sábado, 20 de diciembre de 2025

Cumpleaños

 

     El otro día fue mi cumpleaños. Nada más levantarme tuve un recuerdo muy especial para mis padres ya fallecidos porque gracias a ellos estoy aquí disfrutando de la vida después de la jubilación. Entiendo que para mucha gente (países en guerra, desplazados, hambrunas, terremotos), el hecho de vivir con frecuencia pueda convertirse en un infierno. La vida a veces puede ser injusta y al mismo tiempo caprichosa, en el sentido de que sin hacer ningún mérito nos haya tocado vivir en el primer mundo.

     Como decía, el día de mi cumpleaños ya contaba con las  felicitaciones de mis familiares y amigos más cercanos, no por esperadas menos agradecidas. Brindé también junto a los compañeros de la Universidad. También recibí una felicitación en forma de vídeo que no esperaba: la de Médicos sin Fronteras. Médicos y enfermeras de Sudán, Etiopía, Siria y Palestina en sus centros de trabajo, me felicitaban porque gracias a mis donaciones ellos estaban haciendo su labor y trabajando para erradicar la pobreza y luchando por un mundo más justo. Esa felicitación me conmovió. No es extraño por tanto, que personas que viven esa realidad quieran venir al nuestros países a establecerse. Seguro que gran parte de los extranjeros con los que nos cruzamos a diario guardan una dura experiencia detrás.

     Siempre he pensado que esta gente que se dedica a labores humanitarias, voluntariado etc, están hechos de una pasta especial porque  realizar esas labores en países en guerra conlleva también un riesgo físico para ellos. Conozco a un cooperante que está haciendo esa labor en las selvas de Panamá. Lleva más de cuarenta años allí y ya le dediqué un espacio en este mismo post. Sin duda ellos representan lo mejor del ser humano, son la esperanza y la luz que nos guían, no los miles de bombillas que estos días adornan los calles y avenidas de nuestras ciudades.

    

martes, 2 de diciembre de 2025

Drama en vísperas de Navidad

 

    Algunos comentarios que me mandan los lectores dicen que a menudo recurro a historias tristes. Yo no pienso que haya historias tristes, historias de amor  o de aventuras, sino que unas están bien contadas y otras no (ay, siempre la forma); pasa como con la música, no existe un estilo musical mejor que otro, simplemente hay una música buena y otra mala. El relato de ficción que quiero contar hoy sí que me parece una historia triste, pero al menos aspiro a que esté bien contado.

     Rosa tuvo que ponerse a trabajar en cuanto cesó el duelo por su marido, sargento del Ejército, en el transcurso de unas maniobras militares. El suceso fue fortuito y algo confuso o al menos así lo describió  tanto la prensa como el propio juicio que se celebró después, pero lo verdaderamente inexplicable fue que nadie reclamara su arma reglamentaria, una pistola, la cual se encontraba en un altillo del domicilio familiar al abrigo de tentaciones y miradas indiscretas. Solo su hijo Luis de diez años estaba al tanto de aquel objeto que nunca se mencionaba en casa, pues abrigaba dolorosos recuerdos para la familia. Rosa limpiaba las aulas en el colegio donde Luis estudiaba. La suya era una dura vida llena de privaciones; debía trabajar, hacer las labores de la casa, educar y vigilar las compañías de su hijo preadolescente. La monótona vida de Rosa solo se interrumpía con las esporádicas visitas de Bravo, un amigo de su marido fallecido, propietario de la panadería que estaba al lado de su casa.

    Una mañana estando desayunando Luis, poco antes de ir al colegio, observó un moratón en la cara de su madre, quiso saber el motivo y la respuesta fue que se cayó en la calle mientras iba a la compra. Desde ese día Luis está un poco más pendiente de ella pues no le acaba de convencer su explicación, piensa que solo las personas torpes y mayores son las que se caen y su madre no es ni una cosa ni otra. Cuando Luis cumple trece años ya es una persona inquieta y desenvuelta, pero la inquietud es un terreno tan fértil como peligroso.  Bravo habla con Rosa y le comenta que necesita un aprendiz en la tienda y ha pensado en su hijo. Esa misma noche Rosa habla con su hijo, le dice que le hubiera gustado que siguiera estudiando pero que ahora son pobres y que es necesario adaptarse a las circunstancias, que la vida era una carrera de obstáculos en la que solo los fuertes siguen adelante.

     Los días que estaba solo en casa Luis se subía al altillo y contemplaba la pistola marca Llama M-82 de 9 mm en su funda y la caja de municiones. Semanas más tarde al llegar de clase encontró a su madre con los ojos enrojecidos, no le quiso preguntar pero un rictus de preocupación apareció en su rostro. Algo le pasaba a su madre y él estaba dispuesto a averiguarlo.

     Pronto comenzó a trabajar en la panadería. Las primeras semanas transcurrieron con normalidad, aprendía rápido, era despierto y desde el primer día contó con la aprobación de su jefe. Varios meses después como cada noche, Rosa entró en la habitación de su hijo para darle las buenas noches. En cuanto salió su madre se acostó vestido, ya lo tenía todo preparado en su cabeza. Diez minutos más tarde oyó el cierre de la puerta de casa, saltó de la cama, se puso el abrigo y los zapatos y salió de casa siguiendo a su madre a prudente distancia. Cruzó algunas calles y luego se metió en un portal que tenía varios pisos. Era un sitio lúgubre, el barrio también lo era. Vio que entraban varios hombres, algunos le miraban con desconfianza y recelo. Como era una situación incómoda optó por esperar en el portal procurando que la puerta no se cerrara. Estuvo esperando. A la media hora se escucharon discusiones y gritos, Luis subió rápidamente las escaleras de dos en dos, situándose junto a la puerta de donde procedían las discusiones.  “Maldita zorra, me dijiste que lo harías” y más tarde “por favor, no me pegues más”. Al punto reconoció la voz de su madre. Intentó abrir pero la puerta estaba cerrada por dentro. Cogió carrerilla y le dio una patada con todas sus fuerzas, saltó la cerradura y la puerta se abrió. Apareció un hombre desnudo y su madre tapándose con la sábana. Sin pensarlo dos veces Luis sacó la pistola de su abrigo. Sonaron dos disparos secos, uno en la frente del hombre, el otro en el corazón. Allí quedó tendido en el suelo con los ojos abiertos en medio de un charco de sangre. Rosa quedó aturdida unos instantes y luego llorando imploró a Luis para que se fuera a casa antes de que salieran los vecinos y le vieran. Le arrebató la pistola, borró las huellas y se quedó con la pistola en la mano.

     Llorando, Luis se dirigió hacia su casa, había matado a un hombre. Vio las luces de Navidad en comercios y escaparates pero eso era algo que ahora no tenía ninguna importancia para él, una nueva vida y no mejor, empezaba de nuevo. Se acordó de las palabras que le dijo un día su madre, que la vida era una carrera de obstáculos. Mientras caminaba comenzó a llover, las lágrimas se confundían con la lluvia que le golpeaba en la cara.