miércoles, 1 de abril de 2026

Un martes cualquiera

 

     Me levanto de la cama y mientras me desperezo enumero las tareas que tengo para esta mañana de martes: hacer la compra, clase de pilates y sesión con Yolanda mi psicóloga. En pilates, una vez terminada la clase, hablamos con la joven profesora chilena y salen a relucir los nombres de Violeta Parra y Pablo Neruda. Luego, ya en casa, me afeito y ducho antes de acudir a la cita con Yolanda, mi psicóloga, que cuida mucho su imagen y pienso que no puedo ir de cualquier manera. Hace un día primaveral y cuando llego me dice la recepcionista que Yolanda me está esperando. Me gusta ir con tiempo suficiente a las citas, pero últimamente los retrasos de los trenes de cercanías están a la orden del día. Entro y me saluda muy amablemente, le calculo unos treinta y cinco o cuarenta años, me pregunta qué tal ha ido la semana.

     Estoy sentado frente a ella, que hoy luce un top de algodón muy ajustado que resaltan muy a la vista sus impresionantes tetas, lo cual me obliga a hacer un esfuerzo para no mirarlas, no me extraña que su consulta sea la más solicitada. Se concentra y empieza a leer mi ficha, luego junta las manos como en señal de oración y se las lleva a la cara.

     —Me dijo hace unas sesiones que se había ofrecido voluntario a presidente de su comunidad de vecinos. ¿Quiere hablar de ello? ¿Su experiencia es positiva? ¿Cómo lo valora?

     La pregunta me pilla de sorpresa y tardo unos segundos en responder.

     —Bueno sí, en general la experiencia es positiva. La mayoría colabora pero a dos o tres personas ya les he cantado las cuarenta. Hay uno que tira las colillas al patio y otro que su perro se mea en el ascensor. Hay gente que no debería vivir en comunidad sino en una cueva.

     Observo a Yolanda muy atenta a mis explicaciones y cuando termino de hablar hace pausas muy alargadas que no acierto a interpretar muy bien. Alguna vez se lo he preguntado y me dice que ella utiliza el método socrático para llegar a la verdad, lo cual me deja más confundido todavía. Consulta de nuevo con mi ficha.

     —Hábleme de su dependencia con el móvil. ¿Va mejorando?

     Ahí siento que ha hurgado en mi punto débil. La verdad es que no sé salir del apuro. Estoy por decirle que lo he superado pero me digo que es inútil engañarme.

     —Me temo que no. Mi mujer me dice que lo va a tirar por la ventana o que me lo va a esconder…

     —¿Y qué es lo que le produce tanta dependencia? —me interrumpe antes de terminar.

     —Pues no sé, mirar vídeos supongo.

     —¿Qué clase de vídeos? ¿De contenido sexual?

     De repente me horroriza que pueda pensar que soy un pervertido, un viejo verde o un rijoso. O tal vez me ha pillado en una fracción de segundo mirando sus tetas.

     —No, no. Simplemente es un aparato adictivo que me produce dependencia.

     Yolanda me mira y se toma su tiempo antes de responder. Es una situación muy incómoda para mí.

     —Por casualidad es usted aficionado a la filatelia o a coleccionar monedas antiguas?

     La pregunta me deja un poco traspuesto, porque esas son aficiones que yo considero de persona mayor, también yo estoy en esa edad pero nunca me han interesado esos temas.

     —No. Yo toco la tuba en una Banda de música pero resulta que apenas puedo ensayar en casa porque molesto a los vecinos y me aporrean en la pared.

     —Hable con ellos. Seguro que a lo largo del día hay horas en las que no molesta.

     —No creo. Son jubilados como yo y están todo el día en su casa.

     —Pues entonces cambie de hábitos, Salga, pasee, vaya el mercado. Observe a la gente en su quehacer diario. En definitiva, disfrute de la vida.

     Hay días en que salgo de la consulta contento, eufórico, con ganas de vivir pero hoy no es uno de esos días. Como objetivo para la siguiente sesión me invita a que elabore un listado con las cosas buenas que me ha proporcionado la semana.