domingo, 23 de noviembre de 2025

Montañas nevadas

 

     Hoy he acudido de nuevo a la sesión de terapia con mi psicóloga. Estoy sentado en la sala de espera y la veo entrar con bolsas de artículos de regalo de Navidad. Me dice que es de las que planifican con tiempo las compras porque luego es una locura, todo el mundo con prisas, las calles llenas de gente, etc. Le digo que sí con la cabeza pero con poco convencimiento. Compruebo con pesar que ella también ha sucumbido a la tentación compradora de la sociedad capitalista y en el fondo eso me decepciona un poco. Me hace pasar a su despacho, acto seguido me pregunta cómo me encuentro o si quiero comentar algo de lo que me haya sucedido después de la última sesión. Le contesto que me presenté voluntario para presidente de la comunidad de vecinos y me dice que eso está muy bien, que es un gesto altruista y a continuación me suelta una parrafada acerca del conductismo que no entiendo muy bien. No me atrevo a preguntarle qué es eso del conductismo porque no quiero que piense que soy un gañán inculto. Después quiere saber si participo en alguna asociación de voluntariado a personas que lo necesitan. Le contesto que de momento no, que tal vez algún día. También sé por sesiones anteriores que a ella le interesa sobre todo en indagar en el pasado de las personas pues es allí donde se localizan los problemas que a menudo nos traumatizan. A continuación que pide que le hable de mi etapa en la escuela y qué recuerdos guardo de ella en la memoria.

     Tras pensar unos segundos, le explico que mi pueblo estaba ubicado cerca de los Pirineos, el barro siempre presente en las calles durante el invierno y la estufa de leña en medio de la escuela.  Presidiendo la escuela estaban los retratos de Franco y José Antonio y en medio un crucifijo. El maestro, Don Tomás, premiaba a los mejores de la clase para que se sentaran al lado de la estufa. De esta manera fomentaba la participación y la competencia entre nosotros. Nada más entrar en clase cantábamos puestos en pie el “Montañas nevadas”, que era un himno falangista del que todavía recordaba la letra. El maestro nos conminaba a que lo cantáramos con hondo sentir patriótico.

“La mirada, clara, lejos y la frente levantada, voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”

     Era el año 1957 o 1958, no recuerdo bien. Los pupitres tenían en la parte superior derecha un agujero donde se colocaba el tintero y un espacio al lado para la pluma.

“Quiero levantar mi Patria, un inmenso afán me empuja, poesía que promete exigencia de mi honor”

     Recuerdo los castigos físicos, casi siempre a base de reglazos en la palma de las manos, pero eso no era nada comparado con los más humillantes que era cuando nos mandaba ir clase de las chicas en un rincón contra la pared y con los brazos en cruz. Las risas de ellas era lo que más nos mortificaba.

“Al cielo se alza la firme promesa, hasta las estrellas que encienden mi fe”

     En el recreo salíamos a la calle y nos poníamos en fila en una competición para ver quién meaba más lejos. Otras veces jugábamos al burro o a las canicas.

     La doctora parece interesada con mi relato. Se diría que es la primera vez que lo oye y la observo atenta con los ojos clavados en mí. Mientras le cuento todas esas cosas veo que apunta algo en una libreta y al momento me callo. Siga, siga, —me dice—le escucho con interés.

“Montañas nevadas, banderas al viento, el alma tranquila, yo sabré vencer”

     En el pueblo había una empresa conservera que anunciaba el cambio de turno a través de una sirena, la cual emitía un sonido igual al que en algunas películas de guerra anuncian un bombardeo a la población. La doctora quiere saber si tengo alguna secuela de esos episodios y le digo que no, que precisamente hace un año acudí a ese pueblo y visité la antigua escuela. Ahora la han transformado y es un centro de mayores donde se imparten talleres de manualidades.

     Nos despedimos hasta la próxima sesión y de nuevo me asalta la duda de qué apuntará en su cuaderno. Cuando salgo de la consulta me doy cuenta de que sin pretenderlo he revivido imágenes que pertenecían a otra vida y que creía olvidadas.

 

 

 

 

domingo, 2 de noviembre de 2025

En el diván

 

     El jueves acudí de nuevo a la consulta con mi psicóloga. Es una mujer joven, de edad indefinida, le calculo de treinta y cinco a cuarenta años, bien bronceada, va al gimnasio y está en forma, hace un mes la saludé por el Retiro mientras hacía footing. Es una persona afable pero a veces me desconcierta porque medita mucho las respuestas. Otras veces permanece callada durante varios minutos sin dejar de mirarme, como si intentara hurgar en mis pensamientos. Tras las palabras de saludo de rigor me pregunta qué tal me encuentro tras la última sesión.

     —Verá doctora, a veces oigo risas cerca de mí estando yo solo. Es algo recurrente y me pasa siempre por las mañanas nada más levantarme.

     La doctora junta las manos como en señal de oración. Se toma su tiempo. No me pilla de sorpresa, ya estoy acostumbrado y luego me pregunta.

     —Veamos. ¿Tiene algún trauma infantil todavía no superado?

     Tengo que hacer un gran esfuerzo de introspección porque la infancia es una etapa que ya me queda bastante lejos.

     —Bueno, en el internado a veces me meaba en la cama. Mis compañeros se reían de mí, pero ese tema ya lo tengo superado.

     —¿De verdad? ¿Cómo lo sabe?

     —Sí, lo solucioné a base de trompadas. A los pocos días dejaron de reírse.

     —Ya veo. Cortó por lo sano —dijo con una sonrisa. ¿Y ahora tiene algún problema personal con alguien?

     —No que yo sepa. Bueno, mi vecino de arriba está cojo. Anda con un bastón y todas las mañanas me despierta. Hablé con él. Es un señor muy irritable, traté de hacerle ver que me molestaba todas las mañanas  paseando por la casa con el bastón. Me dijo que ya tenía bastante con su problema para encima tener que aguantar a vecinos como yo.

     La doctora guarda silencio. Junta de nuevo las manos.

     —¿Qué sentimientos guarda hacia él? —me pregunta de golpe.

     —La verdad es que a veces me gustaría darle una trompada.

     Le miro un tanto cohibido. Debe de pensar que soy un bruto que soluciona todo a base de trompadas, pero me gustaría decirle que también tengo mi corazoncito, que lloro en el cine y que soy una persona sensible. También que me gusta cuando junta las manos, siento curiosidad y  me pregunto con quién se lo hará.  Ay madre, qué lío tengo en la cabeza. Mejor dejo que ella me pregunte.

     —¿Tiene algún deseo frustrado en la vida?

     Ignoro si la pregunta tiene algún sentido que ahora desconozco pero le digo la verdad.

     —Me hubiera gustado ser conductor de trenes.

     —¿De verdad? Mi padre era ferroviario. Se quejaba de la suciedad y la mugre. Cuando ve los trenes de ahora dice que esto es otra cosa. ¿Y por qué dice que le hubiera gustado ser conductor de trenes?

     —Manejar una máquina de cien toneladas y llevar a cientos de pasajeros  tiene algo de arcaico y atávico, es como el pastor que guía a las ovejas ¿no le parece?

     Le miro para ver su reacción. Por toda respuesta consulta su reloj y me dice que la sesión de hoy ha terminado. Eso me deja un tanto frustrado, creo que la he defraudado o piensa que estoy como una cabra. Nada me gustaría más que ver sus apuntes pero al mismo tiempo me da miedo.