Algunos comentarios que me mandan los lectores dicen que a
menudo recurro a historias tristes. Yo no pienso que haya historias tristes, historias
de amor o de aventuras, sino que unas
están bien contadas y otras no (ay, siempre la forma); pasa como con la música,
no existe un estilo musical mejor que otro, simplemente hay una música buena y
otra mala. El relato de ficción que quiero contar hoy sí que me parece una
historia triste, pero al menos aspiro a que esté bien contado.
Rosa tuvo que
ponerse a trabajar en cuanto cesó el duelo por su marido, sargento del
Ejército, en el transcurso de unas maniobras militares. El suceso fue fortuito
y algo confuso o al menos así lo describió tanto la prensa como el propio juicio que se
celebró después, pero lo verdaderamente inexplicable fue que nadie reclamara su
arma reglamentaria, una pistola, la cual se encontraba en un altillo del
domicilio familiar al abrigo de tentaciones y miradas indiscretas. Solo su hijo
Luis de diez años estaba al tanto de aquel objeto que nunca se mencionaba en
casa, pues abrigaba dolorosos recuerdos para la familia. Rosa limpiaba las
aulas en el colegio donde Luis estudiaba. La suya era una dura vida llena de
privaciones; debía trabajar, hacer las labores de la casa, educar y vigilar las
compañías de su hijo preadolescente. La monótona vida de Rosa solo se
interrumpía con las esporádicas visitas de Bravo, un amigo de su marido
fallecido, propietario de la panadería que estaba al lado de su casa.
Una mañana estando
desayunando Luis, poco antes de ir al colegio, observó un moratón en la cara de
su madre, quiso saber el motivo y la respuesta fue que se cayó en la calle mientras
iba a la compra. Desde ese día Luis está un poco más pendiente de ella pues no le
acaba de convencer su explicación, piensa que solo las personas torpes y
mayores son las que se caen y su madre no es ni una cosa ni otra. Cuando Luis
cumple trece años ya es una persona inquieta y desenvuelta, pero la inquietud
es un terreno tan fértil como peligroso. Bravo habla con Rosa y le comenta que necesita
un aprendiz en la tienda y ha pensado en su hijo. Esa misma noche Rosa habla
con su hijo, le dice que le hubiera gustado que siguiera estudiando pero que
ahora son pobres y que es necesario adaptarse a las circunstancias, que la vida
era una carrera de obstáculos en la que solo los fuertes siguen adelante.
Los días que
estaba solo en casa Luis se subía al altillo y contemplaba la pistola marca
Llama M-82 de 9 mm en su funda y la caja de municiones. Semanas más tarde al
llegar de clase encontró a su madre con los ojos enrojecidos, no le quiso preguntar
pero un rictus de preocupación apareció en su rostro. Algo le pasaba a su madre
y él estaba dispuesto a averiguarlo.
Pronto comenzó a
trabajar en la panadería. Las primeras semanas transcurrieron con normalidad,
aprendía rápido, era despierto y desde el primer día contó con la aprobación de
su jefe. Varios meses después como cada noche, Rosa entró en la habitación de
su hijo para darle las buenas noches. En cuanto salió su madre se acostó
vestido, ya lo tenía todo preparado en su cabeza. Diez minutos más tarde oyó el
cierre de la puerta de casa, saltó de la cama, se puso el abrigo y los zapatos
y salió de casa siguiendo a su madre a prudente distancia. Cruzó algunas calles
y luego se metió en un portal que tenía varios pisos. Era un sitio lúgubre, el
barrio también lo era. Vio que entraban varios hombres, algunos le miraban con
desconfianza y recelo. Como era una situación incómoda optó por esperar en el
portal procurando que la puerta no se cerrara. Estuvo esperando. A la media
hora se escucharon discusiones y gritos, Luis subió rápidamente las escaleras
de dos en dos, situándose junto a la puerta de donde procedían las discusiones.
“Maldita zorra, me dijiste que lo
harías” y más tarde “por favor, no me pegues más”. Al punto reconoció la voz de
su madre. Intentó abrir pero la puerta estaba cerrada por dentro. Cogió
carrerilla y le dio una patada con todas sus fuerzas, saltó la cerradura y la
puerta se abrió. Apareció un hombre desnudo y su madre tapándose con la sábana.
Sin pensarlo dos veces Luis sacó la pistola de su abrigo. Sonaron dos disparos
secos, uno en la frente del hombre, el otro en el corazón. Allí quedó tendido
en el suelo con los ojos abiertos en medio de un charco de sangre. Rosa quedó
aturdida unos instantes y luego llorando imploró a Luis para que se fuera a
casa antes de que salieran los vecinos y le vieran. Le arrebató la pistola,
borró las huellas y se quedó con la pistola en la mano.
Llorando, Luis se
dirigió hacia su casa, había matado a un hombre. Vio las luces de Navidad en
comercios y escaparates pero eso era algo que ahora no tenía ninguna
importancia para él, una nueva vida y no mejor, empezaba de nuevo. Se acordó de
las palabras que le dijo un día su madre, que la vida era una carrera de
obstáculos. Mientras caminaba comenzó a llover, las lágrimas se confundían con
la lluvia que le golpeaba en la cara.