Hoy he acudido de
nuevo a la sesión de terapia con mi psicóloga. Estoy sentado en la sala de
espera y la veo entrar con bolsas de artículos de regalo de Navidad. Me dice
que es de las que planifican con tiempo las compras porque luego es una locura,
todo el mundo con prisas, las calles llenas de gente, etc. Le digo que sí con
la cabeza pero con poco convencimiento. Compruebo con pesar que ella también ha
sucumbido a la tentación compradora de la sociedad capitalista y en el fondo
eso me decepciona un poco. Me hace pasar a su despacho, acto seguido me
pregunta cómo me encuentro o si quiero comentar algo de lo que me haya sucedido
después de la última sesión. Le contesto que me presenté voluntario para
presidente de la comunidad de vecinos y me dice que eso está muy bien, que es
un gesto altruista y a continuación me suelta una parrafada acerca del
conductismo que no entiendo muy bien. No me atrevo a preguntarle qué es eso del
conductismo porque no quiero que piense que soy un gañán inculto. Después quiere
saber si participo en alguna asociación de voluntariado a personas que lo
necesitan. Le contesto que de momento no, que tal vez algún día. También sé por
sesiones anteriores que a ella le interesa sobre todo en indagar en el pasado
de las personas pues es allí donde se localizan los problemas que a menudo nos
traumatizan. A continuación que pide que le hable de mi etapa en la escuela y
qué recuerdos guardo de ella en la memoria.
Tras pensar unos
segundos, le explico que mi pueblo estaba ubicado cerca de los Pirineos, el
barro siempre presente en las calles durante el invierno y la estufa de leña en
medio de la escuela. Presidiendo la
escuela estaban los retratos de Franco y José Antonio y en medio un crucifijo. El
maestro, Don Tomás, premiaba a los mejores de la clase para que se sentaran al
lado de la estufa. De esta manera fomentaba la participación y la competencia
entre nosotros. Nada más entrar en clase cantábamos puestos en pie el “Montañas
nevadas”, que era un himno falangista del que todavía recordaba la
letra. El maestro nos conminaba a que lo cantáramos con hondo sentir
patriótico.
“La mirada, clara, lejos y la frente levantada, voy por rutas
imperiales caminando hacia Dios”
Era el año 1957 o 1958, no recuerdo
bien. Los pupitres tenían en la parte superior derecha un agujero donde se
colocaba el tintero y un espacio al lado para la pluma.
“Quiero levantar mi Patria, un inmenso afán me empuja, poesía
que promete exigencia de mi honor”
Recuerdo los
castigos físicos, casi siempre a base de reglazos en la palma de las manos,
pero eso no era nada comparado con los más humillantes que era cuando nos mandaba
ir clase de las chicas en un rincón contra la pared y con los brazos en cruz. Las
risas de ellas era lo que más nos mortificaba.
“Al cielo se alza la firme promesa, hasta las estrellas que
encienden mi fe”
En el recreo
salíamos a la calle y nos poníamos en fila en una competición para ver quién
meaba más lejos. Otras veces jugábamos al burro o a las canicas.
La doctora parece interesada con mi relato. Se
diría que es la primera vez que lo oye y la observo atenta con los ojos
clavados en mí. Mientras le cuento todas esas cosas veo que apunta algo en una
libreta y al momento me callo. Siga, siga, —me dice—le escucho con interés.
“Montañas nevadas, banderas al viento, el alma tranquila, yo
sabré vencer”
En el pueblo había una empresa
conservera que anunciaba el cambio de turno a través de una sirena, la cual
emitía un sonido igual al que en algunas películas de guerra anuncian un
bombardeo a la población. La doctora quiere saber si tengo alguna secuela de
esos episodios y le digo que no, que precisamente hace un año acudí a ese
pueblo y visité la antigua escuela. Ahora la han transformado y es un centro de
mayores donde se imparten talleres de manualidades.
Nos despedimos
hasta la próxima sesión y de nuevo me asalta la duda de qué apuntará en su
cuaderno. Cuando salgo de la consulta me doy cuenta de que sin pretenderlo he
revivido imágenes que pertenecían a otra vida y que creía olvidadas.