hijos. Y por supuesto están los que recorren los vagones interpretando melodías musicales micrófono en mano acompañados por ritmos grabados previamente. He visto mariachis con sus trajes de gala, dulzaineros, gentes con violines, guitarras, acordeones, raperos improvisando letras… Muchas veces les dejo caer alguna moneda pues entiendo que son gentes que ofrecen su arte a quien sepa valorarlo.

     El Metro se convierte así en un improvisado escenario donde uno tiene la oportunidad de dar a conocer su faceta artística en espera de tiempos mejores. Muchos de los actuales intérpretes empezaron en ese medio. Joaquín Sabina contó en una entrevista que en cierta ocasión George Harrison le dio un billete de 5 libras en algún andén de Metro de Londres. Fue como un recuerdo fetiche que lo mantuvo durante algún tiempo.

     Pero quienes se llevan la palma en esto de la modernidad son los centros comerciales; grandes espacios llenos de tiendas de todo tipo, restaurantes, cines, ocio, etc. Es el ágora del siglo XXI. Todo está pensado para satisfacer el consumo, para pasar la tarde sin necesidad de tener que desplazarse de un sitio para otro. Para empezar te facilitan el acceso con parking gratis. Allí acudimos todos en tropel pero luego nos gusta quejarnos de las aglomeraciones y de la incomodidad que supone tanta gente. Y es que somos animales gregarios. Si algo caracteriza a las grandes ciudades son las prisas en la calle, e ir todos a los mismos sitios de vacaciones. El tiempo (no el atmosférico), sino el tiempo de vida que disponemos yo creo que los hemos revalorizado. Queremos vivir más y mejor, conocer destinos exóticos, viajar, pero resulta que allá donde haya posibilidad de negocio, se instalará una industria y nos la venderán con un precioso adorno. Nos invitará a realizar un hermoso crucero con tres o cuatro mil personas a bordo, haciendo paradas en ciudades ya superpobladas de por sí o nos brindará la oportunidad de conocer ciudades como París, Roma o El Cairo, todas ellas abarrotadas de turistas peleándose para hacerse un selfi o buscando el mejor encuadre para inmortalizar tal o cual monumento. La industria está ya instalada en el turismo, pero también en la moda, en la música y en casi todas las facetas de nuestra vida. En algunas ciudades como Palma, San Sebastián, Málaga, Barcelona, Las Palmas…ya se ha instalado la turismofobia.

     En fin, la sociedad de consumo nos ha igualado a todos. Las grandes marcas de la moda  ya están instaladas en todas las ciudades allá donde vayamos. Todo es un continuo dejà vu.